Una reseña y una carta para Óscar Bustos. Por Juan Manuel Roca

Melodía de arrabal
Una reseña y una carta para Óscar Bustos
 
Juan Manuel Roca

 

Soy de la idea de que la reseña de un libro puede ser una carta a su autor, un diálogo para esclarecernos como lectores y resaltar algunas suscitaciones si nos gusta y seduce la obra.

Por supuesto, como me ocurre con la lectura de “Nostalgia de barriada”, el libro de Óscar Bustos, un libro de cuentos que son crónicas o de crónicas que son cuentos, es bueno hacer un llamado, una señal a un posible lector, al “ilustre desconocido” del que hablaba Aldo Pellegrini y proponerle que no postergue su lectura.

Esa señal quisiera ir escuetamente advirtiendo que muy rara vez en nuestro medio se da una pequeña y gran obra maestra de las características de este volumen. Moderación en el despliegue de recursos literarios innecesarios, pero también huída del facilismo y de la pobreza en la lengua con la que habitualmente se expresa el periodismo literario.

Bustos no se regodea en el argot, aunque narra desde un lenguaje de cosa hablada y de gran eficacia en el relato. No se explaya en una jerga que muchas veces escuda la falta de hondura, y que entoces se  ampara en el código barrial, como se implementa en buena parte del cine o de una narrativa epidérmica, de superficie.

El lenguaje vivo nacido en lo popular y muchas veces de origen patibulario, la germanía que tanto festejó Villon, tiene la propiedad de la mutación, del cambio de piel lingüístico. Resulta entonces efímero el código y lo que ayer significó una cosa, hoy ya no existe como significado aunque el objeto persista. Bustos sabe con Passolini que “no existe un conflicto real entre la escritura literaria y la escritura periodística” y eso fue algo que distinguió al poeta y cinesata italiano cuando escribía de fútbol .

Le basta al autor de “Nostalgia de barriada” con reunir diez cuentos desde el carácter anfibio y libre de su escritura para mostrarse como un narrador purasangre, de los que saben poner el ojo en el blanco, que escriben como piensan y tienen, además del don de una aguda observación, una gran destreza para exaltar lo cotidiano al plano estético, aún en sus episodidos más violentos.

El alma popular, briosa y explosiva, el alma del niño proletario, las emboscadas del miedo, las batidas callejeras a nombre de nada, el conocimiento de un autor que sabe que todas sus historias nacen en la calle antes de desembocar en el papel, tienen en Bustos un registro que es algo más que notarial. Parece jugado en cada expresión, en cada lance, en cada historia a la que se asoma más como un relator-habitante de una ciudad que como un voyer o un paseante. Sabe sin duda de lo que está hablando y de lo que está hablando no es otra cosa que de una ciudad, Bogotá, milagrosa y mezquina a la vez, una ciudad de esquinas donde puede estar esperándonos el beso o la puñalada.

Una legión de sombras, de seres orilleros, habitan en la ciudad invasora que se ha ruralizado con los desplazamientos humanos antes de urbanisarce, unas barriadas del talión, erizadas y vivas, tiernas y complejas, aparecen en cada cuento del libro. Son gentes que otra parte de la ciudad invisiviliza. Gentes tras un telón de niebla y de olvido de las que solamente se habla en los rotativos por el número de sus desgracias. A veces encontramos una botella de náufrago con una carta ilegible o escrita en una lengua extinguida. Óscar Bustos logra traducirla en un lenguaje claro, sutil y coherente.

