Alberto Rodríguez Tosca entre dos patrias

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Alberto Rodríguez Tosca. Foto tomada de poesiabogota.org

Por: Juan Manuel Roca

Parodiar los versos de José Martí en los que afirma que tenía dos patrias, la una Cuba y la otra la noche, me sirve para señalar que Alberto Rodrígez Tosca tuvo en los últimos veinte años otras dos patrias que resonaban en sus pasos, Cuba y Colombia. Esta última, que no es que sea propiamente bienechora en su parte pomposa y oficial, ni se enteró de que vivió entre nosotros uno de los más notables poetas del hemisferio y sin duda una ficha clave para la poesía cubana.

Durante sus años en Bogotá nunca dejó de pronunciar en sus conversaciones la palabra Cuba asociada a sus músicos, sobre todo a Benny Moré. A veces cantó, no tan bien como el lajero, pero enamoró a muchas bellas de aquí y de allá, y como Moré bebió grandes sorbos de ron y soledades.

Alberto decia Cuba y parecía estar viendo a sus poetas y narradores: a Lezama y Eliseo Diego, a José Martí y a Fayad Jamís, a Raúl Hernández Novás y a Ángel Escobar, a Rafael Alcides, a Gaston Baquero y a Virgilio Piñera. O a músicos como los Matamoros, Bola de Nieve, Sindo Garay y los Valdés, a pintores como Lam y vitralistas como Amelia Peláez. Todos los días evocaba a Cuba, pero ya estaba entrampado en un amor dolido y vital por Colombia.

Por tal motivo, tras varias décadas de vivir acá y al momento de editar un nuevo volumen de la Colección Doble Fondo, que desde el Municipio del Líbano proyecta una serie de libros bicéfalos para reunir a un poeta colombiano con otro de algún lugar de hispanoamerica, decidimos icluirlo como colombiano, dándole a nuestro arbitrio la nacionalidad.

Para el lector no colombiano reproducimos un fragmento de su “Nacionalidad forzada” decretada por poetas, narradores, periodistas, pintores, fotógrafos, arquitectos, editores, titiriteros, libreros, que sabíamos de su valor humano y literario. Así decía parte de nuestro libérrimo documento:

“Hace diecinueve años, en un frío bogotano de cuchillo de esquimal, llegó un poco más tarde que Gonzalo Jiménez de Quezada a esta sabana el poeta artemiseño Alberto Rodríguez Tosca. Y todavía caía una lluvia pertinaz desde la llegada del pérfido conquistador.

Tal vez por la irreparable nostalgia cubana y quién sabe por qué leyes migratorias, el poeta aún no es, oficialmente, colombiano. Pero como la poesía es una patria común y los poetas no creemos en aduanas, pasaportes ni visas (somos visántropos), un grupo de sus amigos padecientes y felices de conocerlo y de reconocer lo mucho que ha hecho por la poesía colombiana en la prensa, en los talleres y, por supuesto desde su magnífica poesía, hemos decidido unánimemente declararlo ciudadano colombiano a traición, sin su consentimiento ni el de las altas esferas oficiales”.

Desde su llegada a Colombia Rodríguez Tosca tuvo líos con el país aduanero y policivo que jugó con él al bumerang, en salidas y entradas a Ecuador para renovar su esquivo papeleo. Debía presentarse a cada nada al DAS, un departamento de seguridad, a certificar su buena conducta. Imagínense, que un ente gansteril hoy disuelto por sus abusos, sea quien decide que uno se porta bien. Todo por culpa de Kafka, rematábamos cada vez que se aludía al tema. Y hay un poeta sinvergüenza que hasta se atrevió a calumniarlo de “agente del castrismo”.

A todas estas el poeta seguía en plena creación desde sus dos más claros puntos cardinales, “sabiduría y humildad”, como diría nuestro común amigo Jorge Boccanera.

A Alberto lo conocí en el segundo viaje (perdón que hable como Colón), que hice a La Habana en 1988. Ya había publicado “Todas las jaurías del rey”, un volumen que un año antes obtuvo el Premio David y que fue recibido como un notable descubrimiento para la poesía cubana.

En 2002 fundamos él, Mariela Agudelo y yo el periódico “La Sangrada Escritura”, una bella aventura que aún recuerdan muchos lectores de poesía y literatura tras el cierre del “Magazín Dominical” de “El Espectador”, en el que él fuera asiduo invitado.

Para mi gusto, su más alto momento poético está consignado en “Las derrotas”, un libro que conquista su derrota triunfal en la lucha con sus fantasmas: el miedo, la locura, la orfandad, el silencio interior que lo castiga. Lo dicen mejor sus versos: “Debes regresar a la primera noche con el fervor de quien regresa de una gran derrota. Recuerda: eres el derrotado. Alégrate por eso. Y llora”.

De este alto y doloroso libro dice Rafael Alcides: “es tan bueno que asusta. Yo no sabía que se podía escribir así, Alberto, no lo sabía”.

No es la suya, ni en “Todas las jaurías del rey” (La Habana, 1987), ni en “Escrito sobre el hielo“ (Bogotá, 2006) o en “Las Derrotas”  (Ediciones Unión, La Habana, 2008) y Premio Nacional de la Crítica, La Habana (2009), una poesía edulcorada, suave ni complaciente. Es un “tour de force”, una demostración de fuerza en la captura de imágenes provenientes de la multiplicidad del mundo. Hay en todo esto una almendra amarga. Una visión dura que se hace soportable por el grado de ironía que desaloja tanto el dolor como la miseria humana.

Alberto murió el pasado mes en La Habana. Nos lega una obra grande como la de pocos poetas en el ámbito hispanoamericano. Y un libro de cuentos y tres novelas inéditas, una de ellas como para refrendar la doble nacionalidad que le colgamos al cuello. Trata sobre el encuentro de José Asunción Silva y José Martí en Nueva York, dos sombras largas que cobijan nuestros países.

Una amiga urbanista a la que le gusta jugar a identificar personas y cosas me pregunta con qué asunto de la arquitectura cubana podría identificar a nuestro poeta. Pienso que si con algún objeto de las construcciones habaneras se pudiera identificar, no es con las columnas que celebraba Alejo Carpentier en el eclecticismo de La Habana. Ni con algunos cristales de colores que evocan a Amelia Peláez ni con las puertas claveteadas y sus insolados aldabones. Creo que esos objetos son los guardavecinos, esas rejas forjadas que hacen de frontera entre una y otra casa, pues había mucho de privacidad en el mundo de Alberto, de escondidos dolores de entreacasa no declarados ni expuestos a la intemperie. Esa era su manera de estar solo.

A quienes lo conocíamos y admirábamos ya no nos sorprendían sus enclaustramientos, sus silenciosas cuarentenas. Su fuga del mundo a lo mejor sea un engaño y sólo esté escondido, calibrando su soledad, escribiendo a mano sus poemas, amparado en un invisible y forjado  guardavecinos.

Bogotá, octubre 19 de 2015

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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