«República de sombras»: poemas de José Luis Díaz-Granados

El poeta colombiano José Luis Díaz-Granados. Fotografía de Joaquín Puga.

 

En los siguientes poemas de José Luis Díaz-Granados *, escritos entre 2010 y 2015, el poeta se asume profundamente como habitante de Colombia, y nos deja ver el dolor y la historia de un país que nació y ha vivido mal. “Quizás esta semblanza de Colombia / (o de mí mismo, que es lo mismo) / caiga en el hondo abismo del desdén”, dice, sin embargo nos confía su elegantes versos, valiosísimo testimonio poético que nos complace enormemente publicar en esta edición.

En un “País mal hecho / cuya única tradición / son los errores”, como diría Juan Gustavo Cobo Borda, siquiera nos queda la poesía.

 

República de sombras
 
1810

 

En este poema he utilizado frases y versos -van en letra cursiva- de Humboldt, Bolívar, Rafael Núñez, M. A. Caro, Marroquín, León de Greiff, Luis Vidales, Eduardo Caballero Calderón y Juan Gustavo Cobo Borda, entre otros.

 

Insípida paloma de desganado vuelo
brotó de la estampida del relumbrón de bravos
que emocionados e impulsivos galoparon
una especie de historia grandilocuente y vacua.

Boba la patria fue, pero sangrienta.
Cruel e injusta fue, aunque república.

Mártires valerosos, sin duda, los patriotas.
Arrogantes y heroicos los héroes arrogantes.
Feúcos y canallas los duros capataces,
pero buenos y malos eran casi los mismos.

Todo estaba maduro. ¿Para quién? ¿Para quiénes?
Todo por un florero, nos dijo un caballero.
Todo cambió cuando vio a Bonaparte
colocarse a sí mismo la corona imperial.

Todo, gracias a Humboldt quien dijo al mozalbete:
Falta el as que lidere las repúblicas nuevas”.
Toda la tierra, pues, para los que ganaron…

¿Y si los nuevos reyes se burlaron de todos?
¡Oh confusión! ¡Oh caos!, se burlaron.
Te adoro en mi silencio mudo, nos burlamos.
Porque en más de una ocasión / sale lo que no se espera…

¿Y qué quedó de todo? Un país sin destino.
País mal hecho / cuya única tradición / son los errores,
porque la patria dejó de ser amiga
y yo me quedé solo / solo / y mío…

 

 

¿Qué somos? ¿Qué perdimos? ¿Qué callamos?

 

 

¿Qué somos? ¿Qué perdimos? ¿Qué callamos?

Sobre el hueco del oro que se fue,
sobre el constante fluir de los ríos rojos,
sobre el espanto de esperar la noche sin abrigo,
aún estamos aquí esquivando las serpientes
de la sinrazón que hacen del sol la noche,
mientras sigo las huellas de zozobra
de este loco corazón que no encuentra su sitio.

Despertamos de pronto entre las ruinas
de los siglos que otros inventaron
para someter las sonrisas y los vanos designios
a la voluntad de los dueños de la carne
y del hueso, abominables zorros,
y hasta de la palabra. ¡Qué extravío!

Y crecimos andando por caminos porfiados
de anécdotas perversas, mientras los amos
de la historia se guardaban la tierra
en su historieta, bajo los tétricos hábitos
de los administradores de fantasmagorías.

Y así fuimos andando, mirando todo con la ceguera
de nuestra luz intacta, cómo por siglos
sobre la sangre fresca, dioses inalcanzables
han retorcido el sueño de los justos
y han alejado el oro de la verdad y el grito.

El germen de la muerte ríe en los falsos dioses
que embozaron nuestra íntima música secreta.

 

 

Covacha de bufones

 
Los invisibles, los humillados ángeles ancestrales
de la añeja comarca, los abuelos oscuros
junto a abuelas inciertas a quienes las lluvias
ahogaron en los canales del olvido,
que vivieron edades sin memoria anteriores al tiempo
de nuestro idioma que fue también el tiempo
de ensangrentadas cruces invasoras,
todos los que arrastraron sin culpa sus rodillas
bajo zipas, virreyes, repúblicos y monstruos
-millares y millares de estrellas seminales-,
observan, vigilantes, la historia repetida:
una tragicomedia que se muerde la cola.

Covacha de bufones y de cicatrices,
horno donde se cuecen coágulos y mentiras,
fábrica de lujurias en la miel del verdugo,
árbol de lágrimas sembrado por la usura:
en las noches se oyen gemir las almas rotas
que en el día se recomponen en silencios de espanto.

Pero de esa sustancia de pájaros borrachos,
donde prevalecen la medrosa plegaria
y el cobarde ulular de los serviles,
se alimenta el ascenso de un alba poderosa
labrada en la fragancia de húmedas fundaciones
de patrias tutelares que fueron nuestra casa.

 

 

 

Las bellas intemperies

 

Colombia, parece que tuvieras el corazón amargo,
y yo bien sé que lo tienes cercano a la dulzura
como un remanso familiar o una canasta de mangos.

Eres solo un fragmento de la zarza que arde
y la totalidad de una esmeralda que fulge en su escondite.

Canto de donde nacen las bellas intemperies,
por donde se incendian las heridas.
Y las alas de los cóndores
son semanas y meses salpicados de cráteres.

Hora siempre desnuda de la historia
donde agonizan las auroras públicas.

Riamos, lloremos, establezcamos búsquedas
entre las furias metálicas del viento.

Pero silenciémonos con un grito en la mano
ante el aullido arrogante de los ríos,
que como copas de lágrimas enfermas
son lavas negras que azotan las vigilias,
son olas rojas que marean nuestras labores,
son húmedas cenizas que día a día vuelven mierda
las cordilleras, las orillas del mar y las conciencias.

