Las correspondencias, del poeta mexicano Alí Calderón

Portada del libro. Colección Visor de Poesía
Portada del libro. Colección Visor de Poesía

“Sonó el teléfono y el gato

apenas movió las orejas.

El timbre. La tensión del aire.

Agitación de los muebles

en su inercia de silencio.”

Alí Calderón, Visor Libros, Madrid

Alí Calderón, lo que aquí expongo es lo que hoy leí. Las palabras, que se mueven mientras las leo, mañana… ¿qué me contarán? –Noelia-

Alí Calderón con Las correspondencias nos presenta un poemario que busca el conocimiento del yo interior, ese yo tan escurridizo. Lo hace a través de una obra metafórica que nos presenta a Muerte y a Amor en distintos tiempos y lugares. Muerte es también cambio y nacimiento. Amor, no es solo sentimiento, también es búsqueda eterna del yo verdadero, es sed de conocimiento. Un mundo interior que se refleja con base en un exterior repleto de personajes, de lugares y de sentencias. Amor y Muerte pasean de la mano, porque ninguno tiene una acepción sencilla o única.

“Quod est inferius es sicut quod est superius, et quod es superius es sicut quod est inferius”, así se afirma el poeta y se sirve de la descripción de determinados momentos en determinados lugares para narrar cómo las culturas se forman una sobre otra, intentando pisarse unas a otras, pero absorbiéndose sin remedio. Sus pilares a forma de raíces beben la voluntad de lo que quedó enterrado en el substrato que las alimenta.

Este viaje espacio-temporal es una codiciosa y subjetiva descripción del ser humano. Tantos versos, tantas lecturas. A este juego y aprecio por lo ambiguo ayuda, por ejemplo, un recurso que utiliza en distintos poemas y que consiste en una doble función sintáctica de determinados complementos. Así, el complemento directo en la primera mitad de un verso es el sujeto en la segunda mitad y efectivamente las lecturas del verso se multiplican.

“Los ojillos observan el mar es el alivio”

Con la segunda parte “Obscurum per obscurius”, Alí Calderón deja espacio a los poemas de amor, una vez más, pretexto para el conocimiento del yo interior. Estos poemas, en ocasiones, se tornan muy cerebrales, un intelectualismo en endecasílabos junto a un orden oratorio intencionadamente alterado que semeja un estrambótico estilo gongorino.

Esta desorganización, a todas luces voluntaria, funciona muy bien en el conjunto. La bruma que cubre la doble, o triple, significación de sus versos consigue una adicción al texto basada en la necesidad de desafiar al autor. Verse arrastrado a ese pulso con el poeta es una recompensa para el lector. “Pasa una vespa y gritos más gritos un motor/ Enviar mensaje enviado”. Con este juego, el autor se arriesga a ser un tanto esquemático en ocasiones, propiciando el recelo del lector; creándole la sensación de estar frente a un poema improvisado, carente de revisión. Esta apuesta, demuestra un ápice de picardía por parte del poeta.

En estos poemas, la mujer es un hilo conductor potente, no obstante no siempre consigue transmitir la fuerza de ella, pues su observación resulta superficial. Muy fetiche. Como si la observara desde lejos o la investigara a través de sus redes sociales. Quizá es debido a que en realidad, la mujer en sí, la amada, no es el núcleo del poema, no es ni tan solo el tema. Es mero recipiente reflectante. Un lugar donde plasmar el interior de la voz poética. Una despersonificación que bien puede sugerir la fragilidad del exterior, la rotura de un envoltorio que siempre está a punto de mostrarnos el interior. Una especie de furoshiki que el lector deberá desenvolver.

Como un relámpago brillante en una oscura noche de tormenta, llega la tercera parte: “Heimarmene” y el poeta parece escribir versos que se tornan algo más claros. Esa transparencia aparente la otorga la decisión de utilizar los signos de puntuación, algo inusual en todo el poemario. Un cambio de estilo que relaja la lectura y ofrece un descanso antes de abarcar la pendiente más crítica del conjunto.

“Piedra de sacrificio”, la cuarta parte, es donde el dominio del lenguaje se hace patente. A través del cambio de tono nos enlaza el tiempo más cercano con el más lejano. De forma sutil su poema “E subimos las ciento y catorce gradas longas de aquel cú” viaja en el tiempo, hasta la actualidad, e incluso acaricia la punta de los versos del poema inmediatamente anterior “Democracia mexicana”. Los hace partícipes de una misma realidad, de una misma denuncia.

En conclusión, un poemario que se desnuda tranquilamente, sin apuros, que juega coquetamente en una habitación de biombos y sombras para mostrarnos que “El exterior es la metáfora del interior, los demás son extensión de uno mismo”.

Noelia Martínez

Lectora que escribe sus percepciones. Amante del lenguaje y sus posibilidades. Colaboro en http://Literariedad.co escribiendo la columna Gotas Amargas.

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