‘Windows Live Messenger’, un cuento de Silvana Aiudi

 

 

Por: Silvana Aiudi

 

 

“Si entre las cuatro
paredes de la alcoba hay un espejo,
ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo
que arma en el alba un sigiloso teatro” Jorge Luis Borges.

I

 

No sé si esto debe ser publicado. La verdad, de corazón, no quisiera irrumpir en la intimidad de nadie. Es que no sé si a alguien le pueden interesar estas cosas. Por ahí sí y tengo suerte y alguien se identifica y dice qué loca esta historia, a mí también me pasó, o, capaz, parezca una mentira aberrante mal contada o una pésima historia que no le importa a nadie. En realidad no sé. Pienso que no debe publicarse porque anda gente por ahí y cualquiera puede pensar que es ese o esa del o la que estoy hablando.

No es que yo estuviera demasiado metida en el asunto pero qué más podía hacer. Conste que el marido no sabía nada, o al menos eso creíamos, y yo llegaba a la casa y ella estaba ahí, en el chat y, la verdad, todo eso me resultaba bastante divertido al principio aunque después tuviera ganas de mandar todo a la mierda. Al final terminó con la obviedad de los resultados de acciones poco premeditadas. Hay que preservarse, decía ella, pero fue exactamente lo que no hizo. O capaz que no quería hacerlo.

No puedo negar que en aquellos años fuimos felices. Todavía me acuerdo de esas risas incontrolables y podría pensar que fueron los años más felices de mi vida si no fuera por lo que pasó. Una podrá decir me arrepiento, hubiera hecho las cosas de manera distinta, pero quiero decir que aquellas historias nos permitían la felicidad.

Cecilia Pardo Flores -bibliotecaria y actriz-  vivía en la ciudad. La conocí por ahí, en los pasillos de ese lugar. Esos son atrapasueños, me dijo. Yo usaba unos aros tejidos con hilo rosa. ¿Qué cosa?, le pregunté. Atrapasueños, y me dijo que en esa especie de red de telaraña tejida que estaba en mis aros quedaban las pesadillas y así yo podía tener buenos sueños, o algo por el estilo. A esta altura, no sé si le entendí o, más bien, no sé si le creí. Pero no quiero quedarme en detalles que no le importan a nadie. La cuestión es que nos hicimos amigas con el tiempo y lo fuimos hasta aquel día en que recibí esa llamada.

Algunas noches, Cecilia me pedía que nos conectáramos por Skype para cenar juntas y charlar. Yo amaba la idea porque vivía sola en una casa grande en el campo y comer con ella casi todas las noches era una buena compañía. A veces se sentaba con ella su marido y otras, iba a comer la vecina que, debo decir, era una chica bastante rarita: andaba como alocada, con todos los pelos parados, se teñía de rojo, de rubio, de morocho, se ponía pelucas y estaba con hombres, después con mujeres, que estaba enamorada del padrastro, del profesor de Historia y que se desnudaba mientras el primo de España la miraba por Skype. Francamente, no aguantaba a la Otra. Siempre con esas cosas. Dios me libre y me guarde.

El caso es que Cecilia, la Otra y yo comenzamos a chatear todas las noches por messenger luego de la cena. Empezábamos contándonos las aburridas actividades del día para pasar a reírnos con las historias que inventábamos. A todas nos encantaba hacer eso. Horas y horas chateando riéndonos hasta que nos doliera la panza. Pero todo empezó cuando nos enteramos de que Cecilia chateaba también con otras personas. Sin parar. El chat la tenía obsesionada y no sé en qué momento comenzó el largo y predecible camino de descenso a los infiernos que nadie advirtió.

