El adolescente que siempre dijo no

Nunca nadie ha hecho nada por mí, así que no le debo nada a nadie.
Nunca nadie ha hecho nada por mí, así que no le debo nada a nadie.

Por: Juan Guillermo Ramírez

Yo grito que no creo en nada y que es absurdo, pero no puedo dudar de mi grito y tengo que creer al menos en mi protesta. La primera y la única evidencia que así me son dadas dentro de la experiencia absurda, en la rebelión. James Dean (1931-1955).

James Dean está tan muerto que aún respira. Y respira aliento de rebeldía recogiendo este gusto por la rebelión, clara característica del dolor de la adolescencia. Respira la belleza de la fragilidad de su mirada en un afiche, la virilidad marcada por su mirada y por su cigarrillo en una vieja foto, enmarcando la simulación de una postura adulta. Quien juega, tiene la posibilidad de ganar o de perder. Eso lo supo muy bien. Héroe de una tragedia, ya pasada, que tuvo lugar hace más de sesenta años -enterrado el 8 de octubre de 1955 en Fairmonth, Indiana, la ciudad que lo vio crecer de la mano de su tío-, héroe trascendido por los acontecimientos, manipulado por su vida y por su muerte. James Dean, el héroe de las mitologías, ha sido arrebatado a sus padres o éstos le han sido arrebatos. James Dean es huérfano. Su madre muere cuando tiene nueve años y es recogido por un tío granjero.

James Dean reunió a hombres  y mujeres preservadas para la eternidad en nuestras memorias. El héroe de las mitologías construye su propio destino, en lucha contra el mundo. James Dean se escapa de la Universidad, se convierte en rompedor de hielo en un camión refrigerador, marinero de un remolcador, se contrata como grumete de un yate, hasta que conquista su lugar bajo los rayos deslumbrantes de este sol mítico moderno que constituye los sunlights: se impone en la escena de Broadway en See the Jaguar, luego en The Inmoralist, a continuación se impone en Hollywood y filma Al este del paraíso. Emprende múltiples trabajos en los cuales demuestra sus aptitudes y al mismo tiempo expresa su aspiración a la vida más rica y total posible. James Dean ha arreado vacas, ha cuidado pollos, ha conducido un tractor, ha criado un toro, se ha distinguido como un buen jugador de baloncesto, ha practicado yoga, ha aprendido a tocar el clarinete, se ha informado en todos los terrenos y se ha convertido en la encarnación, para el mundo moderno, del mito de la vida total: artista de cine. James Dean quería hacerlo todo, ensayarlo todo, probarlo todo. “Si tuviera cien años”, decía, “todavía no me alcanzaría el tiempo para hacer todo lo que quiero hacer”. “Va bien vernos”, fueron las últimas palabras de James Dean y recordadas por el mecánico de la Porsche, quien lo acompañaba en su último viaje y quien sobrevivió al accidente. “Yo no lo vi” se defiende el joven conductor del gigante Ford Sedan, quien le dio la prioridad a esta estrella rutilante y ardiente. James Dean murió porque no lo vieron. Tenía 24 años y venía de filmar tres películas: Al este del Edén, El furor de vivir y Gigante. Estas tres películas crearon un mito. Pero en parte únicamente. La leyenda pasó lejanamente para el cine: la vida misma del actor, su toma de posición y sus gestos.

Lo mejor de ser soltero es que te puedes meter en la cama por el lado que quieras.
Lo mejor de ser soltero es que te puedes meter en la cama por el lado que quieras.

La vida de James Dean es tan importante como sus películas.

James Dean antes de ser el actor que todo el mundo conociera, era el magnífico y desdichado director de él mismo. Cuando entra a Hollywood, su contrato con la Warner lo tenía guardado en el bolsillo de su pantalón de jean viejo y roto, digno de un vagabundo. Su amigo Bill Blaste recuerda el encuentro de James Dean con un importante agente de la meca del cine: “James entró en la oficina y, sin presentarse ni saludar, se sienta sobre la mesa, dándole la espalda al agente y se pone a hablar por teléfono. Cuando salimos de allí, le pregunté: ‘Pero ¿qué has hecho? ¿Te has vuelto loco? Y él me respondió: ‘Ah! A ellos les encanta eso. Adoran este tipo de comportamiento humano.” Y era verdad –las personas que habitaban Hollywood adoraban eso, esa impertinencia casi insultante. Y era también falso, James Dean cambiaba de personalidad por una rebelde, calculadora y cínica.

