Tim Burton: El oficio de un artista independiente

 

 

Por: Juan Guillermo Ramírez

 

“Yo trato de incorporar muchas ideas a mis trabajos, sobre todo cuando están llenas de fantasía. Hay que darle al público una irrealidad real, hacerle creer que existe algo bajo la superficie aparente de lo que se cuenta, que no todo se reconozca a un nivel cultural. La estética es entonces ese envoltorio”. Tim Burton.

 

Tim Burton es uno de los directores americanos que despierta más simpatías. Este californiano de más de 40 años ha conseguido trabajar para los grandes estudios sin que, en teoría, haya hipotecado ni un ápice de su talento. A lo largo de su filmografía ha logrado combinar los proyectos más personales como Eduardo Manos de tijera o Ed Wood con grandes superproducciones como Batman o La leyenda del jinete sin cabeza. Poseedor de un estilo inconfundible y una exquisita imaginación en sus películas, ha homenajeado a héroes de su infancia y a toda una galería de personajes marginales.

Es muy probable que a estas alturas, Tim Burton, nacido en California en 1959, sea un cineasta singular, extraño e inclasificable, una auténtica rareza dentro del panorama reciente del cine americano. Singular porque es único y arrastra una personalidad propia. En cierto modo sería un auténtico autor, con un universo propio, tal y como lo entendían los críticos de Cahiers du Cinema, tiene entrañas cinematográficas y lleva el cine en la sangre, al contrario de los europeos que, al menos teóricamente lo tienen en la cabeza. Poseedor de un estilo inconfundible, acentuado por las gamas de colores estridentes que se repiten en sus películas. Extraño porque, sencillamente, es diferente a todos los cineastas de su generación, incluso a las anteriores, y porque plasma en sus películas un mundo irreal, a ratos claustrofóbico e irrespirable, producto de su exquisita imaginación. Para entendernos, extraño también sería con toda justicia el polémico David Cronenberg, autor de películas intensas, atractivas, discutibles y arrebatadores, pero que no tienen nada que ver con el universo de Tim Burton, ni en la concepción del cine, ni en el desarrollo narrativo, ni en la caracterización de los personajes. E inclasificable porque no hay manera de ubicarle convenientemente. Es verdad que procede del cine de animación, que sus películas no son el resultado de la improvisación, que se nota mucho que todo está muy meditado, muy cuidado y muy estructurado.

Ceremoniosamente fantásticas son, ciertamente, todas las películas de Tim Burton, donde uno puede elevar la imaginación al infinito y, pese a ello, seguir sorprendiéndose. Así de insólito es su mundo creativo ensamblado por las caracterizaciones extravagantes de sus protagonistas, seres misteriosos y pusilánimes, aunque ocasionalmente vigorosos y emprendedores. Toda esta riqueza peculiar está entroncada con el cine y la literatura fantástica, dentro de una concepción personalista y megalómana, capaz de logros majestuosos como Eduardo manos de tijera o Ed Wood. Sospecho que Burton se mueve mejor en las películas pequeñas, de bajo presupuesto, donde todo resulta más personal, que en las películas de gran presupuesto, las que él mismo define como “demasiado grandes”, que le impiden controlar todo, y que le incapaciten para sentirse a gusto. No quiere esto decir que Beetlejuice o Batman tengan menos que ver con su mundo. En absoluto. Su estilo es tan propio que cualquier película suya es fácilmente reconocible. Estoy hablando más bien de libertad absoluta a la hora de llevar a cabo el proyecto, de la carencia de trabas, de la concepción existencial de su discurso y d ella plasmación de un mundo sensible, estéticamente deslumbrante y éticamente honesto.

Tim Burton trabajó en la factoría Disney y rodó un corto animado de seis minutos que se tituló Vincent y que estaba narrado por Vincent Price, un actor que siempre ha fascinado a Burton, desde que le descubrió entre las películas que vio en su infancia, y que intervendrá en algunas de sus películas. Más tarde dirigió Frankenweenie, un mediometraje de 29 minutos y que era la génesis de su primer largometraje, Pee-Wee’s Big Adventure, la historia de un niño de nueve años con un físico adulto. En realidad se trataba de una película de acción en homenaje a Paul Reubens, que encarnaba el personaje de Pee-Wee Herman, una famosa estrella de la televisión estadounidense de los años 80.

