Los murmullos

Por: Jorge Mario Sarmientoperez Villarreal

 

…¡Alumbra,  lumbre de alumbre, Luzbel de piedra lumbre! (…) ¡Alumbra lumbre de alumbre, Luzbel de piedra lumbre, sobre la podredumbre!

Miguel Ángel Asturias, El Señor Presidente.

 

I

 

     ¡…Juegan los niños malos a cosas malas!… ¡a cosas malas juegan los niños malos!… ¡a malas cosas los niños malos juegan!… ¡los niños malos a cosas malas juegan!…

  Como murmullo se esparcía el coro de los niños malos que juegan a cosas malas. Cosas del más allá, cosas de otra parte, cosas que no se encuentran entre los vivos, decía la abuela mientras terminaba su último, y habitual, cigarrillo de la noche.

          ―Cosas malas, niños malos… ¡Al infierno todos!… Los niños malos al fuego van a dar.

     Refunfuñaba, exhalando las grandes bocanadas de humo.

―Ustedes, mis queridos, al infierno van a parar.

     …¡Juegan los niños malos a cosas malas!… Era todo lo que escuchábamos durante la noche: el murmullo, el rumor, el susurro. Los niños buenos nos metíamos entre las sábanas para protegernos de los niños malos que habían muerto haciendo cosas malas. Los más grandes se quedaban con la abuela, soportando el olor a cigarrillo barato, su mal genio y la sarta de frases y refranes que en aquel entonces no entendíamos.

     Cada noche, la abuela nos hacía sentar alrededor suyo, nos miraba directo a los ojos, sin parpadear. Recuerdo que los menores no éramos capaces de sostenerle la mirada. Sus ojos azulados no nos lo permitían, ni la intensidad con que nos miraban. Tal vez era porque aquellos ojos materializaban los cantos de los niños que juegan a cosas malas.

―Ustedes, mis queridos, al infierno van a parar.

     Comenzaba siempre con esa afirmación.

           ―¿Saben por qué? Porque ninguno es digno de ser aceptado en los jardines del Señor. ¿Y por qué ninguno de ustedes es digno? Porque han tenido la desdicha de nacer.

    »Yo me voy a morir, mis queridos. Los dejaré solos, sin nadie que les diga la verdad sobre la vida y la muerte. Me imagino que se preguntarán por qué la abuela siempre nos habla de la muerte, por qué no nos dice cosas bonitas como las demás abuelitas viejas de los demás niños. La respuesta a esas preguntas es muy fácil, mis queridos: les hablo así porque la muerte dura más que la vida. La vida dura poco. Los que tenemos suerte nacemos y llegamos a viejos. ¿Para qué? Pues para irnos a la tumba. Ese ha sido el plan desde que a Dios nos creó. No crean nunca lo que dicen los curas cuando hablan de la muerte como resultado del pecado original. No, mis queridos. La muerte ha estado entre nosotros desde el mismo momento en que fue hecho nuestro padre Adán. No es culpa suya de que nos tengamos que ir a cementerio. No. Eso se lo inventaron los curas para que vayamos a sus misas aburridas, para que les paguemos el diezmo con el que pueden irse a dormir sin trabajar.

     » ¿Escuchan eso, mis queridos? (¡…Juegan los niños malos a cosas malas!… ¡a cosas malas juegan los niños malos!… ¡a malas cosas los niños malos juegan!¡los niños malos a cosas malas juegan!…) Es el coro de los que estuvieron antes que ustedes. Andan por ahí, buscando quien les permita un momento de paz. Cosa que jamás va a ocurrir. Los pobres se van a quedar por siempre cantando, lamentándose de haber estado vivos en algún momento, de que sus madres los parieran.

     …¡Juegan los niños malos a cosas malas!… ¡cosas malas juegan los niños malos!… ¡a malas cosas los niños malos juegan!… ¡Para morir nuestras madres nos parieron!… ¡Nos parieron nuestras madres para morir! …

 

II

¡Porque hay otros que mueren de muerte extraña!                                                     

  ¡No permitas, Señor, que sanemos de todas las enfermedades, porque desde que nacimos estamos enfermos de muerte!

                                            Miguel Ángel Asturias, El Alhajadito

     ¡Nuestras madres nos parieron para morir!… ¡Para morir nuestras madres nos parieron!… ¡Nos parieron nuestras madres para morir!…

     En las noches de brisas quietas, cuando el calor se apoderaba de las habitaciones de la casa, los coros tomaban un sentido diferente. A pesar de ser los mismos, repetidos noche tras noche, la sensación de tristeza, más que de miedo, nos embargaba a los niños buenos. Siempre he creído que era por lo dulce y trágico de aquellas palabras, cantadas por los que no tuvieron más destino que el de vagar, arrojados al mundo por sus malsanas madres.

         Eran aquellas noches en las que la abuela no decía nada. Sólo fijaba su mirada azulada en el aire vacío. Me preguntaba qué estaría pensando, en qué mundos de cosas que se conocen a través de la miseria sumergía a voluntad su mente. Los más pequeños, en vez de meternos entre las sábanas, nos quedábamos a su lado. Entre todos intentábamos protegernos del miedo. Los más grandes, en cambio, se permitían un recorrido en grupo hacia la cocina o al baño, caminado siempre juntos, como si fueran una misma persona. Mamá, en aquel entonces, nos contaba cómo de niña los mormullos se colaban con el viento en su habitación y la de todos los habitantes de la casa.

