Alberto Rodríguez Tosca por Santiago Mutis

3 Tosca-literariedad

Por Santiago Mutis

La colección tiene nombre de utilería de mago, y a estas alturas debe andar ya por los 18 poetas publicados. Surgió bajo un  santo flamboyán florecido en una pequeña ciudad de la cordillera en el departamento del Tolima, camino al Parque de los Nevados, y hoy luce mejor que cualquier colección de poesía que se haga o deje de hacer en nuestra injusta y brutal ciudad capital. Se llama «Doble Fondo», y en cada volumen aparecen juntos un poeta colombiano y otro poeta invitado de cualquier parte de nuestra América, o de todas, con una suculenta “antología personal” (es este su distintivo en medio de una inaudita proliferación editorial, inaceptable, de antologías): México, Argentina, Venezuela, Cuba… Y fue precisamente al llegar a Cuba cuando brilló el problema: estaban Rafael Alcides y Norberto Codina, con sus respectivas parejas de poetas colombianos, y entre ellos Alberto. “–¡Pero Alberto también es cubano!”, dijo el coro, sorprendido de la realidad. “–Pues nacionalicémoslo”, contestó Roca, “ya es hora”. Y dando así por solucionado el “problema” nos dimos al protocolo, celebrando que lo que más queríamos de Alberto era su cubanidad:

 

“Hace diecinueve años, en un frío bogotano de cuchillo de esquimal, llegó un poco más tarde que Gonzalo Jiménez de Quezada a esta sabana el poeta artemiseño Alberto Rodríguez Tosca…”.

Así comenzaba la carta de nuestra apropiación, que le otorgó la Nacionalidad Forzada, hace dos años, y que firmamos muchos amigos: Mery Yolanda Sánchez, Rafael Espinosa, Carlos Flaminio Rivera, Mariela Agudelo, Jaime Londoño, Claudia Antonia Arcila, Guillermo Linero, Luz Eugenia Sierra, Iván Darío Alvarez, Víctor López Rache, Guillermo Martínez… Y por el poder de la palabra, de la poesía y el de la amistad, lo declaramos, “a traición”, como dijo Juan Manuel, “ciudadano colombiano, sin su consentimiento ni el de las altas esferas oficiales”. El “documento” es totalmente auténtico, por amor, al poeta y su obra, que asumimos, protegimos y que nos duele como nuestra.

En lo de la edición de las antologías (personales) Alberto quedó como poeta colombiano (volumen VI), con su nacionalización aprobada, forzosa, gozosa… y verdadera.

Ya habíamos hecho algo así de arbitrario unos años antes, cuando Cuba le dio el Premio Nacional de la Crítica a su libro Las derrotas, en el año 2009, y los amigos lo mandamos a la isla a recibirlo. El libro era doloroso y terrible, y también sorprendente. Rafael Alcides, el autor de ese escalofriante poema “El agradecido”, dice de él en el prólogo (siempre me han parecido innecesarios los prólogos, injustificables, sobran, no deben existir, solo este, por su franqueza, por bueno, claro y amoroso, y tal vez porque es una sincera carta entre amigos): “(El libro) es tan bueno que asusta”, dice. En Las derrotas Alcides ve “todas las culpas, todas las dudas, todos los miedos, todas las melancolías, todo el infierno, en fin, (en él) está el hombre secreto que va con cada hombre… De ahí el carácter de testamento –dice Alcídes– que en tu texto advirtiera y que tanto me asustó”.

Pocas veces Alberto tiene piedad consigo mismo, o con nosotros o con el lector, pero a veces lo hace. Es aquí donde, personalmente, más me conmueve. Después de comenzar la enumeración de sus derrotas (“falsos poemas, entierros, destierros / nombres propios, recónditos adioses, una isla, / 38 años, todas las tumbas: / mi madre en una de ellas….”, ps. 17/8), dice Alberto:

«No hay paz en la tumba de mi madre… (Ella) canta. Busca palabras que alivien con música las hendiduras de su propio corazón. A veces se detiene y dice: “¡Hijo, vuelve junto a tu padre, acaricia con lágrimas su pulmón herido; visita de vez en cuando a tus hermanos; llora en paz y sálvate, pero no te avergüences de haber salido de mi vientre escaldado!”.» (p. 55). Sí, a veces, como cuando nos dice que con los asesinos “no se puede”, con “los charlatanes”, con “los traidores” no se puede, “pero / cuídate más de tu cuidado pues la prudencia / es torpe cuando juega a ser déspota y en su / desapacible tiranía prohíbe toda misericordia”.  ¿A estos a veces se referirá Rafael Alcides con lo de “abrirle nuevos caminos” a la poesía? Porque eso de saltarse todos los mandamientos uno por uno, o de “la superioridad de la mentira”, o del “realismo sucio” y la poesía sucia y la vida sucia en la que estamos, ya lo sabemos, se hace para convertir los campos de batalla en campos de golf; pero volver a escribir en un poema la palabra alma… ¡eso sí es nuevo¡: “dime / en qué recodo del camino comenzó / el extravío qué hice mal… / qué no hice…/” (p. 70) ¿“… crees que pueda / … soñar una vez más…/ recobrar el alma… crees que quiera / el alma recobrarme regresar a mi cuerpo… / … perdonarme…” (p. 67). Sí, “nuevos caminos”: volver al orden, como Morandi, y al “sagrado viento de cuaresma… arrasando puertas”, rompiendo los luminosos espejos de la presunción, el orgullo y la lúcida vanidad.

