Ese gol de cabeza fue de mi papá

Foto de: Mindy, para The Primitique

 

Por: Carlos Joaquín Silva A.

 

Eso fue ya hace varios años. Yo tenía por ahí unos ocho. Todavía no me recupero del impacto. Y creo que no me recuperaré nunca. Es que fue un golazo. Un gol brutal. Un golazo que me golpeó en el alma, en el corazón y en la mente. Y se quedó incrustado en la valla de mi mente de niño de ocho añitos.

Usted seguramente se acuerda del gol de Zinadine Zidane en la final de la Champion League a los cuarenta y cinco minutos… ese fue un golecito sin gracia frente al que tuvo que meter mi papá, yo sé por qué se lo digo.

Todavía me sueño con ese gol —el de Zidane no, el de mi papá— y me gambetean sus imágenes como si fuera hoy mismo. Mis hermanos menores, que no vieron el espectáculo esa tarde y los «psicólogos» que me tratan hoy día me dicen que ya debería olvidar esa experiencia y no insistir en recordar semejante golazo. Pero yo no puedo. Aún recuerdo a mi papá de cuando yo tenía ocho años. Aunque hoy él sea puros huesos, para mí son los más valiosos del mundo. Son para mí como huesos de oro o de plata. Porque son los huesitos de mi papá con quien también yo jugaba fútbol. Yo siempre le ganaba porque él jugaba era tejo y billar. En eso sí era un duro.

Ese día era sábado y yo me había escapado de la preparación de la primera comunión y no fui porque me dejé convencer de un amigo del grupo que me dijo que nos fuéramos a matar pájaros y a cazar mariposas y cucarrones para quitarles a estos las alas y ver cómo se las arreglaban para volar. Así somos los niños.

Y llegamos a la cancha de fútbol del pueblo en donde iba a presenciar el inolvidable gol de cabeza de mi papá. Un cabezazo brutal, no como el golecito ese que metió de cabeza y mano Maradona en México ochenta y seis frente a la selección de Inglaterra. Yo sé por qué se lo digo de esta manera.

Como a eso de las dos llegaron los organizadores del tremendo espectáculo. Estaban en sus camionetas esperando a la entrada del pueblo desde muy temprano a que fueran llegando los campesinos de las veredas con el mercado para vender y volver con algo de plata a sus casas.

Papa, panela, carne de marrano, de cordero, gallos, gallinas, huevos campesinos de los de la yema roja, rojiza, rojosa, rojuda, queso, mantequilla, cuajada, papayas, ahuyama. Unas ahuyamas así de grandes.

Al comienzo los señores esos empezaron a ofender a nuestros paisanos diciéndoles que les jugaban un partido entre el equipo Vencedores versus Los Sapos. Que ellos serían «Los Vencedores» y nuestros papás «Los Sapos». Uno de ellos cogió sin permiso una ahuyama de las que vendía mi tío Aristóbulo, la más grande, la metió en una lona, la amarró bien redonda y en la cancha, que en ese momento era puro barro seco, la puso en la mitad, y gritaba que el espectáculo iba a comenzar, Sapos hijue… la pe, la u, la te, la a y la ese…, o sea, ¿usted me entiende?, ¿cierto? Es que como yo me estaba preparando para la primera comunión, no podía decir esa palabra.

Y mi papá, mi tío Aristóbulo, el viejito don Aníbal, don Ismael, y todos los demás les decían: «Vean, señores, tranquilos, llévense todas las ahuyamas que quieran pero no nos metan en sus asuntos, nosotros no tenemos nada que ver ahí». Pero ellos insistían en que tenían que jugar futbol ya mismo.

Mi papá les dijo en un arranque de valentía, tratando de congraciarse con ellos y llevarles la corriente, que si jugaban billar, buchácara o tejo, que listo. Pero ellos insistían en que era lo que ellos dijeran y punto. Que salieran a ver, equipo de Sapos hijue… la pe, la u, la te, la a y la ese…, o sea, ¿usted me entiende?, ¿cierto? Es que, como ya le dije, yo me estaba preparando para la primera comunión, y no podía decir esa palabra.

