«Los pasajes», Carolina Bruck

Carolina Bruck. Foto de su archivo particular.
Carolina Bruck. Foto de su archivo particular.

 Por: Carolina Bruck *

Vivir en el pasaje Aníbal Troilo, en Buenos Aires, es extraño, precisamente porque esta calle de solo cien metros —superpoblada de perros, autos viejos y madres judías— no recuerda ni en un adoquín al bandoneón de Pichuco. Cerca de acá, el Carlos Gardel, en cambio, es alegórico y previsible, con su estatua, las tanguerías y las tiendas de souvenirs. En nuestra calle, a lo sumo, se puede arreglar un reloj pulsera con un experto, conversar con el verdulero o desayunar en el Café de los Caminantes. Allá vamos este domingo, al boliche minúsculo y caluroso que queda en la esquina de nuestro departamento. Salvo por una pérgola con un jazmín del país, que ahora no está florecido, el café no tiene ningún encanto particular. Pero lo conozco desde hace más de quince años, cuando vivía en La Plata y el barrio de Almagro era solo un lugar de paso.

En todo este tiempo, Los Caminantes (así lo llamamos los vecinos) cambió de dueños varias veces; las paredes de ladrillo a la vista parecen ofrecer un registro exhaustivo de sucesivas formas del mal gusto, que se potenciaron a lo largo de los años por efecto de la superposición. Junto a nuestra mesa, una pared con platos de cerámica medio cachados rodea un reloj cucú inútil, en el que con dificultad se lee “Recuerdo de Bariloche”. Enfrente, un afiche de un concurso de cortos publicitarios de los noventa, una chapa con el logo de la cerveza Guinness y un cartel de Open en neón rojo. En una esquina, una estantería artesanal con la figura de una cabaña que funciona como candelabro para una vela aromatizadora de patchouli o canela, no queda muy claro. Detrás de mi silla, un recipiente enorme de aluminio para almacenar leche (sin leche) con un ramo de cortaderas medio enclenque, parecido al que juntábamos con mi madre todos los veranos para distraer el tiempo. Más atrás, un barómetro con forma de hipocampo, seguramente también recuerdo de viaje. Y en los extremos estratégicos, dos pantallas de LCD con los canales de deportes encendidos. Como es domingo pasan Carburando, un programa de turismo carreteras. El volumen está bastante bajo, pero cuando el locutor repite la marca del lubricante “Bardaaaahl” “Bardaaahl” “Bardaaahl”, la publicidad me resuena como una letanía.

Los Caminantes, se me ocurre, es una especie de Aleph degradado (y no engordado). Un punto en el que se acumula todo lo que Carlos Argentino Daneri, el personaje de Borges, descartó porque jamás inspiraría su poema kilómetrico sobre la pampa (lo que descartó Daneri, así que imagínense).

Sin embargo, en el café suelo descubrir escritores. Ahora mismo creo encontrar uno, el de la gabardina gris, que me espía sobre la solapa. Tiene una pila de páginas impresas con poemas (versos de arte menor) al lado del café con leche con medialunas, y un resaltador fluorescente en la mano. Subraya palabras sueltas. Fuerzo mis ojos miopes para descubrir los títulos de los libros que se apilan en su mesa: son diccionarios y alguna antología de poemas nacionales, escolar. Quizá no sea un escritor, en una de esas es traductor o corrector de estilo. Me los confundo: también son tipos nerviosos y desconfiados.

Al lado del reloj cucú descubro un ladrillo flojo, como desprendido de la pared. Si lo desprendo un poco más podríamos pasar a otra dimensión. Es que el Café de los Caminantes, me doy cuenta ahora, fue alguna vez mi pasadizo secreto, mi zona de pasaje. Un pasaje adentro de un pasaje, con lo que me fascinan las mamuschkas.

En la época en que, al revés que ahora, vivía en la ciudad de La Plata y los sábados o domingos viajaba a Almagro para visitar a algún novio, el dueño del Café de los Caminantes era un pelado de bigotes con los ojos saltones y anteojos de marco redondo. Cada vez que iba al café me asombraba ver que —para mí o para cualquier platense que me acompañara en esa época— ese pelado era la misma persona que nos había atendido, tres horas antes, en la boletería de la terminal de ómnibus de La Plata. El mismo que vendía los boletos («pasajes») para viajar al barrio de Almagro y sentarse a tomar una cerveza en el Café de los Caminantes, donde volvíamos a encontrarlo. La situación era lógicamente imposible, pero también resultaba imposible pensar que no se tratara de la misma persona (alguna vez, incluso, jugamos con la idea de llamarlo a la mesa y pedirle boletos). Nos rondaba, a mí y a mis amigos platenses, la hipótesis de los gemelos (no sé por qué, nunca se lo preguntamos). Pero si así fuera también se trataba de una situación de pasaje: el Café de los Caminantes era una suerte de agujero negro que nos imantaba a los platenses que viajábamos a Buenos Aires solo para recordarnos que nuestro destino estaba en otra parte.

Había olvidado esa perplejidad cuando hace unos años leí un relato de Ricardo Piglia, «Hotel Almagro», en donde dos manojos de cartas que dialogan entre sí se le aparecen en dos habitaciones de hotel, también entre La Plata y Buenos Aires. Piglia escribe que es mucho más fácil cruzarse a la misma persona dos veces en dos ciudades distintas que encontrar dos cartas de dos personas que están conectadas en dos lugares distintos. En este caso, no estoy tan segura. De lo que sí estoy segura es que cuando el café cambió de dueño, la boletería de la terminal de ómnibus de La Plata cambió de empleado. Y ya no hubo encuentros perplejos. Creo recordar que, por pura superstición, esa semana miré los avisos fúnebres de los diarios de Buenos Aires y de La Plata. No encontré coincidencias.

También estoy segura de otra cosa: cuando buscábamos lugar para vivir en Buenos Aires, la inmobiliaria nos llevó a ver un departamento al fondo de un pasillo, con dos habitaciones, un patio y una terraza. Los dueños no estaban, pero sí los muebles y los objetos personales. Me llamó la atención la biblioteca (alta, blanca, llena de literatura apetecible) y el estudio de uno de los dueños, una habitación chica que asomaba a un patio interno.

Descubrí que se trataba de la casa de un escritor; el vendedor me lo confirmó pero no quiso revelarme el nombre. Cuando vi la partitura original de La ciudad ausente enmarcada en la pared me di cuenta de quién era. Pero, de todas formas, nos quedamos con el otro departamento, el que estaba en Troilo, la calle menos tanguera de Buenos Aires, cerca de la esquina del Café de los Caminantes. Cuando uno no vive en su ciudad natal, conviene tener un pasaje de regreso guardado detrás de un ladrillo.


(*) Carolina Bruck nació en La Plata, Argentina. Estudió Letras en la Universidad Nacional de La Plata y es magíster en Creación Literaria por la Universitat Pompeu Fabra. Por su segundo libro de cuentos, Las otras (Adriana Hidalgo, 2013), recibió el primer premio del Concurso Eugenio Cambaceres de la Biblioteca Nacional argentina y resultó una de los cinco finalistas del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez (2014). Obtuvo, además, el primer premio en el V Concurso Nacional Macedonio Fernández por su libro Fast food (2008). Integra diversas antologías, como Emergencias (Candaya, 2013) y ¡Basta! Cien mujeres contra la violencia de género, edición argentina (Macedonia, 2013). Trabaja como docente e investigadora universitaria en escritura, como guionista de documentales, y como editora. Publicó también, junto a Irene Klein y Laura Di Marzo, Cuando escribir se hace cuento (Prometeo, 2011).

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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