Fernando Vallejo con escopeta

Vallejo lista
Fernando Vallejo (Foto: http://www.diario1.com).

Por: Jose Hoyos

Es de noche y en una casa silenciosa de la calle Ámsterdam de Ciudad de México un señor entrecano está sentado frente a un escritorio oscuro. Lo acompaña una perra, negra como la noche misma, se llama Bruja. Es arrullada por el golpeteo de la máquina de escribir que el señor usa para desplomar su ira. Lo que hace es atizar sus recuerdos con furia en las teclas de la máquina; también se atiza a sí mismo: escribe El rio del tiempo. Aunque lo cierto es que Fernando Vallejo no escribe, ruge. Fernando Vallejo no teme, escribe. Y lo hace con la misma pasión endemoniada con que vive. Este insultante de la montaña, procaz irreverente y luciferino, este ariete despiadado contra el género humano es también un delicado pianista, es director de cine, biólogo, gramático, ensayista, novelista, biógrafo y sacrílego altivo y desafiante colérico. Hay que tener una ambición desenfrenada por saber para ser todas esas cosas. Todo, quiere saberlo todo: “la lengua de Islandia en que anónimos poetas escribieron los Eddas… la ecuación de Kepler y la vieja gramática española de Nebrija… las leyendas Abencerrajes y las lenguas uralo-altaicas… los versos del finlandés Ronloot, el ciclo de la glucosa, los poemas portugueses de Antero de Quental y conocer hasta el fondo la guía de los extraviados de Maimónides, donde acaso me encuentre yo”. Como no le va a alcanzar la vida para tanto, parece querer compensarlo en el vigor de cada línea que escribe y que –lo sabe muy bien– es su legado para el mundo. La fuerza, música y resonancia de su prosa encierra la delicadeza de las notas de Chopin. La eyección de tanta rabia es el estruendo de una escopeta bien calibrada: imposible no escucharla.

Al adentrarse en sus páginas aparecen con claridad todas las crapulencias del género humano, las delicuescencias de la vida, la hipocresía del cristianismo, la crueldad de las religiones, la mezquindad de la clase política colombiana. Pero también aparece al amor por los animales, la nostalgia por su tierra, los recuerdos del niño que recogía naranjas en la finca Santa Anita y el que corría por las calles del barrio Boston de Medellín. Las líneas están logradas con dulce, como las notas del piano, pero el trasfondo es amargura y desazón por haberle tocado vivir, cosa que él no pidió, que nadie pidió, es ahí cuando estalla pleno el estruendo de la pólvora: su prosa. ¿Cómo pueden cohabitar en su obra semejantes extremos? Puede decirse que el contraste es la condición humana misma. Que el amor y el odio coincidan como acompañantes cotidianos del hombre es algo que solo puede descubrir quien cuestiona y evalúa su ser cada minuto de la vida. Todas las acciones del hombre lo son primero en su mente, en su corazón. Las distracciones del mundo moderno nos alejan del alma y nos aproximan a la amnesia. La principal ventaja del escritor es su capacidad para mantenerse a distancia, para no descuidar sus adentros, para prestarles atención por más oscuros que sean. En ese sentido el escritor es la anormalidad, la diferencia. Él descubre una dicha victoriosa e inexplicable en ser un náufrago que parece perdido, solo, escéptico y burlón, que al tomar distancia adquiere una mirada mágica y mordaz, que escucha donde otros no, que puede ver el cuadro en perspectiva por no tener la nariz pegada a él. Es la cofa –que muchos confundieron con locura– en la que se subió Nietzsche para observarnos desde arriba y señalar lo que abajo nosotros no vemos; es el globo en que andaba Borges y que le permitió divisar sus mejores fantasías. Si a esta facultad se le adiciona el coraje de hablar sin tapujos, el resultado es el mordaz, el avizor, el belicoso Vallejo; un hombre dotado de una valentía casi inaudita por estos tiempos de obediente cobardía.

