Poemas inéditos de Patricio Torne

Patricio Torne. Foto por Erica Ortiz
El poeta Patricio Torne por Erica Ortiz.

 

Patricio Torne nació en Helvecia (Provincia de Santa Fe) el 31 de enero de 1956. Desde 1985 reside en Villa Mercedes (San Luis), donde desarrolla distintas actividades relacionadas con los espacios sociales, periodísticos y culturales. Desde 1985 dirige los talleres literarios de la Secretaría de Extensión Universitaria de la Universidad Nacional de San Luis en Villa Mercedes. Es Coordinador del Área de Cultura y Artística de la Secretaría de Extensión Universitaria de la Facultad de Ciencias Económicas Jurídicas y Sociales de la U.N.S.L.

Esta selección de poemas inéditos nos da una aproximación a su dominio del lenguaje, a la fuerza de su expresión, a su palabra reminiscente.

 

 

CUESTIONES CON EL LENGUAJE
-Talking Heads-

Se habla y el lenguaje se dispara
como un dardo, o simplemente flota
sin la intención de irse más allá de tu dominio,
como una pluma, como una cáscara
débil recubriendo el vacío.
Las palabras sopesadas hasta el límite
o vaciadas de toda intención
están allí. La cabeza es un parlante
sin timón que debemos manejar
para que la lengua diga
lo que deba decir sin tantos escarceos.
Hay a quienes les basta con decir pulpo,
pero hay quienes te abrazan
y asfixian con sus tentáculos.

Inmediatamente nombradas,
las cosas cambian, el tiempo es implacable;
señalado que fuera lo que es nuevo,
y ya comienza su declinación,
aunque nombrar lo declinado es un modo
de ponerlo en vigencia, así la dialéctica
y el poder del lenguaje.
Igual que el pulgón sobre las hojas del naranjo,
el modo de alterar la pureza de las cosas.

Se hace necesario conjugar el futuro
del indicativo si vamos a decir que amamos.
Nuestra vigencia es posterior al lenguaje,
somos reos de él.

 

BELLAMENTE BRUTALES

Eran los días en que se bailaba “Mamá yo quiero”.
La pista resistía en el giro de una muchedumbre
rabiosa de felicidad.
Cuando el mozo se acercaba
mi padre nos miraba a los ojos y pedía
una crush para toda la noche. Nosotros,
sin embargo, la haríamos durar
apenas una salida de la orquesta.
Lo que a mí, si, me duraba,
culpa de los “siete vidas”,
era el dolor en los dedos de los píes.
No hay duda que fuimos una fotografía
que nadie, nunca, jamás, tomó.
Por eso el aire enrarecido
cuando no conciliamos el sueño,
y el baile se estampa en la memoria con retazos.
Una postal sonora escondiendo la luna
que sale por las islas,
la luna que chorreaba otra cosa
llamada después romanticismo,
porque ninguno supo bien qué diablos era.
No había conmiseración
a la hora de señalar los hechos,
aunque ahora el pudor los vuelva mudos.
Éramos bellamente brutales,
y así crecimos pensando en el día siguiente
cuando nadaríamos en el río.
Hacernos grandes no entraba en nuestros planes,
los zapatos que calzábamos
tenían que durar un par de años más.

 

CALENTAMIENTO GLOBAL

Nos equivocamos cuando pensamos que el cielo
ha de ser pródigo: la película se vuelve de terror
y comienza cuando dejamos la sensibilidad
en manos de algunos arquitectos.
Mi vecino tiene un terreno extenso, y en él,
justo en el centro, una casa grande, con los años suficientes
como para decir que es antigua, sin llegar a serlo.
Mi vecino es buena gente,
pero está empecinado en ir contra todo lo verde
que pueda existir en ese terreno
que tiene una casa antigua sin llegar a serlo.
Ayer vino y me dijo que sacarían las plantas,
y la enamorada del muro que hay de su lado, la misma
que está contra el tapial que da al ingreso de mi casa,
en el jardín, desde donde salen otras enredaderas que florecen
y coronan la tapia fusionando la propiedad de un paisaje
que compartimos, y a nosotros, los de casa,
nos hacía sentir que aportamos al mantenimiento
de un verde que, a su modo, se enfrentaba a la teoría
del calentamiento global y nos embellecía el espacio
con todo lo que eso implica.
Pero la guerra es inminente.
Hoy muy temprano me despertaron los ruidos, golpes secos
de un machete y moto cierras. Sobre el costado del jardín
que da a mi vecino, nuestra bignonia y otras enredaderas,
se volcaban sobre sí mismas como hinchadas
y tratando de mantenerse en píe,
muñones astillados y flacos se levantaban
por sobre las ramas configurando una imagen dramática
invitándote a huir del área.
Subí a la terraza y vi que habían sacado,
tal como me lo dijo mi vecino,
las plantas contra la tapia de su lado.
Allí construirán el garaje, y eso hacía inapelable su decisión.
Pero también sacaron toda la parra del costado,
una parra que en el verano daba una sombra hermosa
que hacía de pulmón y refrescaba la casa,
aunque los enojaba por los racimos que maduraban
y se caían ensuciando el piso o atraían moscas y hormigas,
entonces las cortaban, y nos la regalaban en baldes
para que nosotros saboreásemos esas uvas despreciadas.
Aunque lo verdaderamente asombroso es que también
talaron todas las plantas, las chicas, las medianas,
las enredaderas, los arbustos, del fondo de la casa,
convirtiendo el lugar en un páramo.
Temblé cuando comprendí que todo se vuelve insalvable
porque quedamos huérfanos de sentido común.
Sólo hay cháchara, sonrisas de buena convivencia
que no modifican absolutamente nada.
Sé que estoy muy impresionado al ver los cadáveres
de aquellos trazos que componían  una sinfonía de jardín
que hacían de la casa del vecino un lugar encantado.
Llevados los restos, seguramente, ya todo será nada.
Pero no dejo de pensar en esos habitantes
que tendrán que soportar las inclemencias del verano
con un calor abrasador, en una casa grande, con los años
suficientes para decir que es antigua sin llegar a serlo.
Vecinos que, seguramente, sueñan con vivir en el piso diez
de un edificio muy alto, sin balcones, y veneran las napalm.
Las enredaderas de nuestro jardín, por su parte,
tendrán que acostumbrarse a saber  que se quedaron solas,
sin vecinas con quien compartir la cresta del tapial. Nada
de nada, yo, debo admitirlo, ya lo tengo asumido.

