‘Rebajas’, un cuento de María José Navia

Por: María José Navia *

Lo primero que veo son los billetes en la mesa. Nada de sobre, nada de disimulo. Ahí están, en la cocina, a pocos centímetros de las frutas y un gran frasco de galletas.

Mis sobrinos miran la televisión.

Caro me observa de arriba a abajo. Queman esos ojos. Y hoy no es, ni de lejos, mi mejor día. Dormí de más, no tuve tiempo para pintarme, mi ropa probablemente no huele bien.

Por semanas había insistido en que no era necesario. (Son tus hijos, Caro). Pero ella había sido inflexible. (Sí, Marce, pero no es tu obligación cuidarlos). Y ahí estaba yo: la tía babysitter, la tía desastre.

De nada habían servido mis protestas.

Ahora Caro cierra la puerta con más fuerza de la necesaria.

Y yo me quedo sola con los niños.

Se supone que estoy buscando trabajo hace semanas, se supone también que el mercado está difícil, que hay que tener paciencia. Se supone, sobre todo, que dejé mi trabajo anterior por voluntad propia. Porque uno de mis jefes se me había insinuado (en más de una oportunidad) y entonces la cesantía no era una crisis sino algo de lo que estar orgullosa. O casi. Crisis es una palabra rara: se queda igual para singular y plural. Y así, para Caro, esta era solo una crisis de su hermana menor mientras, para mí, bajo esa palabrita, se guardaban cientos de malas decisiones.

Nunca fui buena con el dinero. Siempre me costó ahorrar o invertir sabiamente. Cuando niñas, mientras la mesada de Caro se multiplicaba en un chanchito de greda y luego en una cuenta de banco, mis escuálidos pesos se iban en lápices y helados (y luego libros y café). El que guarda siempre tiene, decía mi papá a veces (y, el que no, siempre tiene…problemas, completaba yo en mi cabeza). Me daba vergüenza confesar lo poco que podían durarme los sueldos y aún más pedir ayuda financiera. Me pasaba la vida hundida en deudas: pagando apenas las tarjetas de crédito y de casas comerciales, pasando días enteros comiendo lo menos posible para evitar así la visita al supermercado, buscando cupones de descuentos en las revistas. Me hacía la enferma para las celebraciones de cumpleaños de amigos y parientes para no gastar en regalos y había aprendido a cortarme el pelo sola.

Cuando entré a trabajar a la tienda pensé que todo por fin se equilibraba. El sueldo era bueno (luego de años de vivir de trabajitos de edición freelance que pagaban apenas y nunca a tiempo) y me quedaba cerca de casa (con lo cual me ahorraba los precios de buses y pasajes de metro).

Pero no.

Mis sobrinos juegan a algo sin prestarme atención. Con ellos, me he acostumbrado a ser invisible. No me molesta. Es más, me gusta. En mi familia, siempre fui el objetivo de tantos dedos acusadores. Con mis sobrinos, en cambio, podía al fin quedarme sola con mi cabeza, tomar un vaso de jugo sin pensar en nada más.

Ellos siempre se portaban bien. Pintaban con sus crayones bien lejos de las murallas, siempre guardaban sus juguetes antes de acostarse. Y yo que veía vibrar mi teléfono y recibir más y más mensajes del innombrable. Innombrable porque ya había aburrido a todos mis amigos con sus historias. Innombrable, también, porque solo pronunciar su nombre y ya se me quedaba atascado un pedazo de algo en la garganta, el corazón comenzaba a pesarme en el pecho o los ojos se llenaban de lágrimas. Nunca supe elegir. Siempre me iba con los que me adoraban por cinco minutos o los que me aburrían por tres años. Sin puntos intermedios.

Algún día tendría que aprender.

Sofía, mi sobrina, se prueba vestidos de princesa frente a un espejo. Me pregunta si se ve linda. Le aseguro que sí. Que ella es lo más lindo del mundo.