Beetlejuice fue la primera película de Tim Burton estrenada comercialmente en Colombia y contaba con un reparto muy atractivo que hoy hubiera sido de auténtico lujo: Alec Baldwin, Geena Davis, Winona Ryder y Michael Keaton. Se trata de la historia disparatada de un matrimonio que muere en un absurdo accidente de tráfico y contempla, ya como fantasmas, que su casa ha sido adquirida por una extraña familia a los que tendrán que amedrentar para que huyan del hogar. Como en la mayoría de las películas de Tim Burton, el comienzo tiene una estructura de cuento, a lo que ayuda un decorado y una puesta en escena muy acertada. El paisaje verde, que se repetirá en Eduardo manos de tijera, da colorido, imprime carácter al guión e invoca un sentimiento de esperanza. La sorprendente originalidad del arranque se va haciendo progresivamente más disparatada e inverosímil. La película está llena de excesos, a lo que ayuda un muy poco contenido Michael Keaton como Beetlejuice, arrogante y repetitivo, lanzando exabruptos con un lenguaje soez. Burton abusa sin rubor de los efectos especiales, hasta el extremo de que terminan convirtiéndose en el centro de la película, en vez de estar al servicio de ella. Así, Beetlejuice, dentro de su simpatía, termina siendo extravagante y excéntrica, demasiado cansina y enloquecida, perdiendo encanto para el espectador luego de la sorpresa inicial.

En 1989 Tim Burton adaptó para la pantalla gigante Batman, sobre el cómic creado en 1939 por Bob Kane. Durante algún tiempo se especuló con que la película se podría convertir en la más taquillera de la historia del cine, pero un profundo bajón en las recaudaciones al poco tiempo del estreno eliminó esa posibilidad. Es curioso que Batman tuviera tanto éxito, porque se trata de una película de poca acción, una réplica del típico héroe americano encarnado por Superman y una película oscura. Al margen de su calidad hay un sentimiento que parece común: no gusta o gusta poco, peca de lenta y de falta de acción, es larga, demasiado larga, o al menos así lo parece. El Batman interpretado por Michael Keaton es demasiadas cosas a un tiempo: un millonario frívolo, un vengativo rencoroso y un salvaguardor de la ley y el orden. Pero también es un déspota sanguinario, capaz de soltar la mano de Joker para que se precipite al vacío al principio de la película. Este moderno llanero solitario, este guerrero del antifaz, este superdotado fascista, se toma la justicia por su mano como si fuera Dios. No juzga, condena.

La estructura de Eduardo manos de tijera, como en otras película de Tim Burton, es una estructura de cuento, sobre todo en el arranque, con un castillo medieval en lo lato de una colina, uno o varios malvados y una princesa postmoderna, sensible y encantadora. Los colores de las casas, todos los colores en general, contrastan con la imagen de Eduardo, magníficamente recreado por Johnny Deep, que es en blanco y negro, con esa mirada perdida que demanda compasión y ternura, y esa rara capacidad para ser amado por todos los que le rodean. Una excelente Dianne West, vendedora de Avon, le descubre casualmente y no puede resistirse a la tentación de adoptarle. En la práctica, supone civilizarle dentro de los cánones tradicionales, o sea, un desastre. Porque la película, a partir de ese momento, se transforma en un microcosmos de la falsa sociedad que hemos creado, llena de prejuicios e incapacitada para aceptar a cualquiera que sea diferente. Cuando la policía le detiene, luego de caer en una trampa, se enfrenta directamente con un mundo que desconoce: la hipocresía, la injusticia y el rechazo social, aunque en contrapartida gane el cariño y el afecto de Winona Ryder. Aunque contiene excesos inherentes a toda su obra, el intento de seducción de la ninfómana del pueblo o la escena en que va al banco a pedir un préstamo, Eduardo manos de tijera es una película de extraordinaria sensibilidad, la obra de un poeta iluminado, de un trasnochado romántico, un fascinante creador que se ofrece sin dubitaciones y da lo mejor de si mismo. Eduardo, en su marginación, se ve obligado a hacer el mal, pero cuando mata lo hace más como un acto supremo de amor que por defensa propia.

