Las mujeres de adentro

Por: Luis Miguel Rivas*



Tengo un papelito, un pedazo de hoja cuadriculada marcado con la fecha del 4 de junio del 2015, que dice:

Fernández Adriana

Penal El Borbollón

1525762390

Me lo entregó Adriana personalmente, como un mensaje lanzado en una botella. Una petición de amistad muy distinta a las del Facebook, la urgencia de una comunicación que durara más que la corta visita de uno de tantos grupos que habrán pasado por la cárcel El borbollón como generosas compañías momentáneas o como simples turistas del dolor. Me la entregó Adriana para ver si alguno de nosotros la llamaba algún día, a saludarla, a decirle cómo estás, a escucharla un rato, a darle noticias del infinito afuera.

La cárcel de mujeres El borbollón es una construcción de 1510 metros cuadrados, ubicada a 15 kilómetros de la ciudad de Mendoza, que durante 30 años funcionó como monasterio de las monjas dominicas, y hoy alberga a más de 130 mujeres, detenidas en su mayoría por robos agravados (con uso de armas) o infracción a la ley de estupefacientes (comercialización de drogas).

Allí llegamos el 4 de junio en la mañana los integrantes del grupo de Vapoesía Argentina, del que hacían parte los poetas Facundo López, Marta Miranda y Ricardo Rojas Ayrala, de Argentina; Sebastián Miranda de Costa Rica y Marcial Gala de Cuba, para una de las actividades de este evento que entiende la labor de los escritores como “una herramienta de inclusión social que debe ser puesta al servicio de aquellos con menores posibilidades de acceso a éstas experiencias”. Aunque estaba claro que no íbamos sólo a llevar versos a un lugar pleno de humanidad sin conceptos y poesía y sin palabras.

Al cruzar la puerta exterior nos encontramos con Ulises Naranjo, un curtido periodista y escritor mendocino que lleva más de veinte años trabajando en cárceles, responsable de varios talleres y antologías de poesía escrita por presos, además de director y guionista de una película actuada por reclusos. Entramos a la oficina de la dirección, recibimos la bienvenida cordial de la directora y allí, de pie, seguimos hablando con Ulises. La pasión casi mística con que este hombre habla de las dificultades que ha tenido que enfrentar, de lo que se ha jugado para adelantar ese tipo de proyectos con personas recluidas y de lo que se ha logrado, es una sutil alarma contra cualquier posible indicio de generosidad autocomplaciente o ánimo de incursión aventurera en el dolor ajeno, que pudiera albergar en los visitantes. Luego Ulises se abre a nosotros, se ofrece pasarnos todo el material del que dispone sobre su trabajo en las cárceles y nos acompaña hasta la garita de acceso al penal, donde nos deja para continuar con sus asuntos.

Luego de una minuciosa requisa en la que empezaba a tomarle cariño a la guardiana, llegamos a la puerta del penal propiamente dicho, donde una amable mujer uniformada, con movimientos mecánicos y ágiles, abre las cuatro aldabas del portón metálico. Seguimos hacia el salón destinado a la actividad y doy vuelta para ver a la guardiana cerrando las aldabas que acabó de abrir, antes de ir hacia otra puerta donde abre otras aldabas para dejar pasar a unas internas y vuelve a cerrarlas para regresar a la puerta que nos abrió y volver a abrirla dando acceso a un funcionario de la cárcel y luego corre a otra puerta para abrir y dejar salir a otras reclusas y volver a otra puerta…

La bella custodia

Enreja y desenreja

Todo el día

Encierra y libera

Todo el día.