Caro salió a la fiesta de matrimonio de una amiga. Va a volver tarde. Sobre la cocina hay ollas con fideos y salsa. Hay plata por si los niños quieren pizza (nunca quieren). Hay todas las golosinas de la tierra. Golosinas que mis sobrinos apenas tocan. Caro y sus malditos hijos perfectos. Yo, en cambio, ya he abierto dos paquetes de galletas que me he comido a medias y tomo coca cola de la botella. Sin un vaso. Me da flojera lavarlo.

De a poco había empezado a llevarme cosas. Cosas pequeñas, incluso en mal estado, que pensé nadie echaría de menos. Me tocaba cerrar la tienda tres veces por semana y entonces era fácil deslizar a mi bolso unos calcetines, una falda, unos calzones. Me sabía de memoria la ubicación de las cámaras, así como también había aprendido a hacer pasar el robo por un repentino ordenamiento de los productos en bodega o en la zona de rebajas. Total, era flaca y toda la ropa me quedaba bien o, al menos, me cabía. Caro, en cambio, nunca había logrado perder del todo el peso ganado en los embarazos. Hoy, cuando me pidió que la ayudara a cerrar el vestido – algo avergonzada pero simulando que no le importaba- el cierre subió apenas, mientras Caro contenía el aire.

Tomás lee tranquilo en una esquina. Sigue la lectura con uno de sus dedos. Siempre está leyendo. Conmigo casi no habla. A menos que tenga hambre. Eduardo, el menor, camina de un lado a otro. Apenas. Acaba de aprender y hoy todo es una experiencia, una exploración. Yo lo miro de vez en cuando para asegurarme de que no se caiga, de que no se meta algo peligroso a la boca. Sabe decir mamá, cocó (para los pájaros) y “no, no , no” que medio lo canta mientras hace un gestito ridículo moviendo el dedo de un lado a otro.

Me pregunto si algún día dirá Papá. Si con ese dedo que ahora apunta al televisor frente a mí que está encendido – y yo no veo- apuntará también a una de las fotos desde las cuales José le sonríe, desde el pasado, sin saberlo. No entiendo porqué mi hermana todavía no las quita. Ya han pasado seis meses. Todos en la familia sabemos que no va a volver. Pero nadie se atreve a preguntarle. Caro ha decidido seguir su vida como si nada. Para los chicos, su padre se encuentra en un eterno viaje de negocios. Como tantos otros. Mirado desde su pequeña infancia, uno o seis meses son nada más que un largo tiempo.

El problema fue que no dio explicaciones. Un día salió al trabajo y ya no regresó más. Cuando Caro llamó a su oficina le comentaron que don José Toledo ya no trabajaba ahí hace un mes. Que lo habían cesado de sus funciones. Al colgar, la secretaria había agregado, medio en susurros: lo echamos mucho de menos. Y a Caro se le partió el mundo en dos. O esa es la expresión. La realidad es que el mundo se le cayó al suelo como un jarrón enorme y se hizo añicos, en tantos pedacitos pequeños que ni por mucho esfuerzo lograría juntarlo todo de nuevo. Por más que lo intentara, siempre iba a quedar un agujerito aquí, una pieza faltante por allá. Así estaba su mundo hoy: lleno de grietas.

Nadie sabía nada de José. Su hermano – con quien de todas formas no tenía mucha relación – le dijo que se había ido. Cuando le preguntó que dónde, su única respuesta fue: lejos.

Esa noche, cuando volví del trabajo, Caro me estaba esperando en la puerta de mi edificio. En el ascensor se largó a llorar y me contó todo entre hipos. Ya en mi departamento,  le conté de mi despido. Quien sabe por qué cortocircuito en su cabeza, Caro conectó las dos historias, como si fueran parte de un mismo destino: ya vas a ver, vamos a salir más fuertes de ésta. Y, nada, yo asentí y le preparé algo para comer.