          ―No permitían que durmiéramos ―decía―. Siempre, casi que intuyendo nuestros deseos, se deslizaban  con sus cantos por toda la casa, adueñándose de cada uno de los espacios en los que hacíamos nuestras vidas. (Falta un guion largo aquí) Mamá trataba que nos acostumbráramos a ellos, que conviviéramos con esos coros que cada día tomaban un sentido diferente. No sé qué pretendía con eso. ¡Convivir con ellos! ¡Con los que no se contentaban con su destino! Ninguno de nosotros fue capaz de hacer lo que nos pedía.

          Recuerdo que cada vez que mamá nos contaba historias de su niñez, la abuela abandonaba la contemplación del vacío y posaba sus ojos sobre ella. No mostraban sentimiento alguno, ni dejaban notar lo que estuviera pasando por su mente. Eran ojos diferentes a los del resto de personas que vivían en la casa, en su mirada se formaba un muro infranqueable para el que intentara descifrarla. Mamá debía estar acostumbrada a todo aquello, pues nunca se había apartado de la abuela, viviendo, desde su nacimiento hasta su muerte, en aquella casa en el que los susurros no se tomaban un descanso (noche tras noche… ¡Nos parieron nuestras madres para morir!.. día tras día… ¡Nuestras madres nos parieron para morir!).

          ―Fue por eso que todos se fueron de aquí, dejándonos sólo a su abuela, a ustedes y a mí en medio de ésta casa tan grande― nos contó mamá una vez, mientras la abuela mantenía su mirada sobre ella ―. Les Confieso una cosa mis niños: yo los he visto. Los he visto vagar con la carga de su destino sin tregua por estas habitaciones: sus ojos lívidos en la mitad de la noche así como en el día, sus labios murmurando una y otra y otra y mil veces esos cantos que demuestran su condición de miserables (¡En la vida existimos, en la muerte vivimos!…) Sí, mis niños, los he tenido frente a mí, llevando esa carga toda mi vida, la misma que ustedes llevarán. Porque este es nuestro destino, no tenemos otro. Hemos nacido para esto. Desde niña siempre he creído que no somos diferentes de ellos, que el destino de ellos es mantener el nuestro a su lado. ¿No creen que eso sea digno de compasión, mis niños?

     Esto, y otras cosas más, decía mamá mientras los niños buenos permanecíamos aferrados a la abuela, escuchando como fondo de la noche aquellos cantos: ¡En la vida existimos, en la muerte vivimos!… ¡en la muerte vivimos, en la vida existimos!…  ¡existimos en la vida, vivimos en la muerte!   

III

 

Cantando en susurros nuestro regocijo

disfrutamos de sentirnos vivos;

reyes del mundo, dueños del destino

somos amos de los cinco sentidos.

Rudyard Kipling, La litera fantasma

     ¡En la vida existimos, en la muerte vivimos!… ¡en la muerte vivimos, en la vida existimos!… ¡existimos en la vida, vivimos en la muerte!… ¡Nuestras  madres nos parieron para morir!… ¡Juegan los niños malos a cosas malas!

           ―Regocíjense, mis queridos. A ustedes todavía les queda un largo camino en esta vida. Cosa distinta a su abuela y a su madre. Nosotras estamos cerca de cumplir con nuestro destino. Sé que en estos momentos no comprenden bien lo que les digo, pero más adelante, cuando el tiempo se encargue de eso, cada cosa que les he dicho tendrá sentido. Será entonces cuando entiendan, mis queridos. Por ahora confórmense con no saber más de lo que su abuela les dice, confórmense con no conocerlos a ellos, los que siempre han estado aquí, entre nosotros, y con los que estarán después.

     Esas fueran algunas de las últimas palabras de la abuela. Las últimas, las que dijo antes de, según ella, cumplir con el destino que tenía marcado desde el mismo momento en el que se dio a la vida, no fueron menos consolantes:

            ―Cosas malas, niños malos… ¡Al infierno todos!… Los niños malos al fuego van a dar; en el infierno me los he de encontrar.

     Mucho después mamá nos dijo que los caminos de la abuela, los de ella y los de nosotros eran los mismos, que, a pesar de nuestro esfuerzo, todos las personas de la casa estábamos predestinados a seguir al lado de los murmullos.

 ―Para eso, mis niños, hemos nacido.

      ¡En la vida existimos, en la muerte vivimos!… ¡En la vida existimos, en la muerte vivimos… ¡En la vida…!  ¡En la muerte…!

          ―¿Por qué, mis niños? La respuesta no la tengo. Sólo les digo que no tenemos otra opción, nos ha sido negada.

     Mamá también siguió a la abuela en su destino, o sería mejor decir en el nuestro. Mientras nosotros, los niños buenos, seguíamos en la casa, al lado de los murmullos que sin descanso, sin un momento de pausa o de respiro esparcían su coro por cada uno de los rincones de nuestras vidas. Entendiendo ―con los días, con los años, con el tiempo― las palabras de vieja abuela de ojos azulados:

          ―Ustedes, mis queridos, al infierno van a parar.

 

 


 

Jorge Mario Sarmientoperez Villarreal

Nació en Fundación, Magdalena en 1986. Es psicólogo egresado de la Universidad del Magdalena. En la actualidad reside en Buenos Aires, Argentina. Algunos de sus textos han sido publicados en el Colectivo Literario Literalmente, en la revista Galería y en la antología Suenan Voces de la red de escritura creativa RENATA. Gran parte de su producción literaria permanece inédita.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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