***

UNA CARTA

Y bien, Óscar,
su palabra entró a mi casa como un ladrón nocturno
y me escamoteó el reloj hasta el amanecer cuando cerré, como una falleba,
las tapas del libro que son dos puertas abiertas a una ciudad escondida.
Luego volví como un hijo pródigo a ciertas páginas
como quien vuelve al lugar donde anidan y se aplastan los milagros.
Regresé a sus páginas y me encontré con la figura de un muñeco,
un viejo epanta-años que como todos los muñecos de diciembre están borrachos.
Asistí a un duro ritual: una familia decide vestir un añoviejo con la ropa del padre
que hace mucho se hizo humo, que cerró la puerta y no volvió a tocarla,
y hasta podría ser la metáfora del cambio de piel
al que nos obliga una ciudad donde los hombres andan ocupados
“en hacerse daño unos a otros” . Ah, pero un niño abre y cierra un paraguas
para crear un relámpago o para hacer noche y atrapar humedad a su antojo.
Usted ha pulsado una guitarra negra, ha tocado en ella los ritmos urbanos,
la voz del hermano delator y de quien mira siempre el mundo como una víspera,
Usted me ayuda a empinar para ver el nevado que logro avistar en el verano
muy al fondo del Tolima, desde una terraza bogotana, y sin saberlo me hace sospechar
de “una voz que nunca ha cantado un bolero”. Es difícil confiar
en alguien que no cante. Por su escritura pude saber que a esta hora
está lloviendo en el Barrio Juan Rey, que hay alguien que sangra en un bus
y también hay una gavilla de muchachos que patean un balón
en las canchas peladas del Barrio Las Malvinas,
o en el Barrio San Juan de Loba o en Ciudad Bolívar,
donde las casas están a medio construir o tienen de entrada una vocación de ruina. Monte arriba, niebla adentro, se sabe que el sur también embiste,
y que la herida busca sin saberlo un puñal.
Cómo no recordar que hay zonas fóbicas al árbol, una luna de estercolario
y parajes que no parecen del tercer mundo sino del primer inframundo.
A veces, alguien pregunta por el sol y le contestan que le dieron materile
o que fue a calentarse en los tejares o a posar para unas postales del caribe,
porque el sol, así sea el hipócrita sol sabanero, odia la niebla y el humo.
Me recordó, Óscar,
que hay hombres a los que buscan para casarlos con sus sombras para siempre,
que los barrios con nombres de santos son los más peligrosos,
que el miedo y el hambre se pasean por los tejados como un gato sin sombra,
que el rastrilleo de un carro en plena noche nunca deja buenas noticias,
que la muerte es el alias de un vecino que un día reaparece,
que la vida es un lance y hay quien brilla un puñal color de luna.
Me recordó
“que un hombre es visitado el mismo día y a la misma hora por el amor y la violencia”,
que hay una ciudad en la ciudad que tiende fronteras invisibles,
una moneda en el aire para el beso o el cuchillo.
Su palabra entró a mi casa como un ladrón nocturno
y me escamoteó el reloj hasta el amanecer cuando cerré, como una falleba,
las tapas del libro que son dos puertas abiertas a una ciudad escondida.

Posdata:

Bogotá, Óscar, es una ciudad que no se entrega a primera vista. Es como la mujer envuelta en piel de asno, alguien que oculta su belleza. Quien la encuentra ya no puede vivir sin el opio de su altura. Qué bien muestra su cara oculta en el libro. No es el París que merece caminarse con pasos menudos como los de Lautrec, ni el Nueva York solitario de Hooper o la Lisboa matronal de Pessoa, tal vez tenga una espuria hermandad con la Roma amortajada de Passolini, quizá tenga tratos, malos tratos con la gran manzana americana visitada por García Lorca y sea como esa una ciudad terrible y bella, amorosa y supurante.

 Juan Manuel Roca 

Bogotá, febrero 11 de 2016.

***

El delator *

Óscar Bustos

Imaginas la encerrona, todo un operativo. Que le cierren todas las salidas, que no le dejen escapadero. Gritar. Hacer nudos con los dedos para después gritar. Desgarrar ese otro nudo que se te ha hecho en la garganta. Ser otro. Que lo encierren para comenzar a ser otro. No. Que lo desaparezcan, que arrojen su cadáver desde un carro, que tú con mucho gusto pasarías por encima de él como si tal cosa. Hasta allá ha llegado tu desprecio. Pasar al otro lado porque ya es hora: acabas de cumplir los veinte años. Parado en el portón de tu casa observas la oscuridad de la ca­lle. Amarillentas luces caen sobre los charcos, brillan sobre el pavimento húmedo. De un momento a otro pueden ocurrir tantas cosas. Desafiante, aprietas los dientes porque para estos asuntos solo tú te crees preparado. Estás tan seguro de lo que va a ocurrir, de este silencio que llena todas las calles, de los ruidos que lo romperán. Porque sabes que es hora de romper, de pasar una etapa de la que no has salido bien librado. Así ya no tengas noción de lo que emprendas y no sepas calcular ninguna consecuencia. Todo para después gritar.

