“El Anarco & La Lira”: El lugar vacío de la libertad

El Anarco & la Lira, Editorial El Rey Desnudo, Bogotá: 2015.

“El Anarco & La Lira, una antología compuesta de pensamientos ácratas que no necesitan profesar fe alguna. Son el testimonio de quienes repudian la autoridad impuesta y la coerción externa”…

 

Por: Leopoldo Múnera Ruiz 

 

Este es un texto libre. No está encerrado en la prisión de las citas, entre los barrotes de las comillas. Sus frases se realizan en los versos de una antología poética titulada El Anarco & La Lira, compuesta de pensamientos ácratas que no necesitan profesar fe alguna. Son el testimonio de quienes repudian la autoridad impuesta y la coerción externa (Armand y Roca: 24). El vate que los reúne no busca con ellos erigir estatuas u obtener reconocimientos en el altar de los burócratas, pues sabe que los vientos no se esculpen (Roca: 218). Frente al traje nuevo del emperador no tiene temor para decir, como el niño en medio del cortejo soberano, el rey va desnudo.

Una nota editorial sirve como epílogo para el escritor y como epígrafe para el lector. Este libro se terminó de imprimir en el mes de agosto de 2015, a los 88 años de la ejecución de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti en Massachusetts. No hay vestigios de necrolatría en ella. Evoca las palabras del poeta historiador: Deja morir el día negro, deja caer la bandera negra, deja al cuervo hacer la llamada, deja que amanezca el nuevo día de negro renacer… (Woodcock: 54).

El momento final de los dos anarquistas, fue el de todos los seres libres, su agonía nuestro triunfo (Vanzetti: 68). El zapatero y el vendedor de pescado dejaron a la muerte sin dominio (Thomas: 35). No se inclinaron ante el poder del cadalso. Su vida fue un poema que comenzó de nuevo con el punto final. Fueron cadáveres indóciles (Dalton: 74). Sacco y Vanzetti sabían que cuando mueren los mendigos no se ven cometas (Bradbury: 139), pero conservaron en los ojos los destellos de la cabellera digna que arrastra un cuerpo celeste. Por eso no entraron en el sueño indiferente y servil del hombre apacible que duerme su propia vida (Michaux: 48-49).

Quizás oyeron en la cárcel, en las melodías aún sin componer de un escrito ajado por la lectura, que en las calles de las ciudades del mundo había un millón de herreros forjando las cadenas para los niños que habrían de venir (García Lorca: 78) y que los bárbaros, quienes al menos eran una solución, una ilusión de libertad, no iban a llegar, porque no existían (Cavafis: 174-175). La espera de un salvador siempre fue vana.

Quizás intuyeron que ellos, y nosotros, eran, y somos, los artesanos de nuestra propia libertad. Un compañero de celda les contó la historia, destinada a ser poema, de un comerciante que compró pájaros, flores y cadenas para su amada, pero que al llegar al mercado de esclavos, la buscó y no la encontró (Prévert: 32). O quizás en su desesperación e impotencia ante la injusticia se sintieron como Louis Krizek, en la horca del Café Bonaparte, con la libertad como única posesión, más allá del mundo de los propietarios, livianos para terminar el viaje (Jamís: 88-89).

Es difícil saber qué cruza por la mente y la vida de un hombre o una mujer libres. Pero es seguro que la libertad se pudre desplumada en la lengua de quienes son sus siervos más que sus poseedores (Hernández: 109). Así lo presentía Louise Michel al proclamar que París vivía el sueño de los muertos bajo la sombra de Versalles, la ciudad de los monarcas (Michel: 31). Desde las barricadas de la Comuna de 1871 le ofreció la tribuna libertaria a un comediante para que declarara, ante un país rodeado por la guerra, que no quería ser emperador. El hombre mudo tomó la palabra para decirnos:

El camino de la vida puede ser libre y bello; pero hemos perdido el camino. La avaricia ha envenenado las almas de los hombres, ha levantado en el mundo barricadas de odio, nos ha llevado al paso de la oca a la miseria y la matanza. Hemos aumentado la velocidad. Pero nos hemos encerrado nosotros mismos dentro de ella. La maquinaria, que proporciona abundancia, nos ha dejado en la indigencia. Nuestra ciencia nos ha hecho cínicos; nuestra inteligencia, duros y faltos de sentimientos. Pensamos demasiado y sentimos demasiado poco. Más que maquinaria, necesitamos humanidad. Más que inteligencia, necesitamos amabilidad y cortesía. Sin estas cualidades, la vida será violenta y todo se perderá. (Chaplin: 212).