Entonces como nadie quiere ir por las buenas…—así dijeron— El espectáculo no se va a aplazar. Y trajeron sus camionetas y las pusieron alrededor de la cancha. En ese momento empezó a caer un aguacero el berraco —esa sí la podía decir aunque estuviera preparándome para la primera comunión— y se nos empezaron a mojar nuestras caritas de niños y las carpas del mercado y las vacas y los marranos y las ahuyamas de mi tío Aristóbulo.

La gente creyó que, con el aguacero, esos señores se iban a ir, pero nada. Con sus camionetas rodearon a toda la gente. Uno de ellos sacó un pito y dijo que el partido no lo iban a perder por doble u.

Y nos sonsacaron a nuestros papás, tíos, hermanos mayores y niños de doce años en adelante para un equipo, el de Los Sapos Mojados, como nos decían ahora. El de ellos todavía era Los Vencedores. Y empezaron con la ahuyama que le habían quitado a mi tío Aristóbulo.

Nuestros familiares, vecinos y amigos, o sea el equipo de Los Sapos, jugaban de mala gana y no lograban ningún pase. Ellos se los bamboleaban y cada vez que les quitaban la ahuyama, se la pasaban de uno a otro, mientras les gritaban a los nuestros «¡ole!, ¡ole!, ¡ole!, ¡ole!», como en la época de las corralejas.

Mi tío Aristóbulo, que era el más rabón jugando en el tejo y en el billar, y se emberracaba por todo, cogió en un tiro esa ahuyama y se los bailó a toditos y les metió tremendo golazo. Parecido al que metió Messi ante el Getafe en la copa del rey.

«Un berraco ese man», decían los de los vencedores. «Un sapo, re-sapo», contestaron los otros y de una le sacaron tarjeta roja. ¿Quién? Uno de ellos, de Los Vencedores, que dijo que él era el árbitro.

Y él mismo se lo llevó fuera de la cancha, hacia la quebrada en donde los niños nos bañábamos y las mamás y las abuelas y las bisabuelas lavaban la ropa. El jugador y juez regresó solo del río, mi papá se quedó mirando hacia la quebrada y el agua de lluvia y las lágrimas se le revolvieron en su cara de campesino berraco para el trabajo. Luego volteó a mirar a mi tía Rita, mi tía política o sea la esposa de mi tío Aristóbulo, que también era mi madrina, y le sonrió triste, pero le dijo: «Un berraco, un berraco mi hermano Aristóbulo, les hizo tremendo gol, ¿no, comadre?».

Mi tía madrina se cogió la cara con las dos manos y se agachó. Pero los niños no entendíamos por qué lloraba si mi papá le estaba celebrando tremendo golazo. Mi mamá le dijo: «Camine comadre vamos a buscarlo a la quebrada». Y mi tía madrina, como con una pequeña ahuyama atorada en la garganta, le dijo: «Será quebrada abajo, comadre». Y se fueron las dos por el barro que le servía de alfombra a la cancha.

—Uno cero, ganando el equipo de Los Sapos Hijue… la pe, la u, la te, la a y la ese… —o sea, usted me entiende, ¿cierto? Es que, como le repito, yo me estaba preparando para la primera comunión, y no podía decir esa palabra. Dijo uno de ellos y continuó— Pero Vencedores son vencedores. Nos toca sacar a nosotros.

Y desde donde estaba, sin esperar a llegar al centro de la cancha, le dio un patadón a la ahuyama que servía de balón y con grandes zancadas se fue sacando a todos los del equipo de nosotros, o sea el equipo de Los Sapos, le dio luego con sus botas de comandante un canillazo a don Ismael, lo dejó tirado en el barro en mitad de la cancha, y siguió hasta el arco donde lo esperaba nuestro amigo «Pate-cumbia», que también se estaba preparando para la primera comunión con nosotros y que lo pusieron a jugar porque ya tenía doce años, y le decíamos así porque caminaba cojeando desde que una mina quiebrapatas casi le mocha el pié izquierdo.

