El “Rulo” Palacios

Foto: Bernard Plossu (ciefve.com).
Foto: Bernard Plossu (ciefve.com).

Por: María Matilde Prezioso

Tan malísimo es el Rulo Palacios -aún hoy, en el atardecer de la vida- que se ha negado a darle a Clementina los dientes postizos con que su rostro podría verse casi tan bello como en los años de juventud. De una bofetada, en mil novecientos ochenta y nueve, el Rulo le bajó dos paletas una vez que ella se puso quisquillosa con los ronquidos de él.

El veintiséis de julio de mil novecientos noventa, Clementina y el Rulo Palacios salieron de paseo a una galería y feria americana ubicada en Corrientes y Talcahuano.

Cada vez que ella quería comprar alguna prenda, el Rulo quedaba ensimismado, viéndola. Melancólico, tanto más palidecía cuanto se oscurecía su tierno corazón. Porque el hombre vil, cuando está engualichado, es como una flor sola en medio del campo, expuesta a la tormenta. El Rulo no tenía dinero. Cada suspiro de Clementina por un vestido o bijou con que él la vería glamourosa la noche de sábado, era un pequeño puñal en el alma del reo. No podía obsequiarle.

Repentinamente, decidió la cosa. Agarró la campera mitad de cuero mitad tejida con arabescos atigrados que tanto le gustaba a ella. Con una seña de cabeza indicó a Clementina que tomara la carterita de lentejuelas de la vidriera, y ambos echaron a caminar. Cada uno hacia un extremo opuesto de la galería.

El comerciante a cargo del escaparate advirtió algún movimiento. Escandalizado, profirió gritos que pusieron sobre aviso a todos los vecinos. En segundos, la policía cazó al Rulo y a Clementina, que pidió permiso para ir al excusado a vomitar, e intentó echar la carterita por el inodoro. Lo único que consiguió fue que se tapara, y el agua saliera a raudales.

Los llevaron esposados a ambos. A Comisaría, porque era jueves a la noche. En la celda, sola, Clementina distinguía a media luz escritos que revelaban la sensación de quienes habían pasado por ese lugar. Se entretuvo analizando la diferencia entre sufrimiento y dolor.

“El sufrimiento” – se dijo- “es perdurable. Como este momento, que está en mi piel desde hoy y para siempre. Sufro, porque estoy aislada de mis seres queridos. Del Rulo… Prefiero el dolor, quisiera que alguien viniese a golpearme. Sería mejor que este infierno de paredes…”

La puerta se abrió. Ella se asustó. Le dieron una manta que otrora había sido colorida. La frazada era una manufactura del Chaco. Las tejedoras, después de confeccionarla, habían sido brutalmente traspoladas a la urbe para la ejecución de servicio esclavo en fábrica.

Volvieron a poner cerrojo. No había cama, sino una superficie de cemento, sobre la que intentó descansar. Con el temor constante de que a los polis se les ocurriera entrar a violarla, o cualquier locura. Aquello era tierra de nadie. Sin embargo, adivinaba la presencia del Rulo al otro extremo de la dependencia policial. Después de aquella noche, durante el resto de su vida, siempre sostuvo que los “canas”, pese al estado oscuro en que se los veía, no se habían metido con ella por una especie de ética de respetar a la mujer que anda con su hombre. Y más, por tratarse de la Querida de un punto como Rulo Palacios.

La condena efectiva del preso comienza en el insomnio. El cuerpo roto de impulsos abortados petrifica la curva de movimiento, dejando lugar a la subsistencia. Clementina estaba agotada. Pero al taparse, la manta tejida surtió efecto reparador. Soñó danzas, coplas y chacareras al violín.

El viernes en la mañana los trasladaron a Tribunales para prestar declaración. Luego, podrían volver a casa.

Clementina nunca había pasado una experiencia de aquellas. El pelo recién teñido de colorado en peluquería barata, se mezclaba con sus lágrimas y toda la ropa tomaba tinte. “Con ese nombre no necesitas alias, Piba” -gritó una, desde la otra punta, y las demás reían. Otra compañera de celda se apiadó, y le susurró al pasar:

“Decí que tenés SIDA, así nadie te toca”.

