El palimpsesto del nombre

 

Por John Irving*

 

Los escritores tienen que describir lo terrible. Y una manera de describirlo, por supuesto, es hacerlo de manera cómica.

 

El libro más libresco de Umberto Eco adaptado al cine por el director francés Jean-Jacques Annaud (El nombre de la rosa, 1986). Un palimpsesto digno del manuscrito original, con Sean Connery en el papel del monje-detective.

“El nombre de la rosa” era un libro que se prestaba, a priori, a una mala adaptación cinematográfica, intrínsecamente literaria, de una moral y de una tonalidad austeras, cargada de dardos de humor que no podían regocijar más que a un semiólogo disimulado de un hombre medieval distinguido. Por lo tanto, el equipo de la película, un completo instrumentario de nombres europeos sale bien librado con una película honorable, con ciertos momentos de emoción, transformado un texto resueltamente textual, abstruso, oscuro y resistente en algo completamente diferente, en una sucesión de imágenes filmadas, capaces de satisfacer los gustos del cinéfilo medio. La película, como la novela, no sólo tienen la osadía de exigir de nosotros una aprehensión “intelectual” de la Edad Media, vista como una palestra en donde se confrontan ideas, sino que más bien es como el lugar propicio, desordenado, libertino, maltratado, estropeado y mancillado de torneos, de cruzadas, de estandartes, de banderas al viento y de armaduras rutilantes de batallas épicas que, ensombreciendo el cielo de nubes de flechas y de bellos encantos en largos vestidos tornasolados, atizan el ardor de los combatientes en vías de rugir bajo el yelmo, la cebada.

La versión cinematográfica de El nombre de la rosa, pone en parte la presencia recurrente de una mancha de sangre, obstinadamente monocromática, acantonada en los grises y los castaños. La distribución, con la excepción de una única joven persona de sexo femenino, silenciosa y tiznada, es rigurosamente masculina y la mayor parte de estos hombres son feos. El decorado es una obra maestra de desolación: una abadía perdida en las montañas glaciales del norte de Italia; el plano del comienzo y el plano final afirman en panorámica un aspecto de la Edad Media que estamos tentados a olvidar y a conocer el vacío relativo de esta Europa, continente de islas pobladas que se unen gracias a caminos estrechos y peligrosos. Por consiguiente, desolación externa como interna –los muros de piedra y los patios en declive, parecen fríos  y, aunque los comediantes hablen, el aliento es blanco. Solo el errante Franciscano, Guillermo de Baskerville y Adso, el novicio que lo acompaña, escapan de lo grotesco; en sus antiguos vestidos se enfrentan a los ojos escrutadores de los residentes que contemplan un infierno glacial que se quiere conducir al cielo. Es una austeridad este punto lúgubre, sardónico, eleva la película al dominio de la especulación intelectual.

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La inteligencia y los métodos racionales de Guillermo deben enfrentarse a las supersticiones, a la ignorancia, al fanatismo y a la decadencia de monjes, inquisidores y prelados. Se crea un ambiente de novela policíaca que supera a las de Sherlock Holmes.

Una de las agradables sorpresas de esta película es la actuación de Sean Connery, el 007 fanfarrón de los James Bond, en el difícil papel principal donde le da cuerpo a la necesaria dignidad y a la lealtad de nuestro héroe detective, expresando la existencia de un perturbado, de un vicioso hombre racional que pertenece al siglo XIV, dominado por la superstición aspillera y los secretos reservados entre la Iglesia y el Estado. La exposición fascinante y algunas veces fatigante, de los debates teológicos del final del medioevo, elaborada por Umberto Eco –las herejías salvajes, la naciente revuelta contra la Iglesia totalitaria, la situación precaria del movimiento franciscano mismo- ha sido necesariamente enunciada sin ser tratada a fondo. El estremecimiento de un mundo podrido en vísperas de un gran desorden, es sensible. Las costumbres extravagantes de los emisarios del Papa, hacen irrupción sobre la triste escena monástica relevante de la fuerza visual semejándose a Brecht. No deseo juzgar el film punto por punto, preferiría evaluarlo como versión –Palimpsesto dice el título- de un libro muy libresco.

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Es una película de laberintos, es un laberinto la abadía, con su compleja estructura ideológica, económica y espacial, rica en imágenes, ritos, cantos, prohibiciones, reglamentos y oficios.

