Lienzos de maestros clasificados “X”

 

Por: Antoine Skuld

Para la tierna Polaca

Que no te de pena. Acuérdate de que todo lo que ves no era más que el reflejo de ti mismo. Ulrich.

 

 

El barrio de Saint-Pauli es para Hamburgo lo que la Red Light District es para Amsterdam. Es la zona de todos los placeres. Un supermercado en donde las niñas, pero también los niños, se venden detrás de una vitrina como las cadenas, las vestimentas de cuero, los videos pornográficos y los innumerables locales ‘sex-shops’.

Es el lugar dedicado a la consagración del primer museo de arte erótico. En el número 69 de la Bernhard-Nacht Strasse, en una antigua fábrica de salchichas, el Erotic Art Museum hace para el voyerista su zona sagrada, su lugar (o)culto de la mirada culta y viceversa.

¡Atención! Aquí está el Arte con una gran A y de eso es de lo que se trata. Maestros como Daumier Delacroix, Fragonard, Grandville, Barent Von Orley; los grandes nombres del arte moderno, Otto Dix, Louis Corinth, Jean Cocteau, Henry Miller; los artistas contemporáneos, Allen Jones, Richard Linder, Francis Picabia, Tomi Urenger. Allí deambulan sus fantasmas en una orgía pictórica de sexo y de sensualidad. Dos mil metros cuadrados de exposición, quinientas obras, telas, dibujos y esculturas (algunas se remontan al siglo XVI), pobladas de falos interminables, de senos redondos y turgentes, de nalgas diáfanas y rollizas. Un aparte de la gran colección de pintura ofrece sin pudor por primera vez al público.

De la mañana a la tarde, los visitantes en su mayoría burgueses de Hamburgo vienen a curiosear entre amigos, deambulan en este templo del “Sex Art” débilmente publicitado. La colección permanente pertenece a un industrial alemán que prefiere permanecer en el anonimato, y a Claus Becker, un hombre de negocios de 63 años, multimillonario y erotómano convencido. Fue él quien estuvo desde los orígenes de este museo y lo ha financiado en su totalidad. Un aporte aproximado de dos millones de euros que este enamorado de Saint Pauli no ha dudado en invertir para darle a su barrio el toque cultural que le faltaba.

Este es el lugar ideal para el museo, dice él. El barrio es exótico y al mismo tiempo la vida cotidiana es muy burguesa. La idea es la de mostrar al público los tesoros del erotismo que se guardan hermosamente detrás de los gruesos muros, los castillos y de los monasterios, o que servían solamente para decorar los tocadores privados. Aún hoy, en los sótanos de los más famosos museos, los cuadros duermen, condenados al purgatorio a causa de su carácter pornográfico.

En el Museo de Arte Erótico de Hamburgo se descubre que los grandes maestros a lo largo de mucho tiempo, han intentado practicar este género, a pesar de sus riesgos y peligros, se burlaban inevitablemente de la moral de su época con sus cuadros, que su audacia condenaba a la clandestinidad, ignorados por los directores de museos y de críticos de arte, y por tanto de las nalgas que nunca han cesado de pintar en todos sus ángeles, en todos sus ángulos.

A nombre de la moral, Diderot insulta públicamente a Boucher por su “Miss Murphy” y más aún, por el delicioso impudor con el cual “la prostituta del rey” (Luis XV) exhibe su trasero; del otro lado de los Pirineos, Goya inventa el striptease de la pintura y contempla sus telas (La serie de la Maja) encerrados en la colección secreta del ministro Godoy, y su protector. Delacroix tiene menos oportunidad. Cuando él desarrolla su ‘Muerte de Sardanople’, obra maestra  del erotismo y del horror, el estado le retira toda su ayuda. Por un simple dibujo, Daumier dura seis meses en prisión. Napoleón III enclaustra ‘La baignade’ que Coubert pintó con prostitutas como modelos. Gustave Doré asiste tímido y huraño a contemplar sus tablas más osadas y Manet es sancionado económicamente por obscenidad, cuando presenta ‘Le dejeneur sur l’herbe’ en el salón de exposiciones en 1862, sin haber hecho más que retomar un tema –mujer desnuda rodeada de hombres vestidos- inaugurado cuatro siglos más temprano por Cranach.

FOTO 2[1]
Erótico: Voluptuoso, libidinoso, lujurioso, obsceno, vicioso. Según la definición clásica.

De un centenar de colas pintadas o esculpidas

Más recientemente, cubistas y abstractos no escapan a la hipocresía del ambiente. Con ellos se habría podido creer que el erotismo no hubiera tenido lugar en el porvenir de la pintura. Error.

Desde hace noventa años, innumerables son los pintores que han intentado hacer todo lo contrario, como si por pintar, esculpir, tallar el cuerpo del delito –el de la mujer- conoció más cambios que en 3000 años de historia del arte: paisajes fantásticos para los surrealistas, carnicerías para Francis Bacon y Larry Rivers, muñecas inflables para Allan Jones, máquinas de besar de Richard Lindler.

Adoro la provocación, sentencia Claus Becker. Para la próxima exposición temática, el motivo será directo y sin equívoco posible. En una sala estarán reagrupados un centenar de nalgas pintadas o esculpidas. Las pequeñas, las redondas, las planas, las levantadas, las majestuosas… habrá para todos los gustos. Un museo dedicado a la gloria de los glúteos. Por ser la primera vez, no andan tan mal.

Antoine Skuld

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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