En verdad, la mayoría de las presas daban pavor. Y, para peor, había que tolerar a las guardias-cárcel. Sus rostros se integraban a la variedad de versiones que puede adoptar un Pitbull Terrier americano. Las reconocía por el tono del ladrido. A estas alturas se había convencido de que no habían de ser excesivamente peligrosas. Porque durante la requisa de ingreso, no le habían dedicado demasiado tiempo a echar un vistazo al ano de Clementina. La habían obligado a separar ambas nalgas con los propios dedos. Avergonzada, ella había creído encontrarse en la antesala del terror. Sin embargo a continuación le dieron la orden de volver a vestirse y todo acabó.

Los llevaron esposados por los pasillos. Les sacaron fotos de perfil y de frente, y les tomaron las huellas dactilares. Volvieron un rato a la incomunicación entre ambos. Ella, con las detenidas, tuvo que turnarse para pasar el trapo de piso. Con el frío que hacía, y sin los cordones de los borceguíes, tiritando pensaba: Ya pasa.

Pero se hizo tarde para la declaratoria. Clementina quería llamar a sus padres. Se sobrepuso y no lo hizo. Aborrecían al Rulo, y esto empeoraría el encono que su familia le guardaba.

Como hasta el lunes no habría testimonio ni careo, los llevaron a la cárcel a pasar el fin de semana. A él, al Penal de Villa Devoto. A ella, a la cárcel de mujeres, en Ezeiza.

Allí, todas dormían en una habitación común. Las internas le daban consejos. Clementina entabló amistad con una que había choreado en el súper, porque no tenía para sus hijitos. Hermanadas en la incertidumbre, ambas daban bocanadas a los sinsabores. Rogaban para salir pronto del calvario. Clementina, a la Medalla Milagrosa. La compañera, a la Desatanudos. El resto de las presas le rezaban a un santo que ni ella ni su amiga conocían.

También trabó amistad con “La Chile”. Tres años de condena por haber hecho de “mula”. Alguien la había “batido”; le habían encontrado la merca al cruzar la frontera, en Fox de Iguazú.

Muchas de las mujeres que estaban allí tenían hijos, y se habían decidido a delinquir creyendo que ayudarían a darles un futuro.

Sólo de una se decía que era peligrosa. La Chile, señalándole a la mujer obesa que entraba al único baño para compartir entre veinte, munida de un toallón, a darse una ducha (resultaba indudable que hacía lo que quería sin dar explicaciones a nadie) le advirtió:

“Ojo con esa, está por asesinato. Mató al marido”.

Esa noche comieron pizza fría. Clementina se tiró a dormir en el piso húmedo, como pudo. Hilvanaba estrategias para subsistir ahí dentro, en caso de que la condenaran.

“Me hago amiga de la gorda”.

El lunes los llevaron de nuevo al Edificio de Tribunales.

El juez le preguntó al Rulo si solía fumar algo. El Rulo, cándido, hasta un poco tonto, respondió que sí, casi buscando la complicidad del juez.

El juez siguió preguntándole si había cometido algún robo a mano armada en Gorina, a una familia de apellido Anchorena. Y el Rulo, en su ignorancia, seguía contestando que sí, y haciendo guiños. Así, le fueron sacando de mentira a verdad, una por una de sus fechorías. Robos en el country “San Facundo”, y actos de violencia graves al perpetrar otros cuantos delitos. Lo sentenciaron a quince años de prisión.

Durante la espera, antes de que el letrado la entrevistara, llegaron dos mujeres nuevas. Con tapados, tacos, las manos arregladas y el cabello cuidadosamente peinado. Parecían de clase alta. Y lo eran. Falsificadoras. Tenían una red con sus maridos. Entre sí, eran cuñadas. No era la primera vez que caían, por consiguiente dominaban el lugar y ejecutaban acciones certeras. Parecía que se quedarían bastante tiempo en la cárcel, y en la resignación, mostraban cierto envidiable saber.

