Tres cuentos cortos de Juan de Dios Diosa

Ilustración de Joan Linder

Por: Juan de Dios Diosa*

Dos

Con qué fue que me quedé para el itinerario doméstico, me pregunto, para retener un poco la secuencia de actos que seguro me van a hacer rendir la mañana. Mientras tanto, sin saber qué sigue, lavo los trastos y planeo el almuerzo. En la nevera, en el congelador, hay pulpa de maracuyá: la saco, está congelada, pues claro, lleva treinta días ahí metida. No le he dado una buena rotación a las pulpas, hace como veinte solo tomamos jugo de lulo, luego, como cinco días después, tomamos jugo de guayaba agria, y ahora, congelada, la de maracuyá. Me quedan en éste chiquero de lavaplatos unos dos o tres platos por lavar, enjabonados. Entre ellos está la chocolatera que ha recibido el agua limpia y luego la sucia de los platos y ollas lavadas.  Todo está vuelto patas arriba. Tengo basura de quince días y ya tiene gusanos, de esos blanquitos. Se salen de la caneca, resaltan y contrastan su textura y movimiento con el gris de la caneca. Se pregunta uno de dónde salen, ¡tan rápido!, gusanitos blancos que pudren: lo natural se pudre rápidamente, pienso. Le pongo el chorro de la llave a la pulpa, que la ablande, para licuarla. El lavaplatos se llena de agua porque hay dos pedazos de queso que tapan el desagüe. Va llegando la hora del almuerzo, debo servir  para algo. Mientras pienso en esto y hago aquello, se me junta todo. Voy a hacer espaguetis con atún, voy a lavar los trastos y voy a limpiar la caneca de la basura: poner a hervir una olladita de agua,  alistar una bolsa grande, quitar los dos pedazos de queso, con un poquito de aceite, quitar la tapa de la caneca, vaciar el agua de la chocolatera, destapar el sobre de los espaguetis, cerrar la llave, llevar la caneca al lavadero, quitar los gusanos, como unas diez tiritas, poquitos, porque solo son para Isa y para mí. Uno sí que debe tener gusanos por dentro, que lo pudren, pienso. El agua hirvió y pongo los espaguetis. El chorro del agua cae en mis manos que tienen la pulpa helada, está lista.

 

Uno

«Me importa un culo», me gritó y me dejó botado con los tenis vueltos pantano. Además de la pecueca que tenían, empantanados, ¡no, qué joda! Si hubiese ido a pie hubiese sido otra cosa. Pero no, como iba en carro no lo alcanzaba era nadie. Por eso me gritó lo que me gritó, por nada más.«Cobarde, cobarde», lo maldije también, para mis adentros.«Maldito, maldito». Hijueputa cabrón, ¡que lo tuviera al lado!, ¡me hago desgüevar! Hoy, recuerdo el episodio con una mezcla de ternura y rabia porque estoy viendo secar los tenis. Están en el lavadero, en punta, contra la pared, el sol de la tarde les llega por la lengua, se ven térreos, quietos, como si se miraran conmigo, como si yo fuera su espejo.

 

Dos

O empiezo de afuera o lo hago desde adentro, pienso, como es costumbre, en los balbuceos que, de repetidos, son insoportables. Puede ser de adentro para afuera. Regulando: primero me aseguro que la uña del dedo gordo apriete el pelo entre la yema del dedo índice, lo tengo, tiro, ¡de una!, si estoy de buenas el pelo sale, sino, arde la nariz de gratis. Puedo utilizar un depilador, frente al espejo, llenar sacos con células. Quién diera crédito por estas células que se trasforman, por estos ardores que crecen como rastrojo, que se dosifican por el cuerpo. Quién aliñara los pelos de la nariz, les diera un tinte, un desvanecido, un decolorado, quién les quitara ese negro que tienen de la cabeza a la punta, constante, imposible a la vista. El pelo de la nariz tiene cabeza. ¡Ay!, mi madre, estoy viejo, y, con este lamento muestro mi laya: no viajo viejo ni joven, estoy quieto. Como dice un caramelo,«cuando cierro los ojos veo muerte y destrucción», por eso me vendo, dulce, me deshago en la boca y no le sostengo nada a nadie. Como el ciclamor que no sostuvo a Judas…, lo mejor que he dicho hasta ahora de mí, en las incesantes notas o balbuceos, es eso: afirmar que soy rama de ciclamor. Ella representa unívocamente el cariz sagrado que ya comenté, me da coba para continuar, para sentir el veneno que tiene la raíz de la cual provengo, el «veneno que tengo entre las piernas»: soy una rama que se quiebra para desosar al hombre re-ventado.


 

*Nací en Pereira el 8 de enero de 1983. Tengo una hija de 12 años, estoy casado desde los 20. Soy, de modo esencial, chofer en Pereira (eso es ser como un peatón, pero apresurado e iracundo).

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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