El día que perdí mi oreja izquierda

Portada: “Paysage de Baucis”, de René Magritte

Por: Andrés Galeano*

*

Aquel lunes me hallaba listo para lanzarme al mundo con mi nuevo sueldo. Pretendía subir de estatus, comprar el amor de una linda mujer, o en su defecto, un tierno French Poodle que me hiciese compañía en las noches de insomnio.

Me duché, me vestí y caminé hacía la puerta con la firme intención de salir. Pero esta vez, un muro de tinieblas se puso ante mí, dejándome perdido entre las cosas que alguna vez creí poseer. Llevé mis manos a los ojos, y en su lugar, solo hallé un par de cuencas vacías cercando mi nariz.

Preso del pánico, me dispuse a buscar mis ojos por los recovecos de la sala, con el cuidado de no ir a aplastarlos con las palmas de mis manos.

Gateando y a tientas, empecé a buscarlos mientras un inconmensurable mundo de sonidos, me abría sus puertas. Nunca pensé que cada cosa tuviese su música interior. Mis oídos, al parecer, se hicieron luz en medio de las sombras.

Después de varios tropezones, encontré mis ojos cerca del perchero. Fríos, mudos, e impávidos. Los puse en su lugar, mientras me preguntaba qué habrían visto sin mí.

Me aventé a la puerta de nuevo. Esta vez quise gritar y no pude, entonces ratifiqué la inefable carencia de mi boca; la cual, a diferencia de mis ojos, balbuceó dónde se encontraba y en qué terribles condiciones. La instalé en mi quijada.

Preocupado por mi estado de salud, llamé al médico de mi Seguridad Social para contarle lo sucedido y de paso preguntarle qué es bueno para mantener las partes del cuerpo en su debido lugar. De nada sirvió: no hubo tono al otro lado de la línea.

Por tercera vez me aventé a la puerta, la abrí y presencié algo quizás más aterrador. Mi casa flotaba alrededor de una cascada de cosas que como yo, se iban a pique.

Me impulsé hacia atrás, y de bruces fui a caer sobre el piso de la sala. La casa entera empezó a estremecerse, y los objetos a caer de sus puestos. Me hinqué de rodillas y con las manos arqueadas al cielo, pedí al Dios de mi abuela, de mi madre y mis tías, que me ayudase a llegar al trabajo lo más rápido posible; mi ingreso era a las seis en punto, y faltaba un cuarto para las siete.

Dios no intercedió. El mundo siguió desmoronándose, y a las siete en punto decidí saltar. No estaba dispuesto a llegar a las ocho. No podía permitirme un segundo memorando. Me costaría el nuevo cargo y de paso el nuevo sueldo que tanto había esperado, y por fin se me había concedido. Veintidós años como aseador del bloque C. Veintidós años aguardando este momento.

A punto de saltar y aferrado al marco de la puerta, pensé en mi madre en su silla de ruedas, y en su llanto luminoso. Me agarró el llanto y comprendí que tenía que hacerlo por ella. No sería más el hijo fracasado. No sería más el simplón aseador del bloque C. El mundo sabría de mí. El mundo se postraría a mis pies.

Salté de pie, y empecé a descender junto a cientos de objetos, que como yo, caían desbocados. Árboles, casas, zapatos, espejos y perros, todo caía desmedido y turbulento. ¿A dónde? Buena pregunta.

En pleno descenso, empecé a saltar de cosa en cosa y de casa en casa, buscando el techo rojo de mi empresa. Entre templos, autos, vacas y faroles lo encontré, lo enfoqué con la mirada y caí sobre él. Aferrado a sus columnas externas descendí las paredes, llegué al portón y toqué el timbre.

Olmedo, el portero, me abrió enseguida. Su temblor de manos lo delató. Estaba invadido por el miedo. Lo saludé como siempre, disipando mi tardanza.

-Buenas, don Olmy.

-No sé qué tendrán de buenas. Mire no más como nos vamos pa´ los mismísimos infiernos, por pecadores e impíos.