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Quizás es solo en los Estados Unidos, pero parece que si tienes pasión por algo, asustas a la gente. Eres considerado bizarro o excéntrico. Para mi, simplemente es que sabes quién eres.

En 1993 Tim Burton escribió y produjo El extraño mundo de Jack, un proyecto de los años 80, cuando trabajaba en la Disney, basado en un cuento infantil escrito por él. La sacudida levedad revela las poses estáticas que soportan los  movimientos más fluidos y parece en efecto, hacer parte integrante del efecto estético de ese curioso arte como lo es el del cine de animación. Ninguna técnica había expuesto sus secretos tan impúdicamente, plano a plano, como sí lo logró El extraño mundo de Jack. Verdaderamente, estas técnicas se han convertido con el paso del tiempo en armas mucho más sofisticadas, sobre todo desde que la información del control del movimiento de la fotografía permite combinar el movimiento de cámara y la animación. En El extraño mundo de Jack, comedia musical enteramente realizada con figuras esculpidas, los movimientos de cámara son simples y poco numerosos, salvo en las secuencias musicales, en donde se hace todo para que sean evidentes. Esto lo logra Ray Harryhausen, el genio de los efectos especiales de la animación lograda plano a plano: los cineastas han logrado crear un estilo fundamentado en el montaje: en particular un montaje que se ejecuta en las composiciones de una profundidad de campo exagerado, en composiciones visuales que se acercan a la tendencia expresionista alemana, a los planos que reflejan inesperados puntos de vista. Existe un texto que describe muy bien el efecto de la animación plano a plano, es una teoría de lo “siniestro”, escrita por Jentsch que Freud citaba al comienzo de sus formulaciones sobre el psicoanálisis, efecto que aparece en la vida y en la literatura: Jentsch ha tomado como un excelente ejemplo, de la sensación de lo siniestro, las dudas que se pueden tener, en el hecho que un ser aparentemente animado sea efectivamente un ser vivo; o, contrariamente, en el hecho que un objeto aparentemente inanimado, sea animado. La belleza de las figuras animadas que componen la representación  visual de El extraño mundo de Jack, una belleza que sólo se podría percibir sobre los fotogramas, está inextricablemente mezclada, salpicada con la inquietante extrañeza fealdad, porque se ubican en el umbral que separa la vida y la muerte, en esa línea mortal que dé nacimiento al umbral de la incertidumbre. Porque son seres vivos y muertos simultáneamente. Este efecto paradójico, está igualmente presente y de una manera potencial en los dibujos animados, específicamente en Pinocho, por ejemplo, en el cual los estudios Disney, hace muchos años, explotaron inmisericordemente ese inquietante fantasma que rodaba hasta los subterráneos y volvía a la superficie de su Reino Mágico de la animación. Por esto no es gratuito afirmar que una de las mejores películas de Tim Burton, Eduardo manos de tijera se asemeje a Pinocho.

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Para algunos de nosotros, Halloween es todos los días.

