La imposibilidad de encender un cigarrillo

Alaska, La navaja de Ockham (Bogotá) en la VII Muestra de Teatro Alternativo de Pereira, 28 de julio de 2015.

Alaska. La navaja de Ockham. Foto: Katherine Huertas.
‘Alaska’. La navaja de Ockham. Foto: Katherine Huertas.

Por: Camilo Alzate

Si hay un laberinto peor que el de Creta, nicho del mal donde desahuciadas voces revolotean, sin duda es el propio cuerpo. Y por más recovecos que tenga una ciudad como Bogotá, superpoblada, devoradora de pueblos y de verdes, “una vieja emperifollada” y maloliente, estéril antropófaga donde la belleza más sublime convive con el peor horror, llevado por las corrientes de gente que se entrecruzan como aguas de alcantarilla y formol, de un lado a otro, rompiendo el sueño entre polvaredas y buses atestados de gritos y cuchillos, es más fácil perderse, sin embargo, dentro de uno mismo. ¿Hay una salida de la mente? Tanteando las paredes en la oscuridad, ¿puede uno escaparse de lo que es, del fragmento de país que no escogió ser, traducido en la paranoia?

En los relatos de Yoli, Edgar y Rosa, es evidente que no sólo el Bronx, donde se encuentran, es un lugar peligroso, sino que lo son el pasado, la infancia, la familia, el estado, los componentes del desahucio. Y cómo hay personas que llevan una vida de palomas. Caminando sobre la Historia, es decir, sobre su propia mierda, se comen las sobras de los pobres y el maíz de la mendicidad y se inyectan los fémures de los caídos en sofás desvencijados, sobrellevando las mordidas agudas e incesantes de los gusanos bajo las alas. Vida de palomas en los buses, vida de palomas que se comen entre sí, roedores de la angustia. Vida de palomas en las plazas, en los barrios, en la oficina, la universidad y hasta en el lecho del amor.

'Alaska'. La navaja de Ockham. Foto: Katherine Huertas.
‘Alaska’. La navaja de Ockham. Foto: Katherine Huertas.

En Alaska de La navaja de Ockham, una obra cadenciosa, la parsimonia se sublima en los crescendos del humor y la crueldad. La batuta la lleva la luz: se enciende y apaga el espíritu. En una espera como la de Vladimir y Estragon, también vagabundos, el relato íntimo de los tres personajes nos va llevando por su paisaje interior: en la niebla niños durmiendo bajo el periódico, maltrato y violación. Una obra de teatro que cuenta como la literatura sin quedarse sólo en esta, que pinta como la poesía sin ser tan alta, y que rebasa lo marginal.

Hay en esta obra una desazón de lo inacabado. No llega, no pasa nada, esperamos y esperamos lo que no llegará, pero tal vez ya sea hacernos esperar su ganancia. ¿Se le puede pedir algo a una metáfora? Asistimos a un cuadro desolado y nos interpelan como si fuéramos transeúntes del Bronx. Nos hablan del vacío, pero saben que hay una esperanza. ¿A veces no es mejor no esperar nada? Se trata de la nieve de Alaska, donde enterrar la cabeza y olvidar, o conservar los buenos recuerdos, interrumpir la podredumbre. Curarse de todo con el frío. Pero la existencia de Alaska se pone en entredicho: quizá todo el tiempo han estado en ella, en la angustiante imposibilidad de encender un cigarrillo.


Camilo Alzate

@camilagroso

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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