La mente de diez años que fundó un manicomio

Por: Duver Alexander Pérez*

Al llegar a la estación Estadio, habían tres taxistas: uno distraído con un cigarrillo en la mano y el celular en la otra, y los otros discutiendo por un tema que no alcancé a percibir, no por su tono de voz, sino porque aún no me había retirado los audífonos. Les pregunté por el Manicomio de Muñecos, los dos que debatían se miraron extrañados, y el más anciano exclamó:

—Joven, si desea yo lo llevo al Sanatorio Mental de Bello.

—No señor, yo voy para el teatro Manicomio de Muñecos— respondí.

Los taxistas se volvieron a mirar y el más obeso hacía comentarios, mientras que el más anciano largaba una carcajada. Hablaban entre risas, especulaban acerca de la posible ubicación del lugar y continuaban con la conversación como si yo no estuviese ahí. Al verlos tan perdidos, saqué el celular y busqué la dirección: Cll32ee #82-26 y de inmediato, el anciano dijo que me llevaba.

El recorrido fue breve, no más de quince minutos y ya habíamos encontrado la dirección. Cancelé la carrera y el taxista se fue. Observé el lugar y si no es por los distintos letreros que decían Manicomio de Muñecos,  hubiese pasado desapercibido, como una casa más del barrio Laureles.

Toqué el timbre y al balcón se asomó la señora del aseo:

—Buenos días, ¿a quién necesita?— preguntó.

—Buenos días, estoy buscando a Liliana Palacios.

— Espere un segundo.

 

Luego de unos segundos de espera, la puerta la abrió un joven alto, moreno, de pelo negro:

—Buenos días, ¿a quién necesita?

—Buenos días, estoy buscando a Liliana Palacios.

—¿De parte de…?

—Duver Alexander, es para la entrevista.

 

Miró hacia dentro y me dijo que pasara, que Liliana ya bajaba.

En la sala habían unas cuantas mesas de madera, coloqué el bolso en una de ellas y miré los afiches colgados en las paredes. Todos hacían referencia a festivales de títeres que ya habían pasado y los horarios de las presentaciones. En la pared que daba a las escaleras que conducían al segundo piso, habían colgadas unas máscaras de arlequines.

Mientras seguía mirando, apareció Liliana Palacios, una señora de mediana estatura, vestida con un pantalón azul, una camisa manga larga y unos zapatos de color café. Liliana nació en 1964 y empezó en el mundo de los títeres cuando tenía solo diez años y ya suma cuatro décadas siendo la Directora de Manicomio de Muñecos, uno de los teatros de títeres más antiguos de la ciudad de Medellín.

Su abuela fue la primera persona que la apoyó en esa determinación de niña en 1975. Cuando Liliana le contó su deseo de ser titiritera a su abuela, ella le hizo con una sábana vieja once vestidos iguales, hecho que marcó el inicio de Manicomio de Muñecos.

Una decisión de niña –como ella la llama– determinó su existencia. Ni siquiera el ingresar a la Universidad Nacional a estudiar arquitectura, la desvió. La arquitectura fue o es un hobby y los títeres lo que justifica su paso por este mundo.

 

¿Qué la llevó a inclinarse por el teatro de títeres?

Esa fue una decisión de niña, una decisión motivada tal vez por una intuición, por un gusto infantil o un juego, pero que se quedó arraigada y toda la vida tuve claro que iba a ser titiritera.

 

¿Su familia cómo tomó la decisión?

Inicialmente lo tomaron como la niña que quiere jugar con muñecos y me alcahuetearon el juego, empecé a hacer funciones y dejaban que entraran hasta 80 personas al patio de la casa, con la única condición de que no tocaran las paredes porque las ensuciaban.

Siempre tuve el apoyo de mi mamá, incluso ella era la que me tomaba fotos en cada función –a mí no me gustan las fotos– y me decía que guardara toda las notas que me sacaban en uno que otro periódico, diciéndome: “guárdelo, usted no sabe dónde va a llegar”, “mejore las condiciones del grupo, del teatro, usted no sabe dónde va a llegar”… y eso de alguna manera u otra me impulsaba.

 

¿Existió algún antecedente de un familiar que se haya dedicado al teatro?

Ninguno, yo leía mucho cuando era niña y en la biblioteca del colegio descubrí unos libros muy interesantes, entre ellos, dos de la española Ángeles Gasset: Títeres con Cabeza y Títeres con Cachiporra. Después empecé a investigar, a ir a la Universidad de Antioquia y me encontré con un libro que espero todavía exista y ojalá algún día me lo pueda robar, de Bernat, una argentina que fue mi maestra a la distancia.

 

       Yo soy de los que considera que uno de los robos más nobles, es el de un libro…

Si yo me robo un libro es porque me interesa demasiado. Yo tengo dos libros que son robados que son Títeres con Cabeza y Títeres con Cachiporra, que me los robé del colegio.

 

¿Cómo fue esa etapa del colegio, cómo la veían los compañeros?

Como la niña rara… la diferente, la loca (risas).

 

¿Y cuándo empezó a estudiar arquitectura en la Universidad Nacional?