El texto de Umberto Eco está cargado de ironía y la película no tiene un lugar aceptable en ella. Aquello que en la novela tiende a la parodia sofisticada –dos monjes viajeros, como Sherlock Holmes y Watson. El abate solitario y asilado, réplica de la ‘casa de campo’ clausurada por los enigmas clásicos policíacos– en la pantalla es relativamente convencional. Estos ‘clichés’ nosotros los amamos y no es la primera vez. La intriga es sensiblemente más clara que en la novela aunque menos ahogada en lo expuesto y en los discursos con sabor latino, y la ironía central del libro –una sucesión de asesinatos que no tienen ninguna relación entre ellos pero que se esclarecen a modo de ejemplo en el Universo carente de Dios, son el producto de una acumulación de azares– se pierde en las acrobacias visuales -un pavor sucesivo- encantadoras para los cinéfilos que somos nosotros. La película no le cede en lógica sino a los mejores directores del género de suspenso y no nos molesta sus faltas de coherencia que tienen que ver con el milagro que le permite a Guillermo escapar de la biblioteca en llamas; sin duda alguna utilizó la escalera secreta cuidadosamente inscrita en el repertorio de la novela, pero apenas evocada en la película, cuyos escenógrafos han sido sin duda estimado que sea un pasaje secreto –el que conduce al altar de la capilla, con los ojos de un cráneo esculpido a modo de candado–lo suficientemente bien creíble. En lugar de esquemas detallados y de brillantes deducciones, se nos ofrece el brillante talento de los decoradores que han construido el laberinto de la biblioteca –sus enormes volúmenes reunidos en toldos descoloridos, sus grandes rincones enmohecidos, su enredada y tortuosa distribución de escaleras. El decorado es soberbio, pero su incendio es poco formal. La emoción del erudito Umberto Eco, testimonio de la pérdida masiva y dolorosa de numerosos textos históricos, no podía ser fragmentada por los realizadores de la película cuando el despilfarro de ‘tomas’, de scripts abandonados o implacablemente reunidos, de tiempo, de dinero, está en el cine de una manera indisociable a toda creación artística. Una película es por definición una llama que vacila, una combustión visible. Quien no está exento de tener algunos riesgos: en un libro cuyo presupuesto es descuidado, es la voluntad del autor lo que prima, en una película los deseos del público modelan el producto. Aquello que nosotros deseamos ver llegar, llega. En tanto que cinéfilos, sabemos que la abadía debe arder porque ella está desesperadamente pervertida y sus confusiones no pueden conocer una solución más satisfactoria que su propia destrucción. La lógica ética y primitiva de la película exige por otra parte, que Bernard Gui sea capaz de soportar una muerte sangrienta. El torturador cae desde lo alto y su cuerpo es traspasado por los dientes de una horquilla. El libro, por el contrario, se contenta con dejar a Bernard Gui sumergido en las moradas del olvido, de la historia que rebosa en exceso de perversos, para que ninguno merezca ser distinguido por el castigo.

La lógica cinematográfica impuesta también a la pequeña campesina sin nombre que se ofrece de manera espontánea y muda (aunque hable un dialecto muy lejano del latín) al joven Adso, sea perdonada a la hoguera, a la cual Umberto Eco, con una crueldad históricamente exacta, la condena irrevocablemente a la sombra de la duda. Pero en la ética estrecha, funda sobre la satisfacción de los gustos del público que gobierna las mitificaciones operadas por el arte cinematográfico, esta joven muchacha debe ser salvada y glorificada, no solamente porque ha amado a Adso. Somos nosotros quienes la amamos: ¿cómo, después de haber admirado, en la única escena sexual de la película, el encanto de sus senos y de sus nalgas, podríamos verla arder, soportar la idea que ella puede ser quemada? Igualmente, la ferocidad de las películas de Ingmar Bergman, donde animales y pescados, son muertos, matados ante el ojo de la cámara, capituló frente a la absoluta inviolabilidad de la desnudez femenina y en el Séptimo sello, la bruja condenada es finalmente salvada. Por otra parte, Adso ruega e implora a la Madona de que perdone a la joven y en el universo cinematográfico, no solamente la vitalidad sexual no conoce nunca el error, sino que las súplicas son siempre acogidas favorablemente. Espectadores del Nombre de la rosa, nosotros tenemos, sentimos pena al tragar lágrimas de gratitud y de histeria religiosa en el espectáculo, en la función de la hoguera abandonada por la heroína que acaba de ser salvada. Tímidamente, la película une esta salvación con una revuelta campesina en favor de los jóvenes y de las hermosas hechiceras de la fecundidad.