Como quien abre una escuela

O cierra una fábrica al fin de la jornada

Con gestos que tal vez un día

Fueron nerviosos

Ejerce sonriente, precisa, tranquila,

ese oficio de la desconfianza

Al cruzar un corto pasillo llegamos al salón, donde nos recibe la sicóloga, rubicunda, de pelo ensortijado, cuerpo sólido de lanzadora de martillo y maneras delicadas de jardinera. Las internas aún no han llegado. Es un salón amplio con algunas sillas de plástico y al fondo cuatro bancas largas de madera, sin espaldar. En una esquina una mesa con gaseosas y vasos descartables. La sicóloga nos invita a que nos sentemos en las sillas plásticas y nos dice que las bancas de madera son para las internas, que deben quedar dándonos la cara. Apenas nos acomodamos irrumpe con pasos atropellados una mujer menuda y morena, el rostro curtido por parches de mucho sol, los ojos idos y el ceño fruncido. Da una mirada breve y rabiosa por el aula, hace un gesto de desprecio, de asco, y sale trastabillando. La sicóloga la ve irse y continúa dándonos la bienvenida. Entran dos cincuentonas altas, solidas, gestos solventes de antiguas habitantes del lugar. La primera es Laura: maciza, rostro blanco, pelo revuelto, un expresión dura bajo el cual parpadea cierta delicadeza, como hecha de dulzura petrificada. Cruza con seguridad enfática, casi retadora. Al pasar frente a Gabriela, la funcionaria de la oficina de Derechos Humanos de Mendoza que nos acompaña en la visita, se detiene y la observa un momento:

-Vos y yo nos conocemos –dice mirándola fijo.

Gabriela, contrariada, contesta que no la recuerda, que dónde sería, y Laura menciona el nombre de un colegio. Gabriela dice que no estudió allí. Laura levanta los hombros y sigue. Tras ella viene saludando Sonia, una rubia de pelo largo, delgada, muy dueña de sí, pero más reposada y menos retadora que Laura. Cuando pasa Sonia veo otras dos chicas sentadas en las bancas de madera, que no sé en qué momento entraron. Ambas, morenas y de facciones aindiadas, observan y escuchan silenciosas. Después entra Adriana; su figura alta, levemente encorvada hacia adelante, la piel blanquísima y las manos largas con dedos delgados y pulidos, le dan un aire de aristócrata aporreada, de una preeminencia sufriente.

La sicóloga menciona un inconveniente por el cuál no han podido venir más internas al evento y comenzamos la reunión. Marta Miranda y Ricardo Rojas, los coordinadores de VaPoesía Argentina, saludan y hablan de la idea de compartir versos y experiencias. Adriana interrumpe y pregunta por qué estamos ahí, qué nos lleva a visitar esa cárcel. Marta habla del propósito de llevar los poetas a sectores de la sociedad que generalmente han sido olvidados. Adriana dice que ella de lo que tiene que hablarnos es de un dolor muy hondo que no tiene solución. Su voz se quiebra mientras cuenta que tiene siete hijos y que a uno de ellos le hizo un daño irreparable, producto de su encierro. El aire se densifica en una tristeza sólida como una piedra, sin esperanza ni salida. En la puerta aparece la mujer menuda que había entrado al principio: el rostro descompuesto, el ceño fruncido, los ojos idos, un parchecito blanco de saliva reseca en la comisura de los labios. Se sienta un momento, amenazante, a punto de atacar a cualquiera, agredida por la presencia de los extraños. Permanece unos minutos y sale de nuevo como una tromba.

Las palabras de Adriana dejan un silencio cerrado, como si no hubiera qué decir o como si no se pudiera decir cualquier cosa. El poeta cubano Marcial Gala carraspea un poco y por fin se dirige a la mujer en un tono confidente: le habla sobre el escritor ruso Fedor Dostoievski, le cuenta cómo fue encarcelado, condenado a muerte y a última hora trasmutada su condena por varios años de prisión; y cómo a través del dolor se llega a veces a la esencia y cómo es desde allí donde se puede empezar a romper el círculo del dolor. Cuando creo que debo hablar (nadie me lo impone, pero creo que alguien me lo exige), sólo surgen en mi cabeza unas palabras de César Vallejo:

Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé,

Golpes como del odio de Dios,

Como si antes ellos la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma, yo no sé.

