«Ahí vienen», un cuento de Silvana Aiudi

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Foto del archivo personal de la autora.

Por: Silvana Aiudi *

No puede soportar la noche. El cielo está gris. Son esas noches de verano en que no es lo suficientemente tarde para que amanezca ni lo suficientemente temprano para pensar en que todo pase rápido. Piensa en las horas de oscuridad que quedan. Siente el horror de haber nacido y de vivir en ese lugar, de que su padre no esté. No se escucha la cumbia de los vecinos. No está el choripanero ni el que hace tortilla en la esquina.  El puesto de diarios, vacío. No hay noticias en la calle. La parada de colectivos, llena de cajas y papeles y un cucurucho de helado pisado y un pancho con mayonesa a medio comer en una cabina de teléfonos abandonada. Hay moscas y huele a basura. La panadería hoy no vende lechón. No abre el supermercado de la esquina. No se escuchan los petardos con los que los nietos de La Cuca juegan en las vísperas. Es un barrio fantasma. El portón de la casa, cerrado con llave y atravesado por una traba de fierro. La madre, petiza y gorda, camina de un lado hacia otro por el patio largo y ancho con una ligustrina en el medio. La casa está al fondo y tiene un pasillo al costado que da a un baño. Un paredón pintado de bordó con culos de botellas en su extremo rodea el lugar.  Se oye apenas una radio con guaracha de fondo.  Ahí vienen, se escucha gritar. Todo se manifiesta de a poco.

Llegaron por la mañana, con ese lento caminar que los caracteriza, manejando camionetas y llevando a los otros en la cúpula. Tenían palas y cochecitos de bebés y machetes y diarios y fósforos.  Se fueron acercando de a poco hasta formar un grupo silencioso que impacientementeesperó dos horas hasta escuchar la orden. Los cuerpos, ya desbastados por la sed y el hambre, corrieron levantando lo que cada uno llevaba en la mano y desaparecieron. Un zumbido ensordecedor de abejas voraces. Destrozaron vidrios y tiraron la camioneta contra una persiana electrificada. Disparos, ya no sé desde dónde, y bebés llorando y que el nene tiene hambre y disparos y vidrios rotos y gritos y, de golpe, silencio. La justicia social lleva diez minutos y pasan con carritos de supermercado, con lechón, con sidra, con estanterías y pañales y ventilador de techo y una zapatilla en la mano y el nene, llorando. Se escucha un disparo desde el patio de la casa. Hijos de puta, chorros, vayan a laburar. Esta noche te damos, vieja de mierda.  Dale, te espero si sos macho. La madre, petiza y gorda, levanta la escopeta y dispara un tiro al aire. Los hijos la miran desde la ventana de la cocina y lloran. La más grande le grita que es una inconsciente, que papi no está y vos salís a hacerte no sé qué, que qué mierda te pasa, loca; pero la madre la empuja y le dice eufórica que es joven para entender nada, que ella ya lo pasó en el ochenta y nueve y que se calle la boca, que es una estúpida.

Toda la tarde, las gomas y cartones y maderas prendidas fuego, humeantes, en las calles. La casa está a oscuras y la radio continúa prendida. Anochece y el verano sofoca el aire. Nadie duerme pero el silencio alberga cualquier miedo. Una mujer llama a la radio, llora y dice que perdió todo, que Tierras Altas no existe más, que el almacén no tiene nada y que van a entrar a las casas, que a su marido lo mandaron en un remis, que se lo pagó la fábrica pero que lo dejó en la ruta y tiene miedo. Llora desesperada. Esa noche el locutor no pasa música. Son llamados de mujeres llorando. La madre toma la escopeta de nuevo y se la da a una de sus hijas. La adolescente está en apariencia calmada pero no puede dejar de mirar el portón de su casa. Su hermano tiene un tres tiros en la mano. La otra hermana, llora. Si alguno entra, dispará, son ellos o nosotros, dice la madre. La adolescente siente que no puede respirar bien, no habla. Tiene las manos apretadas y el pelo atado. Los anteojos puestos. No debe confundirse el blanco. Está sentada en la silla de la cocina. Ha corrido la mesa. No puede dejar de mirar el cielo gris, el reloj y el portón de su casa, una y otra vez,el cielo gris, el reloj y el portón de su casa. Son las tres y cinco de la mañana. Suena el teléfono: es Patricia, ahí vienen. Patricia y la madre deciden salir a prender fuego más cosas, todo lo que haya en las casas: maderas, cartones, gomas, ropa vieja, pasto seco. Es un buen momento para deshacerse de lo que sobra: revistas, carpetas del primario de sus hijos, acolchados, sábanas sin uso, osos de peluche, películas viejas en vhs. Patricia, que hace suvenires, prende fuego cerámica. El olor y el calor es sofocante. Los hijos miran desde la casa. Vuelve a sonar el teléfono. Gabriela advierte que están viniendo, que se acercan, le dijo el comisario con un llamado. La madre entra corriendo. Grita a sus hijos que se preparen. Los hijos no saben muy bien para qué. La adolescente toma el arma y llora desde una ventana que da al patio de la casa. El hijo menor agarra los tres tiros y una caja de fósforos. La hija mayor, reza. La madre, con la escopeta espera su venganza, espera enfrentar al macho que la desafió. Hay que tener cuidado, son silenciosos, dice. La adolescente mira el cielo gris y recuerda que la semana siguiente debe rendir un final en la facultad. Piensa cómo va a ir, que si habrá colectivos y trenes, que si podrá llegar, que qué suerte tiene Bustamante, el kiosquero, de estar en Vigo trabajando de mozo. La adolescente se vuelve a concentrar en lo que debe hacer. Ve a la madre que está apagando las luces y quitando la llave de la puerta. El acecho la espera. Suenan las agujas del reloj. El cielo sigue gris. Cada uno en su puesto: pueden aparecer en cualquier momento.  Las gomas y los cartones y la cerámica de Patricia van dejando de arder. Ya no se ve casi nada. Ahí vienen, se escucha decir a lo lejos. Otra mujer llora por la radio, le han desvalijado el supermercado en Kilómetro 36. La madre oye la radio, no la apaga, pero está alerta a cualquier ruido, movimiento, y espera como fiera voraz. Sus ojos no dejan de mirar el portón vacío que de pronto se abre por el viento de la tormenta que se aproxima. La madre respira agitada. El ojo en la mirilla de la escopeta. Se relame y aprieta los dientes que chirrían. De pronto, demasiado silencio. Ahí vienen.


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(*) Silvana Aiudi nació en Buenos Aires en 1982. Es Profesora en Castellano, Literatura y Latín. Enseña en instituciones educativas de nivel secundario y universitario. Participó en congresos y dictó talleres sobre Diversidad y Género. Es colaboradora en Revista Panamá.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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