Lydia, la luz De Matisse

Las musas llevan el amor al arte, a la poesía, a la política y atraviesan los siglos como Lydia, la musa de Matisse.

¿Qué tenían esas mujeres venidas del frío? Pintores, poetas, escritores, toda una generación de creadores ha fascinado y fecundado una admiración obsesiva por estos sortilegios del encanto eslavo.

Por: Antoine Skuld

Durante veintidós años, Matisse encontró en los ojos de Lydia, la claridad de la luz de sus más bellas obras. Lydia Delectorskaya, nacida en Siberia, huérfana y educada por su tía en Kharbin, en Manchuria, se casa en París a los 19 años con un inmigrante rudo a quien abandona a los 20, viaja en 1932 a Niza y se convierte en ayudante del taller del pintor que por ese entonces trabajaba en “La Danza” de Merion. El maestro Picasso decía Hay un sol en el vientre y hace de esta mujer, que surgía del frío, la musa de su madurez. Después de Gala, Lydia reúne el cortejo de las bellas eslavas que fascinaron a los grandes maestros. Lydia, entra así en la memoria de las artes a través de obras que ella misma inspiró, y de lo cual jamás se ha hablado. Ella cuenta sus recuerdos a Gonzague Saint Bris y a Vladimir Fedorovski, los autores de “Egeries russes” de la editorial francesa Lattés.

De este hermoso libro hemos extractado el siguiente testimonio existencial de una, hasta poco antes, desconocida.

“Son los ojos rusos los que atraviesan la obra de Matisse. El ‘azul sin fondo’ de la mirada de Lydia, tal como lo definía Boris Pasternak. Y es allí en donde encontramos su imagen en un estudio elaborado a lápiz y del cual partió Matisse para hacer un grabado en agua fuerte. Esta obra se llama ‘La fée au chapeau de Clarté’ Los ojos azules Matisse de la Rusa son bellos, y sus cabellos son trenzados en un ondulamiento admirable. Durante más de 22 años, ella será simultáneamente la modelo y la colaboradora más cercana del pintor. En las colecciones del Museo Metropolitano de Nueva York, en el Centro Beaubourg o en la Hermita de San Petersburgo, Lydia, la esfinge rusa, acompaña siempre al espectador en esa alquimia misteriosa que hace, que en el fondo de los cuadros, por ella inspirados, recaiga sobre lo que ve, su inmortal mirada.

Lydia, la discreta, Lydia la desinteresada, Lydia la desbocada, Lydia la generosa, Lydia la rusa, fácilmente hubiera podido ser la heroína de cuatro novelas. La primera de Pasternak, porque todo comienza por ella como en ‘El doctor Zhivago’, una infancia golpeada por la guerra civil, la Siberia y la nieve, los bandidos y los lobos. Va a perder a su padre, quien era médico en Tomsk, el mismo lugar de Miguel Strogoff, después a su dulce madre, y tendrá que soportar lo peor: la epidemia de cólera que azotará a Siberia en los años 20. La atmósfera de la segunda está cercana a ‘El amante’ de Margueritte Duras.

Ella es huérfana, se la encuentra en una casa fría y en ese medio particular que compone la colonia rusa en Manchuria: oficiales, aventureros, soñadores desesperados, impostores y tramposos. Y es allí donde hace sus estudios en el liceo. La población vive una extraña atmósfera en esta provincia: la construcción del camino de hierro y que brota como una isla rusa en medio del océano chino: los rieles del ferrocarril. La tercera novela será ‘El jugador’ de Dostoievski. A los 19 años se casa en París pero lo abandona. Era un jugador que nunca cumplió la promesa de estar siempre a su lado. El sólo sentía una pasión: el juego.

Hacia el final de su vida, cuando cada uno de sus movimientos se convierte en una dura prueba, Matisse está en su habitación. Ante dos visitantes que no lo comprenden, gritaba siempre: ¡Champaña¡ Ellos pensaban que se la iban a traer.

Pero Lydia entra con un par de pinceles. Era la única que entendía verdaderamente el sentido de esa orden. Significaba  que el momento de la ensoñada inspiración que permite la creación estaba próximo a vaporarse. Porque además, Lydia sabía que Matisse era muy impaciente por ponerse a trabajar. Así fuera ante la misma muerte”.

Antoine Skuld

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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