Amedeo Modigliani: la existencia de un alma desgraciada

Quisiera que mi vida sea un torrente fértil que recorra la tierra con alegría. Soy rico, estoy lleno de ideas, y sólo necesito trabajar. [...] Un burgués me dijo, hoy -con la intención de insultarme- que mi cerebro estaba siendo desperdiciado. Me hizo mucho bien. Todos deberíamos recibir un recordatorio como ese cada día.
Quisiera que mi vida sea un torrente fértil que recorra la tierra con alegría. Soy rico, estoy lleno de ideas, y sólo necesito trabajar. […] Un burgués me dijo, hoy -con la intención de insultarme- que mi cerebro estaba siendo desperdiciado. Me hizo mucho bien. Todos deberíamos recibir un recordatorio como ese cada día.

 Por: Antoine Skuld

Modigliani regalaba sus dibujos en vez de venderlos. Y es más bien lo que, sin duda, le proporciona a aquel cuerdo, la ‘seductora reputación’ de haber estado loco. Jean Cocteau.

El 12 de julio de 1884 fue un día de alegría en el hogar de los Modigliani. El tercer hijo, Amedeo, acababa de nacer en Liorna (Italia). Amedeo Modigliani no tuvo, como sus hermanos, el recuerdo de los buenos momentos de una infancia feliz. Oyó sólo hablar de ellos y padeció los malos tiempos. A los quince años cayó gravemente enfermo. La gravedad de su enfermedad fue tal que llegó a temerse por su vida.

Aquel momento fue crucial en la vida de Modigliani. Al preguntarle su apurada madre qué deseaba, el muchacho formuló una petición que decidiría su futuro: Quiero pintar. Amadeo soñaba con pinturas y con colores entre los ardores de la fiebre. Formas extraordinarias y extravagantes se mezclaban en sus delirios; las figuras más absurdas cobraban vida invitándole a reproducirlas sobre el papel. Un desfile de colores y de armonías le emborraba. Cuando el joven tuvo en sus manos los medios necesarios para plasmar sus sueños, comenzó la carrera que le llevaría a ser una de las máximas figuras de la pintura universal. Por otra parte, su vida, que serviría de pauta a muchos aspirantes a artistas, que quedaron en simples bohemios, hizo famoso el nombre del pintor. La pintura de Modigliani fue la búsqueda de una melodía rítmica que desarrollaba las líneas de un cuerpo.

De Amedeo Modigliani puede decirse que volvió a nacer a sus quince años. Esto es cierto respecto  su espíritu. Es en este tiempo cuando nace en él ese ideal artístico, cuyo precio serán los mayores sacrificios y una existencia atormentada. Gracias a los sacrificios de su madre, aconsejada por el doctor, que veía en Modigliani un artista en potencia, estudia en la Academia de Bellas Artes de Florencia. Pero ya en esta escuela, el nuevo aprendiz dio buenas muestras de su anárquico temperamento. No pudiendo soportar por mucho tiempo las continuas disputas de sus profesores, Modigliani abandona Florencia y viaja a Venecia esperando hallar allí un campo más abonado para sus anhelos. Tampoco la capital del Adriático le ofreció lo que buscaba. Amadeo sufrió nuevas decepciones y entonces volvió sus ojos a París.

La felicidad es un ángel con rostro serio.
La felicidad es un ángel con rostro serio.

Amedeo Modigliani, como simple estudiante de pintura en Italia, carecía de suficientes títulos para considerarse con garantías de triunfar. Pero no podía permanecer sordo a la llamada de París en su sueño de devolver a la pintura la pureza del “Quatroccento” italiano dentro de las conquistas de vanguardia. Y así, una mañana de 1906, el aprendiz de pintor, el aspirante a la fama, abandonó su Liorna y marchó a la capital francesa. El genio había despertado. Su viaje despertó también el apoyo de todos los Modigliani, los cuales reconocían en Amadeo al hombre superior, en cuyo interior ardía el fuego sagrado del arte, que no debe sofocarse jamás. Para mí, pintar es tanto como vivir, les había dicho Amedeo. Al menos así lo siento yo. Creo que antes preferiría dejar de comer que de pintar. Tales palabras resultaron decisivas y proféticas.

El “Moulin Rouge”, el de “La Galette”, la colina de Montmartre y sus callejuelas empinadas, vertidas en escaleras que conducían al viejo París, había dejado ya de constituir la sede o la meca de los artistas provincianos o extranjeros que acudían a la ciudad luz. Así lo describe Jean Cocteau: uno de los prestigios de profundidades, en uno de los barrios, donde los pintores, poetas, los paseantes, enamorados del arte, se agrupan. De algún modo u otro, los habitantes de Montparnasse integraban la confraternidad del arte y estaban unidos por el símbolo de la bohemia. Entre ellos no se consideraban diferentes por el hecho de que uno rindiese culto a una u otra “musa”. Lo mismo daba que el compañero fuese poeta o pintor. Todos ellos ofrecían sacrificio  a las divinidades del arte.