Al día siguiente comencé a cuidar a mis sobrinos.

Y ella insistió en pagarme.

Al principio, todo estuvo bien. Ella necesitaba alguien que le cuidara a los hijos (sus horas en el hospital eran largas e impredecibles) y quién mejor para hacerlo que su hermana. Yo necesitaba algo con lo que llenar los días y mi billetera. Como dicen los gringos: win-win situation. Sí, al principio fueron todo sonrisas. Los niños no hicieron preguntas y parecían deleitados de tener a su tía (la tía divertida, la que sabía dibujar a las princesas Disney y los superhéroes de memoria) con ellos y hasta tarde. Sobre todo Sofía, quien disfrutaba de que le hiciera trenzas y la ayudara a maquillarse. Un día, Caro llegó temprano y nos sentamos todos a la mesa. Sin ningún protocolo ni mala intención, los tres niños le pidieron a su madre que por favor me invitaran a vivir con ellos. Mientras el papá no llega, agregó Sofía como en un suspiro.

Caro sonrió pero yo pude ver el cambio en sus ojos que hasta entonces se habían fijado en ese jarrón-mundo que creía reconstruido y hoy descubrían, alertas, unos cuantos agujeros. Y la respuesta que salió de su boca fue brutal y nos sorprendió a todos: me saldría muy caro eso, niños. Su tía cobra por hora.

Sí, lo dijo entre risas. Sí, sus hijos casi no entendieron y siguieron jugando como si nada. Pero ahora era mi jarrón el que se había agrietado. Y los billetes en el sobre empezaron a picarme entre los dedos.

Caro comenzó a dejarme instrucciones cada vez más detalladas: que preparara tal o cual comida, que no olvidara darle su colación a Tomás, que pasara a buscar uno de sus vestidos a la tintorería. Al final de la hoja – que dejaba siempre sobre el mesón, siempre junto al sobre con los billetes- firmaba con un Besos!, en negrita y con un solo signo de exclamación, pero yo ya no le creía nada. Por mí, esas palabras podían resbalarse de la hoja.

Empecé a llevarme cosas. De la casa de Caro, esta vez. Cosas sin importancia, que nadie iba a echar de menos. Un yogurt, unas galletas. Luego un lápiz dejado sobre el escritorio; un par de medias de Caro. Hasta que me arriesgué en el closet de José. Primero abrí la puerta y encendí la luz. Vi sus trajes, los cajones de ropa interior, los pijamas, las corbatas. Vi las tarjetas dibujadas para el día del padre relegadas al último cajón, junto con poleras viejas y otra ropa que ya no usaba. Todo olía a limpio. A un limpio encerrado. Podía sentir el sonido de la televisión en la salita. Ahí estaban Tomás y Sofía mientras Eduardo dormía la siesta en su pieza. El mundo estaba tranquillo. Pasé las manos por todas las camisas, deteniéndome en los botones. Busqué pistas en bolsillos de abrigos. Tal vez un recibo, un objeto extraño, algo. Pero nada. Puse mis pies pequeños dentro de sus enormes zapatos. Cuando Sofía comenzó a llamarme a los gritos – había visto, o creía haber visto, un picaflor cerca de su ventana – tomé a la rápida unas colleras de mi cuñado. Ahora siempre las llevaba en los bolsillos y las hacía girar cuando estaba nerviosa, cuando estaba aburrida. Me prometí que las devolvería a su lugar en una semana. Luego pasaron dos. Un mes. Cuatro.

Vuelvo con los niños. Me siento junto a Sofía, quien ve dibujos animados en la tele. Es una cerdita que se llama Peppa. De vestido rojo. Me pregunta si puedo dibujarla.  Tomo una hoja blanca y un plumón negro. Miro la tele, luego dibujo. Sale algo torpe pero Sofía igual aplaude, deleitada.  Eduardo apoya su carita en uno de mis brazos y lo deja lleno de baba. Tomás sigue leyendo y sin mirarme.

