La caída sigue sonando

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Por: Angélica Hoyos Guzmán[1]

Uno puede caminar por una acera, sentarse a beber en una tienda, con un amigo y luego de varios pares aparecerá un Ricardo Laverde. Alguien que tiene algo que contar. Un ser cuyo misterio lleva un enjambre de palabras. Abejas inocentes volando alrededor de un panal de la hacienda de Maya Fritz, su hija, quien mientras piensa en todas las piezas de los recuerdos de su padre y de su madre minuciosa y suave recoge el néctar, habla con las pequeñas, recoge de ellas el silencio de sus aleteos.

En nuestro país cualquiera tiene rastros, huellas de los árboles que se agitaron con las bengalas en una guerra en la que, a pesar de no participar, se nos metió en la sangre e inauguró generaciones de nosotros quienes, escuchando, también necesitamos saber. Como Antonio Yammara, el abogado a quien le cambia la vida después de conocer un hombre, en un billar de La Candelaria y de acompañarlo a su casa, y de recibir un disparo con él luego de escuchar el nocturno de Silva, mientras, simultáneamente, Laverde oía la grabación de la caja negra del avión donde se accidentó Elena Fritz, la mujer que amaba, madre de Maya.

Cualquier desconocido en una tienda, en un billar colombiano, un par de botellas de cervezas más, que van y vienen mientras escuchas el cuento de aquel que participó heroicamente de un momento de la historia que pareció lejano pero no lo era tanto, Laverde fue un piloto de los narcotraficantes que vivió en La Dorada, que heredó de su abuelo no sólo el destino de pilotear sino el heroísmo frente a las guerras. Las ganas de pasar a la Historia, con mayúscula, un inocente, con culpa y todo, pero inocente al fin. Como nosotros, los que escuchamos, este grupo ochentero que vivió las masacres ajenas, en la televisión, los carros bombas, los sicarios, y todo aparentemente en lejanía. Incluso como aquellos que intentaron algún negocio que les hiciera salir de la pobreza, inocentes al fin.

En mi caso más cerca tal vez, digo al Ricardo que ahora cuenta, yo viví en uno de los barrios más peligrosos de mi ciudad. Como otros, fuimos creciendo, y la fortuna me cambió de rumbo, la adultez me sorprendió leyendo las crónicas rojas con los nombres de los niños y las niñas con quienes jugué en la cuadra: Yesid, Esmeralda, La pajarraca, Jesús, Rubén. Se fueron de mulas para La Sierra, se volvieron matones, era lo único para hacer, pero yo escucho, y quisiera saber, recordar, tal vez nombrarlos, como ahora.

Otros fueron al zoológico de la Hacienda Nápoles a escondidas, yo también lo vi por los noticieros cuando supe que se escapó el hipopótamo. En este país la historia de todos está conectada por las voces de una caja negra que habla de nosotros, que nos repite y que sabemos de memoria el eco de la caída a lo largo de los años, que todavía sentimos y nos da miedo, terror que nos pase algo, que pase algo a quienes queremos como Yammara a Ana y a Leticia, hija y esposa, quienes soportaron su shock postraumático y quienes, seguramente luego de salir de su casa a superarlo, volvieron a vivir, tal vez una vida plena y feliz, o al menos normal con el abogado.

Él se aseguró de dejar de ser ese el eunuco que llora, mientras los demás se conduelen, de llorarlo todo como un hombre que recuerda, aunque a los demás les moleste, de recuperar la memoria junto a Maya, de sanarse, para volver a caminar tranquilo inhalando el olor del cemento que dejan los edificios, alegrándose de dejar atrás una historia que lo incluye sin que le pertenezca.

El Ricardo de nuestra mesa, llora un rato, es llorado y agradece después de la última cerveza. La poesía es azarosa. En cualquier esquina la encontramos despojando de silencios a quienes cultivan abejas. Es el necesario arte de hacer que la memoria resuene para salvarnos.


[1] Evocaciones de lectura a partir de la novela El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vázquez, Alfaguara 2011.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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