Atino a reiterar lo que dijo Marcial: que ante ciertos sufrimientos sólo queda el espíritu, que la poesía es una manera de orar, que leyéndola se repiten oraciones de otros y escribiéndolas se hacen la propias oraciones. Pero las palabras no vibran, no dicen nada, apabulladas, ridículos moños para adornar la mole densa de la desesperanza. Hasta que interviene Sonia. Habla mirando fijo a su compañera con voz fuerte y amorosa, como una madre que reprende:

-Uno no se puede echar a morir, Adriana –dice con énfasis y manotea con vigor–. Yo al principio tuve un período así, pero luego me di cuenta de que de ese modo no se llega a ningún lado. Así que hay que levantarse y enfrentar la vida…

Adriana escucha atenta y asiente. Laura la mira y complementa.

-Aquí y en todas partes hay momentos muy duros, ¿pero qué le vamos a hacer, Adriana? ¿Echarnos a morir? ¡No! Yo por ejemplo, llegué bajoniada a esta reunión, pero a medida que va pasando me voy levantando. A veces estoy por ahí en la celda y de repente se me planta un lagrimón… y después estoy bien. Hay que seguir, no nos podemos quedar tiradas.

La enjundia, el calor casi rabioso de las palabras de Sonia y Laura remueven la gelidez del aire. Una música repentina y vital en un claustro oscuro. Adriana abre y cierra los ojos, da un respiro hondo, suelta el aire y relaja los hombros como descargando una maleta. La sicóloga sostiene el tono vivaz y le pregunta a Laura si trajo sus poemas. Laura saca una carpeta con una gruesa ringlera de hojas en tamaño oficio. Lee varios de sus textos. Son en su mayoría poemas de amor, de un amor apasionado que algún día estuvo y que hace falta. (Lamenté no haberlos copiado). Ricardo Rojas Ayrala, coordinador de Vapoesía, le pregunta sobre el origen de sus escritos. “Escribo lo que siento”, dice Laura, “Lo que he aprendido de la vida. No solo a golpes”.

Le toca el turno a Sonia. Antes de empezar a leer dice que ella no escribe poemas de amor, que no está en ese tema. Y con voz calmada de quien ya ha elaborado muchos infiernos, dice que si en su época se hubiera hablado tanto como ahora sobre el maltrato a la mujer, a lo mejor ella no estaría en este lugar. Sonia tiene cincuenta y dos años, lleva doce en la cárcel y tiene dos intentos de fuga. Habla de los golpes de los hombres, de las hinchazones de la cara y la dentadura removida. Y de un día de hace doce años en el que un pobre tipo, un cliente cualquiera que no tenía nada que ver con sus anteriores padecimientos, pagó por todos. Sonia es una de las cuatro mujeres del Borbollón condenadas por homicidio. “Escribo para contradecir a la realidad”, dice mientras mira las paredes. Laura interviene: “Yo escribo para no estar aquí, me la paso mentalmente en otro lado”, y acaricia su ringlera de poemas: “Esto es mío, la poesía es lo único mío”. Sonia saca su cuaderno y lee varios de sus textos. Uno de ellos lo encontré después, publicado en la revista Mirando hacia afuera, producida por el taller literario Mirando al Margen.

Caída

Como torre gemela

Caí.

Como volcán

Me levanté.

Escupí mi alma,

Martillé con manos mansas

Mi vida.

Me encierro en corchetes

Hago un paréntesis.

Exiliada en el pasado

Vuelvo el miasma,

Y sé que puedo,

No quiero quedar atrás.

Siglos de emociones

Embargan mi ser,

Hoy encuentro diferentes caras

Que como muñecas rotas,

Giran en mí.

Pasado cerrado,

Pasado gastado,

Pasados y más pasados,

Que hoy no quiero recordar.

Como torre gemela caí,

Y así me levanté.

En mitad de la lectura vuelve a entrar la mujer trastabillante de ojos idos y gesto hosco, se sienta al lado de la sicóloga y balbucea algo. La sicóloga la escucha y asiente en silencio. Sonia termina de leer y, con timidez recibe nuestro aplauso. “Estas palabritas mías me pertenecen, no me gusta que me las toquen”, dice, tal vez pensando que entre quienes le aplauden hay varios poetas “profesionales”. “Si me cambian una palabrita es como si me cambiaran a mí”. Esto suscita una animada conversación entre las reclusas y los visitantes sobre corregir o no corregir lo que uno escribe. La sicóloga dice que ahora va a leer un poema de Andrea. La mujer de ojos idos, sentada a su lado, baja la cabeza y parpadea como avergonzada. La sicóloga toma el libro: “La libertad entre los dientes”, una antología de talleres de poesía en la cárcel, y lee:

Yo llevo una mujer adentro y llevo una mujer afuera,

Adentro mi mujer es tierna, afuera mi mujer llora;

Adentro mi mujer canta, afuera mi mujer sola;

Tengo una mujer adentro y tengo una mujer afuera;

La de adentro cuida las rosas, la de afuera las patea;

Adentro mi mujer es ángel, y el ángel afuera me condena;

Yo tengo una mujer afuera y tengo una mujer adentro;

Mi mujer de afuera está encerrada

Pero la de adentro es libre como las palomas.

A medida que la sicóloga lee, el rostro de Andrea (ahora ya no es solo la mujer de ojos idos y gesto hosco sino Andrea, que vive adentro y afuera), se distensiona; y una sonrisa que viene de por allá, de adentro, que estaba escondida en lo hondo y que ha tenido que avanzar separando maleza, aparece en su boca. La sicóloga termina el poema y todos aplaudimos; entonces los labios de Andrea se arquean con amplitud, casi una risa; y sus hombros se estremecen en un escalofrío de niña que está siendo consentida. La sicóloga lee un segundo texto de la misma autora, sobre un pájaro; un poema sencillo y duro, como un dibujo trazado con bolitas y palitos para representar una desgarradura. Miro el rostro de quien lo escribió, los labios húmedos de donde ha desaparecido la saliva reseca, los ojos que descansan de su furia, veo a Andrea Medina, 27 años, que vive adentro y afuera, que pone a volar pájaros con palabras y que (además, y no sólo eso) anda por el mundo con los ojos idos y el gesto hosco que le han dejado años y años de calle y drogas y penurias; la que lleva seis entradas a la cárcel, todas por agresión a la autoridad, o como dijo luego con sus palabras lentas y dificultosas: “Me meten aquí por pegarle a los milicos”.

La sicóloga propone que continuemos con otra lectura. Alguien del grupo de visitantes le pregunta a Laura si tiene más textos. Laura afirma y saca una hoja de su ringlera. Andrea se pone de pie y sale pateando una silla, otra vez el gesto hosco. La sicóloga explica que se enojó porque no quisimos seguir leyendo sus cosas. Laura concluye la sesión con otro de sus poemas llenos de amor y al terminar muestra una sonrisa desarmada que no se parece en nada a la expresión imponente de la mujer del principio de la reunión.

Nos ponemos de pie y se forman varios grupos en los que se conversa mientras nos despedimos. Andrea entra al salón, deambula mirando a todos y vuelve a salir. Le pido a la sicóloga que me preste el libro de donde leyó (donde también hay versos de Sonia) y transcribo el poema de la mujer de adentro y la de afuera. Al dejar el libro sobre la mesa me encuentro de frente con Andrea, que ha entrado de nuevo. Mira mi mano con el libro. Le digo que son muy lindos sus poemas y hace una mueca. Me acerco para despedirme y la abrazo. Ella no responde y me dispongo a soltarla, pero no se retira. Entonces vuelvo a abrazarla. Es menuda, frágil y la aprieto fuerte porque sé que no se va a desbaratar, que nada la ha desbaratado hasta ahora y que más fácil podría ella triturarme. No veo su cara pero siento un leve estremecimiento de sus hombros y sé que sonríe como una niña que está siendo consentida
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*Luis Miguel Rivas. Nació en Cartago en 1969 y creció en Envigado. Escritor, libretista y realizador audiovisual. Con el fondo editorial EAFIT publicó los libros Los amigos míos se viven muriendo (2007) y Tareas no hechas (2014), que fue finalista del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana. Ha colaborado con las revistas SoHo, El Malpensante y los diarios El Espectador, El Colombiano Universo Centro. En 2011 fue seleccionado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como uno de “Los 25 secretos mejor guardados de América Latina”.

(Reseña biográfica tomada de su libro ¿Nos vamos a ir como estamos pasando de bueno? (2015), que publicó con editorial Planeta.)

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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