El día que llegué a su casa y me mostró lo que hacía a escondidas se inició lo que, en ese momento, entendíamos como una aventura. Según messenger, Cecilia era matiassolisbloom y tenía veintidós años. Había conocido por chat a Andy20 que era un chico muy bonito que hacía gimnasia rítmica. Chateaban sin parar. Según las apariencias, matiassolisbloom era activo, su madre había muerto de un ataque al corazón cuando él tenía veinte años y su padre, que tenía un negocio de ropa de cuero en Villa Crespo, no sabía de la homosexualidad de su hijo. En su perfil, Matías era estudiante de Psicología de la Universidad de Buenos Aires y, luego de morir su madre, había sufrido una crisis tal que lo llevó a tener su primera experiencia con un hombre. Al parecer, Matías había tenido interés en estar con otros chicos desde los dieciocho años pero nunca se había animado y ahora estaba chateando con Andy20.

Los chats comenzaron a ser cada vez más seguidos. Ambos, escondidos de que alguien los viera. Un mes después, se unieron al grupo Pablo, su amigo y estudiante de veterinaria, y Roxana, con quien había estado de novio Matías desde que tenía quince años y ahora eran buenos amigos porque él era gay y le había contado la verdad y ella lo había comprendido y apoyado con su sexualidad. Todos chateaban. Todos se disputaban a Matías. Todos, menos Andy20, vivían gracias a Cecilia en la red. Se creaban situaciones de celos y reclamos hacia Matías: que Pablo lo celaba porque estaba enamorado de Matías, que Andy20 lo celaba con Pablo porque eran amigos, que Cecilia lo celaba porque no hablaba tanto con ella ahora que estaba con Andy20, que no tenía tiempo para ninguno, y no sé qué otras estupideces que no quiero contar.

El problema surgió cuando Andy20 le pidió que se vieran por la webcam. Matías le dijo las obvias mentiras que se dicen en las redes sociales, que no podía hablar en ese momento, que estaba su padre cerca, que no tenía cámara. Hablemos, vos me ves a mí y yo te escucho, le dijo Andy20. Matías aceptó y, por esas cosas de la vida, yo caí en la casa de Cecilia en el medio de esa paparruchada. Decían las cursis obviedades que dicen los adolescentes en Facebook, que le parecía muy lindo, hablaban de qué es el amor, que la iglesia, la religión y el fin del mundo. Lo que más me llamaba la atención era que la voz de Matías era la de Cecilia y Andy20 parecía no notarlo. Esta pavada no va a durar mucho, pensé. Por suerte, así fue.

Andy20 dice:

ME PODES DECIR QUIEN SOS??? PUSE TUS FOTOS EN GOOGLE Y APARECES CON OTRO NOMBRE!!! POR QUE TENES UNA FOTO CON CUMBIO???? ACA DICE QUE TENES 17!!! QUIEN SOS???

Sí, Andy20 había desenmascarado a Matías que, según la foto real, era un flogger medio famoso que se la pasaba en el Shopping Abasto usando pantalones celestes y camisas floreadas. Tenía una cosa así como dos mil quinientos treinta y dos fans y varias fotos con Cumbio. La inexperiencia de Cecilia la llevó a equivocarse y, por lo tanto, tener que contarle la verdad. Andy20, a pesar de no haber percibido todas las señales mentirosas del chat, le dijo que era una loca, que estaba mal de la cabeza, que lo había engañado, que él se había enamorado de él, que la odiaría por el resto de su vida, que eso no se hace, que no se juega con el amor, que lo dejara en paz, loca, demente. Lo peor de toda la situación fue algo que nadie notó: Cecilia como matiassolisbloom se había enamorado de Andy20.

Luego de esto, la Otra y yo no supimos nada más de esos chats y, no sé por qué, pensábamos en aquella historia como algo sumamente divertido. Nos reíamos como locas y, por esas cosas de la vida, no volvimos a advertir el segundo descenso: Matias Solis Bloom pasó a ser Daniel Solis Bloom. Aquel flogger era demasiado famoso. Esta vez tenía diecisiete años y había cambiado su foto de perfil.