 

Con el premio a Las derrotas los amigo murmuraron, murmuramos, y del zumbido salió una fiesta y también una lectura en una librería del barrio que Juan Manuel y yo orientábamos hacia tranquilas ebriedades de escritores, poetas… donde secretamente hicimos rifas, recibimos donaciones (y también un bar vecino que igualmente orientábamos hacia la libre serenidad de pintores, grabadores, titiriteros…), hasta que el pintor Antonio Samudio ofreció un bello cuadro para reunir los fondos necesarios y poner a Alberto en el avión a Cuba, “haciéndome jurar que no regresaría”, dijo Alberto con todo lo negro del humor, burlándose de nosotros y sacándole la lengua al destino. Cuando regresó con su maletín lleno de ejemplares de Las derrotas hicimos una presentación, casi ritual, para conjurar las filosas espinas del terrible libro. O fue después, ya no recuerdo, cuando Jaime Londoño hizo la edición colombiana del bello y espantable libro. En todo caso, la noche de la presentación dispusimos de la librería de maestros donde con Juan Manuel teníamos un cineclub, la convertimos en una amplia sala de lectura como en una vieja biblioteca. Al fondo, un escritorio vacío, y en la oscuridad una lámpara encendida y el libro abierto; la penumbra, poco a poco, se fue haciendo negra, simbólica, hasta la oscuridad total. Así esperamos la llegada de Alberto. Cuando se detuvo en la entrada, una pequeña lucecita se encendió y alguien comenzó la lectura de uno de sus poemas; al extinguirse, otra luz se prendió en la oscuridad, y la inesperada luciérnaga comenzó la lectura de otro poema…. Y así fuimos leyendo todos sus amigos. Sé que lo conmovió, pero no dijo nada. Cada uno de nosotros caminó amorosamente como un caracol sobre el filo de sus poemas (tal vez para hacer menos peligrosas sus palabras, y derrotarlas).

Pero ya habíamos hecho aún antes otra cosa con él, cuando Juan Manuel Roca, Mariela Agudelo y Alberto decidieron fundar en Bogotá un periódico literario. Los invitamos al restaurante-bar “La Luna Lela”, en el barrio de La Soledad, donde hacíamos lecturas de obras inéditas, conciertos, presentaciones de poetas visitantes (entre nosotros estuvieron Francisco Hernández, María Baranda…), celebraciones de libros, de escritores…  a presentar el plan del periódico, atractivo, citadino, bien escrito y bien pensado (y muy bien diseñado). Dos meses después los invitamos otra vez… a presentar el primer número impreso… y magnífico: La Sangrada Escritura.  Nosotros ya habíamos presentado un plan y un primer ejemplar: de una revista sobre ecología-ciudad-política-literatura y arte: Conversaciones desde La Soledad. Fueron publicaciones amigas… cómplices. 

Bogotá no es una ciudad sabia ni sabe ofrecer alivios “a la escabrosa tarea de vivir”, más bien aturde y abandona, confunde, nos extravía en su propio desamparo, en su ruido, en la densa selva de su miseria, “en cuyas ramas se mece una flor azul como el color que anuncia los frascos de veneno”. Las derrotas no es exclusivamente un libro cubano!

A Alberto le gustaba jugar con el lenguaje, sacarle ecos a las palabras, sentidos inesperados, y todos lo sabíamos, y, claro, la poeta Mery Yolanda Sánchez, su amiga, más que ninguno. Un tarde sabrosa de fiesta en un barrio viejo de Bogotá estábamos en el patio de una casona, charlando, disfrutando, conversando, y ella, reclinada en una mecedora, con un vaso en la mano y a su lado un par de sillas vacías. Alberto, con otro vaso en la mano y poniendo ojos de ternero le dijo a nuestra amiga: “A qué lado tuyo quieres que me siente para hacerte compañía?”, señalando con los ojos cada una de las sillas. Mery Yolanda, levantando sus ojos de poeta por encima de la silla que tenía a su derecha le dijo: “E s c o j a, poeta”. Y el poeta escogió, y cayó directo al piso. Tirado en el suelo, con la mirada alarmada, le reclamó a Mery Yolanda sin que se meciera siquiera el ron de su vaso en alto. “Mery –gritó–, me hiciste caer, qué mala eres”. Y ella, sonriendo, le dijo: “Pero yo le dije, poeta: es coja”. Entre magos se juegan sus picardías, para saber si el otro está atento, para que no baje la guardia, y en el caso de la silla coja pues fue como una de esas palabras cargadas de malicia y sobresalto que él ponía en sus poemas.

Recuerdo ahora una vez que lo llevamos de regalo en una enorme caja a una fiesta de cumpleaños de una amiga y pariente de todos nosotros, a lo que él se prestó muy pícaro y sonriente… Pero le pusimos un letrero a la caja: “Prohibida su devolución”. En verdad, el regalo era para nosotros.

Con Juan Manuel lo invitamos a participar en otra idea iditorial, un libro de unos cien autores colombianos en donde cada uno hablaría de lo que más quería de Colombia, de su gente, sus músicos, antropólogos, escultores, ecólogos, periodistas… Se llamaría El libro de las celebraciones, y Alberto escogió, con su nueva nacionalidad, escribir sobre la amistad y sobre la soledad, y escribió sobre Juan Manuel, quien, de corazón recio y justo, era tal vez quien más lo quería. Por eso debo dedicarle a él esta atolondrada y deshilvanada nota; a ambos, como un homenaje a la amistad, y al tiempo vivido.

                                                                                                                                     

Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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