Marcianos al ataque. Una película en la que de sus escenas principales es una donut gigante en llamas después de un ataque alienígena o una Chica Marciana tipo Barbie que se introduce en la casa Blanca como una femme fatal al estilo de Mata-Hari sólo puede ser obra del director más atípico de los grandes estudios: Tim Burton. Como los años no pasan impunemente, lo que antes sólo era una producción de serie B destinada a rellenar los programas dobles, en los 90 se transformó en una superproducción de 70 millones de dólares con los más modernos efectos especiales, un reparto impresionante y un director original, que sabe manejarse dentro de los grandes presupuestos, como ya demostró en las dos primeras entregas de Batman. Marcianos al ataque tiene un principio clásico en el género: los extraterrestres desembarcan en la tierra y los humanos se enfrentan al asedio intergaláctico como pueden. La película empieza a mostrar sus propias señas de identidad cuando conocemos a los personajes: el presidente de los Estados Unidos (Jack Nicholson que interpreta también a un estafador inmobiliario de Las Vegas) sólo piensa en qué traje ponerse para recibir a los marcianos mientras  la primera dama (Glenn Close) no está dispuesta a que esas “cosas” entren en la Casa Blanca y la hija (Natalie Portman) asiste aburrida al desconcierto: el estamento militar (totalmente dividido) no sabe que postura tomar y oscila entre el agresivo general y el pacifista que cree que vienen en son de paz; el Secretario de prensa (Martin Short), obsesionado con el sexo, no ayuda mucho, claro que peor es la actitud del más importante “marcianólogo”; en Las Vegas nos encontramos a un estafador inmobiliario, su esposa (Annette Bening), una mujer que ha superado su alcoholismo a través de la new age, un jugador empedernido (Danny de Vito) y el cantante Tom Jones; el adorno de este pastel lo dan los intrépidos periodistas en busca de una exclusiva y los inocentes pobladores de un pueblo del Medio Oeste.  Tim Burton, amante de cualquier producto cultural con visos de underground, puso en marcha Marcianos al ataque al redescubrir una colección de láminas del mismo nombre que tuvo una vida maldita. En 1962 la Topps Company lanzó unas láminas que mostraban una invasión de la tierra en la que no escaseaban las imágenes violentas, por lo que la censura se puso en marcha y fueron retiradas de la circulación a los pocos meses. A partir de los originales surgió el argumento de Marcianos al ataque. La idea clave era que los personajes experimentaran sus propios dramas privados al mismo tiempo que el mundo está experimentando un drama muy público. Hemos visto en la gran pantalla marcianos de todas las estaturas y colores pero, según Tim Burton, el rasgo que diferencia a las criaturas de Marcianos al ataque del resto de sus antecesores, “es que son como niños anárquicos a los que no puedes comprender. Son como adolescentes malos e hiperactivos”. El espíritu iconoclasta de Tim Burton se dispara en todas direcciones para no dejar títere con cabeza en esta farsa irreverente que concilia con sardónica ironía el look ingenuo de las añejas producciones de bajo presupuesto de los años cincuenta, platillos volantes de cartón piedra y grotescos marcianos cabezones de ojos saltones, con las inagotables posibilidades que ofrece la tecnología de los efectos especiales de los noventa. La mezcla de ingenuidad y sofisticación resulta demoledora respecto a las convenciones y tradiciones del género y sobre todo a las cada vez más arraigadas señas de identidad de lo políticamente correcto. Nada ni nadie se salva de la capacidad destructiva de Tim Burton en esta grandiosa fiesta de fuegos artificiales. Los monumentos, las instituciones, los usos y costumbres del modo de vida norteamericano, el ejército, la ciencia, la televisión, el Capitolio, la Casa Blanca, Las Vegas, los marcianos de buenos sentimientos, todo salta por los aires en este delirante enfrentamiento de la humanidad con un ejército de extraterrestres que resulta ser una simple banda de sádicos enloquecidos. Unos y otros se igualan gozosamente bajo la mirada de Burton, especialmente cuando utiliza la feliz ocurrencia de un contraataque encabezado por dos niños entrenados hasta la alienación en el arte de manejar videojuegos depredadores. El relato transcurre en tres escenarios distintos, que van de la alta política a los primarios habitantes de la América profunda, pero la homogeneidad viene dada por el tono inspirado de su caudalosa sucesión de gags más que por una verdadera estructura narrativa. En ese sentido resulta todo un síntoma el hecho de que la mayor parte de sus intérpretes, se vean eliminados aparatosamente a las pocas secuencias de hacer su aparición, contraviniendo unas cuantas de las leyes no escritas pero sacrosantas del sistema de estrellas de Hollywood. Como muestra de la capacidad de la cinta, los supervivientes, artífices de la disparatada vuelta de las aguas a su cauce, son un ex boxeador negro, una alcohólica, un cantante como Tom Jones, una anciana demente e incondicional de las melodías melosas, su nieto que no tiene novia, la hija del presidente y los dos niños especializados en matar por la pantalla chica.

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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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