Son diez lágrimas

 

Por: Camilo Alzate

1. Discutir el nacimiento exacto de la salsa es echar palabras al mar Caribe. Dejemos a los cubanos y puertorriqueños vacilarse la paternidad y maternidad de un género que por plural, sin duda no tiene un único origen.

2. Es preciso saber que la salsa tiene tanto de negra como de blanca y que es hermana bastarda de la música culta, pariente cercana del Jazz; banda sonora de las calles de Lima hasta Chicago, de Medellín a Matanzas, de Venezuela a las Canarias, subiendo camino al barrio. Siempre me ha gustado imaginar la salsa como venganza de los negros y mulatos latinos que acabaron imponiendo con esa energía ancestral de su vitalidad una música y una tradición africana sobre los moldes blancos, refinados y racionales heredados de Europa. La cultura de los oprimidos que se escurre por las grietas de los dominadores en una marejada feliz de hegemonía.

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3. La explicación es engañosa porque si la salsa es venganza, en otro sentido es deseo de reconciliación. Sin negro no hay guaguancó, cantaba Pablo Lebrón, cierto, pero sin la herencia europea  tampoco. La salsa no es africana, es latinoamericana aunque suela pasarse por alto la obviedad. El piano, el más racional de los instrumentos europeos, se comporta como demonio Yoruba bajo las manos pálidas de Ricardo Ray o Larry Harlow, aquellos blancos poseídos por Changó. La Orquesta Conspiración canta un verso que por simple resulta universal: no importa el color de la piel, la sangre son colorá. Todas las sangres son iguales. La salsa es mestizaje.

4. Descubramos su reconciliación y conflicto: una tensión entre lo racional y lo atávico, entre lo matemáticamente pensado y lo instintivo, una batalla entre la fuerza del ébano y las armonías delicadas, que desemboca en descarga, sandunga obscena, de amarga dulzura y de dulce pena.  Tampoco hay que equivocarse en eso, es mestizaje con acento fuerte de piel oscura. El tambor domina la plaza opacando al resto de elementos. Se trata tal vez del único género musical dónde el sabor definitivo está en la contundencia. Podrá haber salsa sin piano. Incluso sin voz, sin vientos. Pero estoy seguro que como Pancho el Loco, que escapó a una montaña a manotear los cueros, no hay salsa sin campana, güiro, timbal, maracas, conga y tumbadora. Sin mi bongó no vivo yo.

5. El conflicto arrastra un pasado de sufrimientos. El pasado arrastra presentes. Borges dijo del tango que es una tristeza que se baila. La salsa al contrario es una alegre amargura, una carcajada que se llora. Una fiesta de dolor dónde se conjuga el sensualismo y la vitalidad con el sufrimiento profundo de los latinos. Cabemos en una frase de Ismael Rivera: Somos la melaza que ríe y llora. Se confunde quien cree que la salsa es melodía pachanguera vaciada de contenido, musiquita movida sólo para festejar. Cada interpretación guarda en el tono de lamento un infinito desgarramiento: la salsa es hija de la esclavitud. También su producto más perdurable.

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6. Cinco siglos son tantos, que acaban clavándose en el canto. ¿Cómo no percibir en la voz del Cheo Feliciano el lamento de los negros en los cañaduzales masticando la miel con azotes? Imposible no sentir el llanto del quilombo y el rugir de los cimarrones, los alabados adentro de los palenques tras el galope de pasos fugitivos que acarrean cadenas. Demasiado obvio notar que la estructura básica de muchas canciones sea un coro que repite -como en ceremonias africanas- el estribillo donde voltea la orquesta. Prefiero recordar aquello que no es obvio: el canto de millones de almas amontonadas, atenazadas, cargamentos de carne viva en las bodegas de los navíos coloniales gritando bajo los aguaceros que golpean el atlántico. Ese grito sentencia una y otra vez: Yo soy Babalú y con mi trabajo la tierra tembla.

7. Cadenas y grilletes. Frustración. La salsa es resistencia. Es un género menor y está muy bien que así sea, debe brotar de abajo para sacudirse con su gente en arrebatos de locura. Debe quedarse abajo, del barrio a la esquina, de la molienda al conuco. Esa es su única identidad. La salsa nació con un desarraigo, no toleraría un segundo despojo. En las academias no sobreviviría un día su inocencia. Yo soy del barrio, mi socio, dijo Ángel Canales.

8. Puesto que es producto imperecedero de la esclavitud esconde una contradicción esencial, se debate entre la humillación y la victoria, entre Santa Bárbara y Yemayá, entre San Lázaro y Changó. La salsa es un género imposible, pero ahí se resguarda su belleza. Igual que en la tragedia griega dos mundos opuestos coquetean en sus entrañas.

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9. Esto conduce a la filosofía natural de sus pregones, que no huyen de la sencillez cotidiana porque encuentran allí los dilemas trascendentes de la existencia: el amor, feroz o apaciguado, caliente o desgarrador, inocente o infectado por la decepción. La guerra, la diaria llena de penurias y carencias, y la otra también, la del tiempo pa’ matar de Willie Colón y la Cari Caridad de Junior González. La muerte. Se goza solamente una vez, como una candela que alumbra pero quema, que alegra hiriendo. La salsa surge del existencialismo originario que pregunta con la voz de Celia Cruz: ¿dime si llegué a tiempo para la rumba

10. No hay una definición más corta ni completa para la salsa que aquella fórmula famosa de los hermanos Lebrón. No existe música tan alegre y vital, tan briosa y potente, al tiempo que es abismalmente dolorosa. Y creo que, por simple que suene, tampoco queda un sentido más preciso para la vida: por cada risa, hay diez lágrimas.

@camilagroso.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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