– ¿Tienen sueño?- les pregunto.

Todos abren bien grandes los ojos.

-¿Tenemos que ir a dormir? ¿Ya mismo?- pregunta Tomás, con su dedo detenido en la lectura.

Puedo ver que le faltan pocas páginas, que está entretenido, que lo peor que puedo hacer es evitarle continuar. Miro al reloj. Son las diez de la noche. Si Caro viera esto se pondría furiosa. Pero ella todavía no va a llegar a casa. Y yo no soy Caro. Yo soy la tía entretenida, reverenciada por sus sobrinos, la fuente de la eterna felicidad.

-No – les digo. Quedémonos aquí un rato más.

Tomás sonríe. Sofía comienza a colorear mi dibujo de Peppa y Eduardo sigue explorando todos los rincones de la sala.

De pronto, suena mi teléfono. Un pitido breve: un mensaje (¿podemos hablar?, pregunta el innombrable. Sé lo que quiere. Me lo imagino en el casino, algo borracho, todo el sueldo perdido en las máquinas tragamonedas. Creo que te quiero, me diría. ¿Me harías una transferencia? – ¿Ahora? ¿Ya mismo?- Nosotros, los irresponsables, tenemos que ayudarnos).

– ¿Quién es?- pregunta Sofía.

(y mi corazón idiota igual da un vuelco, igual hace el cálculo mental de ver cuánto podría prestarle. Porque, quién sabe, quizás ésta es la última vez. Quizás, quizás, quizás..)

– Un monstruo – respondo.

Sofía se queda con la boca abierta unos segundos.

–  ¿y va a venir a buscarte? ¿Acá, a la casa?

El comentario me saca una sonrisa.

-No, Sofi, este monstruo solo llama por teléfono.

-Como el Papá – comenta Tomás entre dientes.

Y entonces es el turno de nosotros de quedarnos con la boca  abierta.

– ¿Cómo es eso? ¿Cómo es eso de “como el papá? – lo digo tratando de parecer normal, como si fuera un detalle de todos los días, un pedazo del jarrón bien firme en su estructura.

Tomás no levanta la vista de su libro pero responde en susurros:  A veces llama.

Mi siguiente pregunta debiera ser: y dónde diablos está, pero, para estos niños, su papá está de viaje, todos lo sabemos, y no hay nada que preguntar.

– ¿Y cómo está? – le pregunto

– Cansado – responde Tomás – Tan cansado que nunca quiere hablar con nadie. Incluso prefiere cortar si es la mamá la que contesta.- Y remata: es un secreto igual. No les debería haber contado.

Sofía ha vuelto a concentrarse en los dibujos animados y Eduardo bosteza sentado sobre unos cojines en el suelo. Tomás me mira.

-Yo creo que no va a volver – dice en un murmullo.

En mi cabeza le respondo “yo tampoco” mientras en la realidad le hago un cariño en el pelo al pasar. No tengo ganas de hacer más preguntas. Que Caro se las arregle con sus silencios y sus verdades a medias. Me recuesto dentro del closet de José, a la altura de los zapatos, todos muy bien lustrados. Observo hacia arriba los pantalones, las chaquetas, el techo blanco. Suena otro mensaje en mi teléfono (por favor contesta, en verdad te necesito). Y luego otro, esta vez de mi hermana (¿todo bien por allá?, y una carita feliz). Le respondo que sí, que todo bien (con otra carita feliz). Me asegura que ya le queda poco, que ya pronto regresa a casa. Yo, me quito los zapatos y muevo los dedos de los pies por la alfombra mullida. Se siente bien. Apenas se escuchan los ruidos de la casa. Pienso que no sé nada de José. Nunca hablamos, no realmente, no más allá de unos cuantos comentarios de películas o halagos por un plato bien preparado (por él, claro). Que hubiese desaparecido no me sorprendía. Quizás porque ya nada lo hacía. ¿Qué era mejor, que se quedara a dar explicaciones? Tal vez si uno decide irse es mejor así: desaparecer y que otros se encarguen de las versiones de la historia.

