Juan Manuel Roca: el habitante del lenguaje poético

Juan Manuel Roca en la revista PARTEAGUAS
Nuno Júdice, Juan Manuel Roca y Francisco Hernández. Fotografía de Claudia Castro. Tomada de Revista Parteaguas.

Por: Óscar López Alvarado *

“Sin saber para quién,
Envío esta carta puesta en el buzón del viento.
Oscuros hombres han merodeado a mi puerta…
Una legión de sombras ha roto mi ventana.
No son duendes…
Y sin embargo,
Nos hemos visto dando nombres propios a un vacío…
Escribo esta carta puesta en el buzón del viento,
Desde una nación donde alguien proscribe el sueño”.
(Carta en el buzón del viento).

“La poesía es un sueño provocado,
Un potro escondido en un bosque de niebla…
Un barco cargado de palabras
Saqueado por monjes y escribanos…
La poesía es un sueño provocado,
Alguien que regresa de las provincias del silencio.
(Memorial del provocador de sueños).

Juan Manuel Roca.

La poesía figura en el ámbito del silencio, del secreto cauteloso. Etimológicamente resultaría interminable remontarnos a juicios, épocas históricas para hallar entre los vestigios su naturaleza conceptual. Heidegger decía que el lenguaje es la casa del ser; destino y palabra, fuente para fundar una realidad habitada que reconfigura el mundo; poesía como verbo transfigurado, trasfondo al encuentro con el nacimiento, localizando la vía a lo desconocido; sendero misterioso donde el lenguaje camina para internarse en lo recóndito del alma.

Sin lugar a duda, Roca es el caminante que con sus huellas marca posibilidad para conducir a la morada de una palabra invisible-intuitiva, vierte un fulgor que centella desde lo íntimo hasta lo objetivo. El encuentro con la elevación de su pluma hace que nos adentremos a regar su floración de metáforas, lugares, recuerdos y ensoñaciones con cada lectura; cada cúmulo de elementos que nos entrega mediante sus líneas nos dirige a captar al interior de nuestro espíritu la profunda marca que solo es alimentada por medio del ansia poética. Su escritura, forma de expresión que como un autorretrato nos mira clamando desde un silencio, evoca una identificación que a la mejor forma de poetas alucinantes, intuyendo versos propios donde obra en nosotros el asombro y la perplejidad al roce de aquella palabra habitada por el poeta.

Referirnos al arte poética de Juan Manuel Roca es acceder a una experiencia significativa en la praxis de los versos, ya que más allá de un hecho estético germina una voz que pliega al susurro de la mirada; verlo es contemplarlo pero mirarlo es conocer de manera personal, la preocupación y ante todo la confesión realizada en cada lanzamiento escrito. Fue Bachelard quien dijo: “La poesía es uno de los destinos de la palabra al afinar la toma de conciencia del lenguaje en el plano de los poemas”, y con Roca nos veo movidos en su locución, por lo que no es en vano su composición al articular el recuerdo en: “Una tertulia de sombras que bebía el vino del destierro”.

Es otro mundo donde se sustenta un presente amparado por lo imaginativo, alejándonos del tedio establecido en una realidad cotidiana, abrumada por los acontecimientos destructivos dentro del mismo hombre, advertimos que con el poeta abrimos el portal para sumergirnos en otra realidad, bajo la magia de su Poiesis que nos sabe tratar y de alguna manera nos hace reflexionar de forma serena sobre un país, una soledad. Nos regocijamos en el hecho de su sencillez, me refiero que fuera de una complejidad en su palabra, la expresión se fundamenta en lo sosegado para una lectura sin hermetismos. Su lirismo trasiega de lo complejo a lo sencillo. Claro está, no pretendiendo denominar que su entrega es al facilismo sino que, sustancial en imágenes comprendemos un lenguaje de identificación definido desde nuestra propia alma.

Y es ante este fenómeno del lenguaje habitado donde podemos enlazarnos mediante una comunión con el poeta. Ya Paul Valéry lo había expresado: “La poesía es la condición paradisiaca del lenguaje”, y al tantear la órbita de sus poemas en una primera observación pretendemos arrebatarles su espacio para convivir en él, siendo posterior sugeridos que, inconscientemente ya pertenecíamos al mismo. “Sin pasaje, sin ojos en sus ojos, /…se ve despidiendo amigos / envueltos en el cedro del olvido”, proclama Roca, ante una cuestión que hace sangrar sus líneas y es la de la realidad colombiana, por ello trasciende su visión al transfigurarla en una ebriedad que como fin último es el olvido; lo deshabitado es figurado con una ceguera y que se fija en ausencia:

…“Un país de cielos abolidos
Y gentes que guardan en cajas de cartón
Un pedazo azul de lejanía”.