Con su discurso, el gran dictador se despojó del traje invisible del emperador. Le pesaba sobre su cuerpo, no lo dejaba respirar, le impedía ser su propio destino. A su paso por Lisboa había escuchado la letra extraña de un fado que renegaba de todos los poderes y nos invitaba a ser dueños de nosotros mismos. Decía, con la voz de la melancolía y del desprecio ante los dioses que nos someten:

Nunca la ajena voluntad, aun sea grata.

Cual propia cumplas. Manda en lo que haces,

Ni de ti mismo siervo. Nadie te da quien eres. Nada te cambie

Tu íntimo destino involuntario.

Cumple alto. Sé tu hijo (Pessoa: 44).

No entendía bien todas las líneas de la canción, pero sabía que el mal es lo que vamos dejando atrás, a nuestras espaldas, y la belleza es el misterio que nace (Barret: 34).

En el Arco y la Lira, el autor escribía con la soberbia que lo caracterizaba, la poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono… Esta noche, la lira la interpreta el anarco con las notas de la utopía. Nos recuerda que la poesía y la mejor literatura son ese lugar donde viajamos en busca del imposible, de ballenas blancas arponeadas por la imaginación, siempre bienvenida a una región donde los hombres convertidos en libros logran salvaguardar la belleza ante los creadores de pirotecas, gracias a la memoria… (Roca: 22).

Su bitácora de navegante tiene sabor y aroma a vino. Él sabe que su viaje no se detiene en Ítaca. En Suecia, una mujer le comentó que en algún lugar tiene que haber un niño inocente al que los demonios no han conquistado aún

un frescor de vida que no respire putrefacción

y una felicidad que no se base

en las desgracias de los demás…

Una libertad que no se base en la opresión de los demás (Wine: 151).

En algún lugar, los vencedores y las grandes potencias del dinero no recibirán las llaves manchadas de sangre de las ciudades (Prévert: 176-177) y la paz no será una consigna vacía como la del pobre pajarillo que trinaba feliz sobre el anillo feroz de una culebra mapaná. Mientras que en un papayo reía gravemente un guacamayo, bisojo y medio cínico, como si fuese un procurador lacayo

                                                           — ¡ Cuá cuá ! (López: 180)

Ese lugar queda río arriba, allá, donde al calor de la canícula, los hombres de ambos bandos, desarmados y muy lejos de sus banderas, se reconocen unos a otros, al bañarse desnudos en las aguas del mismo río (Orozco: 183).

El poeta también tiene certeza que solo podremos avanzar hacia ese no lugar desde el pantano en el que estamos, semihundidos y sobrevivientes, si la política y la estética, provenientes de estirpes diferentes, juntan sus pasiones, razones e imaginaciones en el encuentro de los otros, en el que siempre somos el que no somos. Por eso prefiere el lirismo de los locos y los borrachos, el lirismo difícil y doloroso de los borrachos, el lirismo de los clowns de Shakespeare, el lirismo que es liberación, sobre aquel que se cierra ante lo que está fuera de sí mismo. (Bandeira: 153).

Somos los otros, los que son llamados criminales y putas. En la flor de acracia está tallada la pregunta y la respuesta: ¿Creéis que ellos, como son ahora, con sus harapos empapados en sangre y lodo, fueron preconcebidos así, como una raza malvada?

Vosotros que os habéis adueñado de todos los humanos, los habéis convertido en lo que son ahora (Michel: 98).

Los poemas nos dejan la tarea de transformar las artes de la muerte en artes de la vida, las máquinas que nos devoran, en el reloj de arena del labrador, hecho con un oficio como de pastor, o las prisiones de la razón en las leyes de la vida (Blake: 101). Así, tal vez, no tendremos que preguntarnos en el mañana que ya es hoy, ante la victoria del metal sobre la carne y de la soberbia humana sobre la naturaleza que le da la vida: ¡Padre mío ! ¿Sabíamos lo que hacíamos? (Serge: 56).

La poesía de este libro susurra en un grito:

Las revoluciones solo necesitan buenos soñadores (Williams: 205).

Leopoldo Múnera Ruiz

Bogotá, 6 de noviembre de 2015.

Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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