Te esperaré siempre

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Clara Anahí Mariani Teruggi.

 

 

Por: Mirta Taboada *

 

Crónica sobre el caso Mariani-Teruggi.

María Isabel Chorobik de Mariani, a quien todos llaman Chicha, está sentada en el sillón de tela naranja donde hace dormir a su nieta, Clara Anahí. Tiene todavía el delantal rosa que se pone cada vez que cocina. En diez minutos, llegará su nuera Diana Teruggi con la beba que ya tiene tres meses. Clarita sacó la sonrisa de su mamá y la inteligencia de su papá, Daniel “Posky” Mariani, apodo que Chicha le puso a su hijo en sus tiempos de lector de historietas.

Diana y Polsky están casados desde 1972 y son novios desde que estudiaban en la Universidad de La Plata. Él, por entonces, sin bigote, de anteojos, con sus trajes y sus formalidades de siempre. Ella alta, castaña y con su sonrisa luminosa. Los dos venían de familias de profesores universitarios y artistas. En esa época solían hacerse regalos y Diana escribía en un papelito una dedicatoria. Una lapicera de colores para cuando firmes como Licenciado. Un día, él le dio un pagaré hecho a mano. Escribió con una pequeña letra manuscrita: “Banco Daniel Mariani. Pagará a Diana Teruggi la suma de 5000 (cinco mil) besos. ”

Un punto más, quizás piensa Chicha. Sino va a tener que dejar medio punto sin terminar, el ovillo de lana rosa pálido inmóvil sobre el enterito hasta mucho más tarde. Pero se hacen las 13, las 13 y 10. A las 13:30 se escuchan ráfagas de disparos: la música de esos años. Era 24 de noviembre de 1976. Más tarde, la llaman. Es su madre y le pide que vaya a su casa de City Bell a ver a su padre. Chicha sale y no vuelve a su casa, en 44 y 21, hasta el otro día, cuando escucha una noticia por Radio Colonia. Había habido un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad en la casa que ocupaba un matrimonio, en las calles de 30 y 56.

Sale desesperada. Una sensación terrible le dice que es la casa donde viven su hijo, su nuera y su nieta. Antes de ir  hacia la vivienda de la calle 30, va para la suya. Cuando llega, la puerta está derribada y todo lo que no está roto, falta. En las paredes hay agujeros de balas. Entre las cosas tiradas en el piso, están las dos partes de una foto partida. Diana en blanco y negro, muy chica, con su sonrisa de siempre.

***

La casa era perfecta; Cacho sabía. Él y el resto de los cocineros tenían por fin un lugar. El Nº 1134, de la calle 30. Había un jardín al frente, un garage espacioso y cerrado para guardar la Citroneta; un dormitorio para él, Didí y Clara Anahí; otro más para los compañeros; un comedor donde se podían reunir todos a comer y una cocina donde Chicha, su madre, les iba a enseñar a preparar conejo al escabeche.

Pero eso no era todo.  La había elegido por la calle de tierra, tranquila y con casas de obreros. Además tenía un fondo largo, para poder construir el cuarto de conservas de conejo y un galpón al fondo que podía a su vez funcionar como una falsa medianera. Era el lugar ideal para instalar la imprenta de Evita Montonera, la revista oficial de Montoneros.

La compraron en 1975. En el frente una placa de madera decía que ahí vivía Daniel E. Mariani, Licenciado en Economía. Era verdad. También vivía Diana E. Teruggi, a una materia de graduarse en Letras. Pero puertas adentro ella era Didí y él, Cacho. Él siempre salía, se encargaba de las reuniones de su trabajo y de su militancia, con los demás miembros de Montoneros.

Ella hacía los mandados y se mostraba cordial con los vecinos. También manejaba la imprenta que sacaba 5000 ejemplares al mes. En sus páginas se denunciaba, desde la clandestinidad, la violencia, los asesinatos a sangre fría desde el Estado, los secuestros y los centros de detención clandestinos. Pero no estaba sólo ella: también estaban Juan Carlos Peiris, alias Beto, colocador de antenas y campeón de ajedrez; Roberto Porfidio, “Abel”, Licenciado en Letras y “El conejo” Daniel Mendiburu Eliçabe, estudiante de arquitectura. Sus edades iban de los 26 a los 32 años.

Todos hacían lo que proponía la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA), creada por Rodolfo Walsh en ese mismo año. Hacían circular información valiosa, censurada. Desafiaban al silencio con el mimeógrafo. Derrotaban al terror, rompían el aislamiento. Volvían a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad.

La cocina donde estaba la imprenta era un cuarto secreto diseñado por un ingeniero de confianza de la organización. Un lugar de apenas 1 metro y medio de largo por 7 de ancho, donde se entraba de a uno por vez, a través de un espacio debajo de una mesada, que se abría durante un minuto al juntar dos cables escondidos detrás de varias herramientas. Los gases que despedían las máquinas en funcionamiento, salían por un conducto subterráneo que llegaba hasta la parrilla y salía por la chimenea, como el humo de un asado.