Caro cree que lo ha hecho bien, pero yo no estoy tan segura. Ya van a llegar las preguntas. Ya va a ser hora de sentarse con Sofía y Eduardo y explicarles que José ya no está, ya no va a estar. Pero que fue buen papá. Que los quiso mucho. No quisiera estar en sus zapatos. Intuyo que Caro espera que el tiempo lo traiga de vuelta y así no sean necesarias las explicaciones (nos casamos tan jóvenes, Marce, tal vez él necesita un tiempo para pensar, escaparse del mundo un rato, me trataba de convencer, a veces, con la vista fija en el suelo y ya con unos tragos de más). Pero yo ya no le creía.

Sofía llega hasta la puerta con los ojos pesados de sueño pero aún con energía. Quiero cocinar, me dice. Una poción mágica. Me levanto con torpeza del suelo y la miro. No le parece raro que esté en el suelo, no le parece raro nada. La acompaño a la cocina y ahí ya la está esperando Eduardo, apoyado algo precariamente en una silla. Qué necesitamos, le pregunto. Huevos, me dice. Harina. Leche. Chocolate. Yo sigo sus órdenes sin cuestionar nada. Abro alacenas y cajones y Sofía sigue nombrando: sal, azúcar, jugo de naranja. Y yo abro el refrigerador, saco cucharas y utensilios mientras Eduardo nos observa fascinado. Sofía se sienta en un piso de cocina y canta una canción inventada mientras lo revuelve todo. La mezcla va adquiriendo colores imposibles y texturas viscosas. Eduardo aplaude y cae sentado al suelo de baldosas. No llora. Sigue observando.

Sofía pregunta de repente: y si mi mamá se queda sin plata, ¿tú no vas a venir más?

– Ay, Sofi, no es tan así. Yo voy a venir siempre.

(Y esa verdad tiene sabor a mentira).

Mi teléfono vuelve a vibrar (¿Estás ahí? Es urgente). Lo apago y vuelvo a guardarlo, ahora inofensivo, en mi bolsillo.

Levanto la vista. Sofía sonríe junto al frasco de galletas y tiene un sobre en la mano.

El sobre. Mi sobre.

– Qué estás haciendo, deja eso ahí…- intento detenerla con palabras atropelladas. Mi tono es sereno. Incluso sonrío como para confirmarle que sigo siendo la tía favorita, la fuente de la alegría, que todo está bien. Pero ya es tarde y los billetes bailan en el aire antes de caer al mesón de donde los recoge Sofía uno por uno, llenándolos de harina, de clara de huevo y luego arrugándolos con sus deditos pegajosos.

– Sofi, con esas cosas no se juega… – digo ahora con más fuerza (ya no la tía favorita sino una bruja de voz histérica).

Eduardo se larga a llorar a gritos.

Me acerco a él y lo tomo en brazos. Su carita mojada se apoya con fuerza contra mi mejilla.

Tomás llega corriendo.

Cierro los ojos por un instante, conjurando a mi hermana para que por fin aparezca, para que abra esa puerta y vuelva el mundo al orden. Pero no pasa nada. Y, cuando los abro, Sofi ya va rompiendo los billetes en pedacitos. El ingrediente final para su poción mágica.


  • María José Navia (1982). Escritora chilena. Autora de la novela SANT (Incubarte, 2010) y las colecciones de cuentos Las Variaciones Dorothy (Suburbano, 2013) e Instrucciones para ser feliz (Sudaquia, 2015). Sus cuentos han aparecido en antologías en Chile, México, España y Estados Unidos. Actualmente, termina su doctorado en literatura y estudios culturales en Georgetown University. Escribe sobre libros en su blog http://www.ticketdecambio.wordpress.com
Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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