De golpe no me intimidó su comentario. Casi todos en la empresa, incluyendo al gerente, eran testigos de Jehová, menos yo que no era testigo de nada y solo acudía a Dios cuando me hallaba en las últimas. Sin embargo, mientras firmé mi hora de llegada, un frío me atravesó por todo el cuerpo, y por poco no logro escribir 06:00 a.m. Entonces recordé, de modo súbito, que todo lo que cae, estalla.

Me senté un par de minutos en la banca de Olmedo, intentando ordenar mis pensamientos.

-Ore conmigo, don Marion. Aún puede salvarse -me dijo, abriendo su pequeño ejemplar azul, en la página precisa-. Isaías 2.19.21: Los hombres se meterán en las cuevas de las rocas, y en las grietas del suelo, ante el terror del Señor y el esplendor de su majestad, cuando él se levante para hacer temblar la tierra”.

Por un momento pensé en entregarme al pánico y enfilarme al ejercito de Jesús, ser de los primeros por rescatar, pero enseguida recordé el artículo 26 de los estatutos de la empresa, donde se nos tenía prohibido: “Conjeturar sobre las causas de las cosas y su hipotético devenir”. Por tal razón, dejé a Olmedo hablando solo, llegué al vestidor, me quité los miedos, los colgué detrás de la puerta, abrí mi casillero, colgué el carnet en mi pecho, y empecé a vestir mi nuevo uniforme azul. Primero el pantalón, seguido la camisa… Con orgullo.

Como nuevo operario de la sección de Empaque, caminé hasta el bloque A, pero al llegar, gran parte del techo se vino abajo y empezaron a caer sobre máquinas y pasillos, más trabajadores que como nosotros, habían decidido lanzarse al vacío con el fin de cumplir y por ende cobrar a fin de mes.

En menos de veinte minutos, amontonamos a los muertos en el Salón Social, cubrimos el techo con láminas de zinc, e iniciamos nuestras labores. Pero a eso de las diez a.m., nos percatamos de algo espantoso, de algo fatal. No solo faltaban por caer doscientos seis operarios de todas las secciones, faltaba también lo único santo, lo único pulcro, lo único que podía darse el lujo de jugar Golf con Dios los domingos en la tarde. El gerente.

Sin firma del gerente, no habría pago. Era, más que un hecho, una verdad ineludible. Por ello dejamos de trabajar, y nos le fuimos encima a Horacio, el jefe de recursos humanos. Este, al ver afectado también su pago, tomó su radioteléfono y llamó al gerente delante de todos.

-¿Aló?

-Buenos días, don Raúl. Discúlpeme por llamar a molestarlo. Sólo quería saber cómo estaba y de paso proporcionarle el listado de los que hoy, pese a la caída del mundo, venimos a cumplirle. Por amor a la empresa.

-¡Qué está diciendo, Horacio! Están locos. Cómo se les ha ocurrido ir a trabajar el día del juicio final. ¿Acaso no han leído la palabra? Todo esto lo predijo San Juan. No demoran en aparecer los cuatro jinetes del Apocalipsis para acabar con todos los pecadores, hijos de Lucifer. “Y he ahí un caballo pálido y macilento, cuyo jinete tenía por nombre muerte, y el infierno le iba siguiendo”, las profecías se están cumpliendo. Este mundo va directo al infierno, y sólo unos pocos nos vamos a salvar.

-Pero, jefe…

-Pero nada. Si voy a morir, será con mi familia ¡Ah!, y referente al pago…

Su boca saltó de la quijada. Su esposa la recogió enseguida, mientras sus hijos coreaban, una y otra vez. “Hay poder en la sangre de Cristo. Hay poder en la sangre de Cristo. Hay poder en la sangre de Cristo”.

-¿Qué le dijo? -preguntamos.

-¿Nos van a echar por haber llegado tarde? -preguntó Robledo.

-¿El jefe está bien?, ¿le pasó algo? ¿Murió? -preguntó Argüelles.

-Nada de eso -respondió Horacio-, el jefe está bien, los que no estamos bien, somos nosotros.