Hay más frío esta noche que las otras y es como si el frío lo acallara todo. Y sin embargo tú estás acalorado, has empezado a sudar y sientes la humedad entre las axilas y el escozor en las ingles. Te miras las manos abiertas y descubres que las líneas de la vida, de la cabeza y del corazón están inun­dadas y brillan como la calle en perspectiva. Al fin fuiste a co­mer después que tu mamá estuvo llamando varias veces. Venía al portón a llamarte y aprovechaba cada salida para lanzar la vista a lado y lado, ansiosa de ver aparecer a Joel. Pobrecita, pensaste, hace como los ratones al salir de sus escondrijos.

Luego comiste en medio del silencio y desgano de tus padres. Un silencio opresivo que sin embargo tú gozabas. Joel que no regresa, la sopa de arroz con habichuelas y Joel que dijo que regresaba a las siete y son las diez y no ha regresado.

Así que has vuelto otra vez al portón. Abrirlo, salir, entrecerrarlo a tus espaldas, que el cuerpo descanse contra el marco, aspirar el frío que trae la noche, ubicar el relajo de los perros, mientras los vecinos cierran las puertas con llave y apa­gan las luces, una a una. Enciendes un cigarrillo y con la prime­ra bocanada de humo botas por la calle la mirada lejos, reco­nociendo esquinas y sus historias particulares: aquella la de los marihuaneros que esta noche no se reunieron, esa la del hom­bre desconocido que amaneció muerto de un tiro en la nuca. Barrio al margen, barrio peligroso. Ordenas los recuerdos.

Crecer fue una vaina que no sentimos, fue un asom­bro. Cada cual fue descubriéndose otro. Alguna noche, acos­tándonos, Joel al desnudarse extrañó que en su pelvis los ve­llos hubieran aparecido. Entonces nos participó su asombro. Al día siguiente ya no fue el mismo, algo lo hacía distinto. En mi caso, estaba jugando con mi hermano Raúl en la azotea y oí mi nombre gritado por mamá, llamándome. A pasos largos bajé la escalera contestándole “señora”, cuando me encuentro frente a ella y otra mujer que mientras me extiende su mano me dice a quemarropa, midiéndome de abajo arriba:

—¿Pero este es Bernardo? Qué voz —dijo, y yo vi su sorpresa por mi voz, por mi estatura.

Después de tal reconocimiento y a la primera oca­sión volví a subir pero ya no jugué con el mismo entusiasmo. Solo, yo mismo escuché mi voz y era verdad que ya tenía el timbre y la sonoridad que me valieron más tarde la propuesta de mamá para estudiar locución. Sin embargo aquel día me preocupó que no tuviera un solo pelo en la entrepierna. Otros descubrimientos me alejaron del niño que acababa de ser y sólo me produjeron un ensimismamiento tenaz. Desde ahí fui mucho menos animoso que Joel. Él empezaba a ser todo un se­ñor, cuidaba su vestir, tenía novias, algún bozo incipiente; yo, un muchacho huidizo con un vozarrón de estruendo.

Nuestra madre nos mimaba indistintamente y no se daba cuenta que habíamos crecido. Entre tanto, entre los niños me cuidaba de hablar y evitaba su compañía. El invento de nuevos juegos con la soledad fue la prolongación algunas veces plácida, otras des­graciada, de la niñez lúdica que pasé con mis hermanos. Aún con Raúl, el hermano menor, aparecieron distancias…

“Ante el joven apuesto y decidido, casi siempre mal­geniado, pero en todo caso serio en que se nos convirtió Joel; ante este otro esquivo que desde lejos y a hurtadillas contem­plaba los juegos de otros niños, Raúl fue haciéndose otra in­fancia aparte de nosotros, compartida con vecinos de su edad. Con el tiempo se hizo ingenioso pero ingenuo, arrecho en el quebranto y atormentado en la culpa… Mamagallista, diría papá. Mamagallista arrebatado, impetuoso, completaría yo. Raúl: el joven atrevido y el niño asustado ante la lluvia bus­cando el seno de mamá. Un poco de Joel y otro mío, digamos, para ser claros. Del Joel resuelto a dejar la vida en una cantina o a desdoblar otra vez su sonrisa de macho satisfecho. Raúl repartiéndose entre el juego de barajas que le invitaba Joel y los paseos al Altico que le proponía yo”.

