‘La mañana del tiempo’ de Víctor Gaviria: Otro libro que terminará sus días sucio, arrugado e incompleto

En la foto el cineasta y poeta colombiano Víctor Gaviria (tomada de otraparte.org).

 

La mañana del tiempo y otros poemas. Víctor Gaviria. Caza de Libros. 2010.

 

Por: Juan Aurelio García G.

Aquellos libros, los buenos libros, los libros redondos, contra todo pronóstico, suelen tener un mal pasar, de suerte que terminan sucios, arrugados e incompletos (como escribe Dixon Moya en uno de sus poemas), a fuerza de ir de mano en mano y no sin que antes alguien tenga el buen sentido de hurtarles un manojo de páginas.

Esta, La mañana del tiempo, que desde el título es ya una declaración de intereses y de principios, y que hace días ya lo cargo en mi mochila, maltrecho y ajado de tanto doblarlo y darle vueltas, debería correr una suerte pareja a la de aquellos otros, sobre todo para que me recuerde:

A ustedes pensamientos, agradezco
Que no me hayan traicionado,
Y que se hayan escondido tan hondo
Detrás de mi cara,
Que yo haya estado, con tanta gente
En fiestas y en reuniones de trabajo,
Y ustedes hayan permanecido silenciosos,
Sin hacer huir a nadie de mí,
Y no hayan hecho ruido involuntario como
Lo hacen algunos vasos o sillas que se caen
De extraña inquietud…
A ustedes, pensamientos, agradezco
Haber esperado tanto tiempo en la última pieza honda de mi vida,
Sobre todo porque han hecho que algunos me amen
Por escucharlos sin decirles nada,
Por estar ahí como una compañía
Que tanto necesitan las cosas,
Por estar ahí en las largas noches
En que no éramos nadie, por favor, no éramos nadie
Y el viento nos barría

Imagino que este poema inaugural, con el que abre el libro, debe encerrar gran parte de la respuesta a la pregunta de cómo hizo este parcero de Medellín para hacer la clase de películas que ha hecho y debería llevar  a su audiencia multitudinaria a matizar un poco las visiones a menudo tenebrosas, excluyentes e incendiarias del cíclope mediático.

En mi sentir es éste un texto fundacional, que vale por una poética, de toda la vida y obra de Víctor, pues ¿cómo, si no, presidido por un “bendito espíritu de tolerancia” podría establecer esa comunicación dialogante que lo conecta, a través de los otros, con la patria del ser y con un universo compartido de intuiciones y presagios?

Y lo es porque antepone el silencio a cualquiera otra suerte de relación del hombre y del artista frente al mundo y frente al hecho estético o poético en sentido amplio. Tal gesto, que es el correlato de la contemplación, adquiere en textos posteriores connotaciones sutiles, no especulativas y carentes de énfasis, que remiten al zen o a cierta espiritualidad oriental.

Solo
 
No espantas
Las moscas en la mesa
Pasas con cuidado las páginas
Para no inquietarlas

Desde el primer poema, la propuesta es contundente: la defensa, desde muy diversos ángulos de la existencia, desde la óptica personal sobre los asuntos propios de un hombre raso, de la importancia y la trascendencia del mundo interior en el contexto de una modernidad sórdida que nos suele ofrecer el trágico y amargo sabor de la soledad, el desarraigo, el vacío y la enajenación:

He oído la noticia que la carretera
Hacia el pueblo de mi padre, Liborina, será
Asfaltada el próximo año:
Fue para mí como si me borraran de golpe
Todas las letras y todas las palabras
Que mi padre me dicta
A través del polvo blanco que levantan los autos al pasar,
Como si nunca más mi padre me volviera a escribir
Sus cartas del pasado,
En estas páginas que sólo yo entiendo,
En donde dan altas voces de alegría y secreto
Las clavellinas y los pastos del verano,
En donde yo duermo y muero muchos días antes
De morir…