Los primeros amigos con que el joven de Liorna tropezó en Montparnasse fueron artistas verdaderos e incluso los mejores poetas y pintores que darían un rostro nuevo del arte y a la vida misma: Apollinaire, Max Jacob, Kisling, y los españoles Juan Gris y Pablo Picasso, Modigliani eligió un estudio en la parte más alta de una casa, donde no hubiera obstáculos para la luz natural, al igual que los demás bohemios del barrio. Un catre barato le serviría de lecho y hornillo con alcohol constituía la cocina. Reproducciones del “Quatroccento” decoraban su estudio, mientras él creaba sus obras.

Lo que busco no es lo real ni irreal, sino más bien el inconsciente, el misterio de lo instintivo en la raza humana.
Lo que busco no es lo real ni irreal, sino más bien el inconsciente, el misterio de lo instintivo en la raza humana.

Mientras empezaba a pintar, Amedeo derrochó sin freno ni medida el dinero que le mandaba su familia. En su eterno deambular por los bares y cafetines, el joven maestro encontró a un español que se convertiría en compañero inseparable de la noche: Maurice Utrillo. En aquellos momentos, Modigliani se entregaba con todas sus fuerzas a la vida que había elegido. Se sentía capaz de llevar a cabo cuanto se había propuesto. Y así fueron transcurriendo los días, las semanas, los meses.

Al medio año de encontrarse en París, tuvo que aprender a pedir dinero prestado, a conseguir pinturas y lienzos a crédito, a pasarse días enteros sin comer o sustituyendo los platos de un restaurante por vasos de Pernod. Es más fácil conseguir que alguien te invite a tomar una copa que lograr que te paguen una comida. Así, poco a poco, desaparecido el dinero, Amadeo entró de lleno en la vida bohemia. Para él, como para cualquiera de sus amigos, vestir de una u otra manera era algo completamente secundario. Lo importante era el arte.

Lo esencial era pintar. La comida, la ropa, rodo lo demás eran cosas que no tenían importancia. Fue en esta época, cuando contrajo la tuberculosis; la enfermedad que debía acabar con él, como ya tiempo atrás había liquidado a artistas como Baudelaire, Poe y Verlaine.

Modi era conocido en todo Montparnasse. Así le llamaban los artistas o pintores y los modelos. Naturalmente, dado lo precario de su situación económica, no podía permitirse el lujo de pagar modelos. Y tenía sus razones para ello: Me disgustan. Hay en ellos algo forzado, falso. Prefiero captar imágenes más vivas, más naturales. En la criada del vecino o en el comerciante de la esquina hay valores más reales. Modigliani era, como muchos de sus amigos, un no comprometido; como Utrillo, como Picasso; pero así como estos podrán gozar de la gloria en vida, a él se le reservaba la fama para después de su muerte. Y sin embargo, a medida que Modigliani iba entregándose al alcohol, mientras llegaba a acariciar los límites de una existencia atormentada, su arte progresaba. Plasmaba en sus telas, como algo ajeno a sí mismo, unas figuras llenas de suavidad, hermosas en estilización y el color de la línea claramente delimitadas. La mayoría de sus lienzos reflejaban tipos de mujer que veía en torno suyo. Eran retratos que reflejaban más el espíritu de un cuerpo. Y en todas aquellas obras de las manos del pintor, en los cuellos de las mujeres, deliberadamente altos, deformados y adelgazados, podían encontrarse semejanzas o influencias de clásicos de la pintura como Piero della Francesca o Sandro Botticelli.

Ahora soy rico en ideas fructíferas y tengo que producir mi trabajo.
Ahora soy rico en ideas fructíferas y tengo que producir mi trabajo.

Jean Cocteau habla así de Modigliani: El dibujo de Amedeo es de una elegancia suprema. Era nuestro aristócrata. Jamás su línea, a menudo tan pálida que parece un espectro de línea, encuentra un charco. Los evita con una agilidad de gato siamés. Modigliani no alarga los rostros, no acusa su simetría, no revienta un ojo, no prolonga un cuello. Todo ello se organiza en sus ojos, en su alma, en su mano. Así menos dibuja en las mesas de la Rotonda y sin cesar así nos juzgaba, nos sentía, nos amaba o nos censuraba. Du dibujo era una conversación silenciosa. Un diálogo entre su línea y las nuestras. Y de aquel árbol tan bien plantado sobre piernas de terciopelo, de aquél tan difícil de arrancar cuando echaba raíces, las hojas caían y alfombraban Montparnasse.