James Dean en su doble vida,  la real y la de la pantalla, es un héroe puro de adolescencia. Expresa sus necesidades y su rebelión en un mismo movimiento, que traducen los dos títulos: El furor de vivir y Rebelde sin causa, que constituyen los dos aspectos de la misma exigencia virulenta, en la cual un furor rebelde se enfrenta con una vida sin causa. Los héroes siempre mueren antes de tiempo. Mueren jóvenes, son jóvenes. Era un modelo de la adolescencia estadounidense en particular. Su rostro respondió a un tipo fisionómico dominante: cabellos rubios, rasgos regulares. Más aún, la movilidad de sus expresiones tradujo admirablemente la doble naturaleza del rostro adolescente, todavía indeciso entre las muecas de la infancia y la máscara del adulto. La fotogenia de ese rostro, todavía mayor que la de Marlon Brando, es rica en toda la indeterminación de la edad sin edad, donde alternan las muecas, las sorpresas, los candores indefensos, los “infantilismos” y los endurecimientos, las resoluciones, los rigores. Mentón sobre el pecho, sonrisa inesperada, aletas de cejas, ostentación y modestia, ridiculeces torpes e ingenuas, es decir, siempre sinceras. El rostro de James Dean era un pasaje cambiante donde se podían leer claramente las contradicciones, las incertidumbres, los impulsos del alma adolescente. Es comprensible que este rostro se haya convertido en un rostro bandera y que ya sea imitado, especialmente en lo que más tiene de imitable: la mirada y su corte de pelo. Hoy James Dean tendría ochenta y cuatro años y aún vive en aquellos que lo han tratado de imitar: Richard Grieco, Christopher Lambert, Brad Pitt, Jason Prestley y Luke Perry.

Sea lo que sea que llevo dentro y que me hace ser lo que soy, es como una película. Y éstas sólo funcionan en la oscuridad, si las abres del todo y entra la luz, las matas.
Sea lo que sea que llevo dentro y que me hace ser lo que soy, es como una película. Y éstas sólo funcionan en la oscuridad, si las abres del todo y entra la luz, las matas.

Se le pudo ver sobre esa carretera rodando como si se deslizara sobre el mismo infierno. Porque lo esencial es lo invisible para los ojos –James Dean clamaba abiertamente su amor por “El Principito” de Saint-Exupey-. Si no rehusó ser ese coche que venía directamente hacia su carro, ¿entonces se puede hablar de suicidio? Tal vez esa haya sido el destino trágico de lo romántico. Fue un accidente inconsciente. El auto es la evasión: las aladas suelas de Rimbaud son remplazadas por el Porsche. Y la evasión suprema es la muerte, como la individualidad suprema es la muerte. James Dean se precipita hacia la muerte, de la cual no podía protegerlo más que provisionalmente el contrato que lo vinculaba con la película Gigante. Por su muerte, James Dean vuelve a encontrar el prestigio olvidado de las estrellas de la gran época, que por hallarse más próximas de los dioses que de los mortales suscitaron una loca adoración. Pero su muerte, por otro lado, da autenticidad a una vida que lo coloca resueltamente entre las estrellas modernas, cercanas a los mortales. La estrella moderna es modelo y ejemplo, mientras que la estrella antigua era ideal de sueño. James Dean es un héroe real, pero experimentó una divinización análoga a la de las grandes estrellas del cine mudo.

Si un hombre consigue seguir vivo después de morir, entonces fue un gran hombre.
Si un hombre consigue seguir vivo después de morir, entonces fue un gran hombre.

Fue, es y seguirá siendo el héroe de los adolescentes. Culto para los coleccionistas que poseen las fotos y los afiches de la mayoría de las películas en las que actuó, estampillas, carátulas de libros de poesía en los que aparece caminando con las manos entre los bolsillos del pantalón y el cigarrillo colgándole  entre los labios.

Mujeres que cuando se van a dormir, se encuentran con su presencia pegada detrás de la puerta, esperando compartir el delirio de una noche de sueños y besos –como en el corto realizado por Jean-Luc Godard y con guión escrito por Eric Rohmer, Charlotte et Veronique-. El realizador francés François Truffaut, en su libro Les films de ma vie, lo describe así: “En James Dean, la juventud actual se reconoce por completo, menos por las razones que se aducen: violencia, sadismo, frenesí, horror, pesimismo, crueldad, que por otras, infinitamente más simples y cotidianas: pudor de los sentimientos, fantasía de todos los instantes, pureza moral sin relación con la moral corriente, gusto eterno de la adolescencia por el desafío, la ebriedad, el orgullo y la queja de sentirse ‘fuera’ de la sociedad, rechazo y deseo de integrarse con ella y, finalmente, aceptación o rechazo del mundo tal cual es.”

Sueña como si fueses a vivir para siempre y vive como si fueses a morir hoy.
Sueña como si fueses a vivir para siempre y vive como si fueses a morir hoy.

Y la inmortalidad de James Dean es también esta supervivencia colectiva bajo mil mimetismos. Claro que James Dean es una estrella perfecta: dios, héroe, modelo. Pero si bien esta perfección no ha podido cumplirse sino mediante el aparato del “Star System”, proviene de la vida y la muerte del James Dean real y de una necesidad suya, la de una generación que se contempla en él, reflejada y transfigurada a través de los dos espejos gemelos: la pantalla cinematográfica y la muerte.


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Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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