Esta rosa negra, del poeta chileno Óscar Hahn

Óscar Hahn. Foto de El Mercurio, tomada de Emol Espectáculos.

Ahora o un primero de Noviembre,
me recuerdo de tu infinita muerte:
de tu mortaja, poncho y arcoíris,
tan tejidas con nieblas por la muerte,
de los llampos sangrando sobre el tiempo,
cobre y nidos de nieve por tu muerte,
de las cavernas de tu pensamiento,
pintarrajeadas negras por la muerte,
de tu sombra comida por la luna,
como engullen las Artes a la muerte,
de tus palabras nunca entumecidas
derramándose fuera de la muerte, […]

Fragmento de “Letanía para un poeta difunto”, Esta rosa negra, Editorial Universitaria S.A.(1961)

En esta convocatoria ¡Chile queremos leerte!, desde Gotas Amargas os quiero acercar fugazmente a Óscar Hahn (Iquique, 1938). Mejor dicho, os quiero incitar -¡qué bello verbo!- a leer su obra. Obra, ésta, de un poeta que parafraseando a Borges, le oí decir: “soy chileno por fatalidad ¿cómo podría no serlo?” Con esto, Hahn reafirma que aunque vivió muchos años (más de 30) fuera de los límites de su país natal, siempre ha llevado su espíritu chileno albergado en su cuerpo. Lo ha paseado por sus letras, allá donde las pusiera, en todos los paisajes que ha descrito. Y esto es así, porque su persona se forma a base de las experiencias que empiezan al poco de estrenar la niñez. Experiencias, por su lugar de nacimiento, que comienzan en Chile. Algunas dolorosas, como la muerte prematura de su padre cuando él era un niño y que irremediablemente lo acerca a esa palabra tan temida por los adultos: muerte. Otras impactantes, el propio Hahn lo ha mencionado en más de una ocasión, como fue escuchar una gráfica conversación entre adultos sobre los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Conversación que le acompañará en sueños muchas noches de su niñez. Ladrillos, al fin y al cabo, que construyen junto con otros la personalidad que se moldeará dentro de Óscar Hahn, el poeta.

Pocas veces un primer poemario sería escogido para presentar a un autor. Normalmente, las obras de juventud muestran una especie de inmadurez literaria que no refleja la calidad que posteriormente alcanzará dicho autor. Esta rosa negra (1961) de Óscar Hahn es su primer poemario publicado, pero como una brisa que crece hasta llamarse vendaval, este poemario conseguirá que reservéis un lugar cómodamente accesible en vuestras bibliotecas para este poeta, pues indudablemente reincidiréis en la relectura de sus versos.

Esta rosa negra se divide en dos partes. La primera se construye con once poemas. La segunda solo consta de uno. Estos poemas son una amalgama de teorías poéticas interiorizadas quizá inconscientemente. Una teoría asimilada por una infinita sensibilidad ante lo leído. Me imagino al poeta como un lector apasionado, embriagado por las sacudidas en alma y psique provocadas por la lectura de poetas alejadísimos en el tiempo que, sin embargo, penaban por los mismos asuntos que penarán los aún no nacidos. A Óscar Hahn lo percibo como un grandísimo lector. Un lector, como pocos. Capaz de oír los entresijos que la tinta no cuenta y por si esto fuera poco, capaz de readaptarlos a su tiempo, a su espíritu.

Aquella danza de la muerte que adornaba letras e imágenes ya desde la Edad Media, también pone a bailar a los personajes de este poemario. Esa danza que no entiende de diferentes estratos y que con su llegada todo iguala. Esa danza pintada en vitrales eclesiásticos y cuadros religiosos para dibujarle al pueblo el nombre del miedo.

Hahn proyecta en sus poemas un ritmo autónomo. Igualable en la lectura de cualquier hablante de español, sin importar las diferentes tonadas: herencia del lugar donde estaban radicados nuestros padres en el momento de nuestro nacimiento. Esto sólo se puede conseguir dominando a la perfección el arte de traspasar el lenguaje teórico al plano práctico, con la fulminante agudeza de Hahn para transmitir de forma tan natural, algo tan complicado de ilustrar como son la emoción y sensibilidad humanas, utilizando unas imágenes religiosas que ofrecen lecturas tan sencillamente paganas.

Ahorcaron a una prostituta,
con volutas
de humo negro, triste y sospechoso.

Cuatro besos de cera
eran las velas,
con que adornaban todos
el ataúd. Unos bebían vino,
otros bebían charcos de virgen muerta
a su salud.

                                    [Fragmento de Fábula del lenocinio]

@NoeliaMarBo.

gotasamargas@literariedad.co

Noelia Martínez

Lectora que escribe sus percepciones. Amante del lenguaje y sus posibilidades. Colaboro en http://Literariedad.co escribiendo la columna Gotas Amargas.

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