Ahora te das vuelta con brusquedad. Es tu madre la que ha abierto el portón. Sus pupilas inundadas y abiertas te preguntan si algo ha ocurrido y tú, estremecido, niegas con la cabeza. Ella se asegura y con el pañolón oscuro que la cubre atisba la calle a uno y otro lado, te pide que te entres y ante tu negativa promete traerte agua de panela caliente. Tú le pre­guntas la hora y ella dice que ya son las once. Vuelves a quedar solo, dando las últimas chupadas al cigarrillo que arde entre tus dedos.

“De niños, el paraguas como elemento de jue­go nos acompañó en la azotea, en aquella casa en arriendo que más tarde tuvimos que abandonar cuando ya éramos víctimas de tus desórdenes. Nos gustaba abrirlo, estar debajo, volver a abrirlo. Un olor a oscuridad, a noche artificial me alimentaba horas y horas debajo del paraguas. Descubrir que abierto y to­mado por el mango nos podía llevar al piso leve y plácidamen­te fue un invento de lo más rico. Luego, cuando mi vozarrón me separaba de los niños y me hacía contemplativo y abstraí­do, volví al paraguas como compañero de mis nuevos juegos. En mis paseos solitarios al cerro de Cruz Verde ya había des­cubierto el Altico, un paraje enmalezado desde el que podía verse la ciudad entera y al que sucedía un hondo deslizamiento de tierra. Entonces pensé una locura, pero necesitaba un pa­raguas más grande. No estaba Joel porque al fin se había ido a prestar el servicio militar. Con Raúl, cumpliendo un mandado de mamá, alguna tarde que había llovido íbamos pegados al muro de una calle larga y adelante iba una anciana encopetada y elegante, luciendo un gran paraguas negro. Del piso vidrio­so y encharcado Raúl alzó una piedrita, la lanzó, y tal vez la anciana creyó que era un goterón tardío porque no se volvió. Apenas pensándolo le dije quíteselo, y él, sin preguntarse para qué, fue y se lo arrebató. La anciana alcanzó a prenderlo de la camisa y al huir se la rasgó. Corrimos. El con una satisfacción maliciosa, yo con una culpa tremenda y el corazón zapateán­dome. Era un paraguas fuerte, con mango de porcelana, justo para lanzarse desde el Altico. Esa misma tarde invité a Raúl”.

Han vuelto ambos, el padre y la madre. Ella te brinda la taza de agua de panela caliente, echa otra mirada fatal por la calle, dice algo del frío y se entra. El padre tiene echada una cobija por la espalda y fuma. Se ha recostado en la otra jamba.

—No he podido dormir —dice y su mirada es un cuchillo lanzado a la noche.

“¿Así, cómo?”. respondes mientras sientes el líquido caliente bajar hasta tu estómago.

—Prendimos otra vez el radio, pero ese locutor de mierda sólo repite lo mismo que ha repetido en los últimos años —cuenta el padre y tú permaneces quieto, sólido como un monumento—. Sólo habla de ajustes de cuentas y subver­sión, pero nada concreto, nada que nombre a Joel.

Luego rezamos el rosario y también buscamos entre sus cosas algún teléfono o direcciones de amigos, pero no en­contramos nada.

—Es que Joel es muy cuidadoso con sus cosas —co­mentas, pero te guardas lo que realmente piensas: “De nada le han servido tantos cuidados, pues a esta hora el operativo ya debe haber culminado”.

—Siempre ha sido muy raro —continúa el padre—, enfurecido se puso la vez que su mamá quiso mirar su agenda. Que para qué querían teléfonos de mujeres, dijo, pero seguro que ese fue un pretexto para alejarnos de su vida y enfrentar­nos a quién sabe qué.

—No es la primera vez que él se demora —contestas, buscando con mirada intrigante los ojos de tu padre.

—Sí, y si uno le dice algo, él se levanta de hombros para contestar que qué nos hace falta, que si acaso se debe al­gún arriendo, que para eso él trabaja. No nos da otro camino —ha dicho el padre.

