El caso Ed Wood o Ed Wood, un caso

 

 

Por: Juan Guillermo Ramírez

Ed Wood quería ser Orson Welles. Obviamente no pudo, pero suplantó la falta absoluta de talento wellesiano por un entusiasmo mesiánico que lo llevó a filmar películas en cinco días con presupuestos casi inexistentes. Esa producción le valió el doble título de “peor director de la peor película de la Historia”. Y la Ed Wood de Tim Burton lo reveló como el gran fetiche del cine.

En el principio de toda vanguardia, suele latir una palabra larga y casi secreta y de sonido travieso. La palabra es serendipity –su correspondencia y/o neologismo en castellano es serendipia– y se la utiliza todas y cada una de las veces que se necesita explicar y definir el regalo de encontrar cosas valiosas o agradables no buscadas, o bien, la facultad de hacer descubrimientos afortunados e inesperados por accidente. La palabra fue inventada por el escritor de novelas góticas Horace Walpole y aparece por primera vez en una carta a su amigo Horace Mann en 1754. Walpole –autor de la célebre novela gótica The Castle of Otranto, además de compulsivo escritor epistolar– hace alusión a un cuento de hadas que lo ha impresionado muy gratamente y que se titula “Los tres príncipes de Serendip”. En ese relato se cuentan las aventuras de tres nobles que –escribe Walpole– están siempre haciendo descubrimientos, por accidente y sagacidad, de cosas que jamás se habían planteado encontrar. De ahí surge serendipia: una forma mutante de la casualidad que nos ha formado y deformado a lo largo de los milenios tanto en lo público como en lo privado, tanto en lo histórico como en lo íntimo: Colón “descubre” el Nuevo Mundo buscando una nueva ruta hacia Oriente navegando con rumbo Oeste; Sir Isaac Newton es “bautizado” por una manzana en picada a la hora de redactar la Ley de Gravedad, y cualquiera de nosotros comprende que esa mujer que pensaba era “el amor de la vida” al final no era otra cosa que “el ángel de la muerte”. Sí, hay que saber apreciar lo que no se buscaba pero se encontró. O –lo que es extraño y meritorio– convencerse de que hay algo que nunca estuvo, que no está, que jamás estará y que aparece. En el principio, todo es y todo puede llegar a ser Vanguardia. El asunto es llegar al final. Lo que nos lleva directamente a la vida, pasión, muerte y resurrección de Edward D. Wood, Junior.

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Ed, vale la pena luchar por los propios sueños. ¿Por qué pasarse la vida realizando los sueños de otros? Conversando con Orson Welles.

Citizen Wood

Ya se sabe: Edward D. Wood (1924-1978) es “el peor director de cine de toda la Historia” y fuerza creadora detrás de Plan 9 from Outer Space filmada entre cuatro y seis días de 1956 y hoy considerada “la peor película de toda la Historia”. Esta gloria en negativo es fácil de cuestionar: hubo directores de cine peores que Ed Wood y películas peores. Pero una cosa es cierta: Ed Wood y sus películas son los especímenes más célebres a la hora de celebrar el celuloide trash. Y lo verdaderamente asombroso de los films de Ed Wood no es lo malos que son sino que existan y que Ed Wood haya existido y que, habiendo existido, Ed Wood haya convencido a un nutrido grupo de outsiders de que lo apoyaran en sus peripatéticas empresas. ¿Cómo es esto posible? Fácil: Ed Wood –a diferencia de astutos hombres de negocios del cine clase B como William Castle– se consideraba un elegido, un iluminado, un hombre con una misión: hacer películas costara lo que costara y mejor todavía si costaban poco, casi nada, menos que nada.

La estética de Ed Wood es la sublimación de lo doméstico y donde se funde el amateur con el ‘auteur’. La raíz de semejante equívoco está clara y Ed Wood no dejó de invocarla hasta su última hora como si se tratara de un mantra: el iniciático Citizen Kane del joven Orson Welles. El no tener el talento de Welles no era otra cosa que un detalle menor porque, para Ed Wood la cualidad más importante era el entusiasmo, condición del espíritu en cuyos orígenes tuvo que ver la inspiración divina y el arrebato de los profetas. Ser entusiasta –existencial y etimológicamente– equivale a haber sido rozado por el dedo de Dios. Y ahí está la diferencia entre una mala película de Ed Wood y cualquier otra mala película: la mala película de Ed Wood siempre será más entusiasta que cualquier otra mala película por el sencillo motivo de que Ed Wood –optimista reflejo y siempre dispuesto a encontrar la genialidad en cualquier parte sin siquiera buscarla– filmaba en el más desgraciado de los estados de gracia.

Todo aparece calculado al milímetro en la película de nuestras vidas, los serendípicos apreciarán la anarquía rebosante de posibilidades e interpretación de cualquier artefacto filmado y firmado por Ed Wood: un vanguardista silvestre al que se le puede atribuir todo, porque todo es posible en una película, en el mundo según Ed Wood. Así, las películas de Ed Wood no gozan de buenos efectos especiales pero sí despiertan un afecto especial.