Ya era una profesional en los títeres, ya había hecho mucho con los títeres… Ahí mi idea estaba clara, le dije a mi mamá que quería ser arquitecta como hobby.

 

Cuando le iba a preguntar por las personas que han tenido gran influencia en su vida, apareció un señor alto, calvo y de gafas. Tenía una cámara colgando de una tira en su cuello y portaba un chaleco que en su espalda tenía un logo del periódico El Colombiano.

 

—Buenos días— dijo.

—Buenos días— respondimos Liliana y yo.

—¿Qué haces por aquí?— preguntó Liliana.

—Estaba donde mi héroe.

—Está bien.

—Hasta luego.

—Hasta luego— respondimos.

Retomamos.

 

¿Cuáles han sido las personas que más la han marcado, no solo a nivel teatral?

Mi mamá, a ella le debo todo lo que soy. Una mujer de armas tomar, disciplinada… muchas cosas de las que sé, se las debo a ella.

 

¿Cuándo no está haciendo teatro a qué más se dedica?

Lo que pasa es que todo tiene que ver con el teatro. Me encanta viajar, pero me gusta más viajar haciendo teatro. Disfruto combinar esas dos cosas, que los títeres me permitan viajar es fantástico.

 

¿A parte de leer sobre títeres, sobre qué otros temas le gusta leer?

Me gusta mucho leer lo que tenga que ver con el teatro y la ciencia ficción, la ciencia ficción me inspira. En mi juventud leí mucho a Kafka, Albert Camus, mucho existencialismo. Sin embargo, me gusta mucho leer sobre títeres porque me enriquece.

 

¿Cuál fue el último libro que se leyó?

Todavía lo estoy leyendo, es un compendio que hizo una chica sobre el teatro en Colombia.

 

¿Deportes?

Ah… hasta los 24 años y de ahí para acá murieron. Monté bicicleta, jugué baloncesto, fui judoca, practiqué natación, tenis de mesa, todo hasta los 24 años, ahí murieron.

 

Por cultura los colombianos somos amantes al fútbol… (Ahí me interrumpió)

Yo no, lo odio. Me parece un deporte que mueve las masas de una manera muy absurda y cuando el público se masifica y se hace matar por un equipo, me parece lo más absurdo del mundo. Si hay un buen partido, me siento y lo disfruto, pero no soy de las que apuesta, hace la polla o va al estadio.

 

       ¿Cuáles son las personas que más admira en el mundo del teatro?

A Cristóbal Peláez, me parece una persona muy inteligente, es un hombre muy tenaz, ser capaz de sacar adelante El Matacandelas con tan buenas propuestas… Admiro mucho a mi socia Alejandra Barrada, Manicomio de Muñecos no sería lo mismo si ella no estuviera aquí, para mí es la mejor dramaturga de títeres que tiene el país –a mí modo de ver–. Nunca montaría una escena que no fuese escrita por ella. Y a mi tío Jorge Hernández, es un artesano muy bueno y es una persona muy noble.

 

Volvamos a hablar de usted: ¿por qué no tuvo hijos?

Porque soy inteligente (risas). Hay varias razones, la primera es que yo creo que el ser humano no termina de formarse, como para ponerse a criar otro ser, que viene a un mundo que cada vez se pone más difícil; la segunda y aunque suene contradictorio, yo trabajo para niños pero no me gustan los niños; tercero, siempre he creído que cuando uno está metido de lleno a una profesión , se entrega de manera total y para hacer, el titiritero es itinerante, se mueve, hoy está en Medellín, mañana en España y después en Argentina y criar niños en esa situación es muy difícil. Yo decidí ser titiritera toda la vida y por eso decidí no tener hijos.

 

El reportaje estaba pensado para una hora, sin embargo, dejé de mirar el reloj luego de que a Liliana se le iluminaran los ojos cada que mencionaba los títeres o el teatro y todo su mundo. Al ver esa pasión infantil de la que hablaba de su vocación, venía a mí el recuerdo de esa misma pasión con la que alega un niño cuando está jugando, un hincha de fútbol cuando grita un gol o cuando un lector se compra un libro de su autor favorito.

Terminamos hablando de sus gustos por el rock y las baladas, de los medios de comunicación y hasta coincidimos con lo mediático que es don Jorge Mario Bergoglio.

Le pedí que posara para una foto y a pesar de que no le gustan, posó muy amable –foto que no utilicé por mi falta de sentido periodístico en la fotografía, según mi maestra de la universidad y que por cierto tiene mucha razón–.

Comprobé que un manicomio puede nacer de la mente de una niña de diez años. Me despedí y al salir del Manicomio de Muñecos, ingresé de nuevo al manicomio de la calle, al manicomio del ruido de los carros, de las construcciones, al ruido de la ciudad. Salí del Manicomio de Muñecos, para caminar nuevamente por el Manicomio de Medellín.

 

 


 

*Duver Alexander Pérez. Estudia Periodismo porque le gusta escribir. Es colaborador en Acord Antioquia, Ángulo Deportivo de la Emisora Cultural de la Universidad de Antioquia y la Revista Sole (Solo para Lectores).

@DuverAlexPerez

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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