Y después de echar una bocanada de humo para mi­rarla cómo se pierde, agrega: “Si vuelve lo vamos a encerrar… por algún tiempo. No debe ser bueno eso que hace. ¿Usted, Bernardo, se va a quedar más en el portón?”

—Sí —le respondes, pero que te deje un par de ci­garrillos.

El te los da, te enciende uno y tú le entregas la taza.

—Oiga, y usted por qué no se afeita —pregunta el padre, mirándote por primera vez a los ojos.

—Hoy es el día de mi cumpleaños —respondes.

—Con más veras, ya es hora de que coja juicio.

“Claro que es hora”, piensas y te sobas con los dedos húmedos los cuatro pelos que te nacen como bigote. Cada vez sientes que estás más distante de tu padre, sabes que nunca has accedido a sus recuerdos, que no has merecido su confianza. Vuelves a quedar solo en medio de la calle desierta. Sientes repugnancia por el dolor que tu padre manifiesta, por su ruana que tanto le has pedido que no use en la ciudad porque qué di­rán los vecinos, van a decir que somos unos montañeros. Esa ruana te recuerda algo que tu padre no sabe que conoces y que en la casa sólo comparten tu madre, tú y tus hermanos. Es un antiguo recuerdo que una vez la vieja enrostró a tu padre y por ello mereció la única bofetada que él le ha dado en la vida. Una historia que te llega con olor a tierra caliente, a caña y plátano en racimo, que tu madre te contó con mil prevenciones: que tu padre a los veinte años (sí, la edad que hoy cumples) hizo parte de una cuadrilla de asesinos que se desplazó a Junín, el pueblo contiguo al de sus mayores, lo incendiaron y cometieron otros crímenes y fechorías. Sabes que es un tema intocable, pero la verdad es que has tenido tentación de sacarlo a relucir un día de estos. Abruptamente sientes oleadas de calor por todo el cuerpo y, aunque tienes los pies helados, sabes que las mejillas están encendidas. Los escalofríos traen un nuevo recuerdo a tu memoria, un recuerdo muy tuyo:

“La pelea que tuve con Joel, en una de las licencias que pasaba en casa, solo fue propiciada por mi mal aliento. Todos estaban en la sala escuchando las historias soldadescas que cada vez él venía contando. Yo, ahí, en un rincón, sorpren­dido de lo que contaba, aterrado de su valentía, lo imaginaba uniformado y aferrado firmemente a su fusil, corriendo por las laderas al mando de alguna escuadra, disparando a lo que se moviera. Que lo hubieran ascendido a dragoneante y que los demás soldados lo respetaran y limpiaran diariamente sus botas, era orgullo suyo y de papá. No sé qué estaba diciendo de ellos, los soldados, que él tenía derecho a castigarlos si los encontraba sucios o mal arreglados. Pero de pronto me miró y acercándose y olisqueándome como un perro dijo que ya sabía de dónde venía el mal olor y que yo tenía mal aliento. “No sea güevón”, le dije porque me dio rabia y más rabia me dio cuando sentí su patada. Y ahí nos trenzamos sin respetar a nadie. Mamá, colérica y llorosa, tuvo que separarnos, tuvo que lavar mi ropa y trapear el piso porque mi sangre estaba vertida para denunciarlo”.

Otra vez te vuelves sorprendido hacia el lugar donde has escuchado el frenazo de un carro. No ha pasado un segun­do y ya están ahí tus padres, empujándote, echándote su dolor en las espaldas. Todos ven el paso raudo del vehículo frente a la casa y oyen la bulla y las risotadas de los pasajeros, confun­didas con el romperse de una botella contra el pavimento. Na­die se ha movido, pero los ojos de tus padres están casi salidos de las órbitas y las manos atajan en la boca los gritos.

—¿Qué es esto, mijo —grita la madre llorando—, qué hemos hecho para que tengamos que pasar por éstas?

—No fue nada, mija —dice el padre regresando de un suspiro, le echa un brazo y ella también lo estrecha duro.

—Éste no es carro que otras noches lo traía —agrega y la va entrando despacio, consolándola. Todavía conmovido alzas el cigarrillo que se te había caído. Es apenas la colilla. Con ella prendes el otro y la botas. Irritado, entrecierras los ojos.