Es un hombre atormentado de recuerdos que encontró en la escritura la expiación perfecta, la esencia sanadora que le hace llevadera la vida. También es el inventor de la Irreverencia Gramatical. Un finísimo estudioso del idioma que rebana de un tajo tanto merodeo, perífrasis, vaguedad y demás lastres que ha ido adquiriendo el idioma de Cervantes a lo largo de los siglos. Para él, la defensa de la vida, la única válida y digna, es la defensa de los animales. No está clasificado entre los nadaistas, así en el fondo sea el más puro de ellos; claro, siempre que el concepto sea entendido por la relevancia de sus cuatro primeras letras: “La paz de la nada, de la que un par de lujuriosos me sacaron, hombre y mujer, y a la que he de volver cuando la parca se acuerde de mí”. Pero más que nada, Vallejo es un hombre de filosa humanidad, voluntarioso y enérgico, no disimula sus ideas y odios y malquerencias, no se anda con rodeos, afina la mira, apunta a un objetivo de peso –la iglesia, la reproducción de la especie humana, los políticos, su madre misma– y dispara, es un cazador. Provoca la detonación sin fuegos de artificio ni retorica ni pleonasmos.

 Comparto cierta renuencia a las citas extensas, pero es imposible divisar la arquitectura prosística de Vallejo sin citar esta media cuartilla, potente fragmento de Entre fantasmas:

“Y ahora toma aire Peñaranda, contén la respiración, ármate de valor, papel y lápiz y ábrete párrafo aparte que te voy a dictar un chorizo, lo que este libro al terminar ha de ser, cuando adquiera su prístino genio y figura, cuando acabe, cuando acabe. Un libro así: chocarrero, burletero, puñetero, altanero, arrogante, denigrante, delirante, desafiante, insultante, colérico, impúdico, irónico, ilógico, rítmico, cínico, lúgubre, hermético, apóstata, sacrílego, caótico, nostálgico, perifrástico, pleonástico, esquizofrénico, parabólico, paradójico, inservible, irrepetible, irreparable, irresponsable, implacable, indolente, insolente, impertinente, repelente, recurrente, maldiciente, demente, senil, pueril, brujeril, burlón, ramplón, parcial, sectario, atrabiliario, escabroso, empalagoso, tortuoso, tendencioso, rencoroso, sentencioso, verboso, cenagoso, vertiginoso, luctuoso, memorioso, caprichoso, jactancioso, ocioso, lluvioso, luminoso, oscuro, nublado, empantanado, soleado, alucinado, desquiciado, descentrado, solapado, calculado, obstinado, atrabancado, desorbitado, iracundo, bufo, denso, impío, arcaico, repetitivo, reiterativo, exhaustivo, obsesivo, jacobino, viperino, vituperino, luciferino, hereje, iconoclasta, blasfemo, ciego, sordo, necio, obsceno, rojo, negro, terco, torvo, terso, gratuito, execrable, excéntrico, paranoico, infame, siniestro, perverso, relapso, pertinaz, veraz, veloz, atroz, soez, sagaz, mordaz, feliz, falaz, revelador, olvidadizo, espontáneo, inmoral, insensato, payaso,  y como dijimos antes de empezar y para que no se te vaya a olvidar, cuentavidas, deslenguado e hijueputa”.

