Dos relatos de Antonella Ibáñez Vulcano

Antonella Ibáñez Vulcano
Máquina de escribir de la autora. Foto de su archivo particular.

Antonella Ibáñez Vulcano *

Los ojos que prefiero

Caminar hacia ese banco, hacia esa plaza, hacia la flor que cortarás inevitablemente, aunque te diga que no, que ella respira, como vos y como yo. Caminar, avanzar, y si el paso aterra, si se hunde la tierra, caminaremos a la vera. Me pregunto, ¿Quién fue? ¿Quién fue ese caminante que nunca se detuvo? Déjame tomar su mano, por un segundo.

Caminar hacia esa nube, hacia ese árbol, hacia esa fuente. El color de tu sonrisa, mezcla de cielo y de caos, de bruma y de paz. Con los ojos aún cerrados ver el mundo despertar, se desvela y se adormece, nos invita a caminar.

Caminar hacia las manos que te acarician en viento, caminar hacia los pasos que se acercan firmes, lentos, como la voz que se expande en el espacio divino, donde la magia del tiempo hace que cambien los vientos, que dibujen un paisaje las acuarelas de un beso, los abrazos de un invierno.

Caminar y ser de nuevo, como quien da un primer paso, con la ilusión de aquel día y con el alma encendida. Caminar hacia ese banco, caminar hacia esa plaza, hacia la flor de aquel árbol, al agua de aquella fuente, a la nube de ese cielo, al cielo de esos ojos, a los ojos que prefiero.

Como Hamlet

“Las improvisaciones son mejores cuando se las prepara”. William Shakespeare.

Estas son las consecuencias de esa caminata improvisada, metamorfosis puerta adentro, claro. Respirar no es tan simple querida habitación, no lo es.

¿Por qué siempre escribo sobre encuentros? Tengo la sensación de que mientras estoy narrando, y él haciendo algo eternamente vano y frívolo, en algún lugar del mundo “alguien” y “alguien”, (podríamos ser nosotros) se encuentran, simplemente eso, así por casualidad, así por felicidad, así por vida/sentido, no por vida/vida.

Permanentemente buscando, eterna alquimista, aunque él me diga que eso  siempre termina mal. Y entiendo el porqué. Nunca llega al final de los libros.

El viejito que hacía retratos arriba del colectivo siempre decía: “Todo el mundo debería tener un monólogo preparado, simple, concreto, por las dudas vissste“. Yo siempre levanté la bandera de la espontaneidad, pero me acordé del artista/bondi cuando al volver de esa caminata improvisada, busqué desesperadamente algún soliloquio en mi mente.

Qué lindo es respirar de vez en donde, de vez en cuando, de vez en siempre. Qué lindo es respirar y admirar el suelo, el crujido otoñal, la sonrisa, el encuentro.

Sus palabras difíciles, mis monólogos entrecortados (lo sabrías si pudieras escuchar ahora mismo), el límite de la paciencia, el diccionario pintarrajeado.

Ya lo dijo el artista/bondi: “Y sí, vamos a terminar monologando al viento, como Hamlet”.


(*) Antonella Ibáñez Vulcano. Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1993. Alterna sus estudios de  Profesorado Universitario de Educación Superior en Lengua y Literatura con la búsqueda de la poesía, sobre todo en los paisajes de su tierra, en el mate, y en la sonrisa de las personas para quienes prefiere tocar la guitarra, la pasión de su vida. Va a la plaza a sentirse viva y siente, bajo sus pies, cómo la plaza se despereza como un animal dormido.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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