“De estar mamá ella no le hubiera permitido subir a la muchacha, carreteársela y comérsela. Era invierno, pero no había llovido ni estaba lloviendo. Tampoco estaba papá y ese día apareció Joel con la muchacha del paraguas. Peldaño tras peldaño subió nuestra mirada —la de Raúl y la mía— tras ese cuerpo danzante y femenino que hacia la azotea Joel iba jalando de la mano. Con el paraguas en la otra, ella hacía sonar cada escalón, dándole eco a sus pasos. Durante un año largo Joel había prestado su servicio militar y estaba recién llega­do. Su hombría realimentada. Ella fresquita, despampanante y linda. Yo me hablé de injusticias y me dije que no se la me­recía. Raúl quiso que espiáramos pero el señorío avasallante de Joel y una repentina asociación de ideas hicieron que me negara. Él sí fue, despabilado y cauto. Yo evoqué las subidas al Altico, al principio con Raúl, después solo, siempre al atarde­cer. Las descolgadas de sueño agarrados al mango del colosal paraguas. Nada más abrirlo nos tentaba. Las primeras veces demostraba yo más temor que Raúl para lanzarnos al preci­picio. Allá abajo, la ciudad comenzaba a dormirse, las luces adquirían el tono de antorchas de caverna y nosotros dábamos un paso y empezábamos a hundirnos, a hundiiirnos. Placidez absoluta. Regocijo total de la ricura. “Cierre los ojos, Raúl, y gócese esto que es una maravilla”. Pero la arrechara al botarse se le iba convirtiendo en un progresivo desaliento, y entre el embeleco mío yo esquivaba sus ojos de pesadilla, aunque lo ayudara a agarrarse para que no se cayera. Ellos allá arriba de­ben estar amándose, pensé, y de una manera más rica que la de Raúl también yo tenía mi dicha. A ella la imaginé abriéndose, cerrándose, dejándose caer en un abismo sin fondo, asida de Joel, de su garra de pólvora. Muy al rato bajaron, ella sangran­do en la boca, despeinada y maldiciendo, él igualmente ofus­cado, echándola a los gritos. Raúl no volvió al Altico porque le daba susto, me dijo. Entonces mi caída fue más liviana y la visión sobre la ciudad mucho más plena. Pero a Raúl lo que lo atraía era oír y hacerse repetir las historias que en sus visitas periódicas Joel narraba con verdadera agilidad: casos de dis­ciplina militar, redadas, allanamientos en veredas campesinas, deserciones y persecuciones en las que él sobresalía de una manera o de otra. Entonces su amistad se hizo más íntima y se divertían y tomaban cerveza juntos. Papá algunas veces con ellos. Borrachos y engreídos hasta altas horas de la noche se les ocurría pedirle papeles a un vecino, golpearlo, enfrentarse con alguien, llegar con la camisa hecha jirones.

Fue mucho después, terminado el tiempo del servi­cio militar y el de algunos empleos inestables en que se ocu­paba, que Joel fue haciéndose más cerrado y seguro que más siniestro. Se ausentaba días enteros y no contaba a dónde ha­bía ido. Llegaba cobrizo, la cara y los brazos requemados, no sabíamos si por el sol o por el frío. Se reventaron los hilos de la confianza, tal vez porque Joel no tenía ya vergüenza para con­vidar a papá, o porque papá tomó distancia de las propuestas de Joel. Conmigo, aunque evitáramos mirarnos, si lo hacía­mos era para quitar la vista de inmediato, él con su desprecio, yo habiéndole injertado una pizca de odio. Aquel comporta­miento suyo de entonces y aún de ahora, fuerte y a la defen­siva, duro e inaccesible, mal cubierto con regalos y presentes ofrecidos a los padres, sólo hacía que apareciera sospechoso. Aún para mamá debe ser sospechoso. Y mucho más, viéndole la ansiedad con que después de un secuestro escandaloso él compraba los diarios y escuchaba muy atento las noticias en la radio. Y los pretendidos paseos de fin de semana repitiéndose, y las traídas en carro sucediéndose. “Gánster” lo llamó una vez Raúl, tomándole el pelo, y Joel casi lo mata. Que averiguara primero de dónde venían los chiros que tenía puestos y lue­go sí le pusiera apodos, le dijo, golpeándolo en la cara. Y otra vez estaba la sangre vertida, dos sangres que lo denunciaban. Aquel día también nos echó en cara su libreta militar y nos dijo que nosotros estábamos muertos, nos la restregó en las narices y luego salió estallando la puerta a sus espaldas. En­tonces yo sentía miedo. Miedo de su regreso, de que en nuestra habitación un malhechor durmiera con nosotros.

