Habitando la incertidumbre

Portada del libro
Portada del libro Anónimos de Alan González Salazar.

Por: Samuel Baena

La primera impresión que un lector distraído puede tener de la novela de Alan González Salazar es que se trata de un ejercicio arriesgado porque tanto en la forma como en el contenido, Anónimos rompe con lo que cabe esperar de su género. La novela ganadora de la versión veintinueve del Concurso Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira juega con la incertidumbre, pues el lector nunca alcanza un conocimiento seguro de nada, ni de la trama, apenas esbozada, ni de los personajes, voces anónimas de las que se desconoce mucho más que el nombre. De la forma, arriesgada en todos los sentidos, cabe señalar que aparte de un par de tildes mal puestas y una que otra falla ortográfica, errores tipográficos que casi pasan inadvertidos, la novela está muy bien escrita. Mediante una escritura ágil, González entremezcla géneros literarios e incursiona en juegos con la estructura. Pasando constantemente de la prosa al verso, en Anónimos el lector puede encontrar poemas, capítulos que parecen cuentos cortos, diálogos, silencios y monólogos en los que se pueden identificar voces propias del teatro, y análisis supremamente lúcidos que fácilmente podrían calificarse de ensayos. Otras veces parece tratarse de un diario íntimo. Existe también un juego con los narradores, con el tiempo de la narración y con elementos que escapan por completo al entendimiento del lector. Ejemplo de ello es el curioso uso de la cursiva y las divisiones, en ocasiones ambiguas, que se encuentran en algunos capítulos. Puede que esta dimensión lúdica tenga una razón de ser clara que escape a uno que otro lector. También es posible que el autor desee jugar con lo absurdo y la incertidumbre. En cualquier caso, estos juegos no complican la lectura de la novela sino que la enriquecen y van de la mano con el contenido. De hecho, no es posible hablar de la forma en la obra de González sin referirse al fondo, porque la forma es parte esencial de la trama. En Anónimos, forma y contenido se confunden, y escindirlos implica un desacierto. A grandes rasgos se podría decir que la novela de González es una desgarradora historia de amor y desamor protagonizada por dos sujetos, un Él y una Ella, que están a medio camino entre el recuerdo del campo y la realidad de la ciudad. Es una historia en la que se hace y se des-hace el amor, pero esto no basta. Anónimos habla de la condición humana, fracturada y doliente, de la juventud ansiosa de evasión que en medio de la noche urbana delira. De la miseria, en fin, y la enajenación y el recuerdo. Son estos los tópicos que, a pesar de la incertidumbre general que tanto puede incomodar a una mente occidental, justifican de sobra la lectura.

Asimismo, un aspecto adicional de la novela de González, que sin duda merece mención, es la presencia de un lenguaje de tono poético que evidencia la sensibilidad del autor y el sentido de su relación con las palabras. La novela está cargada de poesía y de imágenes vívidas, enriquecidas por el uso de figuras retóricas afortunadas. En suma, puede aseverarse que Anónimos es muy consciente del lenguaje y del acto de escribir.

“A la par que llevo un diario decimonónico escribo dos historias, Anotaciones para Él y Anotaciones para Ella, sin expectativas de ningún tipo. Soñé la vida preguntándome. Así lo quiere la naturaleza de esta ficción” [pág. 40].

Este constante y nunca exagerado pensar sobre el acto de escribir mismo es uno de los elementos que ata los diferentes capítulos de la trama. La escritura es concebida en la novela de González como una confesión, un acto de expiación personal, quizá una catarsis.

“La hoja de papel es el espejo opaco donde se observa mi alma, sin necesidad de maquillaje, de máscaras. En él soy otra, soy más real” [pág. 34].

“Las palabras resultan ser un consuelo, aunque también esas palabras son la expiación de algo sin forma, algo que rechaza y desequilibra el interior, son un callejón sin salida, están desgastadas, sólo a través del odio, que sostiene su objetivo, es posible llegar a amarlas”. [pág. 93]

También sobresalen algunas reflexiones acerca del lenguaje y de su ambigüedad:

“Qué amenaza es convertir el lenguaje en algo real. El lenguaje de la locura es ni más ni menos que la comprensión del lenguaje. Nuestras palabras empiezan a tocar a los demás y es ahí donde reside el peligro de la locura: cuando dice la verdad”. [pág. 52]

Con respecto a los personajes, como bien anuncia el título, la novela no ofrece en ningún momento una caracterización clara. Se trata de figuras anónimas que deambulan en la noche del campo y de la ciudad. De hecho, más que de personajes se podría hablar de voces. Él y Ella son como piezas de un rompecabezas y, aunque mantienen a flote la incierta trama, el lector nunca llega a conocerlos realmente.

