La locura de Tinder

Ilustración de James Clapham

Por: Juan Manuel Eslava*

Hacía muchos años que en Internet convivíamos con los anuncios de “conozca solteras en su área”, pero sabíamos que era una vulgar mentira; un truco para captar ingenuos. En cualquier caso, en momentos de frustración romántica y sexual, hubiésemos querido que un concepto tan simple fuera real: «dime quién está cerca y disponible para salir conmigo».

Y es que Internet nos acostumbró a que todo fuese más rápido y requiriera un menor esfuerzo. Esto ha sido una bendición para el pago de facturas y la solicitud de citas médicas, y se seguirá extendiendo a muchos más ámbitos, pero ¿realmente necesitábamos este principio de eficiencia para el proceso de conocer gente?

En el fondo sabía que un concepto de esa naturaleza no podía ser muy sano. Por eso, cuando llegué por primera vez a la aplicación que lo hizo posible, pensé que sería del tipo de cosas que uno tiene que mantener siempre en secreto o, por lo menos, hacer un gran esfuerzo para poder confesar. Percibía algo de desesperado y maniático en ese sistema, tan directo, tan veloz. Pero resulté viendo a más de medio mundo involucrado, incluyendo a muchos conocidos de distintas facetas de mi vida, y, al parecer, casi nadie se sonrojaba por estar allí. Eso solo lo hacía más tenebroso para mí.

Es la demostración de que Tinder se convirtió en un estándar como método para «conocer» gente, pero también en una herramienta que pretende controlar con frialdad casi matemática el fluir de las interacciones románticas o prerománticas; sexuales o presexuales.

Tinder supervisa constantemente el área circundante para que estés seguro de no estar perdiéndote de nada. Porque el amor real o un apetecible revolcón podrían estar a un par de kilómetros y no te has dado cuenta. Además de que hay gente todo el tiempo en tránsito: ellos entrando en tu área; tú en la de ellos. Enorme posibilidades, que se reducen al aplicar uno que otro filtro: ¿qué tanto estás dispuesto a desplazarte? ¿Qué tanta diferencia de edad por exceso o defecto?

No mucho más que eso; incluso siendo algo exigente con los parámetros de búsqueda, podrás tener acceso a un larguísimo desfile de rostros y/o cuerpos que virtualmente nunca termina. ¿Te agotaste todo lo que había hoy? Seguro mañana tu área se reabastecerá. Utilizo ese verbo porque al final es difícil no terminar percibiendo a la gente en esta plataforma un poco como mercancía. Se reduce el valor del individuo al encontrarse con semejante masa.

Tinder no se presta especialmente para particularizar a cada usuario, y estos tampoco ayudan mucho: la mayoría de ellos ni se esfuerza en elaborar una verdadera biografía, o estas existen para regular la interacción: «no busco esto». «No me diga esto». «Si es así, no me hable». El peso narrativo lo dejan más que todo a unas fotos cliché que a fuerza de repetición hacen creer que solo existen como 3 o 4 tipos de persona (mujeres, en mi caso, que soy heterosexual).

Ni hablar de lo poco emocionantes que terminan siendo los matches. Recuerdo que al principio los veía como un evento, y enseguida quería descubrir las razones por las que me habían “escogido” las pocas personas que lo habían hecho. Con el tiempo, me di cuenta de que la mayoría de la gente no escogía mucho realmente, sino que repartía corazones a diestra y siniestra, de manera compulsiva, probablemente en búsqueda de una reafirmación de la autoestima o como un juego. Es un juego, básicamente.

Me sumergí en ese juego, y tuve centenares de matches, de los cuales solo un porcentaje muy bajo llegó a convertirse en una conversación. De las conversaciones iniciadas, realmente muy pocas pasaron de los saludos convencionales y de las preguntas que el perfil ya responde, como la edad. Incluso con las que lograba escalar a una plataforma más cómoda para la charla, en muchos casos era imposible hacerlas avanzar. Estaban muertas desde su origen.

Sin duda, como leí en algún lado, la percepción de exagerada abundancia de la plataforma pone a la gente en una posición neurótica en la que siempre hay algo más, en la que no vale mucho la pena detenerse a conversar con un match de rutina cuando hay mil oportunidades de encontrar a un match más guapo y cool. Hay un incluso un mecanismo para intentar asegurar a esos mejores partidos, el super like, pero solo se puede usar una vez por día. ¿Cómo lidiar con la presión de emplearlo inteligentemente? ¿Qué estrategia seguir: la de usarlo para atraer la atención de gente por fuera de su liga o asegurar 100% a quien ya se ajusta a la perfección a sus posibilidades?

Quizás el sentimiento de culpa más obvio después de usar algo así sea el relacionado con exponerse de esa manera ante quien sea, ante la mejor y la peor gente que comparte nuestra geografía, de ser valorado de una manera tan superficial por un montón de personas que no tienen ni idea de quién eres en realidad, y, como si se tratara de un supermercado, que te ven como un producto en las estanterías, entre muchísimos otros, al que pueden pasar por alto o echar en el carrito.

Pero a la final estar así de expuesto no me genera tanta angustia como el hecho de sentirme desnudando el entramado social, haciendo zapping por las vidas de todas las mujeres que me rodean, pero están ocultas en sus casas y oficinas; forzándome a poner nombres y caras, así sea por unos instantes, a gente que solo debería ser una estadística o a lo mucho rostros en la multitud que hace de escenario para mi día a día. Recuerdo que llegaron a salirme los perfiles de una de las cajeras del Supermercado La 14 al que voy todos los días, las chicas de una agencia de viajes que queda en el mismo centro comercial en que trabajo. Anécdotas tan emocionantes como grotescas.

 

En últimas, tampoco hay mucha eficiencia en algo que se presta para dimensiones tan monstruosas. Es más confusión y atontamiento lo que queda. Es como si al no parar de usarlo, y en la medida en que se vuelve más y más popular, en algún momento pudiera tener la certeza de salir a la calle y que cualquier mujer que me encontrara ya me hubiera salido en Tinder. Y es que no se limita a las solteras; por razones que aún cuesta comprender, la plataforma es muy utilizada por personas en relaciones o incluso casadas.

No es que sea un delito, ni que cada mujer u hombre que pruebe la aplicación esté firmando un tácito contrato social para ofrecer su capital sexual al mejor postor. Como decía, hay mucha necesidad de reafirmación del ego, además de experimentación social y (aunque poco creíble para muchos) ganas de hacer amigos, conviviendo con la auténtica búsqueda de sexo y/o amor, que se supone el objetivo principal.

El punto es que todo esto contribuye a un desconcierto mayor, que se comprueba en muchas respuestas erráticas a la hora de explicar qué se está haciendo en la aplicación, incluyendo bastantes del tipo «realmente no sé cómo funciona esto», que es en parte mojigatería y en parte verdad: la confusión producto de nuestra compulsión en la era digital; queremos tenerlo todo a la mano, pero no sabemos qué hacer con ello.


 

*En 1988, nací en Cali, Colombia, donde ha transcurrido casi toda mi existencia. En el 2011 me gradué como comunicador social de la Universidad del Valle con una tesis sobre la comedia. Aunque lo que me da para vivir es el mercadeo/publicidad, mi ecléctica trayectoria profesional incluye periodismo musical, corrección de estilo para obras académicas, guiones para animación y DJ por dos fines de semana. Escribo para mejorar el mundo; me conformo con mejorarme a mí mismo.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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