Lo que llaman amor

Portada de Canción AnimalSoda Stereo, 1990.

Desde el día que la volvió a ver la había seguido todas las noches firme en su ansiedad de matarla. No lo había conseguido por la razón que fuera, alguien la acompañaba, un recuerdo o alguna otra cosa servil lo hacían arrepentir cuando ya el camino llegaba a la oscuridad del jardín familiar.

Ella tenía la costumbre de pasar por el Café Refugio al salir de trabajar, pedía un americano y un sándwich, cuando no una cerveza negra, y los acababa mientras pasaba las hojas de una novela cualquiera, por lo general recomendada por una revista de moda o sugerida por un premio reciente; sonreía, o elucubraba maldiciones contra el autor como si este se encontrara también a la mesa. Él se preguntaba por qué una mujer tan joven malgastaba las horas libres que le dejaba trabajar en una fábrica textil, en un ritual tan anodino, y se decía a sí mismo por qué no olvidaba la obsesión de seguirla con una intención tan cruel, cuando pareciera que ella no se oponía a desaparecer por su propia cuenta.

Le gustaba verla, más recordarla como si fuera la misma. Imaginaba qué habría sido si hubieran seguido trabajando juntos. Él le enseñó a tejer, al principio fingía que las telas anómalas eran suyas para que el jefe no se irguiera en aullidos contra ella. Él le enseñó a tejer y ella a buscar la libertad. Esa es tal vez la razón  de que ahora la vea desde lejos sentada tras un cristal de un viejo café y disminuida por un cristal peor, el de sus lentes miopes, como si esperara a alguien y monologara.

Esta noche todo está dispuesto para no fallar. La ve salir y empieza a seguirla. Sube todo el volumen del reproductor y de los audífonos sale la voz de Cerati como nunca, como si escuchara ese álbum por primera vez. Diez canciones para caminar por la ciudad, diez canciones para acechar entre la multitud a un saco azul y una cabellera, y esquivar bicicletas e injuriar semáforos. La alcanza cuando falta menos de una cuadra para su casa, le toca el hombro y la llama por su nombre. Cuando ella gira ve que tiene un cuchillo descomunal en la mano, y en los ojos lo que llaman amor.

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

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