Después del tacto, la vista es el sentido erótico por excelencia. No es posible en un film mantener al sexo en una marginalidad menor. Desde entonces, él interviene tanto como puede, invade la pantalla y gobierna necesariamente la intriga. Un incidente erótico menor (y escrito con una pedantería preciosa) en la novela, ocupa irresistiblemente un lugar central en la película, tanto que Adso, al término del rechazado proyecto y la muchacha tan viva para el celibato monacal, son actitudes que permanecen en la lógica de la película, aunque él enferma piadosamente: nunca se alejará la heroína de su memoria. Uno de los más sorprendentes esguinces en el libro operado por el equipo cinematográfico es el hacer de su silencio analfabeta el origen del título: ella es la rosa que no tuvo nombre. Y puede ser romántica pero, cuán real es en suspenso esta herejía (según Denis de Rougemont) que consiste en garantizar la eternidad mediante el reniego. No es una lectura ilegítima la manera como la novela extrae su título de esta frase latina: Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemos: La rosa permanece virginal por su nombre; nosotros tenemos su nombre (la idea que nosotros tenemos de ella) por desnuda, descubierta y pura.


(*) De nombre auténtico John Wallace Blunt, nació el 2 de marzo de 1942 en New Hampshire (Estados Unidos). Cursó estudios universitarios de literatura. Comenzó a escribir novelas desde finales de los 60’s, con “Libertad Para Los Osos” (1968). Su obra, con un singular catálogo de personajes y una aguda observación social que tanto depara elementos de farsa como de absurdo o drama, alcanzó su mayor apogeo con “El Mundo Según Garp (1978), novela llevada al cine con Robin Williams y dirección de George Roy Hill. Después publicó “El Hotel New Hampshire (1981), “Príncipes De Maine, Reyes De Nueva Inglaterra” (1985), novela llevada al cine con Tobey MaGuire y Charlize Theron, “Una Oración Por Owen (1988), “Un Hijo Del Circo (1994), “Una Mujer Difícil (1998) y “La Cuarta Mano (2001). En “Hasta Que Te encuentre” (2005), narraba la búsqueda de su padre por parte de un famoso actor. Al margen de los textos de ficción, John Irving, aficionado a la lucha libre, ha escrito libros corte autobiográfico, como “La Novia Imaginaria (1996) y “Mis Líos Con El Cine” (1999). En “Personas Como Yo” (2012) un adolescente se encontraba en búsqueda de identidad sexual al ser atraído tanto por hombres como por mujeres. Adaptaciones Literarias: EL MUNDO SEGÚN GARP (The world according to Garp) (1982) de George Roy Hill. Adaptación de la novela más popular de John Irving, centrada en el personaje de T. S. Garp, hijo de una dominante enfermera soltera. Con Robin Williams, Mary Beth Hurt, Glenn Close y John Lithgow. EL HOTEL NEW HAMPSHIRE (The Hotel New Hampshire) (1984) de Tony Richardson. Rob Lowe, Jodie Foster, Paul McCrane y Beau Bridges protagonizan esta comedia dramática que narra las andanzas de una excéntrica familia que desea fijar su residencia en un hotel. EL INOLVIDABLE SIMON BIRCH (Simon Birch) (1998) de Mark Steven Johnson. Ian Michael Smith, Joseph Mazzello, Ashley Judd y Oliver Platt encabezan el reparto de esta película basada en el libro “A prayer for Owen meany”. Simon Birch, residente en una pequeña localidad de Nueva Inglaterra, es un joven que cree que ha sido escogido por Dios para convertirse en héroe. LAS NORMAS DE LA CASA DE LA SIDRA (The cider house rules) (1999) de Lasse Hallström. John Irving ganó el Oscar al mejor guión adaptado por esta a película (que adaptaba su novela “Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra), con el protagonismo de un huérfano que descubrirá el amor y la vida tras salir del orfanato en el que siempre ha vivido. Protagonizan Charlize Theron, Tobey Maguire, Delroy Lindo, Paul Rudd. UNA MUJER DIFÍCIL (The door in the floor) (2004) de Todd Williams. Historia de crisis marital con el protagonismo de Jeff Bridges, Kim Basinger, Elle Fanning y Jon Foster. Adaptaba el título original de Irving “A widow for one year”.

Versión de Juan Guillermo Ramírez. Tomado de Magazine Litteraire No. 237.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

Un comentario sobre “El palimpsesto del nombre

  1. Muy bueno eso de la llama vacilante. De acuerdo con tu perspective del libro y de la pelicula, aunque a mi me parece que Eco cuando escribió el libro estaba pensando de una manera cinematógrafa. Leì mucho de Eco hace unas décadas y nunca tenía claro si era buena literatura o una clase de entretenimiento intelectual. Por eso me parece que se traduce a la pantalla muy bien. Me gustaría ver una versión de Foucault’s Pendulum que tambien es una mezcla de géneros. Bueno, bien escrito. Un blog para hacerme pensar.

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