Una vez el azar se llamó Gonzalo Rojas

Gonzalo Rojas. Foto tomada de literalmagazine.com.

Texto de recibimiento en uno de los últimos viajes del gran poeta chileno a nuestro país.

Por: Juan Manuel Roca

Está de nuevo en Colombia Gonzalo Rojas. Lo que quiere decir, está un defensor de la re-niñez, alguien que sabe, como lo hacen los niños, los magos y los brujos, darle animismo a seres inertes para quitarles su aparente hibridez, como lo hacía su padre minero en los socavones de las minas en Lebu, en un poblado de su Chile natal.

No es distinto el oficio de nuestro más alto poeta que el de su padre: extrae de los inmensos y oscuros socavones del lenguaje el carbón como un combustible para su poesía, discrimina la morralla retórica de la materia que le es demandada por el poema.

No se queda con el brillo sino con lo verdadero. Hay quienes se solazan con lo que refulge en las minas, como ocurre en las catacumbas y socavones de la sal, y ven en la llamada marmaja, brillante pero sin valor, algo que los avisados mineros llaman “el oro de los tontos”. Estas piedras tienen más apariencia que la sal, pero son inútiles y sin valor alguno.

Gonzalo Rojas no va pues tras el oro de los tontos de la lírica, que es la verbosidad, sino tras las esencias del lenguaje, que es la materia prima de su obra.

Un día me dijo, en una charla en Medellín que, como en el título de uno de sus libros, la poesía es una mudanza, una “Metamorfosis de lo mismo”, una lenta transformación del mundo.

Tan lenta, agregaríamos, que tras su primer libro de 1946, sólo 16 años después publica su segundo volumen Contra la muerte y 13 años después su espléndido Oscuro, que fue editado en su exilio venezolano.

Lo anterior quiere decir que es un poeta de lenta digestión, de pausados modos de escritura, aunque dueño de un lenguaje que no olvida con Paul Valery que la poesía es una oscilación entre el sentido y el sonido, como suele recordar.

A veces evoca las cabeceras de donde viene su amor por la poesía, los hombres de cromagnon en su formación estética.

Ama a Quevedo, lo mismo que a Garcilaso y que a San Juan de la Cruz, ama a Vallejo más que a los poetas verbosos, pertenece a una alta tradición que arranca con Ercilla y que hace escala en el adelantado don Vicente Huidobro.

Gonzalo es, en el cuerpo de la poesía de su país, el más insatisfecho, la ficha sin lugar ni acomodo dócil en su amplio rompecabezas, el más libre y renovado de sus poetas.

Tras una juventud conquistada después de cumplir sus primeros 60 años en la búsqueda de lo que él mismo llama, con acierto y desenfado, la re-niñez, nunca ha dejado de sentirse un aprendiz.

También ama, entre muchas palabras encontradas como una aguja en el inmenso pajar del lenguaje, la palabra relámpago, “ese trisílabo esdrújulo que yo le oí a un hermanito mío cuando estábamos jugando en una casa, muerto ya el padre”, según sus propias palabras.

El relampaguear, el hacer relámpagos, nos gustaría agregar, tiene mucho que ver con la poesía.

El relámpago es, por si las dudas, un resplandor vivísimo e instantáneo producido en las nubes por una descarga eléctrica. Así lo define el Diccionario de la Lengua Española. Eso, hablando de fenómenos producidos por la atmósfera que se hacen fugaces tras dibujar una escalera en la pizarra del cielo. Mientras esto tiene ocurrencia, el relámpago deja constancia de su fuerza en  una fugaz asociación con el trueno.

Ahora, en cuanto al relámpago que habita en los versos de Gonzalo Rojas, por esa magia que involucra la poesía y que es un arte en el tiempo, éste no tiene la fugacidad del resplandor instantáneo, pues posee el don de seguir habitando, tras el primer fogonazo, en el buen lector de poesía.

Así que el azar, como lo anunció y celebró para el poeta Jorge Cáceres, se llama por alguna vez Gonzalo Rojas, aunque pueda llamarse también impaciencia, libertad de palabra, cosa hablada y cosa metaforizada, paisaje, infancia y erotismo, todo a una como en los muchos registros de su poesía y de su ninguna servidumbre.