Hace unos días, semejante fue la sensación al escu­charle contar a Raúl algo de lo que él mismo fue protagonista: que una noche, cuando él venía de estar con un par de amigos, se le fue encima un borracho ofendiéndolo y provocándolo. Y él lo volvió mierda. A patadas y puños lo volvió una mise­ria. A la fuerza le hizo tragar sus palabras y allá lo dejó medio muerto.

—No se movía —me contaba, admirado de su pro­pia obra.

En estos días anda diciendo por ahí, ahora que ha cumplido la mayoría de edad, que quiere irse a pagar el ser­vicio militar. No sé si aquella noche, con todo y la oscuridad, Joel me confundió con Raúl o le fuera imperioso hablar y soltarse de sus palabras. No sé, pero esa noche supe de aquel Joel, no de este, siniestro y duro, a quien sólo vemos cuando desconocidos lo traen en carro. Supe del otro, del verdadero y más vulnerable: he visto entrar en la pieza la luz rojiza de un cigarrillo, irse hasta el catre y quedar a la altura de la cabecera. Luego esa luz ha hablado. Era la voz de Joel pero limpia de la altanería que pudiera hacer caer a las moscas. He adivinado su figura allí, al lado de mi cama, el cigarrillo alumbrándole los dedos, iluminándole la cara brillosa. No estaba borracho pero sí tocado por la muerte. La había sentido cerca al caer abatido por la policía uno de sus compañeros. El “mono Or­tega”, lo llamaba. Que el hijueputa se había dejado localizar en el sur, decía, cuando iba a cumplirle la cita a una vieja. Fue una venganza cobrada por parte de los familiares de un tipo al que ellos habían tenido que matar porque nadie dio un peso, entendí. Pero que lo peor de todo era que habían dejado su cadáver frente a su propia casa, decía, maldiciendo mil veces. Yo escuchándole, vi el brillo de sus lágrimas cuando prendió otro cigarrillo. Su llanto no me estremecía y llegó a darme un dolorcito de cabeza de solo pensar una vaina.

Solo tuve que aguantar un tiempo. Cuando ayer Joel esperó y leyó con interés El Espacio, supe de quién se trataba: ni más ni menos que con coqueros se habían metido. Habían secuestrado a don Humberto Ramos, alias “Risitas”. Él dejó el diario por allí y leí que ofrecían recompensa a quien diera informes. La vaina solo fue buscar un teléfono, hacer la llama­da, dar su nombre completo, su descripción y el lugar donde podían localizarlo. No quise recibir dinero. Solo les dije que yo era su hermano y que aún lo esperaríamos en casa. A Joel deber ser digno verle silencioso, aplastado como un hongo, pensé”.

Y ahí estas, Bernardo, bajo el dintel, las manos su­dorosas entre los bolsillos. De vez en cuando giras la cabeza o te paras en los talones para ubicar algo, una luz que se mue­ve o algún ruido. O das unos cuantos pasos frente a tu casa para volver a pararte sobre tus colillas. Cuando desde un carro arrojen su cadáver, piensas que vas a sentirte empujado por tus padres, en su afán de lanzarse frenéticos hacía él. Entonces vas a gritar el grito de tu vida, el grito de la muerte de tu hermano.


El presente cuento fue tomado del libro “Nostalgia de la barriada”, de Óscar Bustos, Simón Editor,  Jönköping, Suecia, 2016.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

2 comentarios sobre “Una reseña y una carta para Óscar Bustos. Por Juan Manuel Roca

  1. Óscar fue profesor mío en la Universidad. Hace ya poco más de diez años que nos conocimos y todavía me asombra esa capacidad suya para confundirse con sus personajes. Para inyectar en sus bocas escritas las palabras más sublimes y narrar así la cotidianidad.

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