Si a la poesía –como a la política, la religión o la filosofía–  de una forma u otra todavía les pedimos que nos funden un mundo, que nos den algún punto de referencia, así sea precario, en este libro tal mundo no es otro que una insistente recurrencia por nombrar o aludir  a todo aquello que pudiera redimirlo:

(…)
Oh Dios de los que no encuentran la llave, oh Dios
De los borrachos del Tiempo, procúrales un olvido
A aquellos que viven en la sobriedad de su confianza,
Asústalos un día o una hora, para que ellos sepan también
De las penas que emborrachan las ramas de los árboles,
Y dales a probar la niebla que ensombrece a los olvidadizos

(Cuando la pena)

Tampoco los avatares de la cotidianidad  escapan a estas intuiciones, que le permiten otras lecturas en las que, llevado como un ebrio de la mano de ellas, le permiten percibir la realidad no propiamente con los ojos de quien la sufre, sino con los que ven en ella otra dimensión de lo poético, como una revelación o una epifanía; o como si el sujeto se desalojara de su realidad a cambio de una visión que la disuelva:

Ladrón
 
Salí del teatro y vi a alguien
Adentro de mi carro,
Buscando algo con necesidad, con verdadera
Furia…Pensé que era mi hermano, o mi amigo
Que había abierto la puerta con la llave,
Pensé que era yo mismo que me había
Extraviado en la acera,
Que me había olvidado de algo, que no recordaba
Haberme partido en dos para salir del teatro
Antes de tiempo,
A buscar algo importante
Que necesitaba con furia y con amor…
Qué  bella presencia la del ladrón que nace
Del aire invisible,
Y se esfuma
Como se pierde una idea
En la sombra de la cabeza

Resulta apenas natural, entonces, ceder  a la sugestión de que con este libro el poeta, pero también el cineasta, pone de manifiesto su búsqueda, a través de diferentes momentos de su trasegar poético, de un sentido que restaure el vacío de un mundo sin dios ni religión, desde una moral existencial que trasciende las categorías del bien y del mal y que se sustrae a la tentación de la condena que se levanta desde una moral fallida y desueta.

(…)
Pero los ladrones de los barrios, que son muchachos
Que se ríen,
De pronto están pálidos y serios,
De pronto están temblorosos y excitados,
Porque ellos buscan con fervor “la plata”,
Ellos rasgan, aplastan y ahorcan,
Escarbando en los rostros y en los huesos,
Ellos sacuden y tumban a los hombres como muros,
Porque en algún nicho olvidado
Está “la plata”,
“la plata”, así en general,
La que nos hace reír otra vez…
 
(Cuando converso con los muchachos).

Debe ser por ello que, con relativa frecuencia, abandonando el uso de la primera persona, el poeta invoca y convoca –como en una fórmula ritual–, tanto para los otros como para sí, la presencia de muy diversas fuerzas que acudan en auxilio de los que se debaten en cierto nivel de despojo, orfandad, indiferencia o muerte:

(…)
Corrientes de viento,
Corrientes de río y agua,
Corrientes de cielo, corrientes de pensamiento,
Corrientes de hojas pequeñas y encontradas,
Corrientes que unís lo de afuera y lo de adentro,
Por favor, unid esta vida con la otra vida,
Para que lo que quedó comenzado y a medio hacer
Se continúe,
Como un ladrón que traspasa la ventana,
Como la hilera de hormigas
Que llega hasta el árbol.
 
(Reflexiones de velorio)

La persistencia de este gesto se convierte en un leit-motiv de connotaciones místicas. Así, por ejemplo, cuando –como un ángel caído y perdido en la tierra sin relieve de su propia letargia– clama por ser arropado, ¿por el padre?, para reaprender en la tiniebla, ¿el flagelo?, de los días irredentos, la clave que lo retorne al paraíso que ocultan (¿la unión con sus propios dioses?

