Tres cuentos cortos de Guillermo Echeverry

Foto de: Ephraim Diament

 

Día de milagros

El religioso predicó con vehemencia inusitada porque “el diablo está haciendo estragos en la sociedad actual” –así dijo. Gesticulaba, rabiaba, sudaba; golpeaba el suelo con los pies, alzaba las manos al Cielo pidiendo misericordia y perdón para todos por igual porque todos éramos culpables de este desorden terrenal.

Pero era día de milagros, así estaba determinado para ese día de la semana, todas las semanas: había que comenzar. El recinto estaba abarrotado y aún había gente de pie en todos los pasillos. El escenario había sido decorado con ramos de flores, moños y festones; y por los altavoces se emitían cantos místicos. Los colaboradores del religioso hacían subir uno a uno a los elegidos para recibir el alivio celestial. La expectativa era grande.

Cuando el achacoso se acercaba al místico, este decía unas oraciones de manera reverente y fervorosa, al tiempo que ponía las palmas de las manos sobre la frente del solicitante, el que de inmediato entraba en una especie de trance de arrobamiento y caía de espaldas, protegido por alguno de los copartícipes de la ceremonia. Así, permanecían en este estado por un rato hasta cuando, de a poco, se iban despertando. Al levantarse se declaraban curados de las dolencias. Gritos de gratitud y de alabanza se alzaban al Cielo.

Le correspondió el turno a una señora como de unos cuarenta y tantos años, de complexión un poco gruesa, que renqueaba con dificultad en dirección al tablado. Iba vestida con una blusa muy recatada de color encarnado y una falda blanca que le llegaba hasta mucho más abajo de las rodillas.

Se veía en el rostro de esta señora que aspiraba ardorosamente a quedar curada del mal que la aquejaba. Se acercó al religioso con lágrimas en los ojos, y con los dedos de las manos entrelazados, apretados contra el pecho. El religioso dijo las oraciones correspondientes al día de milagros e impuso las palmas sobre la frente de la suplicante.

Esta, en ese mismo instante, fue cerrando los ojos al tiempo que el semblante se le iba apaciguando, los brazos caían laxos a los costados, las rodillas se doblaban, y el cuerpo se desmadejaba sobre el escenario. Pero en el momento mismo en que toda su humanidad se extendía sobre el tablado, tuvo un hálito de conciencia suficiente para tomar con la mano derecha el ruedo de la falda y componerse el vestido de manera decorosa para, ahí sí, desmayarse como es debido.

 

***

Reportaje

– Señor… señor…, unas palabritas aquí; para la Cadena Radial Nacional…

– Sí, a la orden.

– Me dicen los vecinos que usted, precisamente, vivía en esta casita que se derrumbó. ¿Le dio a usted mucho susto cuando vio que se le venía encima ese barranco y se llevaba la casa con ustedes adentro? ¿Le dio mucho pánico?

– Sí, me dio mucho pánico.

– ¿Trató de socorrer a la familia y de sacarla para protegerla del derrumbe?

– Yo traté de proteger del derrumbe a mi familia, sí.

– Me dicen que usted perdió, precisamente, a la esposa y a sus dos niñas en esta tragedia. ¿Qué sintió usted cuando vio que había perdido la casa y la familia: una enorme tristeza?

– ¡Imagínese… por Dios!… Sí. Yo sentí una enorme tristeza.

– O sea…, usted perdió también todas las pertenencias, como tal. ¿Quedó solamente con lo que tiene puesto?

– Quedé solamente con lo que llevo puesto.

– ¿Cuando usted vio que se caía el rancho pensó que iban a morir todos, que esta era la hora llegada?

– Sí, yo pensé que era la hora llegada.

– ¿Usted va a colaborar, precisamente, con los rescatistas, como tal, para tratar de recuperar los cuerpos sin vida de la esposa y de las niñas?

– Voy a colaborar con los rescatistas, sí.

– ¿Qué le pide usted al gobierno? ¿Que los socorran con colchones, frazadas y kits de cocina?

– Que el gobierno nos socorra con colchones, cobijas y con eso que usted dice: …de cocina.

– ¿Al haber quedado usted sin vivienda, como tal, va a buscar, precisamente, entre los allegados y amigos un lugar en donde pasar la noche?

– Voy a buscar en donde pasar la noche entre mis allegados y amigos, sí.

– ¿Le pide usted al gobierno que ante esta tragedia en la que perdió no solamente la casa, como tal, sino también a toda la familia, los reubique?

– Yo le pido al gobierno que nos reubique.

– Muchas gracias. Bueno: esto fue todo desde el sitio de la tragedia. Sigan ustedes en el estudio.

 

***

El patio de Elisa

Il faut cultiver notre jardin

Voltaire

Todas las mañanas, cuando Elisa miraba su patio, una gran desolación se le metía en el alma: solo había en él maleza y escombros… Muchas veces había visto otros patios con prados en los que se regodeaban variedad de animales, y en una oportunidad se pudo deleitar viendo dos ardillas jugar a las escondidas en un guayacán.

En todos los patios que conocía había jardín: eran patios llenos de color y de luz, con flores de todas las formas y de nombres variados: hortensias, gardenias, azucenas, begonias y flores de azahar.

Siempre cuando Elisa miraba su patio,  de los ojos le rodaban dos lágrimas. Era como si adentro en el pecho apretaran muy duro: hacía un esfuerzo supremo, pero le era imposible dejar de llorar. Recordaba los patios donde florecían magnolias, orquídeas, margaritas, narcisos y rosas; y se prometía que algún día, en el patio de su casa habría jardín. Entonces las mañanas serían distintas: alegres…, felices…

Soñaba bucólicos sueños. En ellos veía su patio surcado de senderos bordeados de flores y, en el medio, un inmenso rosal adonde llegaban volando turpiales, mariposas y abejas a chupar de la miel, a reposar y a cantar. Despertaba, y otra vez la tristeza, la congoja, el pesar… Pero también soñaba despierta. Una vez soñó que una voz secreta le decía: “Hay que cultivar nuestro jardín”.

Un día, Elisa pasó por el frente de un jardín ajeno y sigilosa arrancó una flor y escondida la llevó a la casa. Allí, con mucho cuidado clavó el tallo en la tierra, y después la regó. Pero a la mañana siguiente la flor había muerto. “Esta flor no es de las buenas”, pensó, y añoró nuevamente los patios en los que florecían dalias, tulipanes, jazmines, lirios, claveles…

Muchas veces hizo igual: aprovechando un descuido de los moradores arrancaba una flor de un jardín ajeno y la clavaba en su patio con todo el esmero. Pero al día siguiente sufría el mismo desengaño, la misma desazón… Se le hizo costumbre asaltar los jardines, los parques, los patios… Llevaba montones de flores a casa, y siempre sucedía que al día siguiente las encontraba marchitas y tenía que volver a llorar.

El patio de Elisa jamás floreció: en él sólo había rastrojo y escombros. Hasta que un día…, Elisa murió. Todos los vecinos, los duelos y amigos pusieron en la tumba coronas de muerto. Pero cuando el sol despertó, solo recogieron los restos de un montón de flores que se esparcían marchitas por el panteón.

 


Guillermo Echeverry es originario de La Celia, Risaralda. Es cerrajero de profesión, pero dedica gran parte de su tiempo a la lectura y escritura. Le encanta el café.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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