Una liturgia crepuscular

General, tenga cuidado con su hija. Ha intentado sentarse sobre mis rodillas cuando yo estaba de pie.
General, tenga cuidado con su hija. Ha intentado sentarse sobre mis rodillas cuando yo estaba de pie.

Por: Juan Guillermo Ramírez

Está formado señor, como su propia forma, y es tan ancho como anchura posee; precisamente tan alto como en realidad es y se mueve con sus propios órganos.

William Skakespeare.

No es poco lo que se exige de un gran actor. Técnicamente, se espera que tenga un agudo sentido de la gradación y la dosificación dramática; empleo orgánico del cuerpo, del rostro, de la voz; facilidad para las transiciones, poder de sugerencia, definición exacta de la individualidad de los caracteres. De su sensibilidad artística se demandan otras hazañas: don poético, vitalidad, frescura. De su creatividad se aguarda riqueza de recursos expresivos, imaginación, audacia. Incluso a su personalidad suelen hacérsele otras exigencias: que enriquezca la dimensión de los personajes, que plasme arquetipos humanos y que devenga expresión simbólica de un momento o de toda una época. El conjunto de tales proezas es una tierra de promisión en la cual los navegantes sueñan desembarcar algún día.

El cine es responsable de la propagación de una enfermedad que, paradójicamente, ha sido una de las causas de su existencia: el culto a los actores. La mayoría de los  espectadores –ayer, hoy y mañana- van a ver una película porque la protagoniza Alain Delon, Humphrey Bogart o Marilyn Monroe; recuerdan una cinta porque el impacto que les causó el acto en una o varias secuencias aún permanece. Para este público, el actor es una suerte de omnipresencia; sale por diversos lugares del terreno en que se emplea el filme y se convierte en la actividad subterránea del volcán. Esta posición del actor de cine –frágil y sólido, según el ángulo desde el cual se analice-, ha inspirado una montaña de textos en todos los idiomas.

Lo peor de los complejos de inferioridad es que los tienen las personas equivocadas.
Lo peor de los complejos de inferioridad es que los tienen las personas equivocadas.

La manía de las clasificaciones ha invadido desde hace tiempo el terreno de actores. Los encasillamientos pueden resultar esquemáticos pero ayudan, en cierto modo, a un abordaje práctico de la reflexión. Apartémonos del muro que se levanta entre los actores –portavoces de un personaje determinado- y los intérpretes –capaces de infundir al papel una visión propia, una concepción particular- y veamos la división que atiende a la actitud asumida por el actor (o el intérprete) ante su oficio y que los separa en “intuitivos” y “estudiosos”. Los primeros, se guían por una acción emotiva, espontánea, ajustada al clima emocional que cada papel, o cada situación, les provoca. Los segundos entienden la técnica como una antena de radios giratorios que condicionan el tono y el peso de la actuación. El actor intuitivo hace contacto con el personaje a través de su sensibilidad, de su temperamento, de su estado de ánimo. La formación profesional, si la tiene, es más un decorado que una guía. Buscará la esencia de su papel en su propio registro personal, emocional, que funcionará como una especie de ábrete sésamo ante el contenido del personaje y se mantendrá ajeno a los refinamientos de oficio, los fundamentos de escuela y los malabarismos de estilo.

La vida sería maravillosa si supiéramos qué hacer con ella.
La vida sería maravillosa si supiéramos qué hacer con ella.

Greta Garbo, Anna Magnani y Simone Signoret son tres nombres que han dado lustre a esta tendencia. Aunque los juicios críticos sobre ellas suelen pasar por alto que la primera imprime un mismo cuño lírico y evanescente a personajes tan diversos como Cristina de Suecia y Margarita Gautier, que la segunda necesitó a veces unas riendas más firmes del director (por ejemplo, Mamá Roma) y que la tercera se apoyó en ocasiones en su sola presencia para resolver todas las demandas del papel (Las diabólicas), es indudable que, con grandes diferencias de personalidad y proyección pero con un magnetismo común, las tres actrices han envuelto la palabra intuitivo en un ropaje casi mágico. Ello ha hecho olvidar, con frecuencia, los serios peligros que entraña artísticamente una posición en que el actor no se integra al personaje sino que incorpora éste a su visión, su psicología y su temperamento. La sueca, la italiana y la francesa, con sus aciertos en una línea arriesgada han erigido una especie de cortina de humo que oculta piadosamente a la legión de intuitivos que, despojados de toda magia, denuncian a cada paso su nada confiable espontaneidad. Intuitivos han sido María Félix, Robert Taylor y otros incontables exponentes del anti-actor.

