‘Ni un paso atrás’, de Enrique Patiño

Ni un paso atrás

Por: Christian Mosquera

Ni un paso atrás / Enrique Patiño (Santa Marta, 1971) /Seix Barral (2014)/300 páginas 

Si se dispara un haz de luz hacia el universo, avanzará eternamente hasta encontrar un cuerpo sólido, aunque tarde miles de millones de años en hacerlo.

Llegué a Paipa cuando el sol de las once amenazaba los cuellos de los peatones cabizbajos con su rayito candente. Caminé los quinientos cincuenta pasos necesarios para llegar desde allí a la casa de Sebastián López, artista plástico y más que nada, viejo amigo de canciones, artesanías y licores. Tenemos una amistad muy poco alimentada, pero sólida en el entramado de años que cada uno lleva a cuestas. Él me enseñó a fumar y yo le enseñé a tocar guitarra. En fin, un embajador de recuerdos –felices casi todos– de la primera década del milenio.

A las afueras de su casa, Sebastián había pintado un mural de fondo amarillo en honor a su padre, que rezaba Gentileza + Gera Gentileza. Nos saludamos y casi sin preguntarlo, cada uno empezó a mostrarle al otro su trabajo. Yo saqué mis canciones y algunos proyectos publicitarios en los que vendo mi alma para pagar la renta. Él me compartió sus proyectos artísticos y sus intervenciones hechas en Argentina, país que lo acogió durante más de un lustro junto a sus ideas magníficas, de las que siempre me nutro. Cuando agotó el inventario, sacó de algún cajón una serie de constituciones políticas, intervenidas todas: cortadas en su centro, las cartas magnas dejaban ver siluetas de fusiles, personajes e íconos de la guerra reciente en Colombia. Era una colección de testimonios del fracaso de la Constitución Política del 91.

“Y aquí está nuestro amigo”, me mostró, cómo si lo hubiera dejado para el final. El héroe de risos y bigote, la silueta a la que yo respondí con dos nombres y apellido: –“No, mano, Pablo Escobar. Aunque viéndolo bien, puede ser también Galán”.

–Es una silueta y son físicamente parecidos, contemporáneos, protagonistas de la constitución, paridos los dos por la misma patria.

Para mí, la silueta fue un Déjà vu, así que decidí soltarlo de una vez y contarle, que por esos días había vuelto al viejo oficio de escribir en publicaciones. Y que andaba pendiente de una reseña sobre Ni un paso atrás, una novela que me había conmovido hasta las lágrimas durante una mañana de resacas y libros, a finales de noviembre.

–Pero hermano, sucede que estoy harto de las criticas periodísticas, del sillón prestado en el que tantos escritores, músicos, cineastas y artistas que no pudieron ser se acomodan, sin otro fin que juzgar y devengar del trabajo y el sudor ajeno–, confesé.

Le conté que había entendido a Galán y Escobar como una suerte de Caín y Abel, hijos de una misma madre, Colombia –Padre no se sabe–, gracias al libro sobre el que aún no me sentí capaz de escribir.

Seguí por ese rumbo y conté también que la Constitución del 91 de la que se jacta Petro y por ahí derecho, todo el M19, había sido redactada por ese Galán intenso, enamoradizo e idealista y que había sido rechazada con centenares de correcciones y vuelta a escribir por el mismo Luis Carlos y su equipo sin saber que el documento final no vería la luz hasta después de su muerte.

Rematé con el hecho de que la noche en que murió Galán, el cielo de Soacha lagrimeaba con una lloviznita nocturna, sobre los ventanales en los que reposaban los afiches de un Luis Carlos agujereado por el Estado, la mafia, el DAS, Pablo Escobar y una lista interminable de gente interesada en matar a cada retazo de redentor colombiano, que intentó superarse a sí mismo para hacer de la madre Colombia una madre menos puta.

Ahí acabó ese fragmento de la conversación entre Sebastián y yo, luego de algún silencio incómodo. Pasamos a otros temas, eran muchos los pendientes. Pero yo sabía que, pese a la distracción, tenía aún en mis hombros la misión angustiosa, que me persiguió durante días y noches, de escribir sobre un libro que me sobrepasó.

Ni un paso atrás contiene de una forma milimétrica y vivida, los días más importantes de un ciudadano que debimos dejar vivir y que matamos en un rincón del mundo en el que la vida de las personas vale entre cincuenta mil y dos millones de pesos, incluidos viáticos, parrillero y munición.

Lo valioso de este libro radica en el minucioso y bien narrado testimonio de un hombre que vivió a la par de Pablo Escobar, un héroe que lo superó en mucho, pero que murió bajo sus órdenes y las de un Estado permisivo y cientos de políticos, y a quien parece haber tragado más rápido el olvido.

Un hombre que vivió, como el mural de Sebastián, pensando que la bondad genera más bondad. Si en lugar de leer reseñas, leyera usted los libros, ya iría en la página cinco de Ni un paso atrás. Y no sigo, para que comience a leerla de una vez.


Christian Mosquera

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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