Aleccionaron a Clementina antes de su encuentro con Su Señoría.

Cuando se le preguntó a Clementina, negó. Que no hurtaba, que nunca había fumado marihuana, que no conocía estupefacientes de ningún tipo, y -aunque se le retorcían las tripas- también negó alguna relación con el hombre apodado Rulo, con quien se había visto envuelta en un hecho fortuito.

El domingo 29 de julio de 1990 la señora del Rulo, madre de sus ocho hijos, lo fue a visitar a la cárcel. Se había alisado el pelo con planchita, se había cortado flequillo, y llevaba puestas unas calzas de leopardo con las que pretendía imitar a Clementina. Pero, puestas una al lado de la otra, era evidente la belleza sutil de la amante y la rigidez de la esposa. Aquella bruja aborrecía al marido. Se arreglaba para competir con la verdadera mujer de él. Le llevó al Rulo un paquete de yerba “Playadito”, y le dijo:

“Hacelo durar porque es la última vez que nos vemo”.

El lunes 30 de julio de 1990, Macoco Anchorena se presentó en la cárcel de Ezeiza con un anillo de platino con un zafiro. Pagó la fianza de Clementina. El matrimonio de ambos duró hasta el extraño fallecimiento de Macoco, ocurrido el mismo día que el Rulo salió de la cárcel. El 26 de julio de 2005.

El Rulo Palacios es hombre de pocas palabras. Él mismo le dice a su Querida, a cada rato:

“Soy básico”.

Ella se ríe. Lo adora, pese a que el Rulo es malo como el vinagre aguachento. Tan malo que una vez, Clementina creyó estar esperando un hijo suyo. El Rulo, en vez de abrazarla y festejar, le dijo:

“Ja. Si te has quedado embarazada, me voy a vivir abajo del puente o a otro confín, y no me ves más. Acto seguido pasó dando carcajadas tres horas seguidas por reloj, recordando su propio chiste”.

Clementina lo ama. Porque entre los brazos del Rulo se siente como un águila acariciada por el sol de la cúspide de la alta montaña. En actitud de potencial despegue a ese vuelo poderoso con que sólo las aves majestuosas agitan el aire.

Rulo Palacios jamás mencionó cómo fueron los quince años en el Penal de Villa Devoto. Sólo le contó a Clementina que hizo un gran amigo, Armando Alegre. Con quien, paradójicamente, armaban porros y porros para pasarla menos peor. Y también le contó que lo único que le molestó realmente fue estar lejos de ella. Cuando la extrañaba mucho, extraía de una cajita los dientes que le había sacado, los miraba y lloraba.

Rulo Palacios ama a Clementina. Nunca se lo dijo, por temor a que ella pierda el interés, al saberse indispensable en la vida de él. Sale del paso si ella le pide que le exprese su cariño. “No insistas. La pasamos bien juntos. No pretendas más. Tal vez por la mañana no me encuentres”.

Rulo tiene serias intenciones de comprarle los dientes. Todavía no se decide por celoso, para que otros hombres al verla desdentada pasen de largo y no sean atrapados por el fulgor de esa dama adorable.

***


María Matilde Prezioso.
María Matilde Prezioso.

* María Matilde Prezioso encuentra en la escritura de cuentos una pasión y un compromiso vital. Los secretos de la palabra y el estilo literario propio provienen del diseño de redacción que aprendió desde niña junto a su padre, escribiente de defensas penales y escritor de cuento y poesía.

Egresada del Conservatorio de Música como Profesora de piano; y de la Escuela de Teatro como actriz. Su labor como bailarina y performer se complementa con investigaciones interdisciplinares entre diversas artes. Nacida en La Plata, Argentina, se desempeña como docente en institutos terciarios de arte de esta ciudad. También se especializó en análisis coreográfico en la Facultad de Bellas Artes, Universidad Nacional de La Plata.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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