DanielSolisBloom17 dice:
Hola. Cómo te llamás?
ELLOBOESTEPARIO dice:
Mi nombre es Jorge. Tengo 34. Vos 17?
DanielSolisBloom17 dice:
Sí. Soy muy peque? :p
ELLOBOESTEPARIO dice:
No, para nada. El de la foto sos vos?
DanielSolisBloom17 dice:
Sip.
ELLOBOESTEPARIO dice:
Dale, ese no sos vos.
DanielSolisBloom17 dice:
Te digo que soy yo! Es que soy modelo y mi papá es cirujano plástico.
ELLOBOESTEPARIO dice:
Esa foto no es tuya! No me mientas. Ese es el modelo famoso!
DanielSolisBloom17 (Desconectado)

Decía que Cecilia era una adicta al chat para esta altura y,  mientras sobreactuaba su control de la situación, se desenfrenaba en carcajadas extremadamente artificiales y comportamientos insoportablemente extraños.  Al segundo que conoció por messenger fue a un arquitecto que no me acuerdo cómo se llamaba. En ese momento, Cecilia estaba en Uruguay de vacaciones y, al mínimo tiempo de libertad que tenía o le daba Guillermo, se conectaba. El procedimiento era el mismo: chats intensos, y después, como Daniel no tenía webcam, hablaban por micrófono. En su segundo perfil era un adolescente que quería estudiar para ser veterinario porque amaba los animales. Era, también, vegetariano, los tiempos del veganismo son más actuales, y le gustaba el aire libre y andar en bicicleta. Insistía en la idea de que su padre era cirujano plástico y su madre era una artista que pintaba cuadros y fumaba marihuana en la bañera de la casa. Daniel era un chico de clase alta, que estaba aburrido de su vida de niño bien. Tenía un hermano súper homofóbico, que tenía un negocio de bienes raíces y jugaba al rugby. Parecía ser que Daniel había descubierto su sexualidad a los quince años cuando se enamoró de su padrino.

Nunca me enteré de esta historia hasta mucho después. Nunca me enteré de todas las que siguieron, con excepción de la última. Me contó Cecilia que el arquitecto insistía en que se vieran, pero Daniel, que no podía mostrarse, le dio su número de teléfono. Ese fue el siguiente descenso. Hablaron días y noches aprovechando todos los ratos libres en los que Guillermo no estaba. El arquitecto insistía en que se vieran a tal punto que Daniel tuvo que inventar una muerte repentina. La encargada de comunicarlo sería su supuesta tía, Cecilia misma. Lo que más me llamaba la atención era que las voces de Matías, de Daniel y de Cecilia eran iguales ¿Cómo ninguno se daba cuenta de la voz de mujer? Si te digo, te miento.  Sin contar, por supuesto, los obvios estereotipos hechos por un mal guionista de esos que aparecen haciendo cortos con el nombre de “El diferente”, claro. Tampoco una es tan tonta pero a veces el mundo es tan vasto que no se puede llegar a comprender.

 La cuestión es que todo eso me empezó a hartar y ya no me parecía divertido, al igual que Cecilia que lo vivía como el sufrimiento del deseo imposible de ser concretado. Varias fueron las veces que chateó, varias fueron las veces que habló por teléfono, varias fueron las veces que se masturbó, varias fueron las veces que murió.

Pero antes de aquel llamado tan extraño, me invitó a la cosplay. La Otra no podía ir, estaba cada vez más desbocada: ahora le gustaban los hombres rudos y las mujeres policías, ahora se estaba acostando con un mecánico que vendía repuestos en Warnes y practicaban sadomasoquismo en el taller del tipo sobre una mesada de madera todas las noches, ahora le gustaban las esposas que usaban con la mujer policía que había conocido en un chat, ahora tenía una peluca roja. Y yo no contaba más con la Otra para tirarle las historias insoportables de Cecilia pero, a decir verdad, me gustaba la idea de ser la amiga exclusiva y única confidente.

Decía que fuimos a la cosplay y Cecilia me contó, ahí,  la historia de Germán19. Ella lo quería conocer y debíamos encontrarlo entre el olor a sopa del lugar y pibes de quince años disfrazados de muñecos con pelos de plástico que llevaban carteles que decían algo como “mientras leés este cartel, te miro las tetas”.

