El abrazo en Buenos Aires

Imagen: ‘La Avenida Corrientes’ de Marcelo Albinatti.

Las contradicciones más brutales que la ciudad nos regala son el abrazo, la humedad, y la frialdad caminando junto al apretado encuentro en la esquina de La Giralda.

Nadie escapa a los dedos pegajosos, a la columna de humo que acaricia los pies y encierra las mejillas en una esfera de aire espeso, ni al viejo del puesto de diarios pregonando que los veranos de ahora ya no son como los de antes. Nadie escapa a la pregunta innecesaria de los lunes, al saludo improvisado de los viernes, al saxofón que se desliza por la ventana del local de libros húmedos, ni a la parodia temprana del café con leche.

Pero volviendo al abrazo, es necesario entender qué es abrazo, dependiendo del lugar del mundo en donde ese “apretado encuentro” ocurra. Pensá en ese abrazo marino. No, no, ya olvidate. El abrazo de Buenos Aires no se le parece en nada, porque más que al mar, se asemeja al barro, o a la tierra del librito que te regaló hace diez años tu tía pediatra. Se asemeja a la flor de jazmín guardada en la página número 108 de Sobre héroes y tumbas, y se desarma de la misma manera, se seca y después se vuelve a humedecer fugazmente en las manos de quien la aprieta.

Para entender mejor toda esta cuestión vamos a modificar un poco el nombre de dicho acercamiento, lo llamaremos vulgar/poéticamente: “apretón húmedo”. Y no hay seguridad en este nombramiento, porque todo el que haya caminado por Corrientes a las ocho de la mañana, sabrá que el frío te congela las uñas y te escarcha la sonrisa por tiempo indeterminado. Pero algo ocurre en ese momento, cuando ya no te podés mover, aparece él, el apretón húmedo, entre la gente, sin importarle los codazos ni las miradas asesinas, en medio de la vereda dos valientes se vuelven protagonistas de la contradicción más ancha y extensa de los siglos de la ciudad. Y algo pasa, se apresura una catarata que inunda los edificios calientes, algunos espejos se quiebran, y la vereda tiembla al ritmo del ringtone del celular de un trajeado.

Y en un segundo de lucidez, nos alejamos, nos miramos como lo que realmente somos, dos peatones perdidos, incumpliendo su tarea de no estorbar a la gente común que quiere avanzar hacia algún lugar desconocido por nosotros y por ellos mismos. Nos miran, porque sin duda, entre el abrazo, la humedad, el frío, y la calma, existe una razón superior por la cual nos estamos descongelando. Y como el poeta que no creía en las estaciones, para convencernos de que puede existir el amor en la ciudad de los pies de fuego, vamos cantando: “no hay meses: hay trigo, hay frutas, hay lluvia, hay río, orquídeas, alegría… es una mentira el tiempo*. No existe el verano, ni el canillita, ni la humedad, ni siquiera dos locos que se abrazan en medio de la calle Corrientes, olvidando que sólo habían ido a comprar un par de libros húmedos.

(*) Eduardo Cote Lamus.

antonellavulcano

"Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus". Argentina.

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