Invitación a comer

Cuadro de Danilo Buccella. Tomado de miradadebruja.blogspot.com
Cuadro de Danilo Buccella. Tomado de miradadebruja.blogspot.com

Por: Javier Zamudio*

De pie, frente a un espejo que medía casi dos metros de altura, Esteban Artaúd se probó el traje negro, los zapatos de charol y la corbata. Se fijó en su barba rala, las cejas tupidas y el cabello que formaba una sombra blanca sobre su cabeza. Respiró el perfume oriental que emanaba de cada costura, recordando las palabras de la vendedora: «Esta fragancia es para hombres modernos, atrevidos, grandes amantes». No era su caso, pues había pasado casi la mitad de su vida en soledad y el único recuerdo del amor que tenía, era un beso más de treinta años atrás.

Metió la mano en el bolsillo y sacó la carta. Ese pedazo de papel era el responsable de tanto alboroto; por ese puñado de letras, que cabrían en su mano derecha, había pedido permiso en su trabajo, había alquilado un traje y había comprado un frasco de perfume que ostentaba una caligrafía extraña a su alrededor. Volvió a leerla, dudando del sentido que daba a esas palabras, sintiendo una mezcla de terror y felicidad, porque Laura, con letra de su propia mano, lo invitaba a cenar. Guardó la carta y miró la hora: eran las seis y treinta. Se ajustó de nuevo la corbata, pasó un paño sobre sus zapatos y se untó más perfume, pasando la mano derecha de abajo hacia arriba.

Salió y un viento helado golpeó su cabeza, desbaratando un peinado hecho con mucho esmero, que servía para ocultar la pequeña calva en su coronilla. Se subió a un taxi e indicó al chofer la dirección. Sintió el frío entrando por las mangas de su saco y dejándole un dolor amargo en los huesos. Ya en el taxi, mirando las casas desaparecer en la ventanilla, se arrepintió de haber salido.

Vio a Laura, por última vez, cinco años atrás. Él acababa de cumplir la edad en que murió Bolívar y para celebrar compró una biografía del Libertador en una librería de usados en La Candelaria. Era mediodía. Ella lo reconoció y lo abordó con unas palabras que se quedaron grabadas en su memoria: «¿Esteban? ¿Esteban Artaúd, el historiador? Estudiamos juntos la escuela. ¿Te acuerdas de mí? Anoche soñé contigo». Eso le bastó para invitarla a almorzar y rememorar aquel primer beso.

El taxi se detuvo en un semáforo, Esteban miró el paisaje a su alrededor y se sintió perdido. A unos metros del carro había una iglesia y a su lado varios almacenes de ropa. Pensó en preguntarle al chofer dónde estaban, pero se contuvo con timidez. Echó un vistazo a su reloj y cerró los ojos. Trató de recordar el rostro de Laura, pero no lograba más que formar una silueta imprecisa, bordeada por una luz que centelleaba como las farolas de un carro. Su cuerpo era parte de esa luz y daba la impresión de estar viendo su espíritu.

Abrió los ojos y notó la Universidad Javeriana. «Estamos cerca», pensó metiendo la mano en su bolsillo para sacar la carta y leérsela al chofer. El tipo oía en silencio, mirándolo, de vez en cuando, a través del espejo retrovisor.

—¿Qué cree que significa? —preguntó Esteban mientras el carro volteaba para buscar la Caracas.

—Es una invitación a comer, vecino, eso está clarito.

—Pero, ¿le parece que hay algo más? ¿Cree que hay algo implícito?

—¿Implíciiii qué?

—¿Qué si cree que esa invitación a comer pueda ser algo más? ¿Cree que está enamorada de mí?

—Mmmm, quién sabe, vecino, lo que sí está claro, es que es una invitación a comer— dijo el chofer estacionándose.

Esteban pagó y se bajó. Era una casa esquinera, rodeada por un muro que terminaba en una entrada custodiada por un guarda de seguridad. El rojo de las tejas combinaba con un blanco impoluto que bordeaba las paredes y las ventanas. Sobre la puerta principal se podía leer: «Clínica Mental».

Esteban permaneció un momento en la acera. Sacó la carta y leyó la dirección. Se aproximó al guarda y, después de despertarle, le mostró el pedazo de papel.

—Disculpe, ¿me puede decir dónde queda esta dirección?

—Sí, aquí es—dijo el hombre abriendo la puerta—, creo que la comida ya empezó, ya llegaron todos.

Esteban guardó la carta y atravesó un camino de piedra que conducía a la puerta principal de la casa. Entró a un salón decorado con globos. Una enfermera esperaba sentada junto a una pequeña mesa. Esteban se aproximó y le mostró la carta.

—Hace media hora que empezaron, siga el pasillo, ella debe estar sentada con las otras.

Eso hizo: cruzó un pasillo ahogado en blanqueador hasta un comedor situado junto a un patio interior, donde se apilaban varias bolsas de regalo contra un árbol. Desde la puerta del comedor se veían cuatro mesas rectangulares: varias mujeres, vestidas con overoles azules, ocupaban las dos primeras. En la mitad reconoció a Laura. Las otras mesas estaban casi desiertas, ocupadas por personas que parecían tan sorprendidas y desconcertadas como él. Una enfermera se acercó y le invitó a sentarse. Él no se movió, sacó la carta y se la mostró.

—Sí, ella está sentada en la mitad— dijo la enfermera señalando a Laura.

Esteban la miró sin reconocer a la mujer que viese cinco años atrás: en su rostro sobresalía la osamenta, dándole un aspecto fantasmal, y sus cabellos domesticados con un lazo verde, caían sobre los hombros formando un revoltijo incomprensible.

—La verdad es que apenas la conozco… nos dimos un beso una vez detrás de la escuela, pero fue hace como treinta años. No entiendo esta invitación a comer—dijo Esteban girando despacio el cuerpo para marcharse, sin dejar de mirar a Laura.

—Ella escribió la carta. Desde que ingresó aquí, después del accidente, siempre lo menciona. En terapia dice que se sueña con usted, que es un historiador importante.

—¿Accidente?

—En el que murió su esposo y su hijo. Después de eso, perdió la cabeza. Entre y se sienta, seguro que se pondrá muy contenta al verle. Habla mucho de usted.

La enfermera se alejó. Esteban permaneció en la puerta, observando a Laura, quien de repente lo miraba, pero sin verlo en realidad, como si sus ojos estuviesen perdidos en un sueño que continuaba reproduciéndose en su cabeza. Un sueño en el que él, quien nunca había pisado una universidad, era un importante historiador.

Salió del hospital pensando que cinco años atrás, cuando ella lo llamó historiador y él no la corrigió por miedo de ahuyentarla, ya había perdido a su esposo y a su hijo, y vagaba por el centro de Bogotá buscando un peldaño para sostenerse o un abismo para caer. Esteban paró un taxi y se subió. Extrañaba su soledad, tenía la impresión que ya nunca podría volver a estar solo.

***


*Mi nombre es Javier Zamudio (Cali 1983), he publicado dos libros de poesía, El infierno de los otros, ed. Universidad del Valle (2008) y Soñábamos con el amor, ed. Caza de Libros (2015). Y mi primera novela, titulada Hemingway en Santa Marta, saldrá publicada en octubre del presente año. Mis cuentos han aparecido en revistas como El Malpensante, Número, Odradek, Luvina y Hermano Cerdo.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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