Cada adjetivo es un eufónico perdigón de alto calibre. Y usted, amigo aspirante a escritor: ¿ya aprendió a insultar? Si no lo ha hecho, qué espera, está olvidando un aspecto clave del oficio, seguro lo va a necesitar. Para aprender, acérquese al maestro, él enseña a insultar con el diccionario y la gramática, a océanos de distancia de un país cuyos insultos se reducen a recordarnos el oficio de la mamá de todos. Un país donde se da mejor uso al machete que al lenguaje. Tal vez por eso parece contradictoria la figura de un gramático antioqueño. Su prosa es ritmo puro, música rabiosa, pero al fin música, cadencia, resonancia, fuerza, ira y amor. Con facilidad pasa del insulto al gesto de ternura, vuelta de nuevo al insulto, otra vez al gesto de ternura porque, ¿qué puede ser más contradictorio que un hombre? Escribe en la cabeza y mientras camina se repite las frases hasta encontrar el tono preciso. La anterior alineación de adjetivos es sinfónica, medida, cantada, dista por mucho de la casualidad; está lograda con el oficio de carpintero de un escritor prolijo y esmerado, que ha vaciadotoda su vida al pulimiento de las letras. A la edad de nueve años descubrió la lectura en la biblioteca Piloto de Medellín. Lo cautivaron las aventuras de Julio Verne y Emilio Salgari, después siguió con la novela rusa, toda, de Tolstói a Dostoyevski, pasó a la novela inglesa, la francesa, la americana, para después arribar a las costas de la poesía más elevada que haya dado este país, la de José Asunción Silva, Porfirio Barba Jacob y León de Greiff. Devoró enciclopedias y tratados de filología y filosofía. El conocimiento lingüístico y gramatical le produce una desmedida ambición que trasciende la existencia misma, por eso afirma que una vida no alcanza ni para aprenderse una enciclopedia.

Alguien feliz y pleno jamás podría ser un buen escritor; además quien es feliz todo el tiempo es un idiota, es un Abel que tarde o temprano ha de llegarle su Caín. Ser un infeliz de tiempo completo tampoco es garantía de buena literatura. El dominio de los demonios internos, no su exorcismo, es condición fundamental de la escritura impetuosa. Hemingway sostenía que los escritores serios tienen que ser heridos de una forma verdaderamente terrible antes de que puedan escribir seriamente. El escritor fácil, simplón, tímido y temeroso va a estar siempre condenado al limbo de la mediocridad. Sobre lo que hay que escribir es precisamente sobre las cosas prohibidas y del modo prohibido. Comprometerse y tomar riesgos aparece en Vallejo como una virtud congénita, soportada en un conocimiento casi enciclopédico, de otra forma no se podría entender que arremeta contra la Teoría de la evolución de las especies, señalando a su autor como un impostor. El saber le da armas suficientes no para hablar de Darwin, sino para discutir con Darwin. Polemiza, refuta, ataca, por tanto no es un divulgador, es a un tiempo interlocutor y provocador. ¿Y qué puede esperar entonces la clase política colombiana, teniendo en frente semejante revisor? Un pueblo violento y pendenciero refleja toda su ignorancia a la hora de elegir a sus gobernantes. A pesar de mantener la memoria de su padre (un senador y político antioqueño destacado) dentro de sus afectos, no lo exime de haber secundado la sangrienta borrachera partidista de la segunda mitad del siglo pasado. Su padre y toda la clase política colombiana encuentran en Vallejo su más fino acusador. “Mi padre, un hombre honorable y decente. Eso fue todo lo que me dejó de herencia, honorabilidad y decencia. Viejo güevón, de qué me sirve a mí la honorabilidad y la decencia en el país de la seguridad democrática”.

La puta de Babilonia es un feroz ataque no solo al cristianismo sino a la historia misma de la religión legalizada por Constantino. Es un sumario de crímenes y atrocidades papales aderezado con la ironía propia de una mente maldiciente y corajuda. El libro es una sola e imponente verdad: que la religión católica trafica con la moral, que nos vende la fe y que muchos de sus ministros son unos desbraguetados. William Ospina lo describe con claridad: “Nunca tanto mal se ha descrito tan bien; esto se debe a que Vallejo es un enviado de Dios. Dios lo envió para poner a prueba la tolerancia de los católicos, para ejercitarlos en el arte de poner la otra mejilla, y en la disciplina angélica de amar a los enemigos”. Precisamente en Antioquia, una región de fuerte tradición católica, es donde proliferan sus más cerreros enemigos. Para no olvidarlos, escribe en lenguaje literario vivificado por el habla paisa, el habla del común. Denigra del narrador omnisciente de tercera persona que todo lo ve y todo lo sabe, como Dios. En lugar de eso prefiere la primera persona porque encarna todas las dudas y flaquezas de un ser humano cualquiera.