Daniel Solis Bloom se había enamorado de Germán19 hacía dos meses atrás luego de días de chat. El nuevo amor vivía en Hurlingham, estaba haciendo el CBC para ser biólogo y tocaba el piano. El modelo ideal. Además, era tímido y  siempre estaba a dieta porque era gordito. Germán19 vivía con la mamá, dos hermanos y una hermanita pequeña a quien adoraba. Daniel y Germán establecieron una relación amorosa típica: se decían frases cursis, intercambiaban poemas, comentaban las series que veían y se pasaban links con canciones de Camila, Cristian Castro, Shakira y Axel. Sin embargo, todo se arruinó cuando Germán pidió un encuentro.

GERMAN19 dice:
te quiero verrrrr
DANIELSOLISBLOOM17 dice:
No puedo. Tuve problemas en mi casa. Me voy del país por un tiempo.
GERMAN19 dice:
pero, que pasoooo?
DANIELSOLISBLOOM dice:
Te tengo que dejar porque ya nos vamos. Mi papá se puso re loco. Es todo muy feo acá. Te amo, bonito.
GERMAN19 dice:
Te amooooo. escribime, por favor. Estoy muy preocupadooooo 😦

Eso había sido lo más cruel que Cecilia había inventado. Y jugar con esos límites, supongo, le costó la vida, esa vida que había dejado en los chats.

El Gordito, como le decía Cecilia, la llamaba y le mandaba mensajes de texto que ella debía ocultar. Estaba perdida porque esta vez no quería morirse, quería verlo, quería encontrarse con él. Esta vez quería concretar la idea de ser un chico gay y moría por estar con Germán. En eso, respondió uno de los tantos  llamados. Le dijo que estaba bien pero tenía miedo de su padre, algo así como que se estaban escondiendo de él y, tristemente, planeó su muerte.

Germán llamaba y llamaba y llamaba y no obtenía respuesta. Después de varios días, Cecilia atendió y le dijo que era la tía y que Daniel había muerto en un accidente automovilístico. Pero el gordito no era tonto y no le creyó: le reconoció la voz. Insistió en que no le mintiera, que era la misma persona, la misma voz, que quién era realmente la que estaba detrás del teléfono, que era una psicópata y que lo dejara en paz. Discutieron. Cecilia le dijo la verdad. El Gordito le cortó el teléfono. Pero Cecilia no se rindió: lo rastreó desde su verdadero Facebook y le mandó un inbox que decía sos un nene muy lindo. Germán la bloqueó de todos lados.

II

La última vez que lo buscó sin éxito fue cuando fuimos a la cosplay. Esa noche, de vuelta en mi casa, yo recibiría un llamado.

 Guillermo sabe todo.
̶  Pero, ¿cómo? ¿Cómo se enteró?
̶  Tiene todo registrado y grabado. Me está espiando hace meses.
̶  ¿Cómo que te grabó?
̶  Había grabadoras escondidas por todos lados. Nunca me di cuenta. Están todas las conversaciones. Sabe todas mis contraseñas. Me descubrió. Tengo miedo. Parece otra persona. No sé qué va a pasar.

En ese momento, me vino a la memoria el sueño que me contó Cecilia cuando ella estaba en su casa con mucho miedo y no sabía por qué, cuando se escuchó el grito de unas vecinas pidiendo ayuda y el desgarrador sonido de una escopeta que se disparaba una y otra vez, cuando alguien tocó a su puerta y ella la abrió para ver a Guillermo bañado en sangre llevando un arma en una mano y un puñal en la otra. Entonces me asusté. Viajé hasta la ciudad. Llegué a su departamento. Toqué timbre.  Nadie respondió. La volví a llamar. Nadie respondía. La volví a llamar. Nunca contestó.

