La magia del lenguaje y el embrujo de la imagen

 

 

Por: Antoine Skuld 

Para mi delirante filósofa pragmática

 

Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

LW.

 

Dereck Jarman murió en 1994. Su última película, Blue, debió ser un paso más hacia la eternidad de un hombre singular que se acercaba a la pureza del séptimo arte. The Garden es un inconfundible ejemplo de cómo un cineasta puede realizar una película, en extremo global y complejo, sin contar con los mecanismos comunes de la narratividad cinematográfica. Temáticamente, la película es el desglose de la historia ya conocida del amor de los amantes cuya transparencia y belleza es sometida a la tentación. Jarman se paseó por los grandes momentos del derrumbe de la humanidad y sus amantes son los personajes con los cuales ejerció el recorrido de miles de años hasta terminar en una dimensión más allá de nuestro propio presente. Repasando su importante obra fílmica, qué mejor pretexto para hablar de él y de su película Wittgenstein.

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El joven Ludwig Wittgenstein se anuncia como un prodigio; nos presenta su familia vienesa y describe los rigores de su educación austríaca, y debate cuestiones filosóficas con Martian. Sus talentos lo llevan inicialmente a Inglaterra, donde estudia Ingeniería. Luego se cambia a Filosofía, en la Universidad de Cambridge, donde entabla amistad y es estimulado en sus ideas radicales por Bertrand Russell, quien le escribe a su amante Lady Ottoline Morrel, quien lo proclama como el filósofo más dotado de su generación. Wittgenstein se va de Cambridge a Noruega, donde recluido comienza a escribir “Notas en Logia”. A su regreso a Austria le informa a su familia que intenta enrolarse voluntariamente en el ejército. Su hermana Hermonie piensa que es una estúpida decisión. Su hermano Paul es estimulado y decide enrolarse con él. Durante la Primera Guerra Mundial, Paul pierde un brazo y Ludwig empieza a trabajar en lo que será “El Tractatus Logico-Philosophicus”. A su regreso a casa decide proponer su reingreso a Cambridge empleándose como profesor en provincia, enojando aún más a su hermana, quien piensa que desperdicia su talento. La experiencia en la escuela elemental es profundamente frustrante y es forzado a abandonarla después de haber sido acusado de brutalidad hacia los estudiantes. Su regreso a Cambridge se le facilitará gracias a la oferta de instructor más una beca, que le consigue el profesor de economía John Maynard Keynes.

Wittgenstein y John entablan una relación, mientras el filósofo intenta persuadir al estudiante de que abandone sus estudios en favor del más honesto mundo del trabajo manual. Russel y Keynes lo regañan por influenciar a un joven cuyos antecedentes de clase trabajadora implican que sus padres han hecho grandes sacrificios para educar a su hijo en Cambridge para trabajar en una fábrica de la Rusia Soviética, pero las autoridades le ofrecen escoger entre dos cargos en distintas universidades; regresa a Cambridge en 1951, donde le diagnostican cáncer en la próstata. Después de un último viaje, esta vez a Irlanda, regresa a morir a Cambridge, donde es detenido en su lecho de muerte por Maynard Keynes y Martian.

El enigmático Ludwig Wittgenstein, considerado por muchos como uno de los grandes filósofos modernos, murió el 29 de abril de 1951. De él dijo su maestro y principal responsable de su introducción en la filosofía, Bertrand Russell, que era el ejemplo más perfecto que jamás había conocido de un genio: apasionado, profundo, intenso y dominante. Sea verdad o no, el caso es que la tradición intelectual anglosajona considera a Wittgenstein como el filósofo más importante de nuestro siglo. El tiempo ha ido demostrando la repercusión de su pensamiento. Y más ahora cuando es Jarman quien lo muestra en la pantalla. A la valoración de la figura de Wittgenstein ha ayudado también una biografía apasionante. Nació en el seno de una familia noble de Viena, y pronto vio cómo tres de sus cuatro hermanos mayores se suicidaban. Estudió ingeniería, lo que lo llevó a viajar a Manchester, donde contribuyó al desarrollo del motor de reacción. Participó en la I Guerra y fue hecho prisionero. Incluso se dedicó a la enseñanza primaria en una aldea austríaca antes de centrarse en la filosofía.

Un día, según cuenta Russell en su biografía, se le presentó el joven Wittgenstein en un estado de excitación inusual. Le increpó, apurándole para que le dijese sinceramente si era un idiota o no. Si en verdad era un idiota, le dijo a Russel, encaminaría sus pasos a la ingeniería; de lo contrario se dedicaría a la filosofía. Precisamente su falta de formación filosófica le ha sido achacada en numerosas ocasiones por los filósofos académicos, que no se han cansado de hablar de él como un filósofo poco fino en sus argumentaciones.