«Pate-cumbia» quiso quitarle el balón, mejor dicho, se lo quitó, pero el de las botas brillantes y embarradas se lo volvió a quitar con la mano rápida y después de hacerle zancadilla le hizo un gol que todos los de Los Vencedores celebraron con gritos, y con una descarga de metralleta que hizo uno de los pelados que cuidaba las camioneta que estaban alrededor de la cancha.

«Este vale por dos», gritó el Maradona ese. Se quitó su chaqueta de camuflado y le daba vueltas al aire mientras saltaba como un orangután furioso, gritando «¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡goooooooooooooooolllllllll!!!!!!!!!!! Hijuep…» la u, la te y la a, como ya le dije.

Mientras tanto los niños desde el cercado de la cancha, dentro de nuestra ingenuidad, gritábamos que eso era mano, y llamábamos al juez: «Juez, mano, eso fue mano». Y el que hacía de árbitro, o sea el mismo jugador que había metido el gol, se nos reía en nuestras caritas con su voz ronca y olorosa a aguardiente. Aguardiente del de verdad, no como el que preparaba mi tío Aristóbulo en la casa.

Cuando mi papá vio que otro de ellos, que tenía bigote como de fique, nos gritaba «hijos de sapos hijuep…» usted ya sabe, lo de mi primera comunión, entonces se le vino con toda su furia y le dijo que con nosotros no se metiera. Que las criaturitas no teníamos la culpa tampoco; y para acabar, le rompió el balón de ahuyama en las botas. Entonces el otro lo encaró y le dijo que a él nadie lo mandaba porque él era de los altos mandos. Y que menos lo iba a mandar nada un sapo hij… la palabra esa. Y le dio un rodillazo a mi papá en el estómago que lo dejó tirado entre el barro, revolcándose del dolor.

Y ahí sí se me olvidó lo de mi primera comunión y con mi vocecita de ocho años le dije: «Más hijueputa será usted y todos sus vencedores». Y le escupí en su bigotico de fique. Entonces me alzó con sus tenazas, que eran como las de las maquinarias del municipio, intentando lanzarme lejos. Pero los otros de los vencedores le decían que se calmara, que si le hacía algo al «chino este», lo podían joder por la maricada esa de los derechos de la infancia.

Ahí fue cuando el mismo bigotón cogió a mi papá del suelo y le dijo que el partido continuaba, que —y se reía— le tenía que responder por el balón. Que con qué iban a seguir jugando —y se reía—. Y mi papá trató de recomponer el balón que estaba a los pies del bigotón, pero el jugo de la ahuyama junto con el barro se deshacía inmediatamente.

A una orden del bigotón otros de los vencedores cogieron a mi papá y se lo llevaron hacia la quebrada, cerquitica de la cancha, y no dejaron pasar a nadie. Al ratico regresaron sin mi papá y con un nuevo balón envuelto en una lona. Tomaban aguardiente y gritaban sin darse cuenta de que ahora estaban en la cancha jugando entre ellos mismos, porque nadie quería patear más ese balón.

El padre de la iglesia nos miraba a los niños con seriedad y nos decía que todo era por nuestra culpa, por no asistir a la preparación para la primera comunión este sábado. Y que yo debía empezar nuevamente todo el curso por haber insultado a ese señor con semejante palabrota.

Mientras escuchábamos los reclamos del padre, Los Vencedores seguían jugando con su balón de ahuyama nuevo, mientras seguían bebiendo y bailando, pues el de la ametralladora hacía sonar la música desde la camioneta que cuidaba: la del bigotón, que en ese momento tenía el balón de ahuyama —y se reía— en sus manos, sobre su cabeza, para hacer un saque de banda.

«Mire el gol que le manda dedicar su papá, chino». Y con toda su fuerza de vencedor ebrio, presuntuoso, ofendido y brutal, lanzó el balón encajándolo preciso en su propio arco, dejando manchadas las cabuyas de la valla de la sanguaza que soltaba el balón que aún creíamos era una ahuyama. Ese fue el golazo brutal e inolvidable de aquella tarde. Fue de cabeza, me acuerdo tanto, y era de mi papá.

 


 

Cuento ganador del Tercer concurso nacional de cuento contemporáneo, 2012.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

2 comentarios sobre “Ese gol de cabeza fue de mi papá

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s