Pensé en la Otra, pero para esa altura la piba esta había viajado a Calamuchita con su novio nuevo, un albañil de setenta años, me dijo la madre. Me desesperé. Busqué en las noticias. Leí en los diarios: “Unos 14 crímenes por odio se registraron en 2011 en el país, reportó ayer la Comunidad Homosexual Argentina en un informe presentado en la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y difundido en el marco del Día Internacional del Orgullo Glttbi, y manifestó que siete de ellos fueron perpetrados contra travestis y otros siete contra gays.”, “El 15 de noviembre de 1992, el odontólogo platense Ricardo Barreda mató a escopetazos a la esposa, sus dos hijas y a su suegra. Una frase despectiva detonó la tragedia. Pasó varios años en la cárcel y hoy vive junto a su nueva novia en Belgrano.”, “Antes los asesinatos de personas por su orientación eran cometidos por la policía, hoy en cambio son casos más individuales.”, “Matan a una mujer y a su hija en Constitución: cuando ya no se escucharon gritos, tres vecinos de distintos departamentos llamaron a la policía, y sólo vinieron dos efectivos.”, “Un comerciante mató a su esposa de un escopetazo y se suicidó: el hombre, de 65, le disparó un balazo en el pecho a su mujer, de 62, en su casa de Villa Madero.”

En eso, recibí un llamado. En el celular aparecía la foto de Cecilia. Seguro era Guillermo que la había matado, descuartizado, cocinado en una olla, esperando atraparme para asesinarme y tirarme al río. Tuve miedo. No respondí.

III

Todo esto me vino a la memoria luego de la muerte de un boxeador que, decían, había sido asesinado por su novio. Pensé que si investigaba un poco más, podría saber algo de Cecilia. Pedí ayuda a la policía. Leí diarios. Nada. Había dejado pasar mucho tiempo. Entonces decidí ir al lugar del crimen. Allí estaría Guillermo. Yo encontraría el arma homicida escondida en un cajón. Lucharía con él. Correría por las oscuras escaleras tropezándome para que  no me alcanzara. Me atraparía por el corredor y me  ahorcaría con sus manos llenas de sangre seca y coagulada. Yo tomaría su mano. Intentaría alejarlo. Sería inútil. Me mataría. Saldría en las noticias un día, dos, tres, una semana, nunca más. Toqué timbre.

     ¿Sí?
Era la voz de Cecilia.
̶     ¿Cecilia?
̶     …
̶     …
̶     Ahí te abro, linda. Subí.

Al subir, se encontraba la puerta del departamento abierta, así como esperándome, y el televisor con el volumen alto. ¿Cecilia? Entré con pasos pequeños mirando alrededor. Guillermo me habría engañado: estaría usando el pelo como Cecilia, vestido como Cecilia, imitando su tono de voz, acechándome. Busqué por el comedor. No había nadie. Un pasillo llevaba a la cocina. La luz estaba prendida. ¿Cecilia? Nadie respondió y justo en el momento que estaba por ir a su habitación, escuché: “Linda, si querés algo para tomar, sacá que hay gaseosa light en la heladera”. Era Cecilia. Le reconocí la voz. Ningún Guillermo. Era ella sin dudas. Me alivié. Pensé que estaría en el baño o hablando por teléfono en algún lado de la casa que yo no veía, que Guillermo se habría ido luego de discusiones por los chats y se habrían separado, Cecilia habría acomodado su vida y estaría con mucho trabajo en la biblioteca y no me había podido llamar o se había enojado porque no respondí aquella vez. Todo sería una separación de marido y mujer más de las tantas que hay. Charlaríamos con Cecilia y me perdonaría por pasar años sin hablarle. Volveríamos a ser amigas. Volveríamos a ser felices.

Agarré un vaso del lavaplatos y abrí la puerta de la heladera con total tranquilidad, pero al hacerlo mis manos temblaron de horror al ver la cabeza de Guillermo al lado de las milanesas de soja y las salchichas light, mirando fijamente a todo aquel que abriera la heladera, con los ojos saltones bañados en sangre y la piel pegada a los huesos de la cara por el tiempo. ¿Viste cómo me cuida para que haga la dieta?, escuché a lo lejos. Me quedé quieta sin saber qué hacer hasta que, detrás de mí, apareció Cecilia. Fue entonces cuando la vi riéndose a carcajadas y con las manos llenas de sangre seca amarronada, riéndose descontroladamente como en aquellos años. ¿Qué hiciste?, le pregunté. Pero ella sólo reía y lloraba y reía y lloraba y reía con los ojos desorbitados, apretándose las manos, con la incontrolable locura de la felicidad.

Silvana Aiudi

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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