El movimiento constante de la casa, con la entrada y salida de la Citroneta, se explicaba: en el cuarto de conservas había jaulas con conejos de pelo blanco para los escabeches. La Citroneta solía llevar regalos: en ellos estaban apilados los números de Evita Montonera que anunciaba en una tapa a color, “A DIEZ AÑOS DEL CORDOBAZO PREPAREMOS EL ARGENTINAZO”, “PATRIA LIBRE O MUERTE ¡VIVA NICARAGUA!” y “ORGANIZARSE PARA VENCER”.

***

Algunos dicen que eran cien. Otros, llegaron a decir quinientos. Los uniformados estaban armados hasta los dientes contra tres hombres, una mujer y Clara Anahí, de tres meses. El operativo tenía la meta de eliminar, con el lenguaje quirúrgico del terror, las tres casas donde funcionaba Montoneros.  Desde las 12 del mediodía comenzaron a subir a los techos, a dar órdenes de quietud y silencio a los vecinos, y a aislar la cuadra.

Infantería, policía, paramilitares, bomberos se apostaban con pistolas, ametralladoras, fusiles automáticos de guerra, granadas, blindados, artillería liviana y helicópteros. Diana quizás apoyaba el plato de milanesas sobre la mesa y servía un poco de puré en cada plato. Había un lugar vacío: el de Cacho, que había tenido que viajar a Buenos Aires.

El jefe de la Policía Bonaerense,  Ramón Camps supervisaba en persona la escena. Las cejas espesas, los ojos oscuros y un lunar en la comisura derecha, quizás haya hecho como única señal una mirada a su segundo, el Comisario Miguel Etchecolatz, de rostro afilado y ojos juntos, con la misma oscuridad.

Entonces, sonó una voz metálica. “¡Los de calle 30 Nº 1134 salgan, están rodeados!”. Minutos más tarde, todo fue ruido y destrucción. Otra operación masacre. A Diana le tiraron por la espalda, se cree que cayó junto a un limonero que estaba plantado en el patio. Pudo haber caído sobre su hija y haberla protegido su cuerpo inerte. O pudo haber llegado a esconderla en la bañera del baño, donde la encontraron. Lo cierto es que alguien de uniforme la levantó, la tapó y, desapareció en uno de los vehículos, a toda velocidad.

***

“Abaten en La Plata a otros cinco extremistas”, publicó el diario platense El Día, el 25 de noviembre de 1976. “Violento enfrentamiento en una finca de calle 30, entre 55 y 56. Murió un policía y dos más resultaron heridos”. Diana, Juan Carlos, Roberto y Daniel perdieron toda humanidad: sólo eran elementos terroristas. El ataque perpetrado por las fuerzas represivas fue un enfrentamiento en el relato.  Según el diario, el frente de la casa con los agujeros de las balas y la huella de una bomba en la pared del dormitorio fueron claros indicios de la violencia con que los “extremistas” enfrentaron a los efectivos “de seguridad”.

Ocho meses más tarde, Daniel Mariani, todavía militante en Montoneros, es asesinado en La Plata. Era la cuenta pendiente de aquél 24 de noviembre. Desde la clandestinidad, buscaba a su hija.

***

Dicen que el duelo es el proceso de adaptación emocional a una pérdida o muerte. ¿Cómo llamar al proceso de adaptación a una desaparición? Chicha Mariani nunca se adaptó, nunca aceptó. Sabía que Clara Anahí está viva, en alguna parte, con otro nombre, pero con la misma sangre. A pesar de las mentiras y del pacto de silencio de militares y civiles, algunas voces se animaron, se lo dijeron por lo bajo. Incluso lo llegó a escuchar del Comisario Sertorio, que juró que negaría todo si llegaba a hablar.

Cada 12 de agosto, festeja el cumpleaños de Clara Anahí con una carta. Tiene guardadas todas las muñecas que compró para ella. Una por cada país que recorrió como fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo. En 1996 creó la Asociación Anahí, como muestra de que incluso en la ausencia puede haber presencia. Vuelve siempre a la casa semidestruida de calle 30, que hoy es un Espacio de Memoria. Vuelve, no porque sea grato ver las huellas del terror en esas paredes. Vuelve para el presente y para el futuro colectivo. Hace treinta y ocho años que busca y repite, “yo te esperaré siempre”.


 

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(*) Mirta Taboada.

Nací en 1990 y hay tres geografías esenciales en mi vida: Morón, mi ciudad natal, Quilmes, donde vivo hasta ahora y La Plata, donde cursé la carrera de Comunicación Social orientada en Periodismo. Escribo y leo desde chica, intento construir una escritura a partir de lo que observo y escucho, a partir de lugares y personas que conozco.Participé en  el e-book de relatos “Dispensario Antología II” y en el blog “La Loca De La Casa” del Taller de Escritura Creativa de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de La Plata.  Además escribo el blog “Mundos en el mundo” en la plataforma WordPress.

 

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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