Un poema suyo, El dinero, nos sobrecoge más que cualquier teoría económica, más que cualquier estadística, mucho más que los sobresaltos de los electrocardiogramas que todos los benditos días emite el Dow Jones.

Un poema suyo, La lepra, recuerda que las clases de retórica impartidas en las aulas son “un plato de carne podrida”.

Un poema suyo, Por Vallejo, recuerda cuando el poeta de Santiago de Chuco le arrancó una “pluma al viejo cóndor del énfasis”.

Un poema suyo, Las hermosas, palpa la andadura de las mujeres que caminan como si empujaran al viento, que “germinan como plantas silvestres en la calle” y su sola evocación hace que, como en un tango, el corazón nos de trompadas, nos de trompadas.

Un poema suyo, El Fornicio, despliega las manos de Eros en el cuerpo de la amada, una “individua blanca” de “aire felino”, una “ragazza” como salida del Génesis, en un ámbito que resulta una suerte de versión moderna, arisca y lasciva del Cantar de los Cantares. Claro que se trata de algo más que de un canto de bodas celebrado por este Cantor de los Cantores.

Un poema suyo nos pregunta “¿qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida o la luz de la muerte?”, dejándonos en el aire la cruel constatación de que no sabemos bien cuál es el hilo de una rueca invisible  que separa lo que respira y lo que calla, lo que es y lo que fue.

Oír a Gonzalo Rojas diciendo sus poemas, leyéndolos como quien habla con lo mejor de sí y de nosotros, es uno de los pocos y más grandes placeres que nos depara la poesía viva en nuestra lengua común.

En lo que a este Continente se refiere, al cual le iba mucho mejor cuando el mundo era plano, nuestro poeta invitado no tiene par.

Es alguien a quien el azar llama Gonzalo Rojas pero a quien pudo llamar un hombre que para muchos, aún sin conocerlo en su carnadura humana pero sí en sus versos, se ha convertido, como lo recordara Auden a propósito de los autores frecuentados con devoción, en “un personaje de nuestra biografía”. Su poesía es una buena compañía para seguir en la vieja, en la resabiada y a veces incómoda costumbre de respirar a todo pulmón, como lo hace este hombre que padece de una suerte de juventud crónica, de re-niñez.

Es alguien sin fisuras, un raro espécimen de libertad a quien el azar eligió para que se llamara Gonzalo Rojas, aunque pudo llamarlo con uno de los sinónimos del aire.

Juan Manuel Roca

***

Tres poemas de Gonzalo Rojas

La lepra

Todavía recuerdo mi clase de Retórica.
Ceremonia del Juicio Final. Un gran silencio
hasta que el Profesor irrumpía: «Sentaos».
«Os traigo carne fresca». Y vaciaba un paquete
de algo blando y viscoso
envuelto en diarios viejos como un pescado crudo,
sobre la mesa en que él oficiaba su misa.

«Capítulo primero». «El estilo del hombre
corresponde a un defecto de su lengua». Y mostraba
una lengua comida por moscas de ataúd
para ilustrar su tesis con la luz del ejemplo.

«Mirad: la lengua inglesa no es la lengua española».
«Aquí tengo la lengua de Cervantes. Su forma
de espada no coincide
con el hueco del paladar». El Profesor hablaba
de condiciones, rasgos, influencias,
metáforas, estrofas. Y cada afirmación
era probada por la Crítica.

Ahora bien, los puntos de vista de la Crítica
—pobres cuencas vacías—
eran toda esa carne palpitante
saqueada a los distintos cementerios:
lenguas, dientes, narices, pulmones, vientres, manos
que un día fueron órganos de los grandes autores
hoy tumores malignos servidos en bandejas
por profesores-asnos a sus discípulos-asnos
adentro de una sala-alcantarilla.

Donceles y doncellas extasiados
copiaban en «papeles» todas las proporciones
de la obra maestra: las leyes de la lírica,
la épica y dramática, causas y consecuencias,
la decadencia, el desarrollo de las literaturas.

Ante tal entusiasmo
el olor de los restos de los grandes autores
se mezclaba al olor de esos bellos difuntos
sentados en la silla de su propio excremento,
y una sola corriente de inmundicia era el aire,
mientras la admiración llegaba al desenfreno
cuando ese Profesor: «Si aprendéis —nos decía—
los requisitos de la creación
seréis fieros rivales de Goethe, y superiores».