Siendo coherente, comprometido con lo que le apasiona, relacionado íntimamente, su espontaneidad poética lo dirige a dimensionarse en un mundo movido por su huella de vida que, aunque equilibrado frente a las diversas posibilidades de vida dentro de la literatura, vierte un paralelo entre lo artístico y personal. Su huella se remite a su memoria y en palabras de Richter es “La memoria el único lugar en el que no podemos ser desterrados”, pues con su poema “Las enfermedades del alma” Juan Manuel Roca ha compuesto una canción contenida dentro del espacio de la soledad, pesadilla, remembranza, tranquilidad, tedio, olvido:

…“Me da grieta
Saber que soy un sueño,
Un ruido de pisadas en la casona del mundo”.

El semblante del poeta se evidencia en su sello escrito. A esto, Germán Espinosa, refiriéndose a Roca, comenta que: “Nos reencontramos con las vivencias del poeta, como si éste, para transmitírnoslas, se hubiera embebido, previamente, en la sustancia del universo”, su experiencia irrumpiendo en los límites de la memoria, subsistiendo en la permanencia del testimonio metaforizado, hasta metaforseado por la complicación que contiene, lo forja en un carácter de profundidad en el conocimiento de su ámbito, que compartido en la significancia de la lectura llega a ser el personaje de su poesía; según Bachelard “El poeta habla en el umbral del ser” y es Juan Manuel Roca el morador de ese umbral llamado lenguaje.

Leer a Roca es conmovernos, tomar la inquietud y colocarlo en la palabra para que perdure en la memoria de los hombres, ya que su brevedad es contundente, sin valerse de la acomodación en extensos versos, bebe de una fuente intransitiva, frecuentada por el mismo Perse, aquella fuente poética vuelve un mensaje o discurso en canto, desde un tema como lo llega ser la imagen del viento, la forma de la ausencia o del exilio, la identidad al trabajarlas es inherente. Un elemento permanente es el exilio, arropado por la metáfora se convierte en el sentimiento colectivo del que podemos tomar como si fuera de nuestro reconocimiento; de acuerdo con Bernard Shaw, “Llegan a emplearse los espejos para verse la cara, y se emplea el arte para verse el alma”, y es con el arte poética de Juan Manuel Roca donde vemos moldeados ciertas nociones comprimidas de nuestro ser en sí: “La oscura catacumba de mi pecho” confirma el poeta en ciertos vacíos que confeccionan su lírica, con ello, permitiendo pensar en una realidad que se vea soportada mediante las manifestaciones del arte, ya que no todos sus poemas llegan a situarse en la posición escrita sino que se convierten por medio de cada acercamiento, en pinturas que fundamentan contextos donde abunda el paisaje de la ausencia, del recuerdo, del tiempo y añoranza: “El balanceo de un columpio vacío / puede ser la evocación del niño que fuimos”.

Por otro lado, en su característica esencial, lo que llegó a denominar el mismo poeta como “La palabra justa en el pajar del lenguaje”, se frecuenta al interior del mundo de la ausencia, “Cenizas del verbo” al admirarse en los telones del recuerdo, por eso, en la invocación de sus líneas advertimos tocar al autor por medio de la niebla del sueño, un influjo que nos despierta dentro de la vigilia, como el Funes de Borges, Roca es el provocador al fijar sus sueños como la vigilia de nosotros, conduciéndolo a ser un pensador imborrable ante la reminiscencia, no se distrae y forja su mundo apoyado en esta realidad colectiva pero abrazado a la creación  que nos asiste.

O más bien, nosotros asistiendo a ese mundo posible eludiendo cualquier otro espacio y claramente, en ese paso de confianza apreciamos una tertulia de sombras de la que nos familiarizamos. En el tanteo de la búsqueda al identificar voces que se enlazan en una conversación enigmática, apreciamos la palabra de Aurelio Arturo vinculada con la de Roca. Más que una herencia se considera la aventura del ritmo en imágenes y tiempo que llega a emplear el segundo, pero lo que no podemos omitir es esa edificación poética levantada al tomar estos dos cánones liricos colombianos. Baudelaire comentaba: “Para conocer el alma del poeta hay que buscar en su obra aquellas palabras que aparecen con más frecuencia, de ahí se delata cuál es su obsesión”, y en este enlazamiento, la figura de la niebla, de la remembranza generaliza hasta hallarnos tras la perspectiva de un velo. Es el caso, por ejemplo, del poema “Canción de hojas y lejanías”:

…“En las hojas murmuraban lejanías de países remotos,
… reían lluvias de hablas clarísimas
Como aguas…
El viento traía las lejanías como traer una hoja”.