Ambos –aunque hablar de ambos no tiene ningún sentido– son seres condenados y desesperados que buscan recordar y destruir. Desde las emociones los protagonistas recuerdan el campo que yace sobre las ruinas de su infancia, y recuerdan también las cenizas de cierto amor:

“Cae la noche y yo en ella, en los caminos que se bifurcan. Estoy a un paso del olvido, a dos pasos del remordimiento, a tres pasos de la muerte. Tejo el camino con los nudos ciegos del recuerdo, con los silencios del pensamiento, bajo la escarcha azul de la noche, toda ella vuelta un eco”. [pág. 92]

“estas cenizas de tu nombre y el mío”. [pág. 37]

La ciudad es otro de los temas cruciales de la novela, que tiene mucho de crónica urbana. La narración se desenvuelve primordialmente en el contexto urbano, descrito por González a través de imágenes un tanto lúgubres. Se trata de una urbe moderna y oscura, un escenario decadente con mucho de distopía, en el que hierven la miseria y la hostilidad. Anónimos ofrece un espectro rico en descripciones de ciudad:

“Aquí reina el instinto, el dinero, las armas; reina la exuberancia sexual que descansa en los rincones de los billares, donde resuenan los chillidos de las arpías acostumbradas a la luz mortecina de los hoteles de mala muerte”. [pág. 16]

“Entre los espacios que dejaban las tablas veía los edificios, las ventanas formar colmenas y el aire que se entrecortaba y se suspendía, me ahogaba en mi propia sangre como dices” […] [pág. 61]

La ciudad, además, es el escenario de la enajenación social que produce miedo y conduce a la locura, y es el imperio de un sistema que enclaustra y aliena a sus habitantes:

“Ellos, cariño, son animalitos, hormigas bajo el sol del poder. Indefensos se refugian en sus abismos espirituales, resignados ante el destino que me resulta fatal” [pág. 63].

“[…] los ojos oscuros no expresaban ninguna idea –quizá no las tenía o estaban ocupadas en sobrevivir–” [pág. 31].

Ante esta realidad sobrecogedora, las drogas, la locura y el suicidio se plantean como las salidas de emergencia más razonables. Los personajes que presenta la novela son en su mayoría jóvenes irreverentes y desencantados. Se trata de una juventud nihilista y sedienta de destrucción:

“Cómo he de negar el deseo de dejar este mundo de mentira” [pág. 97].

“Se hizo hipersensible, quisquilloso, frágil; lo que trató de corregir ingiriendo estimulantes para desinhibirse y adaptarse” [pág. 26].

“Eclipsar la percepción saturarla con narcóticos para destronar las razones la fragilidad. [pág. 28]

Con todo, podría quedar la impresión errónea de que la novela está construida a partir de retazos, de imágenes inconexas cuyo seguimiento resulta difícil. A tal apreciación podría contribuir el hecho de que Anónimos entraña un acertijo que el lector busca resolver pero que no tiene solución. Pero es precisamente por su condición laberíntica que la obra no es un galimatías: su aparente desorden tiene una coherencia. Hay hilos que lentamente y en desorden se entretejen, y si bien tanto la trama como los personajes y los espacios tienen fronteras nubladas y difusas, hay cierto sentido tácito que los gobierna a todos. Que el lector no encuentre so­lución a la trama o que esta no exista, no implica desidia por buscar una so­lución. El carácter confuso de los labe­rintos no implica falta de razón en su arquitectura ni inexistencia de un cen­tro o una salida.

La confusión puede ser atractiva o completamente frustrante, eso depen­derá del tipo de lector que se aproxi­me a la novela de González. Anónimos no satisface los parámetros culturales más íntimos: no ofrece respuestas, so­lo preguntas. La forma heterodoxa y el lenguaje poético también pueden desanimar a quien esté buscando una prosa menos florida. Definitivamente no es recomendable para un lector que no guste del valor intrínseco de las pa­labras, más allá de lo que estas dicen, ni para quien espera de los libros so­luciones definitivas a inquietudes pro­pias o ajenas. Tal vez sea una novela muy arriesgada para el público mayo­ritario. A pesar de todo, parece difícil que algún lector joven no sienta cierta empatía con el contenido. En el fondo, Anónimos ofrece una experiencia esté­tica, que no escatima en oportunidades para invitar a la reflexión, sin imponer resoluciones.

“Hay que aprender a habitar en la incertidumbre” [pág. 57], manifiesta en algún punto una de las voces de la novela. Acaso ese es el ejercicio que Anónimos le propone al lector que de­see sumergirse en ella. Es una nove­la que le apuesta más al sentir que al entender.

Alan González Salazar; La Carreta Editores, Alcaldía de Pereira, Instituto Municipal de Cultura y Fomento al Turismo, Medellín, 2012, 108 págs.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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