Bruja, como sus seres más queridos, ha muerto. Un hecho de impacto profundo que trastoca las hebras más frágiles de su corazón. Este evento es fulminante y en adelante condiciona cada palabra que escribe, al igual que lo fue el exilio de Neruda, la partida de Machado, el encierro de Cervantes, esto es, el acicate de su obra. Una de las máximas de Goethe reza: “Las cosas no son como son sino como uno las recuerda, porque el hombre no es lo que es sino lo que sueña”. No vale la pena poner a competir una imagen, un lugar, una evocación bien plantada en la memoria contra la sucia realidad porque, lógico, ganaría la realidad. Los muertos de Vallejo siempre hablan, y lo hacen mejor que los vivos. La abuela Raquel, su hermano Darío, su padre y su Bruja, esas muertes lo terminaron de desbarrancar. Sus muertos aún siguen medio vivos después de haberlo dejado medio muerto. Los recuerdos que mantiene de Medellín  y sus cantinas, su envilecimiento, sus sicarios, su locura y su pasión son las marcas dominantes de su escritura. Son nostalgias indisolubles, sentimiento puro, como un tatuaje imborrable y doloroso. Por eso prefiere mantener vivas las imágenes de Santa Anita y del barrio Boston en su memoria y no contrastarlas con la realidad feroz y desalmada. En momentos de intensa desesperación, Jacques Prévet decía querer poner fin a sus días, pero no sabía por cuál de ellos empezar.  Vallejo encuentra su futuro en el pasado, y su felicidad en la absoluta tristeza.

Si alguno de esos sabios doctores académicos que todo lo saben hiciera una investigación (para luego hacer una ponencia para luego ascender para luego ganar más y para luego morir) sobre las honduras más lóbregas que habitan el corazón humano, sin duda, descubriría que todos somos Fernando Vallejo. Que él es solo la expresión escrita de todos los odios que callamos. La escopeta con la que anda es la misma que Hemingway se metió entre la boca para acabar con sus pensamientos; la misma que José Asunción Silva puso sobre la marca dermatográfica en su pecho para librarse de sus angustias. La escopeta que refiero es, desde luego, la pluma. Cuidado, Fernando Vallejo anda armado y es peligroso: tiene el don rabioso de la palabra.


Jose Hoyos

joseanca78@gmail.com

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

5 comentarios sobre “Fernando Vallejo con escopeta

  1. La nota que acabo de leer, es absolutamente magistral, deja al descubierto la grandeza literaria de un Vallejo que imnotiza, y transporta a sus lectores al silencio y al lugar donde la luz intensa del saber, se protege con la más profunda obscuridad. Gracias maestro Jose Hoyos.

  2. Gran artículo; profundo, reflexivo, elegante y comprensivo con la obra de este gran artista. Vallejo tiene que ser uno de los más grandes escritores en lengua hispana de todos los tiempos. Jamás olvidaré el momento en que leí por vez primera el poderoso comienzo de “La puta de Babilonia”.

  3. ” EL ICONOCLASTA EL IRREVERENTE….LA GENIALIDAD, U LA LUCIDEZ SE COMBINAN CON UNO DE LOS MAS GRANDES, COMO RECORDAR…A RIMBAUD, BODERELD, Y LOS POETAS MALDITOS….!, FERNANDO VALLEJO CON LA NOVELA : “LA PUTA DE BABILONIA…TODA UNA DIATRIBA CONTRA DIOS Y LA RELIGIÓN, EN ESTA OBRA QUEDAN REDUCIDOS A LA MAS MÍNIMA EXPRESIÓN….NADIE SE HA ATREVIDO A DISCUTIR SU OBRA…!SIMPLEMENTE PORQUE LOS DEJA DEN RIDÍCULO”

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