Escóndanme, días necios, escóndanme
Días perdidos,
Escóndanme como a monedas viejas, como a fotos
De aniversario o de infancia.
Escóndanme para que la oscuridad me enseñe
Qué amor puede tener una llave perdida por una
Puerta cualquiera
Cúbranme con algo tan espeso como la tierra,
Cúbranme de sueño y alejamiento, escóndanme
Como al cuerpo de una desgracia, guárdenme
De este tiempo inútil que no aprovecho,
Esperen que crezca mi corazón y que las sombras
Le enseñen la fuerza y la humedad de la luz,
El paraíso indecible de estos días.

En todo el libro aparece transfigurada esta pulsión por religarse existencialmente, desde un discreto espíritu religioso y pagano, pero también infantil (que no pueril), lo que lo conduce a considerar cómo la infancia es el paradigma de ese lugar donde se concilian lo diferente y los opuestos, el mundo exterior y el universo interior; quizás la realidad y el deseo.

Yo que soy un hombre frágil de niño
Tuve años buenos
Me sentaba en el quicio de la casa y veía pasar la gente
Con una fuerza terrible veía pasar la gente
Y me enamoraba de las ventanas encendidas en los
Edificios cercanos
Había sitio para todos
Nada era mejor que otra cosa.  Esa es la infancia
Que como un hombre religioso cada uno debe
Esforzarse por traer
Como un sastre que es mago y poeta a la vez
Cada cual debe pulir ese traje que se llama paraíso.

Qué duda cabe que esta concepción de la infancia es esencial, pues le permite hallar en el mundo de lo dado, desde la sencilla percepción panteísta de las pequeñas cosas, una posibilidad de redimirse para superar el duelo:

Otra infancia
(…)
Vuelvo a salir con mi hermano
Una fiesta tranquila es todo esto
Y en este aire florece el más tímido gesto
Salimos el alma misma a pasear
Para mi hermano y yo (reímos)
Los arbustos de esta calle las palabras
Que decimos y las horas son nuestro padre
Nuestro queridísimo padre es la hierba
Y el bello muro
Olvidado, y todo eso

No sé si toda la obra poética del director de Rodrigo D no futuro esté hecha de esto. Pero algo dice de él que, desde una antología personal, se despache justo con estos poemas.  Algo habrá.  Este solo hecho tendría que ser decisivo para otorgarle un rostro –aparte del que ya se ha ido forjando con su filmografía– entre toda la vasta gallada de la poetería en Colombia.

Este paciente y laborioso blindaje contra la tentación de la amargura –lo que no deja de parecer insólito– en alguien de una generación y de una modernidad urbana donde han hecho sitio todas las canalladas y las violencias, no es un hecho menor, como tampoco lo es su fluida escritura conversacional, libre de intelectualismos; en alguien como él que algo tuvo que haber leído, en tanto editor de Acuarimántima; algo, al lado de José Manuel Arango (universo, hasta cierto punto, tributario); algo habrá conocido de todos los lastres, encerronas y astucias del lenguaje literario al uso, para hacerle el quite e ir escribiendo, como quien anota al margen, un mismo texto desde diferentes ángulos y así ir desalojándolo de voces que no sean la suya.

Decididamente, el yo autobiográfico, el de la propia respiración de sus poemas, legitima esa búsqueda, sus puntos de vista, sus obsesiones, sus asuntos.  Talvez él no comparta la sospecha, el lugar común o el prejuicio de que tenga una obra; no puede, en cambio, negar que hay numerosos puntos de convergencia entre estos textos y entre éstos y personajes o situaciones de sus películas, de un modo explícito o no y que ya eso nos informa que tiene por lo menos esbozado un mundo propio.  A la postre, acaso ni le importe, pues como dice en unos de estos poemas, que tampoco logra escapar a lo aquí dicho:

Soñamos escribir algunos libros
Pero nunca lo hicimos.
En nada se rebajan.
Hemos cantado, silbando por lo bajo
Canciones ordinarias
Que significaban otra cosa desconocida.
La verdad, hemos callado hace tiempo,
No sé las razones.
Busco entre mis cosas un libro que no he tenido,
Busco fotos que no he guardado,
Colecciono hermosos papeles que se deshacen.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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