Vida de santo

Entonces Ed Wood –como paradigmático y definitivo representante de la serendipia causal y de la vanguardia, como soberano sin límites– quería escribir, producir, dirigir y actuar. ¡Amo del universo! Ed Wood quería ser Orson Welles. Ed Wood quería ser y hacer todo. Ed Wood quería que su obra fuera él y consiguió hacer y ser todo eso que el genio certificado de Orson Welles jamás pudo obtener luego de Citizen Kane: el control absoluto de su universo artístico más allá de la férrea dictadura de los estudios. Así, mientras Orson Welles fue un Dios arrojado a los infiernos desde las alturas de Hollywood, Ed Wood fue un Dios desde siempre subterráneo en el que nadie creía salvo él y algunos apóstoles-freak.

De eso –de ese Ed Wood– trata la película hagiográfica que le dedicó Tim Burton en 1994. El que Ed Wood –vida y obra de un “mal” director de cine– sea hasta la fecha la mejor película de un muy buen director de cine como Tim Burton no deja de resultar interesante. Y obviamente serendípico. Burton encuentra en la desmejorada figura de Ed Wood el mejor motivo para mejorar él como artista. Ed Wood –acabado perfil de un inmaduro– es una de las obras más adultas y logradas de Tim Burton. Con Ed Wood, Tim Burton renuncia a su hasta entonces más que redituable peterpanismo cinematográfico y planta la vida de Ed Wood como transparente pero sustitutivo alter-ego real de su monstruo sensible Eduardo manos de tijeras. El formato que utiliza Tim Burton para canonizar a Ed Wood es el de una biopic clásica del estilo de aquellas que en su momento se dedicaron a Glenn Miller, Babe Ruth, Charles Lindbergh o Louis Pasteur.

En glorioso blanco y negro, con licencias históricas, oportunas falsedades y con la más lineal e ingenua de las narraciones para emprolijar así una vida desprolija. El gesto vanguardista de Tim Burton es el de vendernos la historia de un fracasado como si fuera la más triunfal, descartando todos los detalles sórdidos, el espeluznante y largo crepúsculo junkie en el que filma numerosos films porno de una sordidez casi dolorosa y limitando su acción a la edad dorada de Ed Wood y el núcleo duro de su arte constituido por sus tres clásicos: Glen or Glenda (1953), Bride of the Monster (1955) y –con triunfal estreno-clímax tan hollywoodense en el prestigioso Pantages Theatre que jamás tuvo lugar incluido– Plan 9 From Outer Space. De este modo, Tim Burton digiere los supuestos y seguramente espontáneos e intuitivos rasgos vanguardistas en el cine y en la vida de Ed Wood y les obsequia el gesto más vanguardista y serendípico y piadoso de todos: normalizar lo anormal y encontrar un epifánico y post-mortem éxito en el más rotundo de los descréditos. Queda por discutir cuán vanguardista fue y sigue siendo realmente Ed Wood, y allí nos enfrentamos a un callejón sin salida y a una película difícil de proyectar: nadie puede proponerse como vanguardista a sí mismo porque todo verdadero vanguardista actúa y acciona pensando que lo suyo es lo normal. No olvidemos que la intención y las ganas de Ed Wood pasaban por ser parte del Sistema y no actuar desde el más doloroso y humillante de los afueras.

La visita al maestro

Hay una escena clave en el Ed Wood de Tim Burton y es una escena que jamás tuvo lugar ni tiempo en nuestro mundo, a este lado de la pantalla: el encuentro entre Ed Wood y Orson Welles en la penumbra casi noir del Musso and Frank Grill de Los Ángeles. Ed Wood llega allí vestido de mujer y enfurecido por las imposiciones de casting de sus productores de la Iglesia Bautista de Beverly Hills, descubre a su héroe fumando y bebiendo a solas en un reservado. Ed Wood se acerca, se presenta (a Welles no parece extrañarle ni causarle molestia alguna el ser abordado por un travesti que dice ser director de cine), intercambian opiniones sobre las miserias del oficio y, al final, el Maestro ilumina y fortalece al aprendiz con las palabras justas: Sólo merece la pena luchar por nuestros sueños; por qué limitarnos a filmar los sueños de los otros. Ed Wood sale de allí convencido y transfigurado: no comprometerá ni renunciará a la visión que lo llevará a crear la definitiva obra maestra por la que acabará siendo recordado y fracasar, pero fracasar a lo grande. Y no se equivoca, tiene razón, está en lo cierto.

El futuro

Lo cantó otro vanguardista casual –John Lennon– en uno de sus más atemporales: Tomorrow Never Knows. Lo explica increíblemente bien el falso adivino Criswell en su introducción y advertencia sin-zen-tido a Plan 9 From Outer Space: Saludos mis amigos. Todos nosotros estamos interesados en el futuro; porque es allí donde ustedes y yo pasaremos el resto de nuestras vidas. El futuro ha sido generoso con Ed Wood y su influencia es hoy detectable en un mundo imperfecto –pero divertido– donde lo malo es bueno, los perdedores ganan y la primera toma es, por supuesto, siempre buena e imposible de superar.

Y –como en un sueño absurdo pero propio, como en una lógica pesadilla, encontrando esto cuando se buscaba aquello, como tirando de los hilos y danzando para lo que fuimos creados, como en una película de Ed Wood: nada se entiende para que recién entonces, mucho después, todo se comprenda. Como sucede en la vida.

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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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