-¿Cómo así? -preguntó López.

-El hijo de puta nos tildó de locos. Dice que hoy es el fin del mundo, y que van a aparecer no sé cuántos caballos, y no sé qué más…

-Es cierto. Las escrituras lo dicen -comentó Estrada.

-También lo dijeron Nostradamus y los Mayas. Lo vi en un documental -agregó Agudelo.

-Eso ya pasó, no sea güevón -refutó Robledo.

-Me respeta, me hace el favor -contestó Agudelo.

-Es un sueño -expresó García-, y todos giramos a mirarlo.

-¡Qué dice, García! -preguntó Horacio.

-Todo esto. Lo soñé anoche igualito. Lo juro por Dios. Esta mañana pensé que había sido una pesadilla, por eso salté y vine a trabajar, pero no es así. Y me duele mucho la mano. Miren.

-¡Qué asco! -expresó Robledo, al ver la mano de García, con solo dos dedos colgando de su puño.

-Oremos, hermanos, por la mano de García y por nuestra salvación -propuso Estrada.

-Sí, hagamos una cadena de oración -acentuó Agudelo.

-No cuenten conmigo -concluyó Robledo-, si Dios viene por mí, que me encuentre cagando.

La mayoría se dispuso a orar. Solo unos cuantos nos dirigimos a los ventanales, para ver más de cerca el declive del mundo. Algunos lloraron. Otros, en siseos, se despidieron de sus hijos y amados, y otros simplemente, se llevaron un cigarro a la boca.

Barcos. Peceras. Caballos. Montañas. Corbatas. Todo se desmoronaba. Tapetes. Parlantes. Brasieres y crucifijos. Todo se iba abajo.

Al cabo de un rato sentimos, por la turbulencia de paredes y techos, que todo llegaba a su fin, que esta cosa llamada mundo, pronto estallaría, con sus rehenes a bordo.

Cerré los ojos y pedí a Jehová, a Alá, a Krishna, o a cualquiera que se hallase disponible, que me acogiera en su lecho. Al menos por esta noche.

* *

Brinqué de la cama y clavé mi mirada al techo. Todo seguía en su debido lugar. Las persianas, las cortinas, incluso la repisa con mi foto de graduación. Pesadilla, me dije, y enseguida me aventé al espejo. Para mi alivio, todo se hallaba en su debido lugar. Los ojos alrededor de mi nariz, la boca encima de mi quijada y las orejas a los extremos de mi cabeza.

Me duché, me vestí y caminé hacía la puerta, no sé si por primera, o por cuarta vez. La abrí, y en esta ocasión pude, para mi fortuna, pisar asfalto.

Tomé el autobús y llegué a la empresa faltando cinco minutos para las seis. Don Olmedo, me abrió como de costumbre, y como de costumbre lo saludé.

-Buenas, don Olmy.

-No sé qué tendrán de buenas, mire no más qué calores están haciendo. El infierno nos persigue, por pecadores e impíos.

Llegué al vestidor, me quité las dudas, las colgué detrás de la puerta, abrí mi casillero, colgué el carnet en mi pecho, y empecé a vestir mi nuevo uniforme azul. Primero el pantalón, seguido la camisa, y luego cayó mi oreja izquierda. Fue lo primero, en empezar a caer.


Por: Mariana Piñeros Jiménez
Por: Mariana Piñeros Jiménez

*Andrés Galeano.  Escritor  pereirano radicado en Bogotá, Colombia. Licenciado en Filosofía. Poeta, Cuentista y Lector de contenidos para FOXTELECOLOMBIA. Tallerista de Escrituras Creativas para la editorial LIBROS & LIBROS, de Bogotá. Ganador V Convocatoria del FDC Ministerio de Cultura: Guión RESURRECCIÓN (2005). Ganador Convocatoria de Escritores pereiranos: obra POESÍA SUICIDA PARA NUNCA MATARSE (2010).  Segundo puesto Concurso Nacional de Cuento: EL DIA QUE PERDÍ LA OREJA IZQUIERDA.  Relata, Idartes (2014).

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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