Desprecio por la vida y un casco

 Por: Jhon Agudelo García*

 

No soy hábil para la mecánica de bicicletas. La prueba es que el otro día tardé casi seis horas cambiando un manubrio y desmontando una canasta. Casi una hora cavilando posibles formas de actuar y otras cinco probando con una y otra herramienta hasta convertir el artículo playero que me legó mi abuelo (a través de mi hermano, anterior propietario, ahora parte de la masa de motociclistas) en un vehículo urbano.

Estoy, sin embargo, empapado de varios datos que se refieren al aparato. Sé por ejemplo que Cioran (el filósofo que le huía a los aviones) lo usó para llegar de Francia a España, Italia e Inglaterra. Deduzco, entonces, que varios de sus aforismos fueron pensados mientras pedaleaba. Relaciono su capacidad para la brevedad con el recorrido de la cadena alrededor del plato. Infiero que algunas gotas de ese bello pesimismo se derramaron como sudor por su frente al maniobrar entre calles ahuecadas y vehículos atravesados. Imagino a aquel rumano de frases contundentes liberándose de sus tormentos mentales con el antídoto del esfuerzo físico. Pues sabe usted, compañero ciclista, que ni el más rotundo de los fracasos duele tanto como ascender una cuesta considerablemente inclinada durante kilómetros y kilómetros. Sabe usted que ningún despecho es tan intenso como escalar el Alto de Minas un día soleado.

Pero como todo dolor, acarrea una sustancial recompensa. En mi más habitual recorrido, que es de mi casa a la universidad y viceversa, asciendo, de regreso, una larga pendiente plagada de repentinos desniveles y conductores imprudentes. Todas las tardes, a veces noches, estoy abajo, como Sísifo, con mi antigua bicicleta de hierro, viendo la cima: una línea de asfalto tras la cual desaparecen los carros. Pero no es solo un asunto de perspectiva. El asunto es también de persistencia. Pedaleo y pedaleo, balanceándome hacia los lados, cuando mis piernas aflojan, cuando el cuerpo implora un alto y la mente exige continuar. Pedaleo sin claudicar. Con la convicción de que mis pies no tocarán el piso. Consciente de lo absurdo del episodio, de que mi único rival soy yo y a nadie más le importa. De que se trata de otro efímero triunfo o derrota personal. Pedaleo hasta llegar a la cúspide y probar el sabor de lo obtenido con mérito: un largo descenso en el que apenas debo mantener el equilibrio. El viento dándole forma a mi silueta.

Rodando también me he cuestionado temas como la responsabilidad y los derechos. Pues es normal que el ciclista urbano, en un país sin tradición en tal sentido, se sienta exento de lo primero y despojado de los segundos. Es natural meterse en contravía sin ningún remordimiento y sentirse un estorbo cuando atrás un carro se impacienta. Hace poco, una amiga con la que iría a cine me dijo a última hora que no podía porque había olvidado hacer un reportaje en el zoológico para la clase del día siguiente. Quizá para sentirse menos apenada, me dijo que podía acompañarla. Le dije que listo, pero que fuéramos en cicla. Me preguntó –novata en largos recorridos urbanos- si no era muy peligroso sortear vehículos y señalizaciones ambiguas. Fui totalmente honesto. Le dije que para andar en cicla por la autopista tocaba tener desprecio por la vida y un casco.

Por ahí he leído que el ciclista urbano suele ser más feliz. Que llega transpirado pero sonriente a su trabajo, estudio, a ver a su novia, a su novio. Esto me tiene sin cuidado. La felicidad, como dijo Pessoa, está por fuera de la felicidad. Mientras pedaleo solo me ocupo de lo que me va planteando el camino. Y es esto tal vez lo que me inserta en un estado de plenitud. Vivo el instante. No me importa qué hice ni qué haré. A quién decepcioné o a quién decepcionaré. Saco la mano si voy a girar y agradezco a quien haya que agradecer. La vida simple. Pedaleo porque me satisface andar en mi Monark de 1959 y no porque tenga un destino. De hecho llegar es de las peores sensaciones. Sentir que las rutas de nuevo son cicatrices.

Febrero, 2016


 

 

*Jhon Agudelo García: Medellín, 1988. Publicó un libro de cuentos: No es tiempo de crecer. Desertor de Contaduría Pública.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

Un comentario sobre “Desprecio por la vida y un casco

  1. Pedalear,: una de las felicidades más efímeras y más grandes. Aunque no cuesta arriba en una Monark de los años 50, eso tiene algo de suicidio.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s