Sombras de la madrugada

Foto de Diego González.

 

Por: Juliana Gómez Nieto

 

Cuando la beba Lewis se levantó esa mañana no sabía que ese sería su último día en la ciudad. La noche anterior no había ido al callejón de las arañas, como solían llamar al lugar, donde desde hacía seis años trabajaba. Aquella mañana era distinta, se preguntó cuándo fue la última vez que había visto la luz tenue de la mañana que se filtraba por la ventana de su mono ambiente y no supo con certeza; pero sintió que ésta ya no le molestaba. Aunque ella siempre se había sentido más cómoda en la penumbra donde coqueteaba con las sombras de la madrugada, momento en el cual era la reina de la ciudad. Con sus tacones de plataforma, su cabello lacio azulado, sus pestañas postizas y sus ojos de tigresa, nunca pasaba desapercibida.  Sus compañeras la llamaban beba, porque en el fondo tenía cara de muñequita, aunque con algunas cicatrices que silenciosamente contaban sus desventuras.

Los rayos del sol matutinos la ponían melancólica, se prendió un pucho y fumó pacientemente  mientras calentaba  el agua para el café. Cuando el  olor invadió el espacio apareció su gato Bowie que se acercó desperezándose; mientras estiraba las patas, bostezaba mostrando sus tiernos colmillos.  Apoyó su lomo sobre las prominentes pantorrillas de la beba esperando que el truco funcionara. Ella lo acicaló  con delicadeza y  sin apuro; la pantera de peluche, como solía llamarlo, era su  única compañía  desde que había desaparecido Brenda. En ese toque había tanta información que no hacían falta las palabras; ese era su lenguaje compartido.

Cuando el cigarrillo se consumió completamente la beba se levantó con la misma parsimonia con que el gato daba sus primeros pasos al despertarse. Había algo felino en sus movimientos, los músculos de su cuerpo se movían armoniosamente a cada paso que daba casi sin esfuerzo. El gato la siguió  sin ansiedad y antes de disponerse a comer,  la miró a los ojos,   luego mientras comía se dispuso a escuchar la misma historia de  todos los días, con infinita paciencia, sin interrumpir, sin cuestionar, atento.

Luego del monólogo de la beba  hubo un silencio prolongado cargado de incertidumbre. Para combatirlo encendió  la radio y se puso a ordenar sus vestidos en orden cromático, tenía una obsesión con el color, había querido ser artista; Brenda le había dicho que ya lo era y en su círculo todas le pedían consejo.

La beba había estudiado un año  ingeniería mecánica cuando llegó a la ciudad, única carrera que su papá le bancaba. Al segundo año conoció a Brenda, dejó  los estudios, y empezó a travestirse.  Después vino la calle, el oficio, las aventuras y las desventuras. Cuando se vistió por primera vez como mujer  sintió que jamás podría volver a ser Luis Pérez.  Desde aquél día sería ella misma, a su imagen y semejanza, sabía  lo que implicaba, no podría encontrar un trabajo  diurno con su nueva identidad.

Desde aquellos días había decidido sepultar sus recuerdos pero cada tanto aparecían cual fantasmas amenazantes. Hoy era un día de muchas emociones; en el fondo  estaba contenta de que  la abogada la iba a ayudar; sin embargo, se preguntaba sí realmente eso cambiaría algo.

El día anterior, cuando se habían reunido en la oficina, ella le había contado todo lo que sabía sobre su amiga. Que estaba de amante de un policía, y que estaba enamorada aunque el hombre tenía mujer y dos hijos. Fue justo una madrugada de otoño cuando llegó la redada que  las avasalló contra la pared  pidiéndoles la coima. Como siempre les pagaron, pero cuando ya se iban, uno de los tres policías llamó a Brenda y le dijo: <<vení, subí al auto, tengo un mensaje para vos>>. Las amigas se miraron sin decirse nada y Brenda se fue con ellos.

Habían pasado casi tres meses desde aquella noche y  la beba  que ya no tenía más ganas de laburar necesitaba recoger la plata para pagarle a la abogada. A las cuatro  de la mañana  en el callejón de las arañas la policía estacionó como todos los miércoles. Uno de ellos, mientras contaba los billetes con sus gruesas manos le dijo a la beba con una risita: «seguí buscando que vas por buen camino». La Beba sintió como si una puñalada le atravesara el tórax, se quedó helada.Quiso llorar pero no pudo, entonces cuando el auto ya se había esfumado  rió con una carcajada desgarradora que estremeció la ciudad.

El sol amenazaba con parir el nuevo día, y la beba caminó pensativa por las mismas calles que sus pies conocían de memoria; su mente estaba en otra parte, en una especie de limbo del que cayó brutalmente cuando llegó a su casa y vio que la puerta estaba forzada. El cadáver del gato con la panza abierta colgaba  de la ventana y las tripas estaban tiradas sobre el piso. Sobre la cama, estaban sus vestidos hechos girones manchados con sangre y semen. Junto al teléfono estaba la tarjeta de la abogada.

La beba enmudeció. No podía llorar, ni gritar, ni reír. Solo pudo huir de allí, tan rápido como reaccionaba su estremecido cuerpo. Salió a la calle, y el sol imponente desplegaba su grandeza, se sintió tan vulnerable que tomó un taxi  hasta la terminal, aunque quedaba  a pocas cuadras. Preguntó  a la muchacha de la ventanilla cuál era el primer colectivo que salía; ésta la miró con sospecha, preguntándole a dónde quería viajar. La beba sin saber qué decir, dijo «me da lo mismo». Entonces la mujer de la ventanilla, se paró de su asiento y se fue a buscar a su superior.

Cuento inédito, escrito por Juliana Gómez Nieto para  Literariedad.

Juliana Gómez Nieto

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