El conjuro de la palabra

 A Astrid y Rolando

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Foto: Jean Pier Londoño.

Por: Geraldine Martínez González

Como todos los días, excepto sábados y días festivos, Astrid se levantó temprano, se bañó, se vistió, desayunó y salió para el colegio a unas pocas cuadras de su casa. El paisaje, básicamente, igual al de todos los días. Los niños, compañeros de colegio, le pasaban al frente mientras ella cerraba la puerta de su casa despidiéndose de su madre. Sus amigas la esperaban en la misma esquina en donde se encontraban para llegar juntas al colegio. Un miércoles, como todos los miércoles: clase de español, sociales, deportes, todo normal. Si es que normal puede ser una categoría aplicable a la cotidianidad de una niña de sexto grado. “La monotonía no era un problema. Es más, a los niños les gustaba, se sumergían en ella (…) como si fuera una golosina que no se terminara nunca.” La cotidianidad cocina nuestros anhelos lentamente para servírnoslos calientes de manera inesperada en distintas formas del encuentro.

Astrid había llegado de Honduras a Colombia por decisión de su madre que viviendo en España había conocido a un colombiano del que se había enamorado. Siendo que su familia hondureña no la quería más decidieron iniciar su vida juntos en Colombia. Así había llegado Astrid a Pereira, por un azar que tal vez luego entendería y en el que poco a poco se iba calando el sentido.

 Extrañaba su país, no todo, claro, algunas cosas: jugar con sus amigos, las comidas en familia, los fines de semana con sus primos. Aunque le parecía que Honduras y Colombia eran bastante parecidos, “casi iguales”, en donde en general hacía las mismas cosas.

Lo inesperado de esta historia comienza cuando la profesora de español entra al salón de Astrid. Aún no era el momento de su clase por lo que Astrid se sorprende cuando la ve llegar. Hablan, la profesora de español con la profesora encargada, en voz baja sin que se sepa de qué están hablando. La miran a ella y a otras compañeras suyas y las sacan del salón. Ellas, las niñas, no se explican pero se emocionan inmediatamente por salir del salón, sin explicación alguna, tanto por evadir las clases como por lo extraordinario que pudiera sucederles.

Llegan al aula máxima llena ya de estudiantes de otros grados. La profesora de español les pide tomar asiento mientras les explica que por su gusto por la lectura y su curiosidad por la poesía y las artes han sido invitadas a un Festival que estará hoy en el colegio: El Festival de Poesía Luna de locos.

Luna de Locos es un Festival que se realiza anualmente en la ciudad de Pereira. Un Festival de poesía que desde 2009 celebra la palabra trayendo y congregando poetas de diferentes lugares del mundo (http://lunadelocoselfestival.org/). Este era el primer año de Astrid en Colombia, en Pereira y de golpe su primer año en el Festival. No sabía de qué se trataba. La poesía hasta ahora era para ella la vida misma, lejos de la palabra escrita y tan cerca de la poesía: una música que le sonaba de fondo, en los recreos, en las tardes silenciosas para hacer tareas, en las noches cuando luces apagadas el sonido de las praderas se cuela por la ventana, escuchando a su padre al otro lado del teléfono mientras más allá de su voz la gritería en las calles de Honduras, bañándose con agua fría en las mañanas, en esa cotidianidad tan serena y encantada en la que Astrid vivía.

Rolando Kattán (http://rolandokattan.com/) nació en Tegucigalpa y había sido invitado este año al Festival. Astrid no escuchó la introducción que hicieron de Rolando por lo que no sabía… Más cuando Rolando abrió la boca

 Todas las cosas grandes inician con una idea en una cabeza despeinada

 Cómo pudo –por decirlo así- crear Dios el universo con una cabeza engomada

¿Qué habría hecho Noé adentro del arca con una cabeza de mayordomo o Jesucristo en el monte si sus cabellos no se hubiesen entrelazado con el viento?

 A Astrid se le revolcaron los pelos. Metió los dedos en su cabello negro, abrió los ojos y sonrió mostrando los dientes. Sonreía con los ojos, sonreía con los dientes, sonreía con todo su cuerpo que emocionado daba brinquitos sin pararse de la silla. ¿Qué magia puede contener la lengua que, como máquina del tiempo, como nave espacial nos lleva a otras partes? ¿Qué secretos esconden las palabras, las tonalidades del habla, qué conjuros que abren eso que está allí latente en nuestras más profundas añoranzas? ¿Qué fuego primigenio destellan que nos hacen sentir en casa? ¿Hasta dónde viajaría Astrid cuando Rolando abrió la boca y cantó, como cantan los poetas, en acento hondureño?

 Rolando no sabía que Astrid estaba allí, continúo leyendo:

 Juana de Arco ardió más fuerte en la hoguera por su aguerrida cabellera

y en la antigüedad

los primeros hombres en sembrar el café y el maíz

 los chamanes y los sacerdotes

los que tallaron en las lejanas piedras los primeros poemas

 todos son parte de los anónimos despeinados de siempre

 Cuando el evento terminó, Astrid se acercó para decirle a Rolando: “¿Eres de Honduras?”. Yo también soy de Honduras”. ¿Me alcanzarían las palabras para contar la emoción de Astrid al escuchar a Rolando? “¡Sí! ¡Choca esos cinco!”. Y Astrid saltó para alcanzar la mano alta de Rolando. Se sentía en casa.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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