Viajeros, de Pablo Montoya

Imagen tomada de tragaluzeditores.com.

Por: Edwin Hurtado

A casi todos nos gusta viajar, pocas cosas logran tal consenso entre los humanos, que al parecer, preferimos concentrarnos en las cosas que nos dividen. Viajamos por muchas razones: trabajo, cambio de residencia, vacaciones, estudio, aventura, placer; aunque algunas de estas razones estén vedadas a tantos. Nos atrae lo nuevo, lo diferente, porque lo encontramos misterioso y queremos conocerlo, porque nos aleja de la rutina y nos devuelve un poco la alegría, porque nos hace sentir vivos. Desde muy pequeño, sueño con recorrer el globo, ir a los lugares famosos que escuchaba en la radio o veía en la televisión y en el cine: Egipto, Australia, Inglaterra, Italia, Alemania, Japón, México, Brasil; pero también anhelo tachar en los mapas de mi atlas azul de la infancia los nombres de países que nadie conoce: pasar unas tardes en las playas de Fiji y Naurú, visitar las ruinas imperiales de Camboya, vislumbrar siluetas de elefantes y jirafas en las llanuras de Tanzania,  perseguir aves del paraíso en Papúa Nueva Guinea…

Por ahora, me ha tocado relegar un poco esos sueños y dedicarme a conocer y reconocer los vértices y montañas de la región donde nací, no menos hermosos ni impresionantes, aunque quizá sí un poco menos misteriosos, por esa relativa pérdida del asombro que induce en nosotros la impresión de lo conocido. Y digo impresión, porque aunque digamos con certeza que conocemos los lugares de la cotidianidad, la verdad es que muchos de nosotros no ocupamos mucho tiempo en conocer de verdad los lugares por los que transitamos comúnmente, a algunos solo les alcanza para sobrevivir, a otros no les alcanza la curiosidad. Por esto, intento maravillarme en cualquier pueblo antioqueño, en las playas de alguna de nuestras costas, en los páramos de nuestras milenarias montañas o en los andenes de nuestras ciudades crecientes. Pero no puedo negar que quiero también cambiar abruptamente de latitud y longitud, escuchar multitudes en idiomas desconocidos, degustar sabores de otras gastronomías, retorcerme del frío en algún paraje lejano, bailar con músicas que jamás hayan tocado mis oídos, besar labios que pronuncien otras palabras.

Me gusta moverme, pero como no quiero ni puedo hacerlo siempre, me gusta también conocer los movimientos de los otros, sus aventuras, sus itinerarios, sus planes pasados y futuros.  Por eso me encantan los libros y blogs de viajes, las películas de países lejanos, los documentales de extraños animales. Y por eso no podía dejar de maravillarme el hermoso libro de poesía en prosa, Viajeros, de Pablo Montoya, el ahora reconocido escritor, ganador del Premio Rómulo Gallegos, que justamente hoy le está siendo entregado en Caracas. En este encantador libro, Montoya reconstruye en las voces de los personajes, viajeros todos, algunas de sus vivencias y probables pensamientos. A través de un conjunto de personas que viajan de diferentes maneras; unos reales, otros ficticios; unos famosos, otros anónimos; unos ricos, otros pobres; Montoya nos lleva por los senderos humanos: los del amor, el odio, la religión, el anhelo de poder, la guerra, la compasión, la curiosidad, la insatisfacción. Por eso entre los personajes destacan marineros, indígenas, filósofos, artistas y científicos.

Observamos entonces la desesperanza de Noé al liberar la paloma, la confianza de un melanesio en la concha que lo acompaña, las oraciones de Jonás para que la ballena lo digiera, el vacío de un papús que quiere vivir mirando las aves entre los follajes de un árbol, el remordimiento de Bartolomé de las Casas por su complicidad inicial, la descreencia de Stefan Zweig horas antes de su suicidio. Montoya nos muestra los posibles dramas y dudas de estas personas en tránsito, sus posibles sufrimientos, sus posibles búsquedas. Así, un cruzado nos dice: “Busqué al creador encerrado en el delirio. Pero en Maara y Antioquía Él se escondió entre la sangre y la epidemia”. Magallanes no puede creer que los indios hayan podido asesinarlo: “La luz del día se despedaza entre mis manos. Me tasajean la otra pierna. Me desmorono. El mundo comienza a oscurecerse, y no lo creo”. Montaigne se lamenta de su encierro juvenil, de la esfera de cristal en la que lo mantuvo su padre: “Pero tú ya estás muerto. Y yo me he quedado solo conmigo y con los libros. Y no tengo otra salida que buscarme y encontrarme en ellos. Y tomar la pluma para escribirte estas palabras”.

Es evidente que para narrar estas cosas, Montoya tuvo que leer mucho sobre estos personajes, pasar noches en vela metiéndose en sus vidas, quizá sintiéndose como ellos, tratando de imaginar los sentimientos e ideas que pasaron por sus cabezas en momentos tan cruciales de sus vidas reales o ficticias como los instantes previos a la muerte, o a las despedidas, o a las revelaciones. Esa curiosidad, esas ganas de ser otro, tampoco nos es ajena, soñamos muchas veces con estar en los zapatos de otros, ser por un rato un indígena amazónico, un naturalista del siglo diecinueve, un poeta alejandrino, una bruja africana, un pirata cojo.

Además, Pablo Montoya ha estado tan obsesionado con estas vidas, que ha desarrollado sus historias en sus novelas posteriores. Algunos de sus poemas de este libro de 1999 son al parecer los gérmenes de algunas de sus historias recientes: su poema Ovidio de su novela Lejos de Roma, en la que narra el exilio del poeta-, su poema Caldas de su novela Los derrotados, en la que Caldas y un círculo de amigos son los protagonistas de una novela en dos tiempos pero con la derrota como común denominador; y en su poema Théodore de Bry de su novela Tríptico de la infamia, novela por la cual está hoy recibiendo el famosísimo premio.

A pesar de que Montoya vivió en París y seguramente ha hecho ya muchos otros viajes, sabe bien que no hay necesidad de salir de casa para viajar, y evidentemente lo hizo en buena medida al recorrer las historias de los personajes históricos o salidos de la cabeza de alguien con los que construyó estos poemas. Sabe bien, por ejemplo, que Théodore de Bry no tuvo que venir a América para conocer las atrocidades de la Conquista y la Colonia, que le bastaron los textos descriptivos de Bartolomé de las Casas para viajar y presenciar uno  de los más terribles rostros de la infamia. Y sabe también que se puede viajar hacia adentro, eso queda claro en su poema León: “En su mano veo los pequeños hongos recogidos. Tengo miedo ante la fragmentación y el todo. León permanece en silencio. Pero sus ojos vastos son una señal. No hay advertencia de entrada a bosques infernales. No hay antesalas de paraísos ni fronteras ni utopías. Tomo las sombrillas de la tierra. Vacilo. Miro mis ojos que me miran. Un monstruo o Dios agazapado. E inicio a salir dentro de mí”.

Después de terminar el libro, no queda duda de la calidad de la prosa poética de Montoya, ni de la buena elección del epígrafe, una frase de José Lezama Lima:

“El viaje es un movimiento de la imaginación”.


Edwin Hurtado

@AlejandroHtdo

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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