Y cerraba su clase.
Guardaba todos los despojos nauseabundos
en su paquete, y con frente en alto,
coronado en laurel por su buen éxito
nos volvía la espalda como un Dios del Olimpo
que regresa a su concha.

Todavía recuerdo mi clase de Retórica
en que la vida y la belleza
eran un plato de carne podrida.

Yo tuve que cortarme la lengua en la raíz
para librarme de la lepra.

Por Vallejo

Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo: —Todavía.
Y le arrancó esta pluma al viejo cóndor
del énfasis. El tiempo es todavía,
la rosa es todavía y aunque pase el verano, y las estrellas
de todos los veranos, el hombre es todavía.

Nada pasó. Pero alguien que se llamaba César en peruano
y en piedra más que piedra, dio en la cumbre
del oxígeno hermoso. Las raíces
lo siguieron sangrientas cada día más lúcido. Lo fueron
secando, y ni París pudo salvarle el hueso ni el martirio.

Ninguno fue tan hondo por las médulas vivas del origen
ni nos habló en la música que decimos América
porque éste únicamente sacó el ser de la piedra más oscura
cuando nos vio la suerte debajo de las olas
en el vacío de la mano.

Cada cual su Vallejo doloroso y gozoso.
No en París
donde lloré por su alma, no en la nube violenta
que me dio a diez mil metros la certeza terrestre de su rostro
sobre la nieve libre, sino en esto
de respirar la espina mortal, estoy seguro
del que baja y me dice: —Todavía.

El dinero

Yo me refiero al río donde todos los ríos desembocan,
al gran río podrido,
donde vienen a dar nuestros pulmones que hemos criado para el aire,
al río coagulado que lleva en su corriente sanguínea los despojos
de nuestra libertad: todas las rosas
en sus alcantarillas comerciales,
las rosas del placer y de la dicha, las rosas de una noche
que se abrieron a todos los sentidos,
depositadas hoy en las aguas viscosas, donde las siete plagas
nos manchan y nos muelen, nos consumen, nos comen
con sus dientes inmundos bajo el beso y la risa del encanto.

El río entra en nosotros,
y nosotros entramos en el río.
Es una guerra a muerte, como la del microbio
que nos roba el color de nuestra sangre,
a cambio del sustento con que nos embrutece, y nos permite
unas horas de amor después de la fatiga del trabajo.

Cuando al amanecer saltamos al abismo
desde el confort caliente de nuestros blancos lechos,
y ponemos los pies sobre las cosas,
abrimos la ventana para mirar el cuerpo
de nuestra realidad, y antes que salga el sol
sale para nosotros la lividez del río,
el aliento malsano del río de la muerte
que nos cobra intereses por velar nuestra noche.

Por las noches, las prostitutas lo enriquecen,
los criminales que entran a casa de sus víctimas
con la muerte en los ojos, los avaros que creen
aprovecharse de él, y son las pobres pústulas
de este infinito río reventado
como llaga monstruosa.

Todos los miserables contribuyen
al desarrollo, al crecimiento informe
de este charco sin término.

Los Bancos y los Templos abren sus grandes puertas
para que pase el río.
Todo se normaliza para que el río reine sobre vivos y muertos
y de todos los ojos que corren por las calles
sale el color maligno de su agua purulenta,
y de todas las bocas sale el olor del río.

Comemos, trabajamos por el honor del río
y el día que morimos, nuestra mísera sangre
es devorada por el río,
y nuestros duros huesos que parecían dignos de la tierra
también sirven al río
como otros tantos testimonios
de su poder, que pone blandas todas las cosas.

¿Cómo parar su cauce envenenado,
cómo cortar las grandes arterias de este río
para que se desangre de una vez, y eche abajo
las tiendas y los tronos
que vive construyendo sobre nuestra miseria?

Pero no lo gritemos. Que él sabe nuestra suerte,
él es la institución y la costumbre,
él vence los regímenes, demuele las ideas,
él mortifica al pobre, pero revienta al rico
cuando no se somete a lamer su gangrena,
él cobra y paga, sabe lo que quiere
porque es la encarnación de la muerte en la tierra.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s