La promesa

(Foto del Kauwa-auwa de la tribu Achilpa.)

Por: Mariana Piñeros

If I get to heaven, I’ll look for grandma’s hands

Bill Withers

 

Hace dos semanas todo estaba bien, lo juro. O bueno, estaba “estable” —como mi mamá había preferido empezar a decir. Unos meses antes nos habían dado la noticia y era claro que algo andaba mal, pero además de los canales, nada parecía pasar. Todos los días eran iguales: vacíos. Y más desde que habían empezado las vacaciones.

—¡¿Dónde estabas?!

—…

—¡¿Dónde estabas, Sara?!

—…

—¿Estás bien?

—…

No, no estoy bien. Ya casi tengo que volver al colegio y no quiero. No tengo nada de lo que necesito. Todos los años tenía las cosas listas como un mes antes de entrar y este no tengo nada. No he comprado los cuadernos ni he mandado a hacer el uniforme. ¿Quién me va a llevar por eso?

Ah. Debería preguntarle… Pero no, luego dice que solo le hablo para pedirle cosas y qué pereza. Además si no digo nada de pronto ni se acuerde de que tengo que ir al colegio y me pueda quedar en la casa. Y no me puede regañar por no acordarme. Muy descarada si me regaña. Si lo hace, seguro la abuelita le jala las patas.

—¡Háblame, hija!

—…

—¡¿Estás ahí, Sara?!

—…

Obviamente estoy aquí. Ella sabe que estoy aquí: sino no me estaría gritando. Pero debe ser que ya parezco un fantasma de lo pálida que estoy o ella está aceptando, por fin, que se está volviendo loca.

—¡¡Dime algo!!

—…

Qué pereza. Lo único que tengo para decirle es que no quiero ir al colegio y donde le diga eso seguro me grita más duro. Ya me la imagino: “¡Otra vez haciéndose la víc-ti-maa! ¡Si la viera mi mamá qué dirí-ia!”. Uy, no. Prefiero escuchar toda la noche preguntas y no ese sonsonetico.

—Mira, Sara, yo sé que todo esto ha sido muy difícil para ti, pero también lo ha sido para todos. También para mí. Y ahora, además, tengo que lidiar con una hija muda. ¡Háblame!

—…

“¡Habla, Sara!”, “¡Reacciona, Sara!”, “¡¿Acaso se te comieron la lengua los ratones, Sara?!”, bla, bla, bla. En esta casa parece que fuera pecado quedarse callado. Si estuviera en la casa de la abuela nadie me molestaría. Excepto, de pronto, para ofrecerme un pandebono. Y a nadie en el mundo le molesta eso.

—¿Por qué me deja como una loca hablando sola?

—…

—¡Señorita!

— …

—¡Se-ño-ri-ta!

—…

¿Por qué cree que va a conseguir algo regañándome? Debería irse a dormir. A trabajar, a hablar por teléfono, a pelear con mi papá, yo qué sé. En todo caso, a hacer algo que sí le guste.

—Vea, ¡sepa que vamos a hablar cuando termine de comer! No se va a parar de esta mesa hasta que hablemos.

—…

Claro, nosotras siempre vamos a hablar. Estamos en esas desde que tengo como un añ…

—Se lo juro.

—…

¿Ah?, ¿me lo jura? Sí, cómo no. En esta casa no hay nadie que cumpla sus promesas.

—No me voltee los ojos.

—…

Definitivamente todo el mundo debería ser como los de esa tribu Achilpa del documental que pasaron el jueves. En la que cada promesa se convierte automáticamente en un Kauwa-auwa: y si el que la hizo ve que no la va a poder cumplir, lo tiene que mover indicando la dirección en la que va a proceder, para que no haya lío; porque si incumple el pacto, así sin más, se tiene que romper el palo-auwa y toca que se dejen morir todos, porque lo que se rompió fue el eje del mundo.

—…

—…

Yo no confío en ella. No después de todas las veces que me quedó mal. Los papás creen que lo que ellos le hacen a los niños chiquitos no importa, porque se les olvida. Pero no, uno no olvida. Yo todavía recuerdo todas las veces que prometieron recogerme puntuales y me tocó esperarlos en la puerta con la abuela. Y nos quedamos ahí —bien quieticas porque de pronto llegaban— hasta que era la hora de alguna comida y me daba hambre y nos entrábamos…

De repente nuestra conversación debería empezar con algo así como “En mi mundo Achilpa, mi papá y tú ya se deberían haber muerto”. Sí, eso definitivamente rompería el hielo.

—Deje de mirarme y coma más bien.

—…

¡Deje de jurarme cosas y cumpla más bien!

Esa estuvo cerca, tengo que tener cuidado. Claro que donde ella supiera las cosas que le digo en mi cabeza, se alegraría de tener una hija muda y me dejaría en paz. Me dejaría tan en paz que no tendría que volver al colegio.

—…

—…

Ay, maldito colegio… ¿Cómo voy a hacer? No quiero hacer tareas…

—¿Estás llorando, Sari?

—…

—Amor, ¿esas son lágrimas?