Por favor, no me retoque mucho las arrugas. Me ha costado mucho conseguirlas.
Por favor, no me retoque mucho las arrugas. Me ha costado mucho conseguirlas.

El intuitivo cree que todo lo que él “siente” será aceptado. Ello se deriva de otra idea: la de que el proceso artístico de su personaje surge pura y simplemente por partenogénesis, de su exclusiva sensibilidad. Al no confrontar exhaustivamente sus concepciones con los postulados del oficio, el eludir una base dialéctica, resulta decididamente vulnerable. Yo siento, luego existo es su frase de batalla. El problema radica en que este disparadero emocional se desintegra bajo la carga de insuficiencia artística. Quienes han revisado la labor del desaparecido James Dean en Al este del paraíso o la de Tatiana Samilova en Ana Karenina conocen los resultados de semejante proyección.  El actor estudioso sirve al personaje en una operación de acatamiento absolutamente, persiguiendo las claves de su comportamiento e incluso la identidad gestual. Analítico, meticuloso, perfeccionista, trata de escamotear su individualidad en aras de ese “otro yo”, de la imagen compleja que le sugiere el personaje. En su época, Paul Mini fue la más elevada expresión de este tipo de actor.

El secreto de la dicha del amor consiste menos en ser ciego que en cerrar los ojos cuando hace falta.
El secreto de la dicha del amor consiste menos en ser ciego que en cerrar los ojos cuando hace falta.

En la década del 70, al revisar al legado de Muni, un crítico de cine de “Films and Filming” lamentaba que a fuerza de diluir su personalidad en numerosos papeles diferentes, el actor acabó por perder su identidad ante el público, lo cual, según el mismo comentarista, es funesto para un actor. Semejante criterio encaja muy bien en los moldes comerciales manejados por Hollywood desde la era silente, pero implica un desprecio marcado hacia la vía más legítima que puede elegir un intérprete. Elevada a un terreno nítido por Chaplin, la línea del intérprete estudioso ha tenido otra expresión culminante en Laurence Oliver y sus actuaciones interpretando a personajes de Shakespeare. En la actualidad algunas de las más brillantes figuras del cine han recogido este legado. El Dustin Hoffman de Midnight Cowboy y Tootsie, entre muchas otras, se ha revelado como un intérprete capaz de animar las más diversas psicologías, alejándose de ellas el tramo suficiente para medir diferencias y pesar afinidades o rechazos; acercándose lo necesario para comprender sus móviles, sus problemas y su mundo interior.

Necesito algo verdaderamente hermoso a la vista en habitaciones de hotel.
Necesito algo verdaderamente hermoso a la vista en habitaciones de hotel.

Entre las actrices, la categoría de las estudiosas ha dado al cine mundial nombres tan ilustres como los de Vivian Leigh, Giulietta Messina y Katherine Hepburn. Esta última, que hasta fines de la década del cuarenta no prestó a la técnica, “la atención necesaria”, inició, en 1951 con La reina africana de John Huston, un nuevo y más sólido camino. Su ascenso a partir de entonces se debió, en considerable medida, el medular proceso de indagación y estudio que la hizo agregar tres Oscar entre 1967 y 1981 al que había obtenido sin pena ni gloria, en 1933. El virtuosismo que desentraña cada nuevo papel con recursos adecuados al mismo es lo que ha permitido a Meryl Streep navegar con éxito en los rápidos y las cascadas de los personajes más diversos.

Al margen de escuelas y etiquetas, el universo de la actuación se sacude diariamente, recibe sangre nueva, tropieza hoy y se levanta mañana, rompe ataduras y busca la vitalidad y la frescura inseparables del verdadero arte. Mueve al espectador, lo obliga a pensar. Magna responsabilidad que no termina cuando una escena trágica nos traslada a un túnel sin aire o una secuencia humorística nos obliga a ver el lado más risueño de la vida.


Más artículos de Juan Guillermo Ramírez.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s