Vigilante de estrellas

Foto de Hossein Zare

 

Por: Jhon Agudelo García*

 

Acepté ser vigilante y crucé la arena roja con la misma inseguridad que advertí: “Acepto, pero nunca he sido vigilante. No tengo ninguna experiencia”. “Para este trabajo no es necesaria la experiencia”, dijo el tipo que me contrató. “Lo único que debes hacer es vigilar las estrellas”. “¿Las estrellas?”, pregunté. “Sí, las estrellas. Asegúrate de que no se les derrame encima la vía láctea”. “Lo haré, señor. Si me va a pagar todo lo que me ofrece, lo haré”, le dije y pensé que también aceptaba porque necesitaba estar distraído. En realidad no necesitaba dinero ni los tesoros multicolores que el tipo me ofrecía. Lo único que necesitaba era no pensar en Alejandra. Pues últimamente nos la pasábamos de pelea en pelea. Terminé de atravesar el viejo trayecto, me puse el casco y me ubiqué en una diminuta cabina en medio de la nada. Solo. Nunca me había sentido tan solo, bajo la inmensa noche.

Repasé lo que tenía disponible, que no era más que una libreta con sus miles de renglones vacíos y un lapicero de tinta mojada que me obligaba a secar el escritorio constantemente y unos binóculos con una nota que decía que los usara solo cuando de verdad quisiera ver. Solo eso había en el diminuto cajón de la diminuta cabina. Eso y polvo. Polvo por todas partes, hasta en mis piernas, adherido a mis botas, mezclado con la arena roja. No se distinguía la arena del polvo y de mí.

Pensé usar una escotilla en la que encajaban los binóculos pero preferí salir. Tal vez era pura paranoia pero sentía que el oxígeno comenzaba a escasear en la cabina. Me pareció curioso cómo se dibujaban mis huellas en la arena roja. No recordaba que las suelas de mis botas tenían forma de rostros. Iba dejando rostros regados por todo el desierto. Cada paso era un rostro rojo. Entonces decidí caminar en círculos para construir pueblos. Y luego corrí, dando largas zancadas, hasta el cansancio, para llenar el lugar de labios, miradas, personas dispersas, solitarias, perdidas, como yo. Fueron tantas que ya no me sentí solo. Podía mirar hacia arriba sin sentir el peso de la robusta noche. Apunté con los binóculos y vi las estrellas. Muchas estrellas. Todas ahí, en su sitio, limpias. Pensé que estaba haciendo un buen trabajo y que quizá debía contarlas y redactar algún tipo de informe pero me llamó la atención un trozo de roca que flotaba a lo lejos. Más lejos que cualquier estrella. Pude reconocerlo. Era el asteroide B612. Y en él estaban El Principito, su flor y el zorro. Qué gay, pensé. Qué gay dedicar la vida a cuidar una flor. Y viviendo con un zorro… Un macho estaría con una zorra piernona pensé y escupí sobre la arena roja, como todo un macho. Continué haciendo mi ronda nocturna. Moví un poco los binóculos y me detuve en una estrella que titilaba con más fuerza que las demás. No tuve que usar el zoom, porque era como si ella misma se agrandara. Y se agrandaba y se agrandaba, hasta que no se agrandó más y cayó en la arena levantando una polvareda roja que me hizo toser.

—¿Quién eres?

—Una estrella —respondió, resplandeciendo entre el polvo.

Era una estrella con sus cabellos dorados como el oro y su voz profunda como la noche.

—¿Y tú?

—Yo soy un vigilante de estrellas —le dije—. Mi cabina es esa de allá.

—Es absurdo —protestó la estrella—. Para qué un vigilante de estrellas si nosotras siempre estamos allí, guiñándoles los ojos, con nuestra sonrisa eterna, bailando entre nosotras y alrededor de la luna.

Me empecé a cuestionar por qué tenía que trabajar en un desierto oscuro y frío y no simplemente ser una estrella suspendida en un baile sin fin.

—Vamos a la playa —le propuse.

—Vamos —dijo ella—. ¡Pero ya!

Y se agachó primero que yo y empezó a dibujar con sus dedos en la arena. “Sígueme”, dijo y la seguí. Dibujamos un mar claro como sus ojos y cálido como su olor a noche antigua. Rodeados de tanta arena, fue fácil dibujar la playa. La coloreamos amarilla, con visos azules subiendo y bajando por sus piernas, como olas. Arriba dibujamos un gran sol de mediodía. En el mar pusimos pescaditos de todos los colores y cangrejos y delfines y un par de turistas construyendo un castillo de arena. Y nada de tiburones. ¿Tiburones? No, tiburones no.

Cruzamos la playa esquivando cangrejos. “Ups —exclamó ella—. Se nos fue la mano”. Pero de cualquier forma logramos llegar hasta la orilla, donde alguien dejó una barca anclada. Empezamos mojándonos los pies, hasta mojarnos todo el cuerpo. Nos sumergimos con la nariz tapada y en el fondo del agua ella me dio un beso. Suave, introdujo su larguísima lengua en mi boca. Suave y viscoso. Abrí los ojos y era un pescado verde revoloteando entre mis labios. Lo agarré de la cola y con la palma de mi mano lo invité a seguir navegando. “No pienses en mí, que desaparezco”, me advirtió ella, jugando con los delfines, en medio de un salto. Y yo, tratando de no pensar en sus pezones erectos y sus labios suaves como peces, hice que desapareciera. Miré alrededor y no había playa. Ni agua, ni peces, ni cangrejos, ni delfines ni un gran sol. Había solo arena roja, rostros sobre ella, un frío como agujas clavándose en mis brazos y mis binóculos rotos. Me levanté, sacudiéndome la arena. Como pude, junté los binóculos y revisé que las estrellas estuvieran en su sitio, sin una sola mancha. Después de caminar un rato, de reflexionar sobre lo que había pasado, me sentí tonto y deseoso de un lugar cálido. Decidí entonces refugiarme en la cabina. Adentro, bostecé. Casi me trago la noche. Pero no podía conciliar el sueño. Todavía en mi pecho palpitaban la emoción de haberme enamorado y la incertidumbre de que el amor fuera una ilusión con cangrejos y delfines saltarines. Empecé a pensar sobre mi oficio, sobre cómo podría sobrellevarlo. Tal vez con el tiempo terminaría acostumbrándome a ser un vigilante de estrellas, tal vez. Mirando gotear la tinta del lapicero se me ocurrió que “vigilante de estrellas” era un buen título para un poema. Y comencé a escribir, en una lengua extraña, que acaso había tragado con la arena roja que sentía en mi boca, hormigueando en mi garganta, flotando en mi saliva, incrustada en mis dientes. Escribí la última palabra y leí el poema en voz alta. Y Alejandra se dio vuelta y me besó la frente y me dijo que me arrancara el papelito de la lengua que en él quería escribir nuestros nombres.

 


 

Jhon Agudelo García: Medellín, 1988. Publicó un libro de cuentos: No es tiempo de crecer. Desertor de Contaduría Pública.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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