Maremoto verbal

 

Maremoto verbal fue la emergencia
de la madre y el hijo de las aguas sagradas.
Se pierde entre los tiempos ese tiempo
de paisajes indómitos entre bosques de fuego.

Allí brotó la luz en la palabra
de convivencia y tímidos tumultos
antes que adelantados y virreyes,
antes que purpurados y repúblicos
desmantelaran con siniestra holgura
el esplendor del límite usurpado.

Fue la verdad teñida de doctrina,
la hipócrita tiniebla de la infamia.

Así olvidamos el sonoro hechizo
de aquel silencio lleno de alaridos
hace quinientos años, cuatrocientos,
hace trescientos y doscientos años,
entre cochas y pampas,
entre mares y cóndores
y exacerbadas ansias
entre las cordilleras.

Le llamamos Colombia, río rotundo,
relámpago más díscolo que el trueno,
intensidad de músicas y búsquedas,
joyería arrebatada y permutada
por joyel de esplendentes silabarios.

Catedral del asombro,
rumor de innumerables hondonadas,
oro ausente entre moscas y anchas ánimas
heroicas, y de manos y de súplicas,
entre reinos torcidos que sonríen.

Dedos que arañan la imposible cima,
océano que no muerde sus orillas.

Hace doscientos años hubo un fragor intrépido
a partir del sainete del florero
y la loca guitarra surreal de Bolívar,
a quien robaron pronto su corona de pueblos
—aquella noche sucia de Bogotá, en septiembre—,
los precursores ácidos e hipócritas
del siglo claroscuro que habitamos.

 

 

Voy caminando

 

1

Voy caminando. El camino
bebe el viento de la noche.
La noche, ardiente, rebelde,
sueña ser día o ser agua.

2

En el país del odio
el amor es pecado.

Hay que amigrañar las ansias.

3

El cóndor
huye de sus alas.
Se esconde
en el eco de su vuelo.

4

Atardecer.
Sangre en las hondonadas.
Ríos sedientos de ecos.
Follaje con relámpagos.

5

Amanecer.
Muerte.
Noticias de la muerte.
Muertos.
Sol que huele a jazmines.
Sol que duele.

6

Ha aparecido el día,
por fin.
Pero sigue la noche.

Son solo fábulas

Son sólo fábulas
escondidas en el sueño:
vividas un instante,
allí instaladas,
trasmañanadas,
desmenuzadas
por el viento.

 

 

 

Yo escribo y vivo esto

Quizás esta semblanza de Colombia
(o de mí mismo, que es lo mismo),
caiga en el hondo abismo del desdén.

De todos modos, allí dormida y sola,
en el sitio más negro de la oscuridad,
alguien alguna vez la mirará,
alguien alguna vez le dará agua,
alguien alguna vez, al despertarla,
dirá que dice algo, dirá que dice cosas,
que tiene esencia, que vale alguna pena,
y quizás sirva para encender el día.

Yo escribo y vivo esto. Sin embargo,
sé que a nadie le importa
lo que escribo.

País de pies en derrota

País de pies en derrota
con mis pies tropiezo con tu aliento
de dulzura en acecho
palabra de piedra país de inevitables
batallas para vencer las derrotas
con mis derrotas me estrello
contra tu voz particular de sangre antigua
soy la tempestad tú me emborrachas
todos somos testigos de la sed
que se beben las lágrimas país que indaga
respuestas que respiran resplandores cercanos
patio de recuerdos cada vez que respiro
soy la mano del mapa del deseo
del ácido volcán de mis derrotas
huelo a corazón tardío a arrabales
donde un torrente de amor vuela a lo lejos
y a lo cerca entre la furia y lo que calla
este trago difícil de glorias y de muertes
hay que pelear país contra la sombra
que ahora mismo está robándose la luz.

 

 

Habitante de Colombia

He habitado a lo largo de medio siglo largo
un país llamado Colombia que es como una colmena
llena de llagas y de mariposas.
Y he visto allí entre sueños y burbujas llameantes
primaveras que nunca conocieron veranos.
agujas que antes fueron palomas en su vuelo,
tufaradas de ánimas torturadas que un día
fueron rosas u orquídeas que aromaron los bosques.
Vi montes en cuclillas, cenizas entre nubes,
besos encaletados, gemidos de guarichas,
tiendas tristes en las carreteras andinas,
y la bofetada del bullerengue a las bodas negras,
la arquitectura de una enlutada geografía,
las tinieblas de sangre de su luz,
y  el hórrido reir de los fantasmas
en el fondo de unos vagones oscuros.

 


(*) José Luis Díaz-Granados (Santa Marta, 1946). Poeta, novelista y periodista cultural. Sus libros de poesía hallan reunidos en: El laberinto (1968-1984), La fiesta perpetua. Obra poética, 1962-2002 (2003) y Poesía completa (3 tomos, 2015) y su obra narrativa en Los papeles de Dionisio. Cuentos, 1968-2012 (2015) y Las puertas del infierno y otras novelas (2015).  Premio de Poesía “Carabela” (Barcelona, España, 1968), finalista del Premio Rómulo Gallegos (1987), el Premio de Novela “Aniversario Ciudad de Pereira (1994), Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar (Mejor entrevista en prensa,1990). En 2001 le fue concedida la Medalla de la Amistad del Consejo de Estado de Cuba y en 2004, el gobierno chileno le otorgó la Medalla de Honor Presidencial “Centenario Pablo Neruda”.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

Un comentario sobre “«República de sombras»: poemas de José Luis Díaz-Granados

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s