Sin embargo, en esa carencia lo que hace que aborde los problemas especulativos con absoluta originalidad. Si, como dijo Nietzsche, el estilo de un filósofo ya prefigura en su pensamiento, en el caso de Wittgenstein ha de ser sincopado y laberíntico, ya que sus obras principales, el “Tractatus…” y las “Investigaciones filosóficas”, están escritas en parágrafos y aforísticamente, sin conexión explícita entre unos y otros. La filosofía para Wittgenstein será, no en vano, una lucha contra el embrujo que sobre nuestro entendimiento ejerce el lenguaje. Puesto que el hombre constituye el mundo de un modo verbal, los problemas que el mundo le plantea no son más que problemas del lenguaje. Por ello incluirá al final del “Tractatus…” la célebre frase: De lo que no se puede hablar, mejor es callar.

A chicken's egg
Una palabra nueva es como una semilla fresca que se arroja al terreno de la discusión. Trabajar en filosofía -como trabajar en arquitectura, en muchos sentidos- es en realidad un trabajo sobre uno mismo. Sobre la propia interpretación. Sobre el propio modo de ver las cosas -y lo que uno espera de ellas-. La filosofía es una lucha contra el hechizo de nuestra inteligencia por el lenguaje.

Estas ideas, que estaban ya latentes en la última parte de “Tractatus…”, constituyen la esencia de su segunda obra capital: “las Investigaciones filosóficas”. En una carta dirigida a Norman Malcolm, Wittgenstein se pregunta: ¿De qué sirve estudiar filosofía si sólo lo que sacas de ello es poder hablar con cierta plausibilidad acerca de algunas abstrusas cuestiones de lógica, etcétera, sin que mejores tu modo de pensar en lo que se refiere a las cuestiones importantes de la vida cotidiana?

Ludwig Wittgenstein, finalmente llevará la filosofía al terreno que había apuntado Shakespeare por boca de Hamlet cuando exclamaba: Oh Dios, podría estar encerrado en una cáscara de nuez y creerme dueño del espacio infinito. Para Wittgenstein no hay más espacio infinito que la nuez de nuestro cerebro y el mundo no tiene más esencia que la naturaleza verbal de la mente. Los verdaderos problemas del hombre, los que siempre le han estremecido, son los que le plantean por medio del lenguaje en su propia mente.

De los “Diarios secretos”, que lo acompañó de 1914 a 1916, durante la primera guerra mundial, he seleccionado los siguientes días:

  1. 9. 1916- Ayer me dispararon. Estaba desalentado. Tenía miedo de morir. ¡Qué ganas de vivir tengo ahora! Es difícil renunciar a la vida cuando se prueba el placer. Exactamente esto es el “pecado”, la vida irracional, una concepción equivocada de la vida. De vez en cuando me convierto en una bestia. Y entonces no logro pensar sino en beber, comer y dormir. ¡Terrible! Y entonces sufro también como una bestia, sin posibilidad de una salvación interior. En aquellos momentos estoy a merced de mis pasiones y de mis repulsiones. Y entonces es impensable una vida auténtica.
  2. 8. 1916- Tú sabes qué debes hacer para vivir feliz. ¿Por qué no lo haces? Porque eres irracional. Una vida mala es una vida irracional. Lo importante es no enojarse.
  3. 8. 1916- Todavía estoy luchando en vano contra mi naturaleza maligna. ¡Dios me da la fuerza!

El mundo es todo lo que acaece. Toda interpretación de esta definición revela su carácter laberíntico; de ella resultan todas las otras proposiciones principales y secundarias, como el hilo de Ariadna de los pasadizos de Knossos. Y justamente esto pertenece a la naturaleza de la inteligencia moderna, a su clase de racionalidad. Ella ha penetrado en un caos, en un caos de hechos y contenidos objetivos, cuya ordenación es uno de los problemas ontológicos. Ella ha penetrado en textos de una precisión luminosa, cuya luz a veces evapora las cosas así como la oscuridad las oculta.

Ella ha penetrado en textos que parecen consistir sólo de nubes de palabras, que a su paso humedecen la percepción o desvanecen la imaginación. En tal lucha con el caos, la existencia del espíritu, en medio de esta perplejidad y de solución, se ha convertido en una cuestión de moderación, limitación y reducción. Wittgenstein ha expresado semejante situación en la siguiente forma: Lo que designan las palabras del lenguaje tiene que ser indestructible, pues se debe poder describir el estado en que lo destructible es destruido. En esta descripción tiene que haber palabras, y aquello a que ellas se refieren no debe ser destruido, pues de lo contrario las palabras no tendrían ninguna significación. Es evidente que esta observación designa la medida de la posible destrucción, de la posible reducción en el lenguaje y en la inteligencia.

Antoine Skul

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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