—…

—¡Amor! Habla conmigo…

—…

Ojalá pudiera hablar con ella. Yo sé que me quiere. Pero no puedo, rompí mi promesa. ¿Y uno qué dice cuando sabe que se tiene que morir?

—Ay, linda, no llores.

—…

—Habla conmigo. Dime qué te pasa.

—…

—¿Dónde estabas?, ¿qué te hicieron?

—…

—…

—Estaba en el parque. (Hablé. Qué horror. Y qué mala primera frase.)

—¡Ay!, ¡Sari! Dios. ¿Y qué hacías en el parque? ¿Por qué no me contestabas el celular?

—…

—…

—…

—Mira, hermosa, tú nunca has hablado conmigo. Cuando estaba mi mamá era más fácil: tú hablabas con ella y ella me decía las cosas a mí. Ahora ella no está, pero tiene que haber alguna forma para que yo pueda saber qué es lo que sientes. O al menos saber si te puedo ayudar en algo.

—…

—…

—Me quiero morir.

—¡Amor! No digas eso.

—…

—No me mires así. Perdóname. Yo solo me preocupo. ¿Pero por qué dices eso?

—…

—…

—Porque me fui…

—¿Al parque?

—¡No!

—¿Y entonces?

—De su lado.

—¿Del de quién?

—¿De quién más? Del de la abuela. (¿Por qué no entenderá con menos palabras?)

—¿Cuándo?

—¿Cuándo más? La única vez que tenía que estar a su lado.

—Pero tú estabas ahí cuando se murió…

—¿Y eso qué? Ya me había ido antes.

—¿Al parque?

—¡¡No!! Que de su lado.

—Calma, linda.

—…

—¿Te traigo pañuelitos? Vas a dañar las mangas de ese saco.

—…

—Ya. Discúlpame. Te amo.

—(Y yo a ti.)

Pero ella nunca va a entender. Para ella las promesas no son tan importantes. Seguramente nunca ha hecho una promesa importante. Y por eso nunca las cumple. Para ella no va a ser tan grave si le cuento que me fui a hacer una llamada, mientras la abuelita agonizaba, cuando antes había jurado no irme de su lado.

—¡Sari!

—…

Y preciso del de ella, que era la única que nunca había roto una promesa…

—¡¡Sara!!

—…

Solo tenía una tarea. Y una oportunidad. Y, como siempre, la embar…

—¡¡¡Sara!!!

—¡No quiero ir al colegio!

—¿Por qué?

—…

Porque no tengo nada. No estoy lista. ¿Quién me va a llevar a que me hagan los uniformes?

—Sara, es tu única obligación…

—Pero no quiero.

—Tienes que ir. ¿Qué pensaría tu abuela?

—…

La abuela pensaría que está bien que no vaya. Me mandaría una nota en la agenda, que diría “Esta niña no cumple ni años. Perdón, señor profesor”.

 

—¡Sara!, ¿estás llorando otra vez? ¿Es por el colegio?

—…

—Hay tantos niños que quisieran ir a estud…

—¡No es eso!

—¿Entonces qué es?

—…

—¡¿Qué fue?!

—…

No importa quién me lleve. No va a ser lo mismo. La abuela solo me llevaba a las modistas que no me hacían sentir gorda. Compraba la tela. Les decía que me hicieran el bolsillo grande al lado, para que no se me perdiera la plata. Y los del año pasado ya me quedan chiquitos…

—…

—¿Cómo retrocedo el tiempo?

—¡Amor! Tú siempre la acompañaste…

—No.

—Sí.

—Pero no fue suficiente.

—Pero ella te adoraba.

—…

Pero yo me odio.

—¡Sari!

—…

—Ella sabía que tú la adorabas.

—No, ella no lo sabía.

—Sí, Sara. Esas cosas uno las sabe. Tú sabes que yo te amo, ¿cierto?

—…

Pero ella se merecía todo y yo…

—Mira, yo también la extraño, pero sigo trabajando. Ve al colegio. Es bueno tener la cabeza despejada.

—…

—¿Sí?

—Sí…

—¿Vas a ir? ¿Segura? ¿Me lo prometes?

—Sí.

—A mí me ha servido. Ya no pienso tanto en esos últimos días, tan difíciles. Ella descansó, linda. Era lo que tenía que pasar.

—…

Esta conversación no tiene caso. Ojalá nunca hubiera empezado. Odio estar acá. Odio esta casa, que nunca ha sido mi casa…

—…

—…

—¿Ya te sientes mejor?

—Sí.

—¿Sí ves lo fácil que es hablar?

—Sí.

—Te amo, mi niña. No te vuelvas a desaparecer sin decirme. Y recuerda que mamá siempre va a estar para ti.

—Dale…

Ella nunca va a poder entender. Los que hablan mucho no comprenden el silencio. Creen que dice cosas.

—…

—…

Los profesores también hablan mucho.

No quiero ir al colegio…

—…

—…

Quiero retroceder el tiempo.

 

Mariana Piñeros

Empecé seis carreras. No gané ninguna.

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