Cuando se es artista y si se quiere exteriorizar algo que efectivamente se lleva dentro, no se necesitan modelos. Y más si éstos tienen derecho sobre la obra. El modelo ha de ser simple ocasión para que el artista se manifieste, pero la exigencia del modelo de ser representado tal cual es, le resulta a Modigliani repugnante. Los personajes de los lienzos estaban inmóviles, parecía que no vivían sino que soportaban la vida; se hallaban en actitud de espera, como si alguien o algo hubiera de venir a sacarles de su mutismo para introducirles en un mundo donde únicamente podían hallarse el fracaso, el dolor, la miseria o la muerte.

Modigliani, al menos, no llegó a perder sus facilidades creadoras. No tuvo tiempo de llegar a ese estado de decrepitud que hubiese amargado aún más sus últimos días. La tuberculosis ha sido siempre considerada como una de esas enfermedades que no perdonan y Amadeo tuvo la “suerte” de contraerla. La tuberculosis no respetó aquel cuerpo enflaquecido y macilento y puso fin a su existencia, poniendo término a tanto sufrimiento. La suerte no fue enemiga para él, sino una liberación. La única que podía salvarle de tanta decepción y fracaso. Pero una gran felicidad estaba reservada al artista durante los años que transcurrieron antes de morir. Tenía que hallar el amor de su vida y ver perpetuada su sangre en el cuerpo de una niña. Jeanne Hebuterne no era una belleza. Sin embargo, había en ella algo atrayente. Quizá surgía del interior de s alma, de la profundidad de su mirada, de la compasión y del cariño que ésta traslucía.

La impresionante personalidad de Modigliani había subyugado a Jeanne en menos de una hora. Se le entregó sin cuartel como si fuera ella quien recibía un favor. La rindió el alma y el cuerpo con la sencillez de quien ofrece todo y cree dar muy poca cosa. Modigliani la amó en aquel instante con el apasionamiento y el fervor del hombre que siente escapar la vida y quiere detenerla. Jeanne fue un rayo de luz en la angustiosa existencia de Modigliani. Llevó a éste su gracia, su bondad, el cálido afecto de una mujer que ama. Le brindó la comprensión y el cariño de que tan falto había estado. Y mientras la pintaba recitaba este poema de Baudelaire: Imploro tu piedad, a ti, al único a quien amo, / del fondo del abismo oscuro donde mi corazón ha caído. / Es un universo sombrío de horizonte plomizo,/en la noche el horror y la blasfemia.

Modigliani falleció en el Hospital de la Caridad. Estaba enfermo de meningitis tuberculosa. Nevaba sobre París. Al día siguiente, una inconsolable Jeanne supo que no podía vivir sin aquel hombre raro y mal compañero, que no podría extirparlo de su alma y espantar la reverberación del espanto. No esperó más. A las cuatro de la mañana de aquel domingo, abrió la ventana y se arrojó al vacío. El pavor y el espanto le abrieron a Jeanne las ventanas del quinto piso de la rue Amyot, enferma de un olvido imposible. Los vecinos que oyeron su caída, se asomaron a la calle gélida y contemplaron con estupor lo que quedaba de aquella mujer joven una vez que la vida le había arrancado de su lado al ser que amaba: un cadáver hermoso.
Modigliani falleció en el Hospital de la Caridad. Estaba enfermo de meningitis tuberculosa. Nevaba sobre París. Al día siguiente, una inconsolable Jeanne supo que no podía vivir sin aquel hombre raro y mal compañero, que no podría extirparlo de su alma y espantar la reverberación del espanto. No esperó más. A las cuatro de la mañana de aquel domingo, abrió la ventana y se arrojó al vacío. El pavor y el espanto le abrieron a Jeanne las ventanas del quinto piso de la rue Amyot, enferma de un olvido imposible. Los vecinos que oyeron su caída, se asomaron a la calle gélida y contemplaron con estupor lo que quedaba de aquella mujer joven una vez que la vida le había arrancado de su lado al ser que amaba: un cadáver hermoso.

El 24 de junio de 1920 Modigliani pasaba de la agonía a la muerte. Ya no podía reconocer a la mujer que se inclinaba sobre él y estampaba un beso en su frente. Jeanne continuó allí, quieta, viendo cómo el hombre que amaba perdía sus últimas fuerzas. La gloria le llegó a Modigliani demasiado tarde. Sólo pudo aureolar su nombre porque el cuerpo que alimentaba al genio había desaparecido. Modigliani no vivía, sin embargo no había muerto. Su espíritu sobrevivía plasmado para siempre en su obra. Triunfante después de muerto, Amadeo aparece hoy como uno de los genios de la pintura. En realidad fue un hombre en quien subsistieron de manera paradójica la miseria de la degradación y el milagro del arte.

Pero dejemos que se despida Jean Cocteau: ¿Qué artista digno de este nombre, y aún el más equilibrado, no alberga en sus tinieblas más íntimas un esquizofrénico del que sólo es mano de obra?


Antoine Skuld

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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