Rico en la formalidad poética, esta canción alude a una conexión creativa aceptando la nostalgia de las cicatrices, callada pero palpitante desde lo humano a lo rumorado dentro del alza de la naturaleza. Roca habla con Aurelio Arturo y le dirige su poema:

Palabras en la Niebla

…“Estoy sentado en un mueble de niebla,
Bajo un techo de niebla y un mundo ciego…
Hablo con una muchacha que no veo ni conozco…
Oigo su voz viniendo por el pasillo de madera,
Su voz que abre en la niebla una pequeña claridad”.

En la apuntación de esta lectura, concretamos el tejido que se establece en las letras literarias colombianas, que reconocidas por un sentimiento de acercamiento, no perdemos el rumbo ni nos vemos violentados, sino que, girando en torno de ellas, buscamos penetrar y regocijarnos en el olor, el sentir de la palabra realizada.

Luego de aventurarnos a través de los perfectos componentes poéticos  en su lírica, es de reconocer la multiplicidad en su hábitat. En un momento es hermanastro de Caín, luego es un eco entre los demás ecos, posterior un ángel que pretende traspasar la soledad del espejo, y asimismo una abadesa con complejo de incertidumbre: …“Soy la abadesa /…en mi celda pende un espejo de lágrimas /…mi temor es vivir en la amnesia de Dios”. Viendo la historia como objeto de testimonio, libremente hace emerger conciencias colectivas que las hiende a su alma, las remienda en su poesía y ambiguamente las comparte desde su sentir, de ahí que Rojas Herazo no se equivocara al decir que en Roca “Su palabra camina a tientas”.

El tiempo, cuestión enigmática que fecunda en el pensamiento del hombre una fuerte inquietud, se ve soportado mediante el imaginativo trascendental que convertimos en arena o efigie. Esta simbolización presentada de manera clara

por el poeta, no se instaura tanto en una preocupación, sino como un tema para acceder al trasfondo de lo que se nos escapa de las manos; esta naturalidad transformada de modo objetual conduce a convertir una experiencia en una perspectiva más allá de lo realizado, de lo mítico a lo apocalíptico. Ya lo vemos en su poema “Una estatua amenazante”:

“En la catedral de Segovia
La estatua de San Frutos…
Sostiene un libro que lee sin descanso:
…la leyenda dice
Que cuando se decida a pasar la última pagina
El mundo acabará…
El tiempo detenido en la página
Parece una alegoría de lo eterno”.

Con esto identificamos la claridad del nombre Juan Manuel Roca, el viajante de las culturas, el relator de sus experiencias, el hombre que en un parpadeo dejó de ser hombre para convertirse en poesía, aquel que entregó de manera dialogada confirmaciones lejanas en donde podríamos vernos partícipes de un ámbito, de una vivencia ajena, pero siempre con determinación de haber gozado de esa visión. En el interior de cada lectura presentimos haber estado en un café cualquiera, en algún lugar del mundo, en haber conversado dentro del Alexander Platz, atravesado Quibdó en una canción de adioses, o siquiera habitar el condominio de Goya. Cada encuentro es un viaje para ubicarnos en una realidad en la que logramos existir, de la mano con Roca nuestra percepción se fundamenta en múltiples experiencias compartidas.

En algún tiempo Hölderlin comento que “Solo los poetas fundan lo permanente”, y con Roca existe lo sustancia del verso. A veces en su juego del  lenguaje, lo principal camina desde las intuiciones, equiparándose con arquetipos; piensa el lenguaje, lo revive por medio de la asistencia en la palabra, creador de espacios donde prima su voz, inunda de brillo la letra muda, la que es oscura dentro de su abandono, la luce con metáfora haciéndola rodar en los confines centrales del poema; danza y el poeta baila con ella, a veces una musicalidad fatalista, sombría o esperanzadora. Tal como lo dijo Borges: “Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad no un arbitrario repertorio de símbolos”, y en el manejo de la lengua castellana es el destino de Juan Manuel Roca, maestro de su lengua y con ello del lenguaje reanimando la figura del poeta, el compromiso en la labor, la eficacia en el acierto de llegar al lector, pues hoy en día abundan los versos inconclusos y escasea la brevedad demiurga del arte poética.

Junto a esto, retomando los juicios de Espinosa: “Roca nos hechiza y nos sumerge, sin transiciones, en el perímetro encantado de sus sueños, que transforma en nuestros sueños”, advenimos a su esencia mediante nuestra perplejidad hallando una vía para contemplar el ámbito imaginativo; advertir huir de lo común para introducirnos en una comedia trabajada tanto para enaltecer una literatura, como para buscar una liberación, una catarsis. Los ensueños trascienden al alimento de lo instaurado, y con ello a fundar profundidades, en palabras de Bachelard “La ensoñación libera a todo soñador del mundo de las reivindicaciones”. En su voz, en el misterio del eco de su silencio nos condiciona en que: “La poesía es un sueño provocado, / un potro escondido en un bosque de niebla”.

Discrepo la apreciación de Espinosa al decir que en Roca se asiste como a una crucifixión, al identificar el oscuro presente de la patria en su poesía. Por lo que no sintiendo la flagelación de las líneas, llegamos a concebir cierta evocación que roza el alma y se representa en la imagen viva del exterior. Es cierto que el escritor toma esta realidad de manera diferencial, sensible y a la vez fría, transmitiéndola por medio de olores olvidados o de memorias decaídas, de acechanza a lo que no conocemos:

…“Si quieren saberlo, lo único que no oigo
Es la voz de los desaparecidos.
El timbal del corazón acompasando sus silencios”.

Fuera de considerar una procesión de nostalgias en su poesía, reconocemos una absoluta posesión en el canto de antaño y su experiencia en el presente, y con la afirmación de Óscar Collazos de que al interior de su poesía pervivió la “Sensibilidad de una época”, convergemos que el llamado hechizo yace en el desafío de sobreponerse a lo establecido, pero más aun, identificarse con ese objeto poético, apropiárselo y llevarlo como arma, una base para la determinación espiritual; en ese encuentro con lo abstracto que logramos palparlo, descubrimos la forma de encanto, de posibilidad, de hábitat en el poema:

…“Entre las rectilíneas carrileras del poema
Hay un tesoro a punto de ser encontrado,
Un milagro a punto de ocurrir.
En este poema regresan al país los desterrados”.

Soñar un lenguaje, convertirlo en ansia, tratar de devorarlo es el apetito de todo creador, y no se podría eludir la fuente encantada de César Vallejo enlazados con las nociones de Roca. Dice Héctor Rojas Herazo que “Vallejo es el hechizado que se contempla en el hechizo”, vertimos nuestra mirada al poeta colombiano como aquel que habla desde el laberinto, alucinando la esperanza reveladora de una palabra inquieta, una fantasía que acompaña los compases de la soledad, o tan solo el vuelo de una herida al sentir la sangre regarse en otros lugares. Sabemos que entre estos dos hermanos que expresan su cantar mediante el español tatuado, se desnudan las llagas de una ausencia y de un olvidado pensamiento de remembranza, el clamor renovado en versos que poéticamente se tradujeran.

Posicionando la maestría del lenguaje y el carácter de Roca dentro de la poesía, no callo al decir que, en nuestra línea de la lírica contemporánea, se enlaza tan grande como el mismo César Vallejo, ya que reiterando a Herazo “Vallejo es interioridad pura, carente de paisaje”; Roca es entonces, trasfondo, pintura fundamentada en prodigiosas imágenes.

Inclinado en lo propio de interpretar y acercarse a Juan Manuel Roca, resulta vital reconocer el vínculo tenido con las juventudes, aún frente a la decadencia presentada (abundancia de escribidores y pocos creadores –escritores-), hallamos un camino para resguardarnos en la satisfacción de vivir en la poesía, aquella realidad que no desampara; y con Roca, claramente miramos un habitante de un reino difícil de conquistar, pero más que todo de acertar, aquel país llamado lenguaje, lenguaje poético. Siendo así, teniendo en cuenta a Germán Espinosa en denominar a Borges junto a Flaubert como “La perfecta hombría de las letras”, no tiembla la mano al fundir a Juan Manuel Roca en el carácter forjado del lirismo americano, forjando un tríptico que tal, como el hechizo nos cautiva y estremece.


(*) Óscar López Alvarado. Estudiante de Licenciatura en Lengua Castellana, Universidad del Tolima. Ibagué – Tolima, Colombia.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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