 

CAMINAMOS EN LA CIRCUNVALACIÓN

Cuesta como debe costarle a todo cuerpo entorpecido.
No digo nada, me atengo al sonido constante
y amenazador de los mosquitos en la tarde.
Cada tanto una perdiz se muestra con su vuelo
entorpecido a ras de tierra.
Somos humanos, lo presiente y huye.
Sobre el horizonte las nubes hacen de su existencia
un extraño modo de encantarnos.
Como un tesoro del que no se toma conciencia,
estamos en el campo, a pasos de la ciudad,
y el cielo es para nosotros. Somos dos
potenciando la idea de mejorar nuestra condición física.
Desde hace un tiempo, caminamos
como quien se suma a un mandato estandarizado
que todos asumen como una lógica de la existencia.
La gente sale y camina, como autómatas,
con esa indumentaria que los delata
deportistas de jardín, cruzan la ciudad,
van por las veredas, las bici sendas, de un barrio a otro,
unos más pesados, otros escuálidos, sufrientes.
Los cuerpos que se ven luego, sin embargo,
siguen gordos y torpes, pero las cabezas
les funcionan gráciles y veloces, el buen humor
y el cansancio es otro punto positivo
que hace que la gente se retire a tiempo,
mucho antes de haberte hartado
con sus charlas sobre métodos adelgazantes.
Se acuestan temprano sin necesidad de rezar.
Nosotros caminamos en esta zona menos transitada,
es una ramificación de la autopista que llaman
circunvalación, hasta ahora no muchos la descubrieron,
y hay torres de luces sin funcionar. Todo indica
que no ha sido inaugurada,
y si nos atenemos al calendario electoral,
podremos disfrutar de esta tranquilidad
por un buen tiempo. Caminamos y le agregamos
unos cientos de metros al trote. Transpiramos
y nos miramos a los ojos como dos guerreros
que se potencian en su capacidad de competir,
como si el honor entrara en juego. En algún punto,
los dos sabemos que todo esto no es otra cosa
que un modo de alejarnos de las culpas.
Pero, también hay que decirlo, la intensidad
con que frecuentamos los despliegues del amor es otra.
Nuestra ejercitación, lo sabemos, más que de atletas,
es de amantes. A veces estamos más agotados
que de costumbre, y es imposible no ser carne del mandato.

 

COMO ENTOMÓLOGOS

Hasta la saturación se observan sus alas,
las patas pequeñísimas, sus colores tornasoles
que nos vuelven débiles ante esa belleza débil.
Se ve la planta, su flor, el fruto
y hay una conmoción que crece a medida
que la vida va dando pasos
hasta que lo finito hace lo suyo.
Se habla del hambre y uno tiembla
o teme esas cosas que pasan,
y firma petitorios de correos electrónicos
enamorados de las ballenas
y un mono que se extingue.
Alguien se muere así,
de repente así
como se mueren las cosas,
las personas, pero su muerte duele
en miles y millares de tipos.
Alguien hay que se indigna,
no por esa muerte, sino
por los miles y millares de tipos que están dolidos,
que no aprendieron a leer correctamente,
no distinguen entre un texto
deslumbrante, preciso
y un texto conmovedor.
Las personas son brutas, por eso
son ganadas por la melancolía
o las historias sentimentales.
Alguien se indigna,
hubiese sido mejor algo de discreción
como esa discreción que vemos
en los entierros norteamericanos
donde nadie llora y todo es frío como la muerte,
pero simétrico hasta la perfección.
Si hubiesen sido analfabetos,
sordos, ciegos,
no nos estarían inundando de lágrimas.
La planta, su flor, el fruto no hacen llorar,
Los insectos tampoco,
sigamos observando todo de tal modo,
como entomólogos, así aprendemos.

 

CUANDO VIVÍAMOS EN LA CASA DE GOMA

Cuando vivíamos en la casa de goma
todavía teníamos pelos barbas y bigotes.
Los músicos llegaban de lejos
en combies maltrechas y bajaban sus equipos
se instalaban dormían y comían
sin que nadie se molestara. La salamandra
daba calor en los inviernos brutales
y se abrían las ventanas que daban al jardín
cuando el verano. En la casa de goma
había tres perros chicos:
el Sechi la Pinki y la Jésica Paola Frontera
más treinta gatos que no eran nuestros
sino de la casa abandonada de al lado.
Nadie se quejaba de alergias y comíamos
en una mesa que se estiraba
lo justo y necesario para que entren todos.
Magma el Chango Jacinto Liliana
Bam Bam Manolo Pucho Ponce
y muchos nombres más comieron en ella.
Siempre había un fuego sagrado
dando lumbre en sus habitaciones.
Festejábamos los cumpleaños con tres ítems
indispensables: vino empanadas y baile.
La gente tomaba y fumaba hasta el amanecer
y nosotros no nos cansábamos nunca.
En esa casa de la calle Dupuy
cabía todo el mundo sus hermanas y locura;
había música algunos libros y un solo ropero.
Nunca en esa casa pudimos ser correctos,
aunque éramos justos y generosos,
con eso al parecer bastaba.

 

LOS QUE CAMINAN Y EL CARNICERO

Se camina como todos los días, sin embargo
hay piedras muy pequeñas que al pisarse,
alteran el ritmo, desacomodan el envión con que se va,
y ya nada es igual.
En un descuido la tarde te devora
sin tener en cuenta tu estado, aún a costa de cuidarte
como esos enfermos que toman conciencia
de sus limitaciones.
El carnicero, por su parte, esgrime su habilidad
con la cuchilla y corta como un maestro de ceremonias
la bola de lomo, el cuadril y otros pedidos
desarmando la media red.
Él es un hombre común y no tiene tiempo
de salir a caminar, llega cansado a su casa,
le duelen las piernas, las articulaciones,
el frío de la cámara surte su efecto,
él prefiere acostarse sin pensar demasiado.
El carnicero es un hombre atento
y a juzgar por la fuerza que demuestra
cuando levanta las reses hasta colgarlas del riel
que hay detrás del mostrador, también está
en un estado excepcional. El sabe de cortes
y cierta calidad en la carne que le sirve
para mantener sobre su persona una simpatía
que las clientas no tienen con cualquiera.
Las clientas sí tienen maridos que caminan
por la tarde. Ellas les eligen la indumentaria
deportiva, y las zapatillas que aún
de buena calidad no pueden evitar los efectos
de una piedra muy pequeña cuando es pisada.
La piedra tiene la virtud de poner a todos
en el lugar de cualquier hijo de vecino,
sabe bien que todos tienen su talón de Aquile,
un esguince es la señal de los efectos
que puede provocar.
Es probable que el carnicero tenga problemas
severos de salud, que tenga que dejar de trabajar,
y hasta es posible que muera antes
que cualquiera de los maridos de las mujeres
que conforman su clientela. Si caminara
todos los días, quizá evite estos desenlaces
que enojan a esas mujeres que tiene que armarse
de paciencia hasta acostumbrarse a ese muchacho
joven que vendrá a reemplazarlo
sin ser tan efectivo con los cortes solicitados,
dándoles el más magro de los trozos de carne.
Sus maridos no saben de estas cosas,
pero están convencidos que deben caminar
todos los días para evitar terminar como el carnicero
ese del que le hablan sus mujeres,
y en el fondo sienten que hay un riel
invisible donde ellos se trasladan igual que reses
terminando por satisfacer alguna necesidad.

 


 

(*) Patricio Torne: Nació en Helvecia (Provincia de Santa Fe) el 31 de enero de 1956. Desde 1985 reside en Villa Mercedes (San Luis), donde desarrolla distintas actividades relacionadas con los espacios sociales, periodísticos y culturales. Desde 1985 dirige los talleres literarios de la Secretaría de Extensión Universitaria de la Universidad Nacional de San Luis en Villa Mercedes. Es Coordinador del Área de Cultura y Artística de la Secretaría de Extensión Universitaria de la Facultad de Ciencias Económicas Jurídicas y Sociales de la U.N.S.L.

Es responsable, junto a los Taller de escritura que coordina, del Ciclo PRETEXTO, donde poetas de todo el país, la región y locales se dan cita para desarrollar lecturas y compartir experiencias creativas desde el 2010.

Libros editados: Órbita de Endriago (Editorial Filofalsía, 1990), Helvecia y otros tópicos (Editorial “Todos Bailan”, 1990), Donde Muere la Lógica  (Editorial “Último Reino”, 1992), Anacrónica (Ediciones de la nada, 2000), Perros (Editorial Revistas Callejeras, 2010